Legna se queda atónita, ya que ella jamás se hubiera imaginado tal confesión de parte de Dylan.
Te amo hace eco en su mente y amenaza con romper esa barrera que ella levantó para protegerse de él, pero que también le recuerda su realidad: ellos no pueden estar juntos.
—Deja de decir babosadas, Cara de culo. —Legna lo palmea con una sonrisa fingida.
A Dylan le fastidia que ella siga en plan de evasión y que, con ello, minimice sus sentimientos.
—¿Mi amor por ti te parece ser una babosada? ¿Tan poco valor tengo que es más fácil negar lo que hemos callado desde siempre? Los dos nos comportamos como unos cobardes e inmaduros, pero ya no somos esos niños tontos que prefirieron hacerse daño en vez de protegerse y amarse.
—Te equivocas. Tú eres el único culpable de nuestra mala convivencia porque siempre preferiste a Clara y me comparabas con ella. Nunca me demostraste ningún interés y sólo recibí desplantes de parte de ti. No digas que los dos somos culpables cuando fuiste tú quien me hirió y me hiciste a un lado.
—¡Porque siempre me odiaste y te creías superior!
—¡No te odiaba ni me creía superior a ti! ¿De dónde sacaste tal estupidez? ¡Me moría de los celos cada vez que te veía con Clara! No te imaginas todo el dolor que tuve que disimular cuando preferías estar con ella.
» ¿Cómo crees que me sentí el día que los vi besarse? Le diste tu primer beso a otra mujer y yo tuve que fingir que no me afectaba, aunque sólo quería irme a casa y encerrarme a llorar.
» Por suerte al día siguiente me iría y no tendría que soportar verlos siendo novios, mucho menos ser testigo de su reclamo. Por eso decidí no ir a tu fiesta el día de tu transformación, pese a que lo deseaba con todas mis fuerzas y estoy segura de que mi abuelo no me lo hubiera negado.
Ella ríe con amargura.
» No iba a soportar que, cuando te convirtieras en lobo, te unieras a ella y la reclamaras. No podía verlo, a pesar de que me daba tranquilidad que serías feliz con Clara.
Legna llora a gran voz y siente que un gran peso se le quita de encima; Dylan, en cambio, es embargado por la culpa y la vergüenza.
Se siente estúpido y cruel por haberle provocado tanto dolor e inseguridad al amor de su vida.
«Ahora todo tiene sentido», piensa angustiado.
Las imágenes pasan por su mente en cuestión de segundos, cada una de ellas trae a colación todas las veces que Legna intentó acercarse a él, mas este la trató con rudeza y hasta la comparó con Clara.
«No te merezco, mi loba intrépida», se tortura en su interior. Dylan cae de rodillas en el suelo rocoso y húmedo, donde se sume en sus recuerdos y en las lamentaciones de su mente.
Legna, por su parte, suspira con tristeza.
Ella observa el agua a su alrededor y empieza a mover las manos de manera circular. Un cúmulo del líquido flota por encima del suelo y sigue a Legna, quien se agacha frente a Dylan.
—Extiende los brazos —comanda ella con voz suave. Él la obedece sin atreverse a mirarla a la cara, entonces ella usa el agua que flota para lavarle las manos, que se encuentran sucias con la sangre ajena—. Esperemos que tu papá no tenga problemas con esa manada. ¡Quién te viera tan tranquilo y casi matas a ese pedante!
—Esa es la suerte que correrá todo el que se meta contigo.
—Él sólo quería provocarte. Creo que te tiene envidia.
Dylan hace una mueca y exhala de forma sonora.
—¿Por qué me tendría envidia si ni siquiera enseñamos lo mismo? En fin, ese infeliz lo pensará dos veces antes de volver a fastidiar.
—Temo a que pierdas tu trabajo, Dylan.
Él la mira con ternura.
—¿Te preocupas por mí? No tienes por qué hacerlo, ya que estoy allí porque ellos me lo pidieron. No es que lo necesite, puesto que tengo un negocio junto a mi padre y con eso cubro mis gastos. Puedes estar tranquila, ni siquiera tú te verás afectada.
—Usé mi poder para detenerte, temo mucho que alguien lo haya notado.
—Tranquila, que eso no sucedió. Todos estaban enfocados en la pelea, aparte de que supiste hacer lo propio. Te prometo que quedarás fuera de todo este asunto.
—Eso espero…
—Legna… —Ella lo encara—. Yo… —Él respira hondo y se muerde el labio inferior—. Yo sé que arruiné algo que pudo ser hermoso entre los dos, te hice sufrir y me comporté como un idiota contigo. Perdóname, por favor. Yo… no sabía cómo lidiar con las emociones contradictorias que me provocabas. Estaba tan asustado que lo único que se me ocurrió fue escapar.
» En Clara vi esa calma que creí sería la solución para poder deshacerme de esas emociones que me torturaban y que me hacían sentir débil; mas, como consecuencia de mi estupidez, me engañé a mí mismo y a ella. Siempre fuiste tú; sin embargo, me intimidabas de una manera que me instaba a escapar de ti. Por favor, perdóname…
Ella le acaricia el rostro con ternura. Desea tanto fundir sus labios en los suyos y reclamarlo allí mismo; no obstante, decide controlar su impulso y mentir, puesto que no puede condenarlo a una vida incierta.
—Te perdono, pero eso no cambiará nada entre nosotros. Dylan, me siento muy insegura a tu lado y se me hace irreal que de verdad me hayas escogido a mí. Si acepto el reclamo, el fantasma de Clara estaría presente en nuestra relación y me haría desconfiar, por tal razón, no puedo ceder a tu propuesta. No quiero lidiar con la desconfianza y la desazón de la duda.
Él asiente con tristeza y los ojos se le llenan de lágrimas.
—Nunca me perdonarás, ¿cierto?
—Que te perdone no significa que quiera estar contigo. No te guardo rencor, pero tampoco confío en el amor que me pregonas. La herida está en mi corazón y siempre recordaré que pusiste a Clara por encima de mí, al punto de tener como opción rechazarme para poder unirte a ella. Lo siento, pero no quiero lidiar con eso. —Legna suspira.
—Me parece injusto que no me des una oportunidad por un error del pasado; sin embargo, supongo que me lo merezco por canalla. Está bien Legna, aceptaré el rechazo.
Ella se queda pasmada por un momento, ya que no sabe qué decir al verse de frente con la realidad. La duda cala hondo y el temor a que el rompimiento del lazo se materialice la aterra como nada lo había hecho antes.
De verdad van a rechazarse y ya no habrá un lazo que los una.
«¡No!», grita su loba desesperada.
«Es lo mejor», responde ella. Las lágrimas que le llenan los ojos amenazan con liberarse, mas Legna vuelve a exhalar un suspiro para no descomponerse.
—Entonces… —Las palabras se le atascan y no logra terminar esa frase dolorosa que la destruirá.
—No ahora —dice él deprisa—. Necesito estar más fuerte y haber asimilado todo este asunto. No me siento bien como para pasar por algo tan doloroso y traumatizante. ¿Si sabes que nos condenaremos por desafiar a nuestra naturaleza?
Ella asiente ida.
—Lo sé… —Baja el rostro para que las lágrimas broten con libertad—. ¿Cuándo lo haremos…?
—Yo te buscaré en el momento en que no me sienta tan débil. Por ahora me alejaré y pensaré. Lo necesito. Por supuesto, primero resolveré el desastre de la universidad; sin embargo, lo haré de una manera en el que no tengamos ningún tipo de contacto.
» No quiero verte hasta el día del rechazo. Es que no debo dejarme llevar por mis instintos, puesto que, aunque jamás te obligaría a aceptarme, mi lobo es terco y posesivo. Necesito irme a casa, ¿cómo salgo de aquí?
Legna despabila y se pone de pies. Ella invita a Dylan a hacer lo mismo, entonces lo agarra de las manos y cierra los ojos porque no quiere encararlo, ya que su decisión de dejarlo ir pende de un hilo.
Otro suspiro deja los labios de la chica. Sentir el contacto de palmas le provoca conmoción en todo el cuerpo y un cosquilleo en las manos que la insta a la cercanía con él, mas ella se resiste y pronto los dos desaparecen de aquel solitario lugar.
Ellos aparecen en un claro, donde la luz del día les fastidia los ojos. Legna se tambalea como si estuviera mareada, acción que asusta a Dylan.
—¿Estás bien? —inquiere preocupado.
—Sí… Es que necesito descansar. Esta habilidad de desaparecer requiere de mucha energía, por eso no suelo usarla y hoy he abusado de ella.
—Ven conmigo para que descanses…
—No… —niega con los ojos cristalizados—. Debo irme ya. No estás lejos de casa. Come algo y duerme. Nos veremos cuando…
La tensión entre ellos se torna pesada y los dos sienten un nudo que les oprime el pecho.
—Tú también descansa.
Legna desaparece.
Las lágrimas mojan el rostro de Dylan mientras él mira a la nada desorbitado.
—Soy un idiota… —susurra arrepentido de los errores que cometió con Legna. Le causa asco las veces que usó a Clara para darle celos, con el objetivo de descubrir alguna reacción que le diera una pista acerca de sus sentimientos; sin embargo, ella le dio señales que él jamás logró descifrar y que ahora le parecen tan obvias.
Dylan camina en dirección a su casa con pasos tambaleantes y porte derrotado. Prefiere quedarse allí a tener que enfrentar a su familia. Necesita estar solo.
Antes de llegar a su territorio, su lobo toma el control y corre en medio del bosque sin un rumbo fijo, como si quisiera escapar de sí mismo y del dolor que lo atormenta.
Sus aullidos se escuchan en toda la manada y, puesto que él es un alfa por naturaleza y el heredero de su padre, los habitantes pueden percibir un poco de su dolor en carne propia, lo que provoca que Tron se preocupe y decida ir por él.
Mientras tanto, el lobo de Dylan corre por senderos desconocidos.
«Eres tan tonto como tu padre…», ese susurro le ronda la mente otra vez y lo hace sentir intimidado.
Podría jurar que es la voz de una mujer la que se cuela en su cabeza para torturarlo y enloquecerlo.
El viento en sus oídos se vuelve música, y otra vez se mezcla con el tono encantador y escalofriante de la mujer de sus pesadillas.
«Deberías ir al risco…», lo insta.
El lobo negro corre desesperado, pero no sabe si lo hace por el deseo de escapar de ella o por el dolor que lo apuñala.
«Vamos, hijo de Tron, corre y salta…».
Dylan llega a un precipicio y mira hacia abajo con terror, debido a que en la profundidad de este hay un río que le parece familiar.
Retazos de eventos pasados llegan a su mente y los recuerdos ajenos se confunden con los propios. Se siente perseguido y cree que no tiene otra opción más que lanzarse al vacío.
—¡Dylan! —La voz de su padre lo frena.
«¡Salta, hijo de Tron! Libérate del desamor y el rechazo de tu mate. Estás condenado a estar solo, tu destino es morir. Así has sido marcado desde que fuiste procreado. Morirás, sobrino, es lo que te corresponde…».
—¡Dylan, detente! —le ordena el alfa con voz de trueno, una tan potente que lo paraliza.
La fuerza se le agota y su parte lobuna se esfuma, así que su forma humana cae al suelo sin conocimiento y rueda hasta el risco.
Tron salta en su dirección, entonces un lobo negro e imponente toma forma en el aire, y en un santiamén atrapa la pierna derecha del joven con su boca e impide que éste caiga al vacío.
—Hijo, ¿qué diablos te sucedió? —profiere cuando regresa a su forma humana. Las lágrimas le mojan le rostro y las manos le tiemblan del pavor—. ¿Qué hubiera sucedido si yo no hubiese llegado a tiempo? —pregunta a la nada.
Es la segunda vez que le toca salvarlo de la muerte y que ese temor revive en su interior. Pensó que jamás tendría que pasar por tal angustia, pero ahora entiende que debe ponerle atención a su primogénito, quien, al parecer, tiene problemas que él ignora.
Con Dylan cargado sobre su hombro derecho, Tron regresa a casa y es recibido por una Otsana asustada, quien corre hacia él al ver a su hijo desmayado y llora desconsolada cuando Tron le cuenta lo que tuvo a punto de suceder.
A distancia, un susurro se mezcla con el viento y le da vida a una brisa que denota burla, y que habla su victoria a la naturaleza:
«No serán felices porque mi esencia está mezclada a su amado hijo. Juro que lo destruiré y esa será mi venganza».

