16. ZHL: Al borde del reclamo

Dylan y Legna conversan por un largo rato debajo de la luna y un cielo lleno de estrellas. De vez en cuando discuten por cualquier tontería, pero terminan riendo y jugueteando. Esto último se manifiesta con palmadas, toques sutiles y pellizcos, que usan como excusa para poder tocar al otro.

Horas más tarde, Dylan se encuentra frente al baño a la espera de que la pelirroja salga de la habitación que él va a ocupar.

—Toma. —Legna le pasa una toalla, un cepillo de dientes y un pantalón de piyama que pertenece a Riú. 

—Gracias, amiga —responde juguetón.

—No me llames así; suena raro y poco natural. ¿Sí sabes que mis padres me pusieron un nombre para ser llamada por este? —Ella se cruza de brazos.

—Conque esa tenemos… —Él entrecierra los ojos y la juzga con la mirada—. Entonces es bueno recordarte que mi nombre es Dylan y no “Cara de culo”.

Legna se ríe.

—Pero me gusta llamarte así.

—Pues no te quejes cuando también te ponga un sobrenombre todo feo.

—Deja ver… “Fastidiosa, lobita insoportable, loca, enojona; etc., etc., etc.” no son apodos bonitos. 

—Dijimos que nos llevaríamos bien y ya empezaste a pelear.

—¡¿Yo?! —Legna gruñe ante su descaro—. Mejor ve a quitarte la peste de encima. ¡Tienes el día entero sin asearte! —Ella lo empuja dentro del baño e intenta cerrar la puerta; sin embargo, este lo impide y la observa con una sonrisa seductora.

—¿Por qué no me ayudas a lavarme la espalda? —Enarca una ceja y sonríe travieso.

Legna se sonroja y le evade la mirada.

—Deja de molestar, tonto. —Ella finge que bosteza—. Ya me voy a dormir. ¡Qué tengas buenas noches, Cara de culo!

—¡Qué duermas bien y sueñes conmigo!

—Dormir bien y soñar contigo no suena muy congruente. Eso sería tener pesadillas. —Ella hace una mueca de disgusto.

—Eres una mentirosa. Estoy seguro de que has tenido muchos sueños mojados conmigo. Me imagino lo rico que han debido ser.

—¡Ah! Pero, ¡qué pervertido! —Ella se tapa los oídos y corre hacia su habitación con expresión escandalizada y la cara toda roja.

—¡Qué linda eres, lobita traviesa! —musita él para sí—. A juzgar por tu reacción, creo que no he sido el único que ha soñado con el reclamo. ¿Será que algún día dejarás de ser tan terca y me darás a probar de tus frutos?

Dylan se relame los labios al imaginarse entre las piernas de la chica. 

Después de un baño reparador, él entra al dormitorio, se acuesta en la cama y suspira. Trata de conciliar el sueño, mas no lo logra gracias a los nervios que lo molestan. Saber que sólo una pared lo separa de la pelirroja le provoca emociones que lo mantienen ansioso.

—Duérmete ya… —se ordena a sí mismo; no obstante, sus pensamientos juguetean con la imagen de Legna en ropa de dormir sobre la cama—. ¡Diablos!, necesito el olor de esa lobita. 

Dylan se levanta de la cama y se conduce a la habitación de Legna mientras maquina una excusa que justifique la razón de buscarla; sin embargo, para su sorpresa la puerta no está asegurada, así que él entra a hurtadillas y se le acuesta al lado.

Legna, quien tampoco puede conciliar el sueño, se hace la dormida.

Por su parte, Dylan se le coloca por detrás en forma de cucharita, lo que provoca que Legna se apoye en el cuerpo del intruso.

Los dos sonríen juguetones porque el contacto se siente muy bien.

Al cabo de unos minutos en la posición íntima, Legna se incorpora de imprevisto.

—¿Todo bien? —inquiere él, preocupado de que ella se haya arrepentido de tenerlo en su cama.

Dylan también se incorpora e intenta escudriñar las facciones de la pelirroja con la poca luz con la que cuenta, entonces sonríe coqueto cuando descubre que Legna le está contemplando el torso desnudo sin ningún reparo.

Él nota cómo sus pupilas se dilatan, sus mejillas se ruborizan y su boca se abre de forma instintiva.

—Sí… —Ella se remoja los labios y lo mira a los ojos. El color plateado en de la mirada del chico brilla con la luz tenue que les brinda la pequeña lámpara sobre la mesita de noche, cuyo pequeño resplandor resalta las cualidades físicas del atractivo moreno, en un tono amarillento que le acaricia la piel blanca.

—Vamos a dormir, mi dulce loba.

Legna siente que el corazón se le acelera y los ojos se le llenan de lágrimas.

«De seguro estoy soñando. Sí, todo lo sucedido esta noche se trata de uno de los tantos sueños que suelo tener con el cara de culo», piensa atolondrada.

La respiración empieza a dificultarle, razón para que el pecho le sube y le baja exaltado. El chico que siempre le ha gustado está en su cama. ¿Debería aprovechar el momento?

—Dylan… —lo llama en un susurro que lo invita a aproximarse a ella y, cuando ya no hay distancia que los separe, Legna lo jala por el cuello y lo besa.

Pronto él le corresponde con esa hambre que no pudo satisfacer por completo en la mañana. La intensidad del beso es similar a un huracán que arrasa con todo el orgullo y la inhibición.

La respiración de ambos se une al cantar de los grillos, como también al sonido de sus labios desesperados y deseosos de saciar su sed. Sus lenguas se acarician con jugueteos excitantes que provocan escalofríos y contracciones placenteras en partes específicas de sus cuerpos.

Ella tiembla entre los brazos de él, debido al remolino de emociones que toman control de sí y la hacen sucumbir en un extraño y delicioso trance, donde todo lo demás deja de existir y sólo son ellos dos en una cabaña apartada de la civilización y rodeada por la naturaleza.

Sus partes lobunas los incitan al apareamiento y, más que eso, exigen una marca que les muestre a los demás que ellos se pertenecen.

Obedeciendo a su instinto más salvaje, Dylan decide arriesgarse e ir por algo más que besarla. Es por esto que pronto sus manos acarician la piel sensible de los muslos de la chica, quien responde con un respingo causado por la electricidad del contacto.

Él, en cambio, estudia sus respuestas y suspira cuando ella, en vez de quejarse, lo besa con más ganas.

Cada mejilla de la chica es acariciada por lágrimas silenciosas, que denotan su emoción.

Lo quiere, ¿para qué negarlo?

¿Debería correr el riesgo y desafiar el mandato de su abuelo, el rey de los zollebs?

¿Podrían ellos luchar por su unión?

No está segura y teme mucho dar un paso en falso.

«¿Qué tal que yo sea egoísta sólo por esta noche?», piensa.

—Legna, mi hermosa mate… —susurra Dylan en un éxtasis que se ha llevado todas sus barreras y lo ha dejado expuesto a ella, al amor de su vida.

Con delicadeza, los dedos de su mano derecha rozan el pecho que es cubierto solo por la tela fina de la bata de dormir, mientras que con la otra mano él le recorre el muslo izquierdo, con movimientos cosquilleantes de abajo hacia arriba.

El gemido bajito que ella deja escapar es música para los oídos del enamorado, quien se siente ansioso de hacerla jadear más fuerte; sin embargo, antes de que los dedos que acarician los muslos se dirijan a una zona más íntima, ella le agarra la mano y lo mira a los ojos.

—No he hecho esto antes… —le informa asustada. No sabe qué esperar de la cópula y le aterroriza que su inexperiencia lo aburra, ya que se imagina todo lo que él y Clara han hecho en esos cuatro años.

—Estamos iguales, también será mi primera vez —contesta él con voz trémula, debido a que la exaltación del momento le dificulta el habla.

—No te creo…

—Te lo juro. Me he estado guardando para mi mate. Siempre he pensado que mi cuerpo y mi corazón debe pertenecerle sólo a ella.

Aquella dolorosa realidad es un balde de agua fría para Legna.

—Entonces te has guardado para Clara… —Ella se tira de la cama y enciende la luz principal de la habitación. La abundante claridad los deja expuesto en su totalidad y rompe todo el encanto previo.

—Me he guardado para mi mate… —replica dubitativo.

—Tú siempre creíste que Clara sería tu compañera destinada. Incluso planeabas rechazarme para unirte a ella, por lo tanto, no soy yo quien debe tomar tu primera vez porque eso le pertenece a Clara. 

—¿Te estás echando para atrás ahora? ¿De verdad piensas dejarme así?

—Necesito aire fresco —responde con tristeza y sale de la habitación.

—¡Qué niña tan complicada! —gruñe molesto—. ¿Qué importa el maldito pasado? 

Dylan se tira en la cama y resopla con frustración. Le fastidia la dolorosa erección que palpita en su entrepierna, mas prefiere no insistir. Tampoco le va a rogar a esa niña berrinchuda y dramática.

 Cuando él empieza a quedarse dormido, siente que Legna regresa y se refugia en el calor de su cuerpo. A pesar del enojo que lo quema por dentro, él la abraza y disfruta de su compañía sin cuestionarla.

Entiende que entre ellos hay muchas barreras aún, pero se promete a sí mismo que romperá cada una de ellas y que será paciente con su mate; al fin y al cabo, tienen toda una vida por delante. Aquella noche, Dylan no tiene pesadillas ni despertares bruscos; sino todo lo contrario, él logra descansar como hace mucho tiempo atrás no lo había conseguido.

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