El alfa del río y la omega: Capítulo 11

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Las risitas y murmullos se regaron entre las sirvientas. Lyra sentía que se moría de la vergüenza y la humillación.

«¡Qué bochorno!», pensó.

Solo deseaba desaparecer de allí.

Lyra apretó los dientes y soltó un suspiro. Se sentía como parte de un juicio en el que la habían hallado culpable y estaba a punto de escuchar su sentencia.

Pero Kael solo la observaba con una mezcla de curiosidad y asombro.

Había cierto protocolo para contratar al personal doméstico del alfa y, definitivamente, uno de los requisitos más obvios era que pudieran leer y escribir correctamente para evitar accidentes en la casa.

Kael tomó un sorbo de su té y volvió a contemplar a Lyra, quien a ese punto sentía que podría colapsar en cualquier momento debido a aquel escrutinio que la aterrorizaba.

Prefería que él hablara ya, aunque sus palabras terminaran por destruirla, a estar con la incertidumbre de su reacción.

Ese silencio la estaba volviendo loca.

Kael puso la taza sobre el platillo con una paciencia desesperante para Lyra, entonces chascó la lengua y la miró de una forma que hizo sentir a la omega que ya había perdido su trabajo.

—No me hubiera esperado que no supieras leer...

—Alfa —ella lo interrumpió—. No es que no sepa, es que a veces se me dificulta —aclaró.

—Salgan todos de aquí —les ordenó Kael. Lyra sintió puro terror—, menos tú —apuntó hacia la omega.

Las demás sirvientas salieron despavoridas y cuchicheaban que por fin sacarían a esa omega ignorante de la mansión.

Los ojos de Lyra se llenaron de lágrimas y, de repente, sentía que le faltaba la respiración. Aun así, mantuvo la compostura. Tampoco se humillaría ante él si decidía despedirla.

—Demuéstrame qué tanto sabes. Abre la carta y lee su contenido —comandó.

Lyra, con manos temblorosas y confundida por su petición, hizo lo que él le dijo. Estaba tan nerviosa que las palabras se le atropellaban.

Pero lo intentó una y otra vez con la misma primera frase hasta que la vergüenza le ganó. Y empezó a llorar.

Kael apretó los puños y le extendió su pañuelo. Lyra, por su parte, se quedó observando la tela elegante sin dar crédito a lo que sucedía.

¿El alfa le dio su pañuelo a ella?

Lyra lo tomó con timidez y se quedó observando la tela sin atreverse a usarla. Entonces Kael soltó un resoplido de hastío y masculló:

—Te lo presté para que lo uses, no para que lo contemples.

Lyra asintió de forma efusiva y se secó las lágrimas. Luego miró la tela fina en tono negro con detalles dorados y lo guardó en su bolsillo.

—Se lo devolveré cuando lo lave —dijo, avergonzada, y ni siquiera sabía por qué.

Kael negó y restó importancia con un movimiento de manos indiferente.

—Puedes quedártelo. Toma... —Le extendió su taza con té—. Tómate el resto, te ayudará con la ansiedad y así podrás leer más tranquila.

Lyra abrió la boca de forma exagerada y parpadeó varias veces.

¿Acaso estaba fantaseando?

—No me atrevería a tomar de la misma taza que el alfa...

—Si te parece antihigiénico, mandaré a buscarte otro té. Disculpa, solo no quería llamar a esas metiches fastidiosas.

Lyra ya dudaba de que aquello fuera real. Quizás estaba dentro de un sueño.

¿El alfa le pidió disculpas a ella?

—No, no, no... —Ella negó de forma efusiva—. No es eso, es que yo soy una omega inferior. Sería una falta de respeto beber de su taza —le explicó con voz temblorosa.

Kael soltó un largo suspiro.

—Si esa es la razón, no me molesta. Y debo aclarar algo: nadie es inferior a nadie solo por su estatus. Toma, bebe, te relajará.

Lyra observó a Kael más tiempo del debido. ¿Ese era el alfa misterioso que solo los de la élite tenían el honor de conocer? El mismo que le habían prohibido mirar directamente y al que consideraban alguien inalcanzable.

Le parecía completamente distinto a todo lo que creyó y había escuchado. Incluso más humilde y generoso que sus colegas sirvientas.

Le resultaba difícil de creer y, al mismo tiempo, demasiado atractivo, pero de una forma distinta a como lo había visto anteriormente.

Para ella, su belleza había sido solo física, pero en ese momento, su atractivo interior le parecía mucho más interesante.

Aun así, no se haría ilusiones. Una cosa era que la tratara con respeto y humildad, y otra muy distinta que fuera a ser su pareja.

Ese pensamiento le dolió, porque ahora que conocía un poco de él, se sentía más enamorada.

—¿No lo quieres? —le preguntó Kael, sacándola de su ensoñación.

Ella asintió y colocó los sobres sobre la mesa. Entonces, con un poco de torpeza y pena, tomó la taza.

Antes de dar un sorbo, observó el objeto de cerámica elegante por unos segundos. Si bebía en el mismo lado que él, ¿podría considerarse un beso?

«Pero ¡qué estoy pensando!», se reprochó internamente. De inmediato, las mejillas se le tornaron rojas.

Kael notó su rubor natural y por poco sonrió ante lo linda que le pareció. Solo fue un leve segundo en el que se retractó y se puso serio.

Después de beber el té, que le supo delicioso, Lyra ya estaba más tranquila, pero dudaba mucho que fuera por la bebida. Más bien, fue la reacción de Kael lo que la relajó.

Ella empezó a leer. Si bien se equivocaba y se perdía mucho, esta vez fluyó mejor que antes.

—No es que no sepas leer en su totalidad —observó él—, es que tienes decadencia. ¿Te pasa lo mismo con la escritura?

Ella asintió.

—¿Tus padres nunca te llevaron a la escuela? —inquirió él.

Lyra apretó los puños y bajó la mirada.

—No tengo padres... —susurró y se mordió los labios—. Soy huérfana y crecí en un orfanato. Allí nos daban algunas clases, pero cuando yo no entendía la profesora del orfanato me ignoraba porque decía que yo nací bruta, que no perdería su tiempo conmigo. Entonces dejé de preguntar y simplemente acepté que yo no aprendería.

Kael se quedó atónito ante lo que escuchaba. ¿Cómo podía alguien haber sido tan cruel y negligente con una cachorra?

Estaba indignado.

—La única bruta era esa «profesora» —dijo lo último con desdén—. Nunca pienses menos de ti por lo que otro diga. Te voy a demostrar que no eres nada de lo que te hicieron creer. Yo te enseñaré.

Lyra lo miró como si no diera crédito a lo que había escuchado. ¿El alfa la enseñaría? ¿Por qué alguien tan ocupado como él dedicaría su preciado tiempo a una omega sirvienta a quien casi todos menospreciaban?

Le parecía absurdo.

De verdad no quería hacerse ilusiones, pero su corazón ya estaba latiendo de la emoción. «¿El alfa mismo me va a enseñar? ¡Debo estar soñando!», pensó, completamente desconcertada.

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