12. Lobo guía: Un lazo prohibido – Entre el pasado y lo inevitable

Zoe

No, esto no me puede estar pasando.

 No, no puede ser real.

Me quedo congelada en mi lugar, temblorosa y con el corazón latiéndome con fuerza.

Joel sigue insistiendo y tocando la puerta, pero yo me quedo en silencio, con la esperanza de que se rinda y se vaya.

—Por favor, mi amor, ábreme la puerta. Sé que estás ahí. ¿Todavía estás enojada conmigo? Eres demasiado injusta a veces, solo por cosas que están en tu cabeza. Ya llevas dos meses fuera de casa. ¿No se te ha pasado el berrinche aún? —me reclama.

Y la rabia arde dentro de mí. Tengo unas ganas inmensas de salir y caerle a escobazos. Joel es tan cínico que todavía intenta manipularme con que la insegura soy yo, con que me estoy imaginando cosas, cuando yo lo vi ayer.

—Ay, Zoe, cálmate. Él tampoco sabe que lo viste —me digo a mí misma.

Trato de relajarme porque no quiero que Joel entre a la casa y se encuentre con Zebastiel. Eso me traería más problemas. Intento tranquilizarme y seguir fingiendo que no estoy, pero este hombre no se rinde. ¿Y si sale Zebastiel? Ay, no, no, no… Debo detenerlo.

Me levanto tan rápido que siento un dolor punzante en el tobillo. No puedo evitar gritar. Es cuando recuerdo que me lastimé esta mañana.

Ah, yo no puedo ser tan tonta.

—¿Estás bien? —pregunta Joel desde afuera—. Abre, por favor…

Esta vez intenta forcejear la puerta.

Ay, no, esto no me está sucediendo.

Me arrastro como puedo por la cocina, pero el dolor me tiene cojeando y sin fuerzas. Entonces veo el palo de la escoba y lo agarro.

—Bien, tú me servirás para dos cosas: como arma y como soporte —digo.

Porque eso es lo que voy a hacer con ese desgraciado: caerle a escobazos.

Apoyada en el palo de escoba, me arrastro como puedo hasta la puerta y abro. Y ahí está el muy cínico, con una rosa en la mano y su cara de idiota.

—¿Qué quieres? —le pregunto, mordaz.

Él me observa de arriba abajo.

—¿Estás bien? —inquiere, como si de verdad yo le importara.

—Saltémonos la parte en la que tú finges preocuparte por mí y dime qué es lo que buscas en mi casa. Creo que fui muy clara la última vez, Joel. No quiero nada que ver contigo. Nuestra relación ya terminó. Eres libre de ir a vivir tu romance anhelado con tu mejor amiga. Déjame en paz.

Él se aprieta el cabello con las dos manos y ese gesto brusco hace que a la rosa se le vaya un pétalo. Es tan animal que no tiene delicadeza con una pobre flor. Así tampoco tuvo delicadeza conmigo… y ahora quiere venir a hacerse la víctima.

Imbécil.

—Es que no lo entiendes —replica él, ofuscado—. Tú sabes muy bien que Mónica es como una hermana. Yo nunca te haría algo así.

No puedo evitar reír porque de verdad este hombre es un gran actor. Si yo no lo hubiese visto ayer, estaría ahora mismo dudando de mí misma y sintiéndome culpable. Pero yo lo vi con estos dos ojos: él y ella se estaban besando.

—Joel, nada de lo que digas me va a convencer. Por favor, vete. No entiendo por qué insistes tanto. De todas formas, ni siquiera parezco tu novia. Además, estuvimos siete años de relación y nunca dejé de ser eso: la novia que actuaba como esposa, o más bien como una sirvienta, porque nunca te dignaste siquiera a pedirme matrimonio.

Su ceño se frunce y se queda serio por un momento, como si no tuviera cómo replicar a eso. Pero luego menea la cabeza de forma dramática y me mira.

—Tú sabes muy bien lo que pienso del matrimonio. ¿Es necesario un papel para que nuestra relación funcione y para demostrarte lo mucho que me importas? Yo te amo. Si lo que quieres es eso, tener una boda y firmar un papel… puedo hacerlo.

Lo aparto de mí porque intenta agarrarme y me cruzo de brazos.

—Por favor, Joel, no seas ridículo. Siempre me decías lo mismo: que lo harías por mí, te sacrificarías y firmarías un papel, pero nunca hubo un anillo, nunca hubo una propuesta. Y cuando lo mencioné las últimas veces, lo que hacías era enojarte. Además, ese no es el caso, pues a mí ya no me interesa casarme contigo. Así que, sea que hayas cambiado de opinión o que quieras sacrificarte por mí, no es necesario, porque no te quiero.

—No mientas. Sé que me amas, Zoe. Tú y yo somos el uno para el otro. ¿Ya olvidaste cómo empezó nuestra relación? Todo lo que hemos pasado juntos.

—Porque no lo olvido es que te digo que no quiero nada con un hombre como tú —escupo, rencorosa.

Hay un momento de silencio entre los dos. Nos quedamos mirándonos. A simple vista parece un hombre herido, desesperado, dispuesto a hacer cualquier cosa para recuperarme, con ojeras alrededor de los ojos, el cabello desarreglado y un cansancio que luce más emocional que físico.

Sin embargo, yo no estoy loca. No me he imaginado nada de lo que ha sucedido en estos siete años. Tampoco me imaginé lo que vi ayer, por accidente.

Pero él está aquí, asegurando “amarme” y buscando que regrese a la vida miserable que llevaba.

Es que, por más que lo analizo, no lo entiendo. ¿Por qué quiere atarme a él?

¿Es egoísmo? ¿Es deseo de poder? ¿Le encanta pisotearme, mantenerme hundida?

Es que no logro entenderlo.

¿O acaso quiere llevar una doble vida? El beneficio que yo le ofrezco, como la estúpida sumisa que cumple todos sus caprichos, y el beneficio que le ofrece la otra al meterse en su cama a escondidas.

Lo que sea que pase por la cabeza de este hombre ya no me interesa. No lo quiero en mi vida y no me voy a volver a atar a una relación que me hacía más daño que bien.

—Joel, déjame en paz. Ya yo te superé. Estoy haciendo mi vida. Haz lo mismo. Ahora tienes la libertad de estar con Mónica. Sé que la quieres. Entonces, ¿por qué insistes conmigo?

—¡Con un demonio!

Él golpea la puerta.

Se soba la mano porque le duele.

Ay, estúpido.

—Es que no lo entiendes. No hay nada entre Mónica y yo. Mónica no puede ser mi novia. Ella no es el tipo de mujer que necesito. Yo te necesito a ti. Te amo a ti. Tú eres la mujer de mi vida. Nosotros somos una pareja. Nosotros vamos a morir juntos, ¿de acuerdo?

No, esto ya es inconcebible.

—No seas ridículo, Joel. Vete de mi casa, por favor. No puedo atenderte ahora, estoy ocupada.

Intento cerrar, pero el dolor en el tobillo me recuerda que estoy convaleciente.

—¿Estás bien? ¿Qué te pasó en el tobillo? —me interroga e intenta acercarse—. Siempre haces cosas raras. Seguro te hiciste eso por estar de tonta —me dice.

Entonces me detengo. Lo miro… y él se arrepiente al instante.

—No quise decir eso. Ya sabes, lo digo en forma de broma… tontita, de cariño.

—Sí, todas esas palabras ofensivas eran de cariño —digo, haciendo comillas con los dedos—. ¿Sabes qué? Vete. Si quieres, di que soy la mala y piénsalo también. Diles a todos que estoy destruyendo nuestra relación por una estupidez. No me importa. Yo solo no te quiero en mi vida.

—Ya dejaste de amarme. Tienes a otro, es por eso. Dime, ¿con quién te estás acostando? ¡Con quién me estás siendo infiel!

No puedo creer que Joel se atreva.

—¿Sabes qué? No todo el mundo es como tú. Yo no tengo a nadie.

Lo empujo y voy a entrar, pero él me agarra por los brazos y me choca contra la pared, cerca de la puerta.

—Suéltame —le digo, mientras trato de liberarme de su agarre.

—No. Ya basta de estupideces. Tú te vas a regresar conmigo a la casa. No entiendo por qué actúas así. Solo estás buscando una excusa para herirme. ¿Qué es lo que quieres? ¿Que me case contigo? Lo haré, pero ya basta de tus berrinches infantiles y egoístas.

—Déjame en paz. Yo no quiero nada contigo —ordeno, y forcejeo con temblores.

Me falta el aire y el terror se apodera de mí.

Me siento pequeña ahora…

Un sentimiento de familiaridad me inunda y me paraliza. Y me odio porque todavía soy una cobarde, porque de alguna forma Joel tiene un control sobre mí, sobre mi deseo de libertad e independencia.

Él me abraza fuerte, como si con ello pudiera retenerme y hacerme cambiar de opinión.

Yo solo lloro, impotente y frustrada, porque ya no sé cómo deshacerme de él. No entiendo cómo voy a escapar de siete años de una relación que me consumió por completo, al punto de no saber ni siquiera quién soy.

—Suéltala.

Una voz potente y autoritaria se escucha sobre nosotros.

—Ella te dijo que la dejaras en paz. ¿Por qué la sigues molestando? —interpela Zebastiel, y su tono intimidante me eriza todos los vellos.

Entonces Joel me suelta y lo mira de arriba abajo, impactado, como si no pudiera creer lo que sus ojos ven.

La situación no pinta muy bien. Zebastiel está en bermuda, con el torso descubierto, el cabello despeinado y, lo peor de todo, en mi casa. Justo cuando acabo de decir que no estoy con nadie.

¿Por qué no me traga la tierra ahora?

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4 comentarios en “12. Lobo guía: Un lazo prohibido – Entre el pasado y lo inevitable”

    1. Hola. Muchas gracias por el interés en mi historia. Este es un libro, para ver los videos, ve al menú y escoge “Videos”. También puedes leer este y otros libro, tanto gratis como premium.

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