Entre silencio y miradas

El autobús se mueve de un lado a otro con violencia, por lo tanto, es difícil mantener el equilibrio. Ella se sostiene con fuerza de forma mecánica e ida en sus pensamientos, sin prestar atención a las sacudidas del repleto transporte. Ya está acostumbrada, puesto que hace ese viaje a diario.

Ignora el bullicio que se cuela por la ventana o la queja de uno que otro pasajero, cuando el autobús los sacude o sólo por el simple hecho de que éste va lento y ellos llevan prisa. Allí, como aguja en un pajar, se sumerge en sus sueños y fantasías de una vida mejor. Un cosquilleo incómodo la saca de su ensoñación y su tranquilidad es reemplazada por inquietud y miedo, al percatarse de unos dedos escurridizos que viajan por debajo de su falda.

Traga pesado antes de intentar moverse y liberarse del osado tacto; no obstante, no hay espacio suficiente para deshacerse de aquel abuso. ¿Debería gritar? ¿Qué tal que lo confrontase y le dijese sus verdades a aquel acosador?

Da un respingo cuando su muslo es apretado y no le pasa desapercibida la respiración agitada sobre su cuello, así también, el bulto duro que se apretuja contra sus glúteos. Un malestar se apodera de su cuerpo, las lágrimas amenazan con salir y sus manos se tornan temblorosas. Debería hacer alguna acción, pero sus músculos no responden y la voz se le ha quedado atascada en la garganta. Inhala y exhala para recuperar el control de sí. Un trago amargo libera su garganta y decidida a parar la tortura abre su boca, pero algo la detiene.

—¡Quite su sucia mano de ella si no quiere quedarse manco! —La voz demandante de un chico resuena en el transporte público. Todos lo observan atónitos mientras él sostiene la muñeca de aquel señor entrado en edad.

—¡Es solo un abuelo, mono amarillo! —vocifera un hombre con indignación y desprecio.

El chico ignora la defensa hacia el abusador y lo sigue sosteniendo con mirada amenazante y expresión de enojo. Es cuando todos empiezan a proferir injurias contra el joven y justifican al señor blanco porque aparenta debilidad.

—¿Cómo es que se ponen del lado de un sujeto que está acosando a una jovencita? —grita una señora, indignada, ganando la atención de los presentes. Al cabo de unos segundos, se arma una acalorada discusión, ya que una parte de los pasajeros defiende al hombre viejo; mientras que la otra, a la jovencita y a su salvador.

La chica siente mucha vergüenza y las lágrimas se acumulan en sus ojos listas para salir. Es en ese momento que desearía tener poderes de invisibilidad o teletransportación.

Por su parte, el joven nota la incomodidad y bochorno de la muchacha, y aprovecha que el autobús hace una parada para sostenerla de la muñeca y correr con ella a rastras hacia afuera.

No se detiene al pisar el fuerte pavimento, por el contrario, continúa su escape mientras sostiene la mano de una chica que se deja llevar, como si de una muñeca inflable se tratara. Tras de haber corrido por unos largos minutos, el extraño se detiene para recuperar el aliento; ella, por su parte, se queda de pie como si fuera una estatua, un cuerpo sin alma que se ha quedado estático y en el limbo.

—¿Estás bien? —pregunta el joven. Ella reacciona como si de un sueño despertara, entonces repara los temblores que sacuden su cuerpo, el sudor que le recorre la blanca piel y lo frenético que late su corazón; y es en ese entonces, que despierta de aquel extraño trance que la había sacado de la realidad por unos minutos.

Dado que las palabras no llegan a ser pronunciadas, gracias al nudo que se le ha formado en la garganta, ella se limita a asentir con la cabeza mientras mantiene la mirada perdida en un punto fijo. Él, en cambio, aprovecha el momento para permitirse detallarla. Recorre a la joven de grandes curvas con fascinación y curiosidad. Ella es la típica chica pelirroja de piel pálida y ojos grandes. Todo lo contrario, a las féminas de su nación; quienes, en su mayoría, tienen complexión delgada, piel amarilla, cabello lacio y oscuro, y ojos pequeños.

No obstante, esa diferencia le parece exótica, hermosa, inquietante en el buen sentido y un deleite a la vista. Aunque de donde viene aquel escrutinio es descortés, no disimula la admiración que la figura voluptuosa de la muchacha le provoca. Se entretiene con sus rizos rojizos y traviesos que juguetean en la piel blanquísima —haciendo un notable contraste—, para luego detenerse en sus ojos, apreciándolos como si de dos diamantes verdes se trataran. Es que es la primera vez que ve una mirada tan linda.

¡Se siente hipnotizado! No puede apartar la vista de aquellos orbes esmeraldas que se muestran idos y angustiados, rodeados por largas y frondosas pestañas, hermoseando aún más los grandes ojos de la chica. Sus cejas no son abundantes y poseen el mismo color rojizo de su cabello, que sí es mucho. Detiene su contemplación en los pequeños y llenos labios rosados, y sonríe al descubrir las pecas marrones claras que adornan sus mejillas rosas y esponjosas, de esas que te dan ganas de pellizcar.

—Gracias —dice ella al fin, sacándolo del placentero trance en el que se había sumido. Es que admirarla le parece fascinante.

—No tienes que agradecerme, más bien lamento el haberte sacado del autobús sin tu consentimiento; actué por impulso.

—No te preocupes… En realidad, fuiste mi héroe. —El sonrojo en su mejilla se roba la completa atención del chico. Es impresionante cómo su tono de piel cambia con tal facilidad. Ella es la criatura más hermosa que él haya visto jamás.

—Por lo menos permite que te pague un taxi.

—No es necesario; de hecho, estoy a sólo una cuadra de mi destino. —Ella sonríe.

—¡Qué coincidencia! ¡Yo también! —exclama él entusiasmado. Ambos ensanchan sus labios en una cálida sonrisa que dura unos segundos, donde el tiempo se detiene y los sonidos dejan de existir.

—¿Por casualidad vas a la universidad? —La gracia que ella denota con tan sólo hacer una simple pregunta provoca una sonrisa abierta al joven.

—Sí, soy nuevo en la Universidad Illix. Obtuve una beca para estudiar ingeniería electrónica, por tal razón, he viajado desde China.

—¡Vaya! Debes ser todo un genio. Yo estudio lo mismo y hoy empiezo mi primer periodo en la misma universidad, lo que significa que seremos compañeros de clases.

La dicha que siente el chico al escuchar sus palabras es indescriptible, puesto que, parte de que la volverá a ver, tendrá a una acompañante con quien compartir su nueva aventura. Por lo tanto, el temor a lo desconocido y a un país extranjero con un idioma y costumbre diferentes, será más llevadero.

Ese es el inicio de una nueva amistad que podría convertirse en algo más…


Tres años después…

—No entiendo por qué Mao y tú no salen —dice la amiga de la pelirroja mientras pone su mano sobre el hombro de ella—. Ustedes hacen una linda pareja y tienen mucha química.

La pelirroja mira hacia la entrada de la universidad, donde vislumbra a su mejor amigo desde hace tres años. Hay algunas chicas a su alrededor buscando cualquier tema de conversación para acercarse a él. Todas delgadas y hermosas, con ropas femeninas y a la moda. Tan diferentes a ella.

La pelirroja baja el rostro con desdén y suspira para volver la mirada al chico asiático, quien es encantador y atractivo. ¿Cómo se fijaría él en ella?

—Ya te lo he dicho…

—“Sólo somos amigos” —termina por ella, tratando de imitar su voz mientras forma una mueca de desaprobación y resopla frustrada—. Siempre dices lo mismo, pero tus ojitos se llenan de lágrimas cuando eso sucede —apunta al asiático que conversa entretenido con el grupo de chicas coquetas— o cuando él empieza a salir con otra. Pero eres una adulta y libre de tomar tus propias decisiones, aunque estas te van a llevar a la eterna soltería.

—Hola, chicas. —La morena se calla cuando el asiático se para frente a ellas con su sensual sonrisa; es en ese instante que la pelirroja se pierde en los hermosos labios con los que tanto ha fantaseado.

No puede evitarlo, siempre que él se le acerca ella termina escudriñando cada detalle de su anatomía y sus gestos; por ejemplo, suele contemplarle la pequeña y medio aplastada nariz, que se arruga cuando él sonríe; o esa mirada café cubierta por casi inexistentes pestañas, cuyo tono oscuro dan la sensación de están dibujadas con delineador, pese a que son naturales, y resaltan sus hermosos clisos achinados.

O ese cuerpo que, aunque delgado, se muestra firme y escultural. Pero lo que más le gusta es su cabellera negra, lacia y brillante, que termina en su cuello y que el chico peina con sus manos cada vez que ella está cerca. Él suele vestir de negro, blanco y azul. Su ropa moderna y siempre ceñida de forma estética, asimismo, su colonia suave y esa personalidad fresca y pícara le encantan a tal punto, que se pierde admirando su presencia e ignora todo a su alrededor.

—¿Terminaste de babear por tu “amigo”? —La morena de cabello en forma de afro le susurra en los oídos, lo que provoca un respingo en la pelirroja. Con las mejillas sonrojadas y la respiración errática, Sierra se apresura a dirigirse a su clase, ignorando el saludo de Mao y las insinuaciones de la morena; quienes se encogen de hombros ante su raro comportamiento e imitan su acción.

Así pasan los días, que luego se convierten en meses. Entonces, otro año hace su entrada y, unos seis meses más tarde, ellos se gradúan de sus carreras.

La celebración es sencilla en una pizzería, ya que los padres de ella viven en otro estado y los de Mao al otro lado del mundo.

—¿Qué harás ahora? ¿Regresarás a tu país? —inquiere ella curiosa.

—Sí —responde triste—. Ya no hay una beca que me respalde en este lugar, tampoco una visa, ya que la que poseo está a punto de expirar.

—Te graduaste con honores y tu trabajo de tesis fue el mejor, Mao, así que estoy segura que podrás conseguir un buen contrato de trabajo que te permita quedarte —dice ella desesperada, puesto que no quiere que su mejor amigo se marche.

Él asiente esperanzado y le sonría con ternura.

—Me encanta lo mucho que crees en mí, bonita. Ya he tomado varias entrevistas, pero me llevará más tiempo del que poseo encontrar una buena oportunidad acá; así que mientras eso sucede debo regresar.

Ella asiente en acuerdo.

—Voy ayudarte. Un amigo de papá tiene varias empresas que requieren nuestro conocimiento. Él me dijo que me contrataría cuando finalice mi carrera; le hablaré de ti y de lo bueno que eres.

—Muchas gracias, Sierra, me será de mucha ayuda tu apoyo. Cumplirías mi más grande sueño. —A él se le cristalizan los ojos por la emoción.

Dos semanas más tarde, Mao tiene que regresar a China. Sierra lo lleva al aeropuerto y se queda junto a él, hasta que llega la hora en que Mao tiene que abordar el avión.

—Voy a extrañarte mucho —dice ella entre sollozos—. ¿Qué haré sin mi mejor amigo?

—Yo también te voy a extrañar, pero confío en que pronto nos veremos. —Él le pellizca la nariz. Por un leve momento, Sierra siente la necesidad de confesarle sus sentimientos a Mao; sin embargo, el miedo la paraliza y las palabras no llegan a ser articuladas—. Hasta luego, Sierra. —Él le toca la frente con su dedo índice y se marcha, dejando un vacío doloroso en el pecho de la pelirroja. —Espero verte pronto, Mao —musita para sí—. Ojalá yo fuera delgada y más bronceada, de esa manera, sería la chica indicada para alguien tan apuesto como tú. Vuelve pronto, Mao. Te quiero —musita para sí mientras lo observa desaparecer en medio del pasillo. Las lágrimas le mojan las mejillas pecosas, entonces ella se gira para regresar a casa.


Han transcurrido seis meses desde que Mao y Sierra se despidieron. Para ella, la ausencia de su amigo ha sido muy difícil de sobrellevar, puesto que la pelirroja no es una chica sociable, por lo tanto, no tiene más amigos que Mao y la morena, pero esta última se fue al extranjero a hacer una especialidad.

Por supuesto, ella ha conocido gente nueva en su trabajo y nuevo vecindario, ya que decidió vivir por su cuenta y no regresar a su ciudad natal. Por suerte consiguió una buena posición en la empresa del amigo de su padre, también está ayudando a Mao para que sea contratado por ellos. Pese a que en los primeros meses los dos se mantuvieron en contacto muy a menudo, en estas últimas semanas apenas han podido saludarse de vez en cuando.

Es sábado en la tarde y Sierra ha recibido la confirmación que estuvo esperando por seis meses, así que se arregla el cabello, pone un poco de maquillaje y se prepara para una video llamada con su mejor amigo.

—¡Te tengo una excelente noticia! —exclama muy feliz, una vez su amigo la saluda del otro lado de la pantalla. A diferencia de ella, el rostro de Mao luce triste y desesperanzado—. ¡Te van a contratar y te darán una visa de trabajo! ¡Ya me lo confirmaron, Mao! ¡Lo lograste! —celebra entusiasmada.

Mao traga pesado y los ojos se le cristalizan. Lo que tanto quería está frente a él; sin embargo, la buena nueva llegó un poco tarde.

—Lo siento, Sierra, pero no podré aceptar la oferta de trabajo. Yo… voy a casarme… —Ella escucha a través del monitor de su laptop. La cara triste del asiático, que se refleja en la pantalla, se va tornando en una llena de preocupación al no recibir una respuesta de su amiga, quien se ha quedado congelada en su lugar y en pleno mutismo.

Después de varias insistencias del chico, ella vuelve en sí. Con voz temblorosa suelta un “felicidades” no muy convincente, mientras que las lágrimas se abren paso. Ante aquel bochorno de verse tan expuesta ante su mejor amigo, Sierra cierra el aparato de golpe. Sus manos temblorosas limpian de forma inútil las lágrimas que se desbordan por su rostro y, es en ese momento, que decide ser sincera con ella misma. Por lo tanto, se permite llorar con libertad y sin dejar oculto ningún sentimiento; ella deja salir lo que por cinco años había escondido dentro de sí.

***

Por toda una semana, Sierra ha tenido que lidiar con el sufrimiento de haber perdido al hombre que le gusta y todo por no haber tenido la valentía de sincerarse con él.

—No lo entiendo, ¿cómo te vas a casar así de rápido? Nunca me dijiste que estuvieras comprometido, ni siquiera que tenías una enamorada —murmura para sí mientras trata de hacer su trabajo. Ella se reportó enferma esa semana, por lo que ha estado laborando desde casa. La notificación de una videollamada resuena en el aparato, lo que la hace detenerse y quedarse absorta en sus pensamientos.

Ya ha perdido la cuenta de todas las veces que Mao ha tratado de contactarse con ella desde la última vez que hablaron; no obstante, Sierra lo ha ignorado porque le apena mucho la manera en que reaccionó cuando supo que él se va a casar.

—¡Hasta que por fin! ¡Estuve a punto de comprar un vuelo si no me contestabas! —La voz en la otra línea se escucha agitada, llena de angustia y preocupación.

—¡Eres un exagerado! —Ella sonríe con amargura mientras se limpia las lágrimas que escapan de sus ojos, ya que no se siente capaz de disimular su dolor.

—Me dejaste muy preocupado. ¡¿Qué rayos te pasó?!

—Sólo me impresionó la noticia. No sabía que estabas con alguien. —Sierra se sacude la nariz.

—¿Estás llorando? —La preocupación del chico aumenta.

—Ya sabes que todo está bien, así que, si me disculpas, estoy ocupada ahora… —No le importa la rudeza con las que suelta las palabras, es más, le satisface tratarlo mal. Es consciente de lo injusta que es; sin embargo, ¿cómo debe lidiar con la rabia y los celos que la embargan?

—Ella es una vieja amiga —ignora su mal genio y opta por explicarle—. Bueno, en realidad, es hija de unos amigos de la infancia de mis padres. Ellos insistieron con lo del matrimonio y con que yo me encargue del negocio familiar de mi suegro…

—Espera, espera, espera… —La incomodidad es muy obvia en su tono de voz—. ¿Te vas a casar por capricho de tus padres? ¿Acaso te has vuelto loco?

—Pues… —Mao se pellizca la nariz—. No le veo importancia, de todas formas… —Hace silencio.

—¡Eres un idiota!

—¿Vas a regañarme? Mejor prepárate para visitarme y ser mi madrina.

Los temblores que azotan su cuerpo en ese momento no se comparan con el dolor que le atraviesa el corazón. Esta vez, las lágrimas son incontrolables y desde la otra línea su amigo puede presenciar sus sollozos.

—¡Maldito infeliz! —estalla, fuera de sus cabales.

El mutismo se instala entre ellos por un largo rato. Mao la observa incrédulo y muy confundido, pero espera a que ella esté lista para aclarar su extraña reacción. Sierra, en cambio, mantiene la vista enfocada en sus manos temblorosas y sin reparar en el tiempo. Es el suspiro de su amigo que la trae de vuelta a la conversación.

—No iré a tu boda. —Ella rompe el silencio—. ¿Sabes por qué? —Traga pesado, decidida a liberar su verdad, esa que hace mucho tiempo había ocultado por temor—. Porque estoy enamorada de ti, como la gran idiota que soy, y nunca tuve el coraje de decírtelo. —Limpia las lágrimas que inundan sus mejillas—. Entiendo que los chicos como tú no se fijan en las chicas como yo. Por eso preferí enterrar este ridículo sentimiento y fingir que todo estaba bien cuando te veía ligar con otras mujeres. Adiós, Mao… Me imagino que ya nada será lo mismo entre nosotros, así que ésta es nuestra despedida. Mao, te amo —concluye. Sierra no responde al llamado desesperado de su amigo y cuelga.

Después de llorar y encerrarse en su apartamento por todo un mes, Sierra decide que es momento de empezar un nuevo capítulo en su vida. No le queda otra opción que no sea resignarse a que Mao no será más que su amigo, así que, como buena amiga, ella lo va a apoyar en la nueva decisión que ha tomado. Ella desbloquea su contacto y, de inmediato, empieza a recibir las notificaciones de muchas llamadas perdidas y mensajes de él.

Opta por exhalar un suspiro y guardar el móvil en el bolso, puesto que en ese momento sólo quiere disfrutar de la vista del mar frente a ella e inhalar la brisa salada. A pesar de lo doloroso que ha sido enterarse de su compromiso, tras haber sido sincera con él respecto a sus sentimientos, se ha sentido más libre y en paz. Es como si le hubieran quitado un gran peso de encima.

—Yo también estoy enamorado de ti. —Casi da un respingo al escuchar esa voz con acento detrás de ella; una que reconocería, aunque le hablasen mil chinos juntos, debido a que se la encuentra diferente al resto y le provoca todo un mar de sensaciones; sin embargo, lo que en realidad causan que sus lágrimas mojen sus mejillas son sus palabras.

—¿Qué haces aquí? —cuestiona con recelo, temerosa de que su mente le esté haciendo una mala jugada.

—¿No me estás escuchando, Sierra? —replica él, frunciendo el ceño—. Te estoy diciendo que yo también estoy enamorado de ti.

A la pelirroja le tiemblan los labios, las piernas y las manos… Nunca su corazón había palpitado con tanto frenesí como en ese momento.

Ella lo mira con incredulidad y temor, puesto que, había soñado tanto tiempo con aquella confesión, que en ese momento le parece irreal. Además, ella había imaginado que él se le confesaría con un ramo de flores en manos, rodeados por fuegos artificiales y hasta por humo; no obstante, ambos están frente al mar y con el bullicio de los vehículos a su espalda; él decidido, ella con muchas interrogantes.

—¿Por qué ahora? —musita Sierra en un suspiro.

—Porque una persona como tú no se fijaría en una persona como yo. Eres una chica blanca y muy bella; mas yo sólo soy un mono amarillo.

—¡¿Es en serio?! —espeta impresionada—. Eres muy atractivo y encantador; yo, sin embargo, soy una vaca pálida y sin gracia. Pensé que nunca te fijarías en alguien como yo.

—¿Qué? Pero si eres la mujer más hermosa que he visto en toda mi vida. Además, siempre recalcaste que solo éramos amigos, ¿cómo iba siquiera a imaginar una oportunidad con alguien como tú?

—¿Cómo? —Ella se tapa la boca con ambas manos mientras agranda los ojos.

«Es cierto», reconoce para sí, dado que ella siempre le recalcaba aquello y asumía que el interés de él era porque ella fue la primera persona con la que compartió cuando llegó al país. Temía equivocarse y arruinar su amistad con Mao, por eso nunca se atrevió a confirmar si existía más que un cariño de amigos entre ellos.

—Me gustaste desde que te conocí, Sierra, pero las personas de tu país suelen vernos como alguien inferior y temí. Sé que sueno mal porque tú siempre me trataste bien y no eres racista; sin embargo, me aterrorizaba ser rechazado por ti y ni siquiera contar con que seamos amigos. Aún recuerdo aquel día en el autobús y cómo corrimos agarrados de las manos por la calle, eso no lo había hecho con otra chica nunca. De verdad, quise declararme antes, pero tú solo me veías como a un amigo y yo soy… —Ella lo interrumpe con un beso, haciendo realidad la fantasía de probar sus labios.

—¡Qué tontos! Nos perdimos tantas cosas por esos prejuicios sin sentido. —Ella ríe divertida cuando rompe el dulce contacto.

—Estás en lo cierto. No dejemos que vuelva a suceder ni con nosotros ni con nadie más. Los prejuicios nos limitan y nos convierte en perdedores.

—Tienes razón…

—Entonces… —pronuncia él con nerviosismo.

—Entonces… —Ella sonríe.

Los labios nerviosos se unen en un beso delicado y cargado de sentimientos. Les parece fascinante la manera tan deliciosa en que sus bocas se acoplan, como si ya se pertenecieran desde mucho tiempo atrás. El beso se torna apasionado y es la confirmación del inicio de una nueva relación, una que había sido trabada por los prejuicios e inseguridades; pero que ahora nace de la sinceridad y el temor a la pérdida de ese amor que creyeron no era correspondido.

Fin

Gracias por leer


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1 comentario en “Entre silencio y miradas”

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