El gigoló y la viuda: Capítulo 37

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Gio, sudoroso y sofocado, mira a Katerina con expresión maravillada y los ojos llorosos. Todavía siente las corrientes del placer recorrerle la piel y el corazón latirle agitado.

Con una sonrisa tierna, le acaricia el cabello húmedo y le besa todo el rostro de forma hiperactiva.

—Mierda, preciosa, ¡qué rico es hacerlo contigo! Es la primera vez que me siento de esta manera, a la que no le encuentro un nombre, pero que es genial. Me encantas, eres lo mejor que me ha pasado. —Le da un beso en los labios y le limpia las lágrimas que empiezan a brotar de los ojos color miel de su esposa.

—No me dolió... —balbucea ida. Se encuentra en un extraño trance de impresión y fascinación, en pleno proceso de asimilación de la nueva experiencia.

Gio arruga el rostro al escucharla y, aunque teme saber la razón de su aversión a la sexualidad y al coito, necesita descubrirlo.

Le pica la lengua por preguntarle; no obstante, sabe que debe ser un tema delicado para ella, así que se reprime. No quiere empañar lo que están viviendo, tampoco que ella lo asocie con su pasado.

—Te dije que no debe doler. —Le besa la nariz.

—Eres muy bueno en esto; a diferencia de mí, que solo aprendí a abrir las piernas. Siento no haber sido más activa —se lamenta, abochornada.

Gio se recuesta en la cama y la jala a su lado; luego la acurruca en el calor de su cuerpo.

—Estuviste perfecta, muñequita. En cuanto a experiencia, la tendrás. Yo me encargaré de corromperte. —Se lame los labios.

Katerina esconde la cara en el pecho de él y sonríe satisfecha. Para el resto del mundo, su relación con Gio es inescrupulosa y reprobable, pero para ella es lo más bonito que le ha pasado en la vida.

«Anhelo tanto que lo nuestro sea para siempre», piensa mientras se aferra a él.

Entonces la golpea la tristeza de que aquello es momentáneo. Ha vivido en la soledad y el sufrimiento por tanto tiempo, que saborear el placer, la buena compañía y las risas sinceras es como descubrir un gran tesoro, uno que no quiere perder nunca.

***

Los rayos de sol se cuelan por las ventanas de cristal, puesto que las cortinas de color crema están corridas hacia los lados.

Katerina se remueve en la cama al sentir un brazo y una pierna fuerte encima de ella. Agranda los ojos y casi le da un ataque por dos razones: primero, está desnuda y acompañada; segundo, si el sol la está molestando con ese resplandor, es porque es tarde y ella tiene que abrir la tienda.

Cae en cuenta de que las ventanas de su habitación están cerca del balcón, por lo tanto, el resplandor no llega a la cama; entonces se incorpora exaltada al entender que no está en su casa.

Repara en Gio, quien duerme con los brazos y las piernas abiertas, y todos los rizos regados en la almohada. Los recuerdos del día anterior la visitan uno a uno, y una emoción extraña le inunda el cuerpo.

Sonríe satisfecha al descubrir la razón por la que las personas se emocionan al hablar de sexo y lo equivocada que estaba al creer que era algo malo y pecaminoso.

¿Cómo puede ser satánica aquella entrega tan hermosa? ¿No será, más bien, que las personas le dan un mal uso?

Quizás por eso Gio estaba tan emocionado; aunque ella no es experta, sabe que tanto él como ella experimentaron la sexualidad de forma incorrecta en el pasado.

Mira a Gio y sonríe como una tonta enamorada. Ese loco le parece tan lindo y único. Le es increíble cómo pasó de ser un desconocido a quien recogió en la calle, a convertirse en la persona más importante de su vida.

—¿Es normal que sienta este apego después de lo que vivimos? —musita para sí mientras lo observa con ternura.

—Ummm... —balbucea él, luego se tapa la cara con la almohada.

Katerina lo deja luchando con el sol y se levanta de la cama. Luego se dirige al baño, se lava los dientes y se asea. Cuando regresa, con la bata puesta, encuentra a Gio desnudo, hablando por teléfono.

—¿Con quién hablas?

—Con servicio. Vendrán a buscar nuestras ropas para llevarlas a la lavandería y nos traerán el desayuno.

—Espero que no se tarden mucho con la lavandería; debemos abrir la tienda.

—Te equivocas. Le dejé las llaves a Lynda, así que ella se encargará de todo allá hasta que regresemos. En cuanto a la ropa, que se tarden lo que deseen, ya que nos pasaremos el día aquí metidos y la ropa es lo que menos necesitaremos —dice alusivo y una sonrisa seductora.

—¿El día entero? —Ella lo mira con suspicacia.

—Sí. Después de desayunar, haremos el amor; luego veremos una película o dos, entonces volveremos a juguetear delicioso; después pedimos el almuerzo y conversamos mientras nos besamos y tomamos un vino. Cuando terminemos de almorzar, ya la ropa de seguro estará lista, así que saldremos a comprar trajes de baño y las prendas que necesitaremos estos tres días. Luego haremos el amor y, en la noche, pasearemos y cenaremos rico en un restaurante. Cuando regresemos, volveremos a hacer el amor.

Katerina se queda mirándolo con desaprobación y una mueca acusadora.

—¿Estaremos aquí por tres días? ¿Y por qué tu itinerario consiste en hacer el amor a cada momento? ¿Acaso tienes manía?

Gio suelta una risita charlatana y se muerde el labio inferior.

—Hacerte el amor es lo único en lo que puedo pensar, en especial después de haber probado lo deliciosa que eres. Y sí, estaremos aquí por tres días.

—Bueno... —responde rendida, lo que sorprende a Gio, quien se esperaba varias excusas de su parte que justificaran las razones para no poder quedarse.

—Vaya, ya tenía preparadas varias contradicciones a tus argumentos para negarte a disfrutar de nuestra luna de miel, pero qué bueno que no será necesario. —Sonríe victorioso y se levanta del sillón acolchado de color vino.

Katerina lo sigue con la mirada hasta que él entra al baño, luego se lame los labios sonrojada al imaginarse apretando aquel trasero firme.

Los recuerdos de él dentro de ella inundan su mente y el deseo de volver a sentir aquel placer se torna insoportable. Aprieta las piernas y se relame los labios, como manera de reprimir la necesidad de seguirlo.

Sonríe al escucharlo cantar, lo que indica que terminó de lavarse los dientes. Recuerda que él solía hacer lo mismo los días que durmió en su habitación.

Después de debatírselo por varios minutos, Katerina se quita la bata de baño y se dirige hacia donde está él. Entra y rueda la puerta transparente de la ducha, donde un sorprendido Gio la observa con los ojos agrandados.

La excitación en ella aumenta al reparar en lo sensual que luce él debajo del agua, con su cabello hacia atrás y el brillo de su piel mojada. Con pasos lentos, pero decididos, se acerca a él y se abre espacio dentro de la ducha.

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