11. Loba solitaria: Entre el lazo y el deber

Garthor

Llego al campamento exaltado, con la respiración agitada, y los latidos de mi corazón son más intensos de lo normal.

Mi lobo está enojado. Me gruñe, me pelea y quiere tomar el control para ir hacia ella y reclamarla, pero lo reprimo, aunque es difícil hacerlo.

Me duele el cuerpo, la cabeza, y estoy temblando. Toda mi piel está cubierta de sudor, pero es gélido. Siento que me voy a morir, que estoy envenenado.

Con pasos torpes llego a la cama y me tiro allí. Trato de regular mi respiración, pero se me hace imposible. El pecho me sube y baja, agitado, sofocado.

Quisiera salir corriendo, buscarla. Quiero decirle que dejo todo por ella, que acepto el lazo, pero no puedo. Tampoco soy capaz de rechazarla. Soy un imbécil.

—Debo terminar con esto antes de que empeore —razono.

Mi posición es difícil y debo tomar una decisión ya. Pero no pude. Fui incapaz de hacerle daño; sé que le dolería tanto. No solo físicamente, también la destruiría en lo emocional y psicológico.

—No quiero causarle ese mal, herirla; no a ella, que luce tan pura, tan inocente, tan buena y honesta. Ella es la mujer que cualquier lobo se sentiría afortunado de tener. Una compañera muy hermosa —musito.

Tengo miedo.

Necesito tomar una decisión pronto, pero estoy conflictuado.

Pensar en romper el lazo es desgarrador, y eso me consume.

Suelto un largo suspiro y lucho por calmarme.

Intento conciliar el sueño, mas se me hace imposible.

Tras varias horas de lucha interna, logro dormitar un poco, aunque eso solo me trae pesadillas.

Me levanto temprano, antes de que salga el sol. Tomo mi caballo y dejo el campamento.

Necesito regresar a casa, alejarme de estas tierras y de la tentación de ir a buscarla.

Tengo que pensar con la cabeza fría, dejar que pase el efecto que su presencia provocó en mí, para poder tomar una decisión o reunir el valor, al fin, e ir a rechazarla.

Me tomo más de un día llegar a casa. La brisa fresca del atardecer me recibe con una caricia gélida y olores a cedros, rosas y panadería, pues de esas hay muchas en las plazas de Zafiro.

Ese aroma a pan caliente hace que me ruja el estómago.

Desde ayer, antes de que saliera el sol, hasta hoy en la tarde, no me he detenido, ni siquiera para dormir o comer. Mi pobre caballo debe estar exhausto; lo he maltratado.

Lo primero que hago es llevarlo a comer y a beber. Luego entro a la mansión con sigilo, donde los guerreros que hacen guardia y los sirvientes me saludan con reverencia.

Mis pasos se escuchan pesados sobre el piso pulido. Me muevo por la casa, en la parte baja, pues necesito ir a la cocina a picar algo y a que me preparan de comer.

En mi camino por el pasillo, escucho voces y doy por hecho que tenemos invitados, así que trato de escabullirme y de que mi andar no se note, pues no tengo ganas de saludar ni hablar con nadie. Sin embargo, un aroma en específico me paraliza. Por alguna razón, se siente familiar.

Es una mezcla de lavanda, coco, vainilla y rosas. Exquisito. Un olor dulce, fresco, cremoso. Lindo. Siento que ya lo había percibido alguna vez, como si volviera desde un recuerdo lejano. Sin embargo, la lavanda me trae recuerdos que intento suprimir.

El cuerpo me tiembla, mi lobo se inquieta y el corazón me empieza a latir con intensidad. Mi mente se va a esa noche. Cuando la conocí. Cuando descubrí nuestro lazo.

Ella estaba asustada, acorralada por maleantes, y yo defendiéndola.

Ella llevaba dos canastas llenas con flores de lavanda. No sé dónde las consiguió, pues esa planta es muy extraña en este territorio. Por eso es costosa y muy exclusiva. Aun así, ella tenía esa cantidad exuberante.

Sacudo la cabeza para dejar de pensar en esa noche. Lo menos que necesito ahora es traerla a colación. Suelto un largo suspiro y retomo mi andar. Sin embargo, una voz característica capta mi atención y me detengo. Es ella, Alondra.

¿Qué hace aquí?

—La hipocresía de la élite —susurro, divertido.

Mamá se la pasa hablando mal de Alondra y de lo escandaloso que es su comportamiento, solo porque no se ajusta a la etiqueta de la nobleza.

Alondra es una nueva rica. Una mujer negociante que subió de estatus gracias a sus productos de belleza y la expansión de su negocio por toda la región Kal.

Por supuesto, eso no es suficiente para ser aceptada por los grandes señores de la élite, mucho menos de la nobleza, pero que su mate sea un noble ayuda mucho.

Hace poco se encontraron y están en proceso de unión.

Me parece interesante que mamá esté compartiendo con ella con tanta animosidad, así que la observo desde aquí, muy entretenido.

—Este perfume es exquisito —dice una de ellas, fascinada.

—¡Se los dije! —exclama Alondra, demasiado emocionada para ser una señora de la alta alcurnia.

Noto cómo las demás fruncen el ceño.

—Sí, son muy hipócritas —me burlo.

—¿Dónde lo conseguiste? —pregunta mamá—. Hace mucho no encuentro nada de calidad en toda la región. Incluso estuve en el mercado de la manada Wood por accidente, pues fui a visitar a Garthor, que estaba estrenando guerreros allí. Me habían dicho que allá había perfumeros de alta calidad; sin embargo, nada captó mi atención.

Alondra sonríe y agarra el frasco decorado con un lazo rosa que me parece conocido.

—¿De verdad? ¡Qué raro que no la viste! Si fue allí donde los conseguí. Pero como la perfumera no suele vender en esa manada, supongo que solo aprovechó la actividad de ventas y no volvió.

Mamá responde sorprendida y todas ellas le hacen preguntas a Alondra, quien promete encontrarla para futuras ventas.

Retomo mi camino, pues no hablan nada interesante, aunque me parece que hay algo especial en esos perfumes. Quizás estoy loco, pero no puedo evitar relacionar ese aroma con ella.

¿Tan jodido estoy que la veo hasta en lo más simple?

Debo hacer algo pronto, antes de que este asunto se complique. No solo yo saldría perjudicado, ella también.

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