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Katerina mira a Gio a la expectativa y su corazón va aumentando el ritmo de los latidos a medida que él se acerca a ella.
Gio se quita el estetoscopio del cuello y se lo pone en las orejas; a continuación, coloca la campana del aparato en el pecho de ella para simular que le escucha el corazón.
—Uy, tu pulso se ha elevado; ha de ser por la calentura y las ganas que tienes de que yo te folle rico. Dime, paciente calenturienta y sexy, ¿es eso?
Katerina se pone más roja que un tomate y baja la mirada con vergüenza.
—¡Qué cosas dices! —chilla escandalizada.
Ver sus facciones tímidas y ese hermoso sonrojo en su piel lo hace sonreír malicioso.
—Eres tan cachonda como yo. Ambos estamos excitados sin siquiera haber empezado los juegos preliminares.
—¡Hablas por ti, indecente! —exclama ofendida—. Yo no soy como tú; tampoco estoy excitada.
—Sí, lo estás. Mira, como tu doctor y el profesional aquí, sé lo que te estoy diciendo. Te resaltaré los síntomas para que veas que no miento ni hablo por hablar.
Gio empieza a rozarle el brazo con el dedo, por encima de la tela.
—No eres ni doctor ni profesional... —Él la interrumpe con un beso en la boca, que termina en una mordida en el labio inferior. Se lo jala con los dientes y luego lo chupa.
—Sí, lo soy. Soy el doctor de la folladera. —Sonríe juguetón y ella entorna los ojos—. Te diré los síntomas para que veas que sé de lo que hablo. Según mi observación, tu hermosa piel está rojiza —dice mientras mueve el dedo hacia arriba; luego lo posa en la abertura de la bata, cerca de la clavícula—, tus labios están entreabiertos y tu piel se siente más caliente. Si miras tus bellos senos, notarás que tus lindos pezones están erectos, como llamándome a chuparlos y lamerlos.
» De manera involuntaria te estás abriendo a mí; por eso te encuentras sentada con una postura relajada y el pecho erguido. Aunque no lo creas, puedo reconocer el cambio en tu olor gracias a las feromonas; también noto lo dilatadas que están tus pupilas y esa mirada de reojo que me das. Estás tan deseosa como yo, así que deja los complejos y prejuicios, y entrégate por completo a esta pasión que nos está quemando a ambos.
Katerina se queda muda ante su explicación y sin ningún argumento para refutarlo; así que decide confiar en él y dejarse llevar como este le pide.
—Si me entrego a ti, ¿me prometes no hacerme daño? —pregunta con lágrimas en los ojos—. Si me duele, te pediré que pares; ¿prometes hacerlo? —Esta vez las lágrimas le mojan las mejillas.
Esa petición rompe la diversión en él.
Gio la mira aterrado ante su pregunta.
¿Por qué creería ella que él la obligaría o haría algo que la lastimara?
Giovanni traga pesado, se relame los labios con nerviosismo y busca esa mirada miel que tanto le encanta.
—Escúchame, Katerina: yo nunca te haría daño —le dice con voz suave, pero firme—. Si hay alguna cosa que no te gusta o simplemente no quieres hacer, puedes decírmelo sin vacilar, y puedes estar segura de que pararé. No te preocupes, te lo haré suave y seré delicado. Entiendo que tienes muchos años sin tener relaciones sexuales, por lo tanto, podría molestarte un poco.
Gio la besa en los labios.
—Gracias... —balbucea ella, aliviada y más calmada.
Gio la mira con pesar. ¿Por qué le da las gracias?
—Este doctor ya tiene un diagnóstico y la cura. ¿Estás lista para tu tratamiento?
Ella asiente con nerviosismo y Gio se lame los labios, ansioso por sentir su piel contra la de él.
—Ven aquí, esposa mía. —Extiende las dos manos para que ella se sostenga; luego la jala hacia su cuerpo.
Gio suelta el lazo de la bata y la rueda hacia atrás, acción que provoca que la tela caiga al piso.
Con ojos maravillados y la boca hecha agua, se acerca a ella y le acaricia el rostro; luego roza su dedo por el cuello y lo desliza hasta llegar a los pechos. Él se agacha para saborear los frutos rosados, que le causan un placer exquisito a Katerina.
Ella, extasiada con la cercanía y las caricias de él, le quita la bata para acariciar la piel tersa.
Gio, por su parte, la carga por la cintura y se encamina con ella encima, en dirección a la cama. Luego de acostarla, busca un preservativo y un caramelo mentolado de sabor fuerte, que le inunda el paladar.
Mientras usa sus manos para tocar, rozar y pellizcar la piel de su esposa, el caramelo se va deshaciendo en su boca.
Katerina lo mira idiotizada cuando él saca un aparatito pequeño y ovalado, y sonríe malicioso.
Un zumbido se escucha en la habitación, llamando la atención de Katerina, quien mira el aparatito vibrar en la mano de él y frunce el ceño, confundida.
Entretanto, Gio mastica la menta, pero aprieta los ojos al no soportar la sensación picante del mentol.
Él le abre las piernas a su amante y luego los labios; acto seguido, le pega el aparato que vibra en el clítoris y, con su boca, saborea todo lo demás. La sensación mentolada, mezclada con la vibración del aparato, le provoca un placer tan fuerte a ella, que grita jadeante mientras se remueve.
—¡Gio! —gime alto, meneando la cadera con frenesí, disfrutando la mezcla de sensaciones.
Una ola placentera empieza en la pelvis y se extiende por todo su cuerpo. Entonces siente que se pierde en la nada y su cuerpo cae en un trance sabroso, donde las sacudidas y espasmos se tornan más violentos.
Un grito es el desahogo del abrasante orgasmo, que hace que la saliva se le salga de la boca, apriete fuerte la sábana y gire los ojos.
Gio, dispuesto a aprovechar la gran secreción de ella para que la penetración sea suave, se pone el preservativo en tiempo récord y con gran destreza. Luego se coloca encima de Katerina sin presionar, para que su peso no la oprima.
Él la mira a los ojos, como buscando su aprobación; su respuesta es asentir atolondrada, debido a que todavía no se ha recuperado de ese intenso orgasmo.
—¿Confías en mí? —pregunta él con voz suave mientras le acaricia el cabello.
—Sí… —Ella arrastra el monosílabo y asiente con la cabeza.
Gio sonríe y le acaricia la mejilla; acto seguido, entra en su esposa con lentitud y delicadeza.
Por su parte, Katerina aprieta los ojos en anticipación del posible dolor; no obstante, los abre sorprendida porque, pese a sentir que él la llena por completo, no hay rastro de incomodidad, tampoco le duele.
Él la besa en los labios y ella le acaricia la espalda. Entonces él menea la cadera con sensualidad y coordinación, como si de un baile atrevido se tratara.
Sus movimientos son tan asertivos que Katerina empieza a sentir un placer sutil y exquisito y, como respuesta a ese cosquilleo sabrosón, menea la cadera, intentando coordinar su danza sensual con la de él.
Gio se muerde los labios de manera sexy; también se los lame de forma alusiva, mientras deja salir varios gruñidos que le ponen la piel de gallina a Katerina.
Entonces, los sudores se mezclan, las pieles se rozan y los labios se unen. Con caricias, gemidos y suspiros, ambos llegan al clímax.

