17. Lobo Guía: Un lazo prohibido – El hombre de mis sueños

Zoe

El corazón me late muy fuerte y siento un punzón en el estómago y muchas maripositas por toda mi piel. Las mejillas me arden y mis labios se estiran de forma involuntaria en una sonrisa amplia.

Pienso en dejar de sonreír como idiota, pero simplemente no puedo. No logro conectar bien mis deseos con los movimientos de mi cuerpo; solo me quedo ahí, alelada, observando a ese hombre tan particular y encantador.

Él sigue angustiado y me remueve un poco como para que yo reaccione.

Parpadeo varias veces y meneo el rostro. Entonces lo detengo, poniendo mis dos manos sobre su pecho, que está húmedo por el sudor. Al instante las quito, al darme cuenta de lo que he hecho, y él me mira, un poco seductor y con una leve sonrisa que se desvanece rápido.

—Veo que estás bien, pero no me has dicho qué ha sucedido. Porque hoy, hace unas horas, tuve un sentimiento extraño en mi pecho, como si algo malo estuviera pasando —me dice de la nada.

Entrecierro los ojos porque eso es una locura.

—¿Y porque tengas un presentimiento significa que me pasa algo malo? ¿Acaso puedes sentir lo mismo que yo?

—Por supuesto que sí —me responde rápido.

Luego agranda los ojos, como si hubiese hablado de más, y niega.

—Digo… no sé, quizás… —cambia su discurso, o eso presiento, como si se estuviera retractando de algo que no entiendo.

Simplemente me encojo de hombros.

—Bueno, ¿eres un brujo o adivinador? Porque sí me pasaron muchas cosas, pero eso no importa ahora. Lo importante es que te tengo una sorpresa —le digo, animada.

Él sonríe, esta vez de forma abierta.

—¿Me sigues a la casa?

Voy con pasos apresurados, pues estoy entusiasmada por enseñarle lo que le compré. Entonces empiezo a abrir las fundas y a pasarle la ropa.

—Mira, este pantalón te va a quedar perfecto —le paso uno de mezclilla—. Y este —uno deportivo—. Y este —uno más corto—. Y mira estas camisetas —le paso de varios colores—. Hay color crema, blanca, una negra. Y también camisas.

—Oye, pero no debiste comprarme tantas cosas —me dice, todo modesto.

Yo resto importancia con la mano.

—¿Cómo crees? Tú mira todo lo que me has ayudado. Velo como una recompensa a tu gran trabajo. Gracias a ti, no tendré que cocinar hoy; también me estás arreglando la mesa y las sillas… Ah, aparte de que me cuidaste todo el tiempo que mi tobillo estuvo mal.

—Pero eso lo hice sin ningún interés, no para que me compraras ropa.

—Ajá… ¿y vas a andar así todo el tiempo, con tu cuerpo escultural a la intemperie? —le digo.

Luego me tapo la boca, porque siento que pasé un poco la línea. Él ríe abiertamente, burlándose de mí, o eso creo.

—Tienes razón, muchas gracias. Esta ropa es un poco diferente a lo que suelo usar, pero está bien.

Le paso los calzoncillos.

—Espero que te queden. No sé tu medida exacta, ya que no he medido tu co…

Me tapo la boca porque otra vez voy a meter la pata.

Él vuelve a reír.

—Eres muy divertida, Zoe. Muchísimas gracias.

—Ah, también hay unos zapatos aquí y unas chanclas para que estés en la casa.

—¿Chanclas?

Asiento.

—Bien, gracias. Todo me gusta —me responde.

—Bien, pondré la comida que compré en su lugar —le hago saber.

—No te preocupes por eso. Si quieres, lo hago. Tú siéntate a comer. Debes estar hambrienta —me dice él, pero niego al instante.

Estoy sonrojada, pues nunca nadie me había tratado con tanto cuidado.

—No te preocupes. Ve, guarda la ropa y ponte algo. Mientras, yo pongo todo esto en su lugar y ceno.

—Perfecto, entonces me voy a dar un baño y continúo arreglando la mesa mañana. De todas formas, ya es de noche —decide.

Asiento, de acuerdo.

Me dirijo a la cocina y empiezo a desempacar todo lo que compré y pongo cada cosa en su lugar. Una vez termino, me lavo las manos y me sirvo de la comida que Zebastiel preparó.

—Guau, se ve delicioso —celebro, y empiezo a comer—. Y vaya qué delicia.

La masa está suavecita y los huesos muy tiernos, con un sabor exquisito, natural, como si hubiese utilizado solo ingredientes de la tierra, pero con un sazón delicioso: no muy salado, no desabrido.

—Mmm, qué delicia —digo mientras mastico desesperada.

Estoy tan hambrienta que podría comerme un elefante.

Después de comer, lavo los platos que ensucio y me voy a mi habitación para quitarme la ropa y darme un baño.

Abro la puerta de repente, pero había olvidado por completo que Zebastiel estaba ahí. Entonces me llevo tremendo susto cuando lo encuentro cambiándose, semidesnudo, simplemente con el bóxer que le compré, que, por cierto, le queda muy pegado y sensual.

No puedo evitar la impresión, así que abro demasiado la boca y temo que se me salga toda la saliva que estoy emanando ahora mismo. Mis ojos se quedan fijos en él, en ese cuerpo espectacular, tan grande, tan musculoso, tan firme, tan…

—Delicioso —digo en voz alta.

Noto cómo Zebastiel se tensa.

Ahí es cuando me despabilo y salgo de la habitación deprisa, y cierro de un portazo. Me recuesto de la puerta y me pongo la mano en el pecho, que está agitado, subiendo y bajando sin control.

—Oh, Dios mío, qué oso. Zoe, ¿por qué no puedes mantener esa boca cerrada? —me increpo.

Luego me muerdo los labios.

—¡Qué vergüenza! ¿Ahora cómo lo miraré a la cara? ¿Por qué tuve que decir ese comentario? Ay, qué vergüenza…

Salgo corriendo a la sala. No sé si ir al patio o a la cocina a esconderme, pero tengo miedo de que salga Zebastiel y me encare.

—Ah, ¿por qué tengo que ser tan tonta? Ahora Zebastiel me va a ver como una pervertida acosadora. Ay, no. ¿Cómo le explico que fue un accidente? Se me había olvidado que él estaba ahí. ¿Qué hago ahora?

Me pongo las manos en la cabeza y me aprieto el cuero cabelludo.

—La próxima vez, toca antes de entrar, Zoe —me reprendo a mí misma.

Camino de un lado a otro, preocupada, hasta que percibo su presencia y sus pasos firmes. Me quedo congelada y no me atrevo a girarme. Aprieto más los dientes contra mi labio y trago pesado.

—Supongo que necesitas la habitación —dice él, calmado, como si no estuviera molesto por lo que hice.

Entonces me giro rápido y, con voz temblorosa, le explico:

—Sí, exacto. Iba a usar la habitación, pero había olvidado que estabas ahí. Fue un accidente, perdón. De verdad, no es como que quisiera verte ni nada por el estilo. Era solo que se me… ¿sabes? La costumbre de vivir sola y todavía, aunque tienes una semana aquí, no… no me hago a la idea del todo y a veces se me olvida que estás aquí y, pues, hago esta tontería de abrir la puerta sin tocar.

»De todas formas, debería prepararte tu propia habitación para que puedas cambiarte sin problema y no te encuentres con mis ojos clavados en ti. No era que yo te estaba viendo, era que me quedé impresionada porque no esperaba verte así. Ya sabes, fue sorpresa…

No puedo parar de hablar, aunque me digo a mí misma que me calle, que lo estoy arruinando. Mi boca sigue y sigue.

Entonces Zebastiel sonríe, se acerca a mí y me tapa la boca con su mano grandota. De inmediato siento cómo un escalofrío me recorre el cuerpo y mis ojos se fijan en su rostro.

—Ya entendí, fue un accidente. Zoe, el cuarto es todo tuyo —dice, divertido.

Entonces me voy corriendo, escapando de este momento tan bochornoso… y de él.

***

Camino por el medio del bosque. Mis pies están descalzos y las ramas y hojas crujen debajo de ellos cada vez que piso.

Hace mucho frío, así que me abrazo a mí misma y busco a mi alrededor, pero no sé qué. Todo está oscuro y hay neblina. Algunos rayos de la luna alumbran un poco, pero no lo suficiente. Aun así, puedo seguir el camino sin problema. No hay obstáculo que me lo impida ni tampoco mi visión se ve entorpecida.

Mi corazón late con ímpetu y tengo una ansiedad extraña por llegar no sé a dónde. Mis manos tiemblan y mi respiración está acelerada.

Sigo caminando hasta que los árboles desaparecen detrás de mí y ya no estoy en medio del bosque, sino en un claro rodeado de montañas y colinas. Hay un río frente a mí que brilla con los destellos lunares.

Entonces lo veo.

Un hombre imponente, fuerte, muy atractivo, con la piel firme. El azulado de la noche lo cubre y el leve resplandor de la luna resalta sus facciones. Su sombra se alarga y yo me quedo como hipnotizada. Hay algo que me atrae a él.

Entonces camino hacia el agua. Escucho el sonido del río cuando mis pies entran y extiendo mi mano hacia él. Sin embargo, el hombre retrocede. Su voz, como un trueno, rompe la quietud del lugar.

—Aléjate de mí. No podemos estar juntos. Somos de mundos diferentes.

—¿De qué hablas? —le pregunto, confundida—. No, eso es imposible.

—Somos de otra dimensión.

—¿Estás loco? ¿Por qué dices eso? Yo quiero estar contigo —le confieso, aunque no lo conozco.

No sé si me he vuelto loca o qué. ¿Por qué le digo eso a un extraño? Pero es lo que siento. Es como si mi alma estuviera ligada a la suya, como si lo conociera desde hace mucho tiempo y lo necesitara tanto que duele.

Él me observa con tristeza. Se acerca, me jala por la cintura y tengo contacto con su piel desnuda. Es cuando noto que no tiene ropa. Trago pesado y un fuego arde en mí. Sus labios buscan los míos.

El tintineo de la alarma me despierta y doy un salto.

—¡Ah! —grito como loca.

Entonces abro los ojos y me doy cuenta de que acabo de despertar. Pero esa musiquita del demonio sigue sonando, así que la apago y salto de la cama.

Estoy agitada y con la sensación de ese sueño extraño en mi piel. ¡Se sintió muy real!

Me pongo la mano en el pecho y suelto un suspiro. Hacía muchos años que no soñaba con él, porque había tratado de reprimir esos sueños en los que buscaba a un desconocido y él me decía que éramos almas gemelas, pero que no podíamos estar juntos. Y me quedaba con esa sensación de vacío al otro día.

Llegué a sentirme muy culpable en las mañanas, en el tiempo que estuve con Joel, porque de alguna forma sentía que le era infiel en mis sueños. Era una locura, una tontería, pero sí me sentía mal y culpable. Mas esa sensación de vacío no se iba.

Con el tiempo dejé de soñarlo, pero esta vez fue más vívido que las otras. Y esa voz se me hizo muy familiar, también ese cuerpo, como si de verdad lo hubiese visto…

En ese momento tocan la puerta y le digo a Zebastiel que entre.

Él lo hace y menciona algo que no logro captar, pues me pierdo en sus ojos y me quedo observándolo por un largo rato, porque hay algo en él que me llama la atención: su estatura, su presencia, su voz, su mirada.

No puede ser.

Entonces, todos los recuerdos de los sueños anteriores llegan a mí de forma brusca e invasiva.

Esos sueños que al despertar me eran borrosos, y ese rostro que nunca pude recordar, ahora se ve claro en mi mente, como si hubiese desbloqueado algo que había perdido o que se había ocultado en lo más profundo de mi subconsciente.

—Esto es imposible —digo en voz alta, sin poder contenerme—. Tú eres el hombre de mis sueños.

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