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La mañana avanza, pero pocas personas visitan la tienda. La mayoría de los que entran allí lo hacen para beber café gratis o disfrutar de los dulces y rosquillas que Katerina pone a disposición de sus clientes encima de los mostradores de la floristería.
Aburrida por la poca circulación y agotada por la preocupación de no vender nada, decide cerrar por unas horas para ir a la tienda y comprarle ropa a Gio. Se toca las mejillas y se muerde el labio inferior al sentir una emoción extraña en el pecho.
Sabe que no es correcto sentir la llegada del chico a su vida como si le hubieran hecho un regalo; asimismo, le asusta esa conmoción que experimenta al saber que encontrará a alguien en casa. Sin embargo, se siente lindo no estar sola y tener con quién conversar sin hipocresía ni restricciones.
Durante varios años, después de su jornada en la floristería y sus otras ocupaciones, llegar a su casa ha sido deprimente, y la soledad poco a poco ha ido absorbiendo su energía; por tal razón, aquel terremoto repentino en el cuerpo de un chico tan lindo y carismático, que puso su mañana de cabeza, la tiene de buen humor y sonriente.
Camina por las plazas y entra a la tienda más exclusiva y elegante del centro de la ciudad. Ya está acostumbrada a comprar ropa de hombre, debido a que suele enviar ese tipo de regalos a sus hermanos, padre y sobrinos.
Rememora la ropa ensangrentada y rota que tiró a la basura y busca prendas similares. No sabe cuánto tiempo aquel chico estará allí, pero decide comprar suficiente y para distintas temperaturas, así no pasaría precariedades en su próximo viaje por falta de vestimenta.
No se limita a comprar ropa; la emoción de poder suplir la necesidad de esa persona la lleva a visitar varias tiendas, donde se abastece de calzado, productos de higiene, perfumes y hasta comida. Así tiene la despensa llena para que el chico no pase hambre.
Katerina se detiene en una pizzería y decide que aquel día almorzaría en casa. Va a la heladería por el postre y, con una emoción que hacía más de diez años no sentía, se dirige al hogar.
—Gracias por cubrirme y mantenerme informado.
—¿Puedo llamarte?
—No. Este teléfono es prestado porque aún no tengo uno.
—Gio, puedo ir por ti e incluso enviarte dinero. ¿Dónde estás?
—Ni siquiera yo sé dónde estoy. Abordé un barco equivocado al huir. No te preocupes, estaré bien.
—Es imposible no preocuparme por ti, bombón. ¿Estás seguro de que no necesitas dinero?
—Si necesito dinero, tengo mercancía para suplir esa necesidad, así que tranquila, estoy bien. De todas formas, mi tío te ha de tener vigilada. Llamé solo para que sepas que estoy bien. —Hace una mueca. La realidad es que llamó para obtener cualquier información útil que ella le pudiera dar.
—Bueno… —suena dubitativa—. Cualquier cosa que necesites, me lo comunicas; sabes que siempre estaré a tu disposición.
—De eso no me cabe duda… —masculla con molestia.
Después de despedirse, cierra la llamada y suspira.
—Maldita Dinora, como si yo no supiera que solo te interesa cogerme; pero ya soy libre y no volverás a tocarme.
Se sienta a meditar los sucesos y a atar cabos. Sabe que ella le dirá a su tío que él la llamó, por eso manipuló el teléfono ajeno para que saliera como desconocido. Mas, pese a que ella es una secuaz de su tío, le resulta fácil de manipular y usar a su favor debido a la obsesión que tiene con él.
Los ruidos en la sala lo despabilan y este se dirige hasta allá para saber de qué se trata.
Se para en medio de la sala, con los brazos cruzados, mientras observa a Katerina entrar y salir.
—¿Qué es todo esto? —pregunta, divertido, cuando ella regresa con más bolsas en las manos.
—Hice algunas compras —responde con un resoplido de cansancio.
—A mí me parece que te trajiste la tienda completa. ¿Necesitas ayuda?
—Supongo que sí… —Mira al suelo, sonrojada.
—Vamos. —La agarra de la mano y sale con ella a rastras. Se dirigen al garaje y Gio carga las bolsas más pesadas. Les toma dos viajes más entrar todo.
—Te compré algo de ropa para que no andes enseñando tus atributos como si fueras Tarzán en la selva. Aunque este usaba un taparrabos, por lo menos.
—Yo puedo ser tu Tarzán y tú mi Jane. Créeme, la selva nos quedaría corta en salvajismo.
Katerina agranda los ojos con exageración y su cara se torna roja. Ver esa expresión escandalizada en ella le provoca mucha diversión a él.
—¿Es necesario ser tan indecente? ¿Por qué todo lo sexualizas? —Ella lo encara seria, y este traga pesado, debido a que la expresión de ella luce diferente y analítica.
—Es una broma. ¿Acaso no tienes sentido del humor? —Él entorna los ojos de forma evasiva.
—Pues tus bromas son desagradables. Te pediré, por favor, que no me coquetees.
—Vaya… —Él se muerde la lengua y sonríe.
Tiene sentimientos encontrados con la actitud de ella; por una parte, se siente bien que esta no lo vea como una mercancía sexual, pero por otra, le molesta que su encanto no surja ningún efecto en ella. ¿Acaso no se lo encuentra atractivo?
—Hablo en serio. Si mantienes ese comportamiento, darás la impresión equivocada.
Él la observa con un poco de vergüenza, y ese hecho lo asusta. ¿En qué momento de su vida se había sentido así? Solo puede semejar aquella sensación a los primeros días en su labor. Al principio se sentía sucio y avergonzado, como si se estuviera faltando a sí mismo y a sus padres.
—Perfecto, a ti no te voy a coquetear. Ni te imaginas de lo que te estás perdiendo, preciosa.
—Según mi experiencia en la vida, el fanfarrón es solo eso: paja. Prefiero hechos en vez de palabras, porque a estas se las lleva el viento y se usan para cubrir carencias.
Giovanni frunce el ceño al sentir su ego herido.
En ese momento tiene la tentación de demostrarle si él es paja o no; así que se visualiza agarrándola por la cintura y subiéndola a la mesa, para luego apretarle el cabello, romperle las bragas y hundir su cabeza hasta que ella estalle en múltiples orgasmos. Por último, remataría con embestidas bruscas mientras le lame y muerde el cuello.
—¿Me estás escuchando? —interpela ella, mientras lo observa con curiosidad.
Giovanni se limpia la baba que se le escapa de la boca y la mira con desconcierto, dado que no puede descifrar si aquel pensamiento fue solo una venganza mental o una mera fantasía.
«¿Qué te pasa con esta mujer, buen cabrón?», piensa, preocupado ante la erección que le palpita por debajo de aquel diminuto, pero ancho pantalón.
—Sí, te estoy escuchando, abuela. ¿Sabes? No te demuestro si fanfarroneo o no porque sería como acostarme con mi madre. En cuanto a tu reclamo, soy coqueto por naturaleza; no obstante, contigo haré una excepción, o eso intentaré.
Katerina asiente con la cabeza y se dispone a poner la comida en la mesa en silencio.
«¿Acostarse con su madre?», piensa mientras busca los platos y vasos.
La tensión llena la cocina y el silencio se torna incómodo. Giovanni frunce el ceño al meditar sus palabras y entender que hay una probabilidad de que su anfitriona se haya ofendido, mas el ego no le permitiría disculparse o retractarse.
Por su parte, Katerina le hace una seña con la mano para que él se siente, entonces empieza a comer sin ganas ni emoción. En ese momento, dos palabras retumban en su mente, haciéndola sentir culpable de haber tenido alguna admiración sensual por el chico.
«Abuela, madre», se repite en su cabeza como tortura.
Ella mira a Giovanni de soslayo y pide perdón al cielo por las emociones raras que un chico más joven que ella le provoca.
