La incomodidad se siente asfixiante, y me molesta, pues los días en que Garthor estuvo bajo mis cuidados fueron hermosos e íntimos.
Quiero quedarme con eso, ya que es obvio que nada cambiará entre nosotros.
—¿Quieres café? —le pregunto para disipar la incomodidad y que no se note lo mucho que me ha afectado que se haya echado para atrás.
—Sí —responde.
Me dispongo a servirle y me sirvo yo también.
Vuelvo a sentarme y el calor de su cercanía me inunda. Su aroma, que se mezcla con el del café, es exquisito.
Él lleva puesta esa armadura fría que lo hace ver más poderoso e imponente, pero aun así mi cuerpo es atraído por el suyo.
Mis vellos están erizados, porque estamos a poca distancia de tocarnos, porque él está aquí conmigo, estamos solos y podrían pasar tantas cosas… pero nada sucede.
Nada termina de concretarse entre nosotros.
Sorbo mi café y tomo el tenedor para pinchar el pastel. Sin embargo, lo dejo ahí clavado y me quedo pensativa. Resignada, acepto mi realidad y trato de, por lo menos, disfrutar de su compañía.
Eso es conformista, pero es con lo que cuento.
Después de que terminamos de comer el postre, salimos a caminar al patio.
El perfume de las flores aromatiza el ambiente, mientras la brisa juguetea con nuestro cabello y con mi vestido.
Avanzamos hacia el huerto y nos quedamos observando el fruto de mi trabajo.
—¿Sabes? Siempre había soñado con tener una pequeña granja —me atrevo a confesarle, de la nada, porque con él siento que puedo hablar de cualquier cosa, a pesar de la barrera fría que nos separa.
Él sonríe y mira a su alrededor, fascinado.
—Pues serías una buena granjera. Mira todo lo que has logrado tú sola. Este huerto está cada día mejor —alaba mi trabajo.
Eso me hace sonreír y sonrojarme.
—Pues… me gustaría. Yo siempre he sido hogareña y disfruto de las cosas sencillas y naturales. Me encanta estar así, rodeada de árboles, flores, frutos y montañas.
Hago una pausa y fijo la vista en los tomates que pronto podré cosechar.
—A pesar de que mis padres, mis hermanos y yo vivíamos en la parte urbana, siempre me escapaba con mis amigos a los bosques —añado, pensativa—. Solíamos bañarnos en los ríos, recogíamos flores y corríamos por el valle —digo sonriente, con la nostalgia calentando mi interior.
—Entonces tienes hermanos. ¿Cuántos son ellos? —me pregunta Garthor, curioso.
—Dos. Somos trillizos —le respondo, y sonrío al recordarlos—. Leandro siempre fue el más tranquilo. André, un loquillo que nunca cambió. ¿Y tú tienes hermanos?
Se queda pensativo un instante.
—Tengo una hermana. Se llama Valentina. Ella es una persona muy especial para mí y siempre me ha protegido.
—Vaya, entonces eres el hijo menor.
—Sí —sonríe.
—Bueno, yo a veces me sentía como la menor, pero en otras ocasiones la sensación era distinta. Me cambiaban los roles: por ratos era como la mayor, porque siempre fui la más madura y la que corregía a mis hermanos. Sin embargo, volvía al rol de la menor porque me sentía protegida con ellos. Mis hermanos me cuidaban siempre.
—¿Y dónde están ahora? ¿Por qué estás tan sola? —me pregunta, y me tenso.
Me relamo los labios y aliso la tela de mi vestido.
—Decidí independizarme. Probar tierras nuevas.
Garthor me mira, curioso.
—¿Probar tierras nuevas? ¿Solo así te separas de tu familia y te vienes a vivir a este lugar remoto? ¿Dónde está tu manada de origen?
El miedo me azota. No quiero que descubra mi identidad ni mis razones para el autoexilio. No ahora.
—Es una larga historia. Prefiero no hablar de eso —le corto, nerviosa.
Él asiente, comprensivo.
—Está bien. Háblame de tu granja. ¿Cómo te gustaría que fuera? —cambia el tema a propósito, y eso me hace sentir respetada.
Sonrío, con entusiasmo.
—Pues, me gustaría tener una vaca. Una que dé leche.
—Ah, pero para eso necesitas un toro —razona, divertido—. Para que la vaca dé leche necesita quedar embarazada.
Me río, porque es cierto.
—Bueno, pero puedo pagar para que el toro de alguien más haga el trabajito.
Siento que el corazón me palpita al hablar de eso. Garthor, en cambio, sonríe.
—Tienes razón —concuerda—. ¿Qué más te gustaría tener?
—Gallinas, pollos, conejitos… no sé… animales.
—¿Qué hay de una mascota? Es extraño que no tengas una cuando eres tan dulce y maternal.
Me relamo los labios, sonrojada.
—Bueno, tienes razón. No había pensado en eso. Tal vez tener un perro me vendría bien. Quizás busque un cachorro cuando vaya al mercado. Así no me sentiré sola aquí.
—Es buena idea —dice.
—Sí —suspiro.
Hay un silencio entre nosotros que crea una atmósfera extraña. Garthor agarra mi mano y siento que me derrito.
Su toque se siente tan bien y exquisito. Podría jurar que me causa una electricidad en las palmas que se extiende por toda mi piel.
¿Cómo puedo sentir este tipo de placer con tan solo un apretón de mano?
—Ya debo irme antes de que anochezca —dice, rompiendo este momento maravilloso, y el dolor se me instala en el pecho, porque otra vez diré adiós y no sé cuándo lo volveré a ver.
—Que tengas buen viaje —le respondo con la voz apagada.
Sus dedos rozan mi mentón y lo levantan, y eso provoca un escalofrío en todo mi cuerpo.
—¿Puedo volver a visitarte? —me pregunta, y todo cambia dentro de mí; la esperanza vuelve a reconfortarme.
—Claro que sí. Puedes venir cuando quieras.
—Perfecto. Nos vemos pronto.
—Nos vemos pronto —asiento, sonriendo—. Espera —le pido, y corro hacia la casa. Una vez en la cocina, echo galletas en una bolsa de tela; luego regreso. Cuando salgo, él ya se encuentra en la entrada—. Toma esto, para tu viaje.
—No tienes que hacerlo, pero muchas gracias.
En vez de tomar la bolsa, agarra mis manos y las sostiene.
—Nos vemos pronto. Por favor, cuídate —dice con preocupación, como si le pesara dejarme. Quizás solo lo imagino.
—Claro, lo haré…
Otro silencio. Me da la impresión de que, así como yo no quiero que se vaya, él tampoco quiere hacerlo.
—Espero que te vaya bien en tus ventas —rompe el silencio.
—Gracias… —musito, triste.
Nos acercamos tanto que siento que voy a colapsar.
De un momento a otro, su rostro se mueve hacia mí, como si fuera a besarme. Estoy tan nerviosa que me mareo.
Sus labios rozan mi frente y se quedan allí; se sienten cálidos, dulces. Me hacen sonrojar y perder el aliento.
No ha sido un beso pasional ni de amantes, nada romántico. Tampoco ha sido en la boca.
Sin embargo, esa ternura con la que me mira, esa protección, ese cuidado, me llenan de esperanza, me ilusionan y me dejan con una sensación de dulzura que no se borrará nunca.
Lo veo marcharse sobre su caballo, con su porte imponente, fuerte, tan atractivo.
No puedo evitar sonreír y que mis ojos se llenen de lágrimas, pero estas lágrimas son de felicidad. Porque, aunque él intente ocultarlo y yo no sea capaz de decirlo en voz alta, algo está surgiendo entre nosotros.
El lazo, de alguna forma, se está manifestando, no con palabras, sino con hechos. Y eso, para mí, pesa más que mil declaraciones de amor.



