El alfa del río y la omega: Capítulo 15

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Elena observaba a la omega con rabia y asco. Le parecía repugnante. Se había imaginado que sería un problema cuando la vio por primera vez; sin embargo, no le dio mucha importancia porque a Kael nadie le había llamado la atención.

Pero últimamente podía ver en la mirada del alfa que algo había cambiado. Y eso la irritaba.

¿Por qué ella? ¿Por su belleza? ¿Acaso eso la hacía mejor que las demás lobas que le habían ofrecido una buena unión?

No podía creer que el alfa fuese como los demás hombres. No él. El cachorro dulce que hablaba bonito y que perdió su sonrisa cuando aquella mujer, que también lo había engatusado con un cuerpo atractivo y un rostro hermoso, murió.

Ella se llevó su esencia consigo a la tumba y ahora esa omega ignorante y sin educación le arrebataría la poca cordura que le quedaba.

Simplemente no lo permitiría.

—Vil ladrona, te voy a dar tu merecido. ¡Maldita insolente! —gritó antes de volver a cachetearla.

Lyra se echó para atrás por impulso, al presentir que aquello no terminaría allí.

Y así fue.

—¡Desgraciada! ¡Yo confié en que serías profesional y mira lo que has hecho! ¡Vas a pagar por tu atrevimiento y desfachatez! ¿Robarle al alfa? ¡¿En serio?!

Lyra estaba atónita y aterrada.

Ella empezó a rogar entre llantos y a jurar que todo era un malentendido.

—¡No robé! ¡Pregúntele al alfa! —gritó, desesperada.

«Pregúntele al alfa» hizo eco en la mente de Elena y aumentó su ira.

¿Qué se creía esa sirvienta sin valor para mencionarlo con tanta confianza?

De momento, tuvo ganas de acabar con su existencia.

Las cachetadas se escuchaban cada vez más fuerte mientras Lyra gritaba por misericordia. No porque no pudiera defenderse de los golpes, sino porque no quería empeorar su situación al atacar a Elena.

No pudo evitar recordar su niñez.

Las encargadas del orfanato solían ser crueles, no solo en palabras, también con hechos.

Aquellos golpes la transportaron a aquel tiempo donde tenía que caminar con cuidado, pues cualquier error podía terminar con empujones, cachetadas, patadas o latigazos.

O peor aún, ser encerrada en el cuarto oscuro.

—¡Basta, por favor! —gritó Lyra, pues Elena se había convertido en su verdugo.

Mientras más ella rogaba, más rabia sentía el ama de llaves y sus golpes salían con más fuerza.

Entonces se escucharon toques frenéticos en la puerta.

—¡Señora Elena, abra, por favor!

Lyra reconoció esa voz al instante. Era Emilia y sonaba angustiada.

No, ella no quería arrastrarla en su problema.

—¡Vaya a hacer sus labores! —le ordenó Elena, fingiendo una estabilidad que no tenía. Todavía la respiración se le dificultaba debido al esfuerzo anterior.

—¿Qué le están haciendo a Lyra? ¿Por qué está llorando? —demandó preocupada.

Elena sintió un escalofrío que la trajo a la realidad. Tras haber reprimido su descontento por tantos años, había estallado con aquella mujer que le parecía una amenaza.

Ella suspiró y trató de calmarse, luego se aclaró la voz y tomó ese tono calmado que la caracterizaba.

Lyra se puso helada cuando vio aquel cambio drástico en ella.

—¿Qué está insinuando, Emilia? ¿Acaso me está acusando de algo? —la confrontó, frívola—. Solo la estoy interrogando, pero esta sirvienta ladrona está haciendo todo un drama para convencernos de su inocencia. Como haría cualquier delincuente que es atrapado.

Hubo un silencio tenso.

Lyra miró a Elena boquiabierta. ¿Quién diría que era la misma persona que había arremetido en su contra con patadas y cachetadas?

Su actitud le pareció escalofriante.

—Debe haber una explicación. Lyra no es capaz de robar —respondió Emilia.

—Las pruebas hablan por sí solas, Emilia. ¿Dice que la conoce? No serán cómplices, ¿cierto?

Más silencio.

Elena sabía cómo jugar sus cartas.

Lyra se levantó del suelo en un santiamén, se aclaró la garganta y alzó la voz.

—Estoy bien, Emilia, ve a terminar tus labores. Elena solo me está haciendo preguntas —mintió. Por suerte, su amiga no podía verla; si no, sería difícil que le creyera.

—¿Segura? Puedo dar mi testimonio. Tú no robas —insistió Emilia.

Lyra soltó un suspiro y cerró los ojos; varias lágrimas se le escaparon.

Emilia era la única que la defendía y, sin saber bien lo que ocurría, le creía. Eso era demasiado valioso para ella, pero no podía arrastrarla consigo.

Lyra le aseguró que todo estaba bien, así que Emilia regresó a sus labores. Sin embargo, no podía concentrarse, pues tenía ese presentimiento de que su amiga estaba en grandes problemas y ella no sabía cómo ayudarla. Mientras tanto, Lyra observó a Elena con terror, preguntándose qué haría con ella, pues al parecer ya había decidido que era culpable y nada podría hacerla cambiar de opinión.

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