9. Lobo guía: Un lazo prohibido – Desperté y había un hombre desnudo en mi patio

Zebastiel

Observo a la humana que se ha desmayado en mis brazos con curiosidad. Es tan distinta y rarita, pero hay algo en ella que me atrae, que me impulsa a ser primitivo, salvaje, a dejarme llevar por mi lobo.

Sacudo la cabeza y trato de echar esos pensamientos de mí.

Ella es prohibida… Algo entre nosotros sería imposible.

—Esto debe ser una broma —susurro, amargado—. Ella es mi mate, una humana que pertenece a otra dimensión. ¿Cómo demonios puede ser mi compañera destinada si ni siquiera es de mi especie?

Suelto un largo suspiro.

Estas cosas solo me pasan a mí.

Es como si la vida se burlara en mi cara, como si el destino me maldijera.

Me relamo los labios y camino con ella de vuelta a la casa. Debo mantener un perfil bajo mientras esté aquí, pues no me conviene alterar el orden de esta dimensión.

Cuando entro a la habitación, noto los rastros de sangre de mi propio cuerpo y suelto otro largo suspiro. Me siento cansado, todavía desorientado y confundido, pero no puedo dejar este desastre aquí.

La recuesto en la cama, la arropo y la observo una vez más. Ella es tan diferente a las mujeres que he conocido. Hay algo en su espíritu que me parece llamativo. Es como una fortaleza extraña, una locura que la hace muy atractiva y encantadora.

Otra vez sacudo la cabeza.

No debo pensar en esta mujer de esta manera. Debo poner los pies sobre la tierra y entender mi situación. De todas formas, quizás este asunto no me afecte después, cuando regrese a mi dimensión. Tal vez nuestro lazo se rompa con el simple hecho de irme.

Debería rechazarla, pero ella ni siquiera entiende el rechazo. ¿Cómo va a aceptarlo si no sabe lo que es eso?

—Debería decirle lo que soy… —Niego repetidamente—. No. Eso sería peor.

Me dejo caer sobre la cama. Intento maquinar qué hacer, pero no se me ocurre nada. Así que decido limpiar este desastre y luego pensar en un plan.

Cuando termino, me dejo caer exhausto en el sofá de la sala de esa desconocida que, de alguna forma, me ha salvado, y trato de calcular cómo llegar a casa.

Según había leído en algunos libros, el triángulo de las Bermudas es un mito o una leyenda para los humanos. Algunos aseguran que es real; otros no lo creen. Es como una mezcla científica y cultural, una creencia que no se ha comprobado. Pero para nosotros, los lobos guías, es un portal que se abre cada cierto tiempo.

Cuando las energías de la dimensión humana chocan con la energía de nuestra dimensión, forman un agujero que poco a poco se convierte en un portal.

Por eso hay varias embarcaciones perdidas, incluso esas máquinas voladoras a las que los humanos llaman aviones, que se pierden. Y como los humanos no soportan atravesar el portal, se desvanecen, y solo los objetos logran llegar al mar de Cristal, que es donde los hemos encontrado.

—Sin embargo… —mascullo mientras trato de encontrar una salida al lío en el que me encuentro—. Algunos licántropos han tenido acceso a esos libros y a ese conocimiento que pertenece a los mismos humanos, pero la mayoría no lo cree…

Me acomodo en el sofá y me sumo en mis pensamientos.

Pese a ese fenómeno de que algunos lobos comunes han dado con objetos de humanos, somos los lobos guías quienes sabemos la verdad de todo y quienes tenemos la llave para encontrar los lugares sagrados. El mar de Cristal es uno de ellos.

Todavía no entiendo cómo licántropos comunes han logrado acceder al mar de Cristal o al contenido de los humanos. Es un misterio. Y, a decir verdad, han pasado varios siglos sin que un humano común haya descubierto uno de esos objetos. Pero supongo que se debe a que los guías hemos resguardado el acceso.

—Puede ser que hubiera otra zona más asequible o simplemente que los lugares sagrados no estuvieran tan cuidados como ahora… —digo, pues la posibilidad de que se abran más portales llega a mi mente y, de alguna manera, me da esperanza, aunque mi razonamiento inicial sea lo más lógico y lo segundo solo una fantasía.

—¿Qué voy a hacer? ¡Demonios! Si tan solo tuviera un mapa… quizás eso me ayudaría a localizar el punto exacto del portal. El problema es que, si ya el portal se cerró, no sabré cuántos años pasarán hasta que vuelva a abrirse uno nuevo, a menos que sea provocado.

¿Podré convertirme en lobo aquí? Si mis heridas sanaron, ¿eso quiere decir que tengo mi lobo, que conservo mi habilidad de licántropo? ¿Qué más puedo hacer? ¿Tendré mis poderes de lobo guía?

Me quedo pensativo. ¿Cómo podría provocar un choque de energías para regresar a casa?

Si tan solo tuviera acceso a la tía Laurel, ella podría ayudarme, estoy seguro. Pero ¿cómo demonios? ¿Acaso serviría la comunicación telepática desde aquí?

No tengo mi comunicador tampoco. Cuando salí de casa lo dejé, así que no hay forma de que pueda comunicarme con ella. Además, después de haber traspasado el portal, ¿serviría un comunicador de mi dimensión aquí? Imposible. Aunque lo hubiese traído conmigo, no funcionaría.

—¿Qué voy a hacer? —me pregunto, angustiado—. No me puedo quedar atrapado acá. Tengo a mi familia y una misión. Como tampoco puedo alterar el orden de este lugar.

Me aprieto el cabello, impotente, y siento el impulso de salir de este sitio, de escapar, pero ¿cómo?

Esto es tan desesperante.

—Quizás debí escuchar a mamá y renunciar a la misión… —mascullo, agobiado.

Me duele el pecho al recordar lo preocupada que estaba, el terror en sus ojos cuando me despedí de ella y lo raro que se comportaba papá. Ellos presintieron que algo malo me sucedería…

—Y ahora es posible que no vuelva a verlos…

Un nudo se me forma en el estómago ante esa probabilidad.

—Bastira… —recuerdo a mi hermana melliza. Siempre hemos sido muy unidos, incluso más que con Kaia. No me imagino no volver a verla; eso sería desgarrador para mí.

—Mi pequeña Kaia, mis sobrinos… No… debo regresar a casa. No me rendiré.

Aprieto los puños.

De repente me siento muy débil y cansado y deduzco que se debe a los efectos de haber traspasado el portal, así que me acuesto en el sofá y pronto me quedo dormido.

***

Zoe

Estoy pasmada, observando al hombre frente a mí y pensando si ya me he vuelto loca. Creo que haber visto a Joel junto a su amiguita me ha hecho un daño permanente en el cerebro, y por eso estoy viendo cosas. Es que esto no puede ser verdad. ¿Que no lo soñé?

Trago pesado y abro y cierro los ojos varias veces para ver si el monumento frente a mí desaparece, porque sí he de admitir que este hombre es un monumento. Ese cuerpo no lo tiene cualquiera.

Ay, Zoe…, ya basta.

Me relamo los labios y abro los ojos con la esperanza de que él ya no esté. Sin embargo, ahí sigue su figura. Y los rayos del sol, dorados porque apenas está saliendo, le dan un aire etéreo que lo hace ver como un ser de otro mundo, quizá un ángel caído o una ninfa hombre… o un dios mitológico, qué sé yo.

Si existen ninfas varones, no lo sé, pero este hombre es algo parecido a todo lo que no es real.

No sé qué decir ni qué hacer, así que me quedo aquí como una estúpida, observando su desnudez por detrás. Y me da mucha curiosidad saber si por delante es tan grande como parece.

—¡Ay, ya! —grito.

Porque, para colmo, he pensado en voz alta. Y para mi mala suerte, él me ha escuchado y se ha girado de repente.

Mis ojos se agrandan de más y llevo las manos a mi boca cuando veo tremenda serpiente que él tapa al instante, al notar que está completamente desnudo frente a mí.

—Lo siento —dice, y sale corriendo, perdiéndose entre los árboles.

—¿Qué?

Todavía estoy congelada, incrédula de todo lo que ha pasado. ¿Por qué se ha ido al monte?

No sé si ir hacia él o salir corriendo, así que me quedo aquí como una estúpida, esperando que suceda un milagro y que ese hombre desaparezca completamente de mi vida, que se haya ido lejos.

Porque… ¿qué haré yo con un loco aquí en mi casa? Y, aparte, puede acabar con mi existencia en un segundo.

Por cierto, ¿por qué no me mató anoche? ¿Por qué amanecí en mi cama y todo está limpio, que no había sangre en la habitación?

En fin… ¿quién sabe?

—¡Oye, solo me estaba bañando! —grita él desde algún lugar.

Lo busco con la mirada, pero no lo encuentro.

—¿Cómo así? El baño está dentro de la casa —indago, un poco perdida.

No puedo creer que le esté respondiendo a este lunático.

—Ah, perdón, no quería molestar. Escuché la corriente de un río cerca y fui a bañarme, pero perdí mi ropa interior y, como no tengo nada más, regresé acá.

—¿Y te pareció buena idea sentarte en mi patio desnudo? —interpelo, irónica.

Hay un silencio tenso.

—Lo siento, no sabía qué hacer. Necesito ropa —me responde, y podría jurar que suena avergonzado.

—Oye, ¿crees que ir al baño como las personas normales iba a molestarme? Por lo menos no hubieses perdido tu ropa interior —le reclamo.

—Necesitaba… analizar mi situación. No sé cómo llegar a casa.

—¿No sabes cómo llegar a tu casa? Simplemente tienes que coger un autobús o un taxi, no sé.

—¿Ah? ¿Un autobús? ¿Un taxi? —me pregunta, como si hubiese mencionado algo desconocido.

Ah, ¿por qué sigo hablando con este loco? Como sea…

—Verdad que tú viajas en trenes voladores y unicornios al triángulo de las Bermudas, ¿cierto? —le respondo con sarcasmo.

Me río de mi propio chiste.

—Así se debe llamar el loquero de donde se escapó —digo para mí, lo suficientemente bajito como para que no me oiga.

—¿Qué dijiste? —pregunta, como si hubiese escuchado.

Imposible.

—Ah, nada. Buscaré una toalla para que te tapes. Esa cosa grandota no debe estar a la intemperie, antojando a los hambrientos… Ah, es decir, no es bueno que estés desnudo.

Corro directo a mi habitación y busco una toalla, la más grande que tengo, y regreso al patio.

—Oye, ¿dónde estás? —le pregunto.

Los arbustos se mueven y él saca la cabeza de un conglomerado de árboles.

—Acá.

Corro hacia él.

Sí, lo sé, estoy loca, pero bueno, ¿qué más da?

En mi defensa, él no se ve muy peligroso.

Bueno, a quién engaño: sí se ve peligroso, pero no sé, me parece un buen tipo… o más bien se ve atractivo.

Y eso me hace irme directo al peligro. ¡Mujeres! Somos todas unas locas a las que nos encanta meternos en problemas.

Pronto llego hasta él, quien extiende los brazos para tomar la toalla. Una vez se tapa esa cosa que me hizo sentir de todo, sale de su escondite y su mirada azul encuentra la mía. Y vaya, no puedo evitar perderme en sus ojos.

Son muy bonitos y llamativos.

Este hombre es tan apuesto que me niego a aceptar que sea un psicópata que mata mujeres solas en una casa vieja a las afueras de la ciudad.

—Bien, ¿de dónde eres y cómo te llamas? —le pregunto.

—Soy Zebastiel —me responde. Luego duda en continuar, pero lo hace—: ¿De dónde soy? No me creerías —me asegura.

—Bueno, pruébame. Por cierto, me llamo Zoe.

Le doy la mano. Él la aprieta y al instante siento un corrientazo extraño que me hace retirarla con premura. Asimismo, el corazón me late muy fuerte; tanto, que siento que se me saldrá del pecho.

¿Qué me ha hecho este hombre?

—Zoe, yo no soy de esta dimensión. No soy un humano —confiesa, un poco atribulado.

Y entonces lo confirmo: definitivamente he salvado a un desquiciado que, de seguro, se escapó de un psiquiátrico. ¿Qué voy a hacer ahora?

No sé qué decirle, así que asiento como si le creyera.

—No me crees, ¿cierto? —descubre él, y su mirada se torna angustiada.

Lo percibo acorralado, sin salida, y por un leve momento me da pesar, pero recuerdo que es un loco, que quizá sea peligroso, y se me pasa.

—Está bien, te ayudaré —le sigo la corriente.

Tampoco es mentira, pues lo ayudaré a regresar al manicomio del que salió, si antes no me tortura y me pica en trocitos.

Ese pensamiento me da terror.

—Ven conmigo —le digo—. Tengo ropa de papá guardada. Huele rarito, pues tiene dos años empaquetada, pero es mejor que nada. Aunque dudo que te sirva…

No termino de hablar porque estoy tan nerviosa que tropiezo con mi propio pie, que se dobla, y siento un dolor agudo que se lleva mi equilibrio. Pero, antes de que caiga al suelo, él me atrapa por la cintura y me trae contra su cuerpo.

Nuestros rostros se acercan tanto que siento que voy a colapsar en cualquier momento.

No me suelta. Y yo no quiero que lo haga.


Autora:
¡Pobre Zebastiel! ¿Cómo saldrá de este lío? ¿Le creerá Zoe?


Próximo capítulo, el miércoles.


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