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Gio le acaricia el cabello mientras se deleita con su exquisito perfume. Se siente bien el calor que emana de su pequeño cuerpo, la manera tan tierna en la que ella se refugia en él y cómo su corazón late vehemente por su cercanía.
Le encanta todo lo que tiene que ver con ella: su nobleza y sencillez, la belleza que desprende aún con esa ropa fea y esa sonrisa que ilumina todo a su alrededor, aunque es difícil verla.
¿Qué tendría que hacer él para provocar que ella sonría más a menudo? ¿Qué se requiere para que su tristeza se transforme en alegría, deje sus inhibiciones y pueda disfrutar de la vida?
Quiere enseñarle tanto, pero también aprender de ella.
«¿Qué es lo que siento por ti, Katerina?», piensa emotivo.
Le gusta sentirse así. Es la primera vez que piensa tanto en una persona, al punto de soñar con ella.
Nunca había extrañado a alguien que no fueran sus padres; pero a ella la echa de menos en las noches, cuando ambos deben dormir en habitaciones separadas, y en el día, cuando ella hace sus diligencias o él tiene que hacer las suyas.
No obstante, la emoción de volver a verla hace que esos momentos de añoranza valgan la pena.
¿Qué es lo que le sucede con esa mujer? ¿Qué tiene ella que las demás no? ¿Por qué le late el corazón de manera diferente cuando ella está junto a él?
«¿Qué me has hecho, Katerina de Koch?»
—Vamos a comer las galletas —dice ella con una sonrisa tímida.
Katerina rompe el contacto, dejándole un gélido vacío en el pecho a Gio, cuya piel ya extraña el calor de su cuerpo mezclado con el de él.
—Sí... —balbucea ido.
Ella hunde una galleta en el chocolate, luego muerde gustosa. Gio se entretiene observándola, como si esta fuese la cosa más maravillosa que haya visto jamás.
—¿No quieres comer? —inquiere ella mientras degusta el postre con ojitos felices.
«Sí, quiero comerte a ti», piensa mientras la mira, alelado.
—Eh... tengo una mejor idea para este chocolate. —Sonríe malicioso.
—No creo que me guste tu idea, así que mejor te la reservas —gruñe ella y frunce el ceño.
—¡Eres tan aburrida a veces! Haré como digas, pero con una condición.
—No necesito ninguna condición; no estoy obligada a escuchar tus barbaridades depravadas.
—Muñequita, si tan solo te imaginaras lo que te puedo hacer con ese chocolate, no dudarías ni un segundo en decir: “Gio, papi, cómeme así, sí, así...” —jadea como si estuviera sumido en un gran placer.
—Eres un pervertido, ¿acaso solo piensas en sexo?
—No. También pienso en comer y en besarte esa boca hasta que no me quede aliento —la jala por la cintura y la besa.
Katerina se rinde a su invasión y le corresponde con la misma fuerza.
Le encanta sentir sus labios suaves con sabor a chocolate. Nunca había hecho aquello con ningún hombre, así que es algo nuevo para ella y, para su sorpresa, le está gustando bastante.
—Ummm... estás aprendiendo, muñequita —rompe el contacto, la mira maravillado y vuelve a besarla.
Decide ir un poco más lejos, así que juguetea con la lengua y le acaricia los muslos, por encima de la tela de la falda.
Esa acción provoca que ella se tense y rompa el beso.
—L-las galletas... —tartamudea ella con nerviosismo.
—Las galletas, sí... —repite él mientras frota la nariz en el cuello de ella.
Katerina, quien siente un desborde de pasión en su interior, se remueve incómoda debido al cosquilleo en su piel y en ciertas zonas; los escalofríos la hacen temblar y las ganas intensas de pegarse más a él la consumen.
—¿Quieres ir a la habitación? —pregunta Gio con voz temblorosa. La excitación es tal que sus manos se mueven de forma involuntaria.
—¿Para qué? —Se hace la ignorante. La vergüenza compite con el deseo, por lo que se debate entre ceder a los encantos de él o ponerle un alto.
Gio nota su lucha interna y decide darle un empujoncito. Desabotona la camisa de ella de a poquito hasta que tiene acceso al sostén blanco. Por encima de este, empieza a estimularla con la lengua y a hacer varias succiones.
Ella, como resultado del atrevimiento de él, se queda pasmada ante el placer que le brinda.
Con la respiración agitada y el pulso acelerado, Katerina se deja hacer sin poner resistencia; al contrario, lo motiva a seguir con su juego, acariciando y apretando su cabello rizado.
Gio sonríe al percatarse de que ella le da luz verde, entonces la carga. Katerina responde receptiva a su movimiento, así que envuelve las piernas alrededor de él, quien camina tambaleante hacia la habitación.
Gio va a entrar a su dormitorio, pero ella lo detiene.
—Ahí no, por favor... —masculla ella con miedo.
—Vamos a la tuya, entonces —propone comprensivo, aunque no entiende la razón de su comportamiento.
Una vez entran, Gio la pone sobre la cama con delicadeza. Lo primero que hace es quitarle esa blusa fea y la falda, dejándola solo en ropa interior.
—Ah... —jadea ella cuando Gio besa los pechos libres del sostén, acción que la toma por sorpresa, pues ni cuenta se dio de cuándo él se lo había quitado.
Él pasa la lengua con sabrosura mientras le da pequeñas succiones y mordidas.
—Qué hermosa eres... —dice maravillado.
Él la mira con una sonrisa cómplice y empieza un recorrido de besos por toda la cintura, hasta llegar al borde de la braga. Con los dientes y sin perderse ninguno de los gestos de ella, empieza a bajar la tela, acción que provoca palpitaciones vaginales a Katerina y que eriza su piel.
Gio la libera de la ropa interior y le agarra el pie derecho, luego da besos en las plantas y termina rozando los labios entre los muslos de ella. Aquello la hace vibrar y removerse con temblores, mientras deja salir varios gemidos bajitos.
Él, satisfecho de lo que está logrando y ansioso por ir a más, hunde la cabeza entre las piernas de ella y sopla allí, justo en su humedad.
El aliento caliente le cosquillea la zona y la hace removerse del deseo y las ansias. Mas, cuando él abre la boca para estimularla, el timbre retumba en toda la casa y ambos se espantan.
—¿Qué estamos haciendo? —reacciona ella, como si se acabara de despertar de un sueño.
Verse desnuda y expuesta ante su empleado la hace sentir asqueada, debido al sentimiento de culpa y vergüenza que experimenta en ese momento.
—Yo te voy a comer toda y tú disfrutarás, eso es lo que estamos haciendo.
—¡No! Esto está mal, ¡apártate de mí, satanás! —exclama colérica mientras cubre su desnudez con la sábana.
Por otro lado, el timbre no deja de sonar, lo que termina de alterar a Gio, quien mira a Katerina con ganas de estrangularla.
¿De verdad le saldría con esa estupidez?
Mira la erección atrapada en el vaquero y tiene que inhalar y exhalar para no perder la compostura.
—No me salgas con eso ahora, que mucho que te lo estabas gozando —profiere molesto.
—¡Cállate, irrespetuoso! No haré esto contigo; además, alguien está tocando el timbre. Dios, perdón por ser una lujuriosa. ¿En qué estaba pensando cuando cedí a su juego? ¡Ay, no! ¿Qué he hecho?
Gio se queda en silencio mientras la observa con ira. ¿De verdad está pasando aquello? ¿Ella se atrevería a dejarlo con las ganas?
El timbre vuelve a sonar y Gio estalla en maldiciones y todas las obscenidades que se le ocurren en ese momento.
Por su parte, Katerina se tira de la cama y se viste en tiempo récord; corre fuera de la habitación, como si escapara desesperada, y abre la puerta.
—Katerina, ¿qué rayos te pasó? —cuestiona Tom al verla toda desgreñada, colorada, sofocada y con la ropa desaliñada y mal abotonada.
