Me enamoré del hermano bruto – Historia corta

Sí, sé que el título suena raro, pero no sabría cómo ponerlo de otra manera.
Crecí en un campo de gente humilde, pero de naturaleza vasta y recursos que los de la ciudad envidiarían.
El verde era nuestra muralla, y los ríos, nuestro lugar de escape. 
Mis hermanos y yo solíamos jugar con los hermanos Torres.
Todos varones, todos de apariencia llamativa.
Era divertido hacer travesuras con ellos, ayudarnos con las tareas del hogar y asistir juntos a la escuela del pueblo.
Crecimos como familia, cuidándonos unos a otros.
Ellos eran cuatro; nosotros cinco: tres hembras y dos varones.
Yo era la mayor y, por ende, tenía más responsabilidades en casa.
Dos de los Torres eran mayores que yo, uno tenía mi edad y el otro era menor por dos años.
Estaba Juanpa, el primero; Diego, el segundo; Ricardo, el tercero, y Rey, el último.
Todas las niñas del pueblo suspiraban por los hermanos Torres… menos por Juanpa.
No porque fuera feo, porque no lo era.
Su rostro era tan simétrico y varonil como el de sus hermanos, pero carecía de la gracia que los demás irradiaban.
Los Torres eran de las familias más pudientes entre los campesinos.
Sus hijos vestían ropa traída de la ciudad, hablaban con una finura poco común y destacaban en los estudios.
Todos, excepto Juanpa.
Él repetía cursos, no hablaba con delicadeza y vestía sencillo.
A eso se sumaba su andar tosco y su completa falta de interés por coquetear.
Era alto, fuerte, con unos hombros que imponían respeto.
A medida que crecía, sus músculos se ensanchaban, y su sola presencia bastaba para que los demás se apartaran.
No porque fuera problemático, sino porque imponía.
Sin embargo, si alguien nos molestaba, él era quien nos defendía.
Era nuestro monstruo protector. 
Aunque no fue diestro con los estudios, fue el sostén de su familia.
Cuando los Torres pasaron por dificultades, fue él quien trabajó sin descanso para mantenerlos a flote.
Mientras sus hermanos estudiaban en la ciudad, Juanpa se encargó del campo, de la casa y de ellos.
Al crecer, se convirtió en la roca de su familia.
No tenía títulos ni ropa de ciudad, pero todos lo respetaban.
Incluso sus hermanos lo escuchaban sin rechistar; solo él podía regañarlos sin recibir reproches.
Y eso… eso me enamoró. 
En silencio lo observaba trabajar, sudar bajo el sol, cuidar de todos sin esperar nada a cambio.
Era un hombre ejemplar, con los pies en la tierra, seguro de sí mismo.
No le importaba que lo llamaran bruto o rústico.
Solo era él mismo.
Y vaya que eso me cautivó.
Pero Juanpa ni me miraba.
No entendía mis tímidas indirectas, ni por qué lo esperaba cada mañana con café caliente. 
Tampoco notaba que le horneaba un pastel en cada cumpleaños.
Para él, todo era un gesto de amistad, de una vecina cercana.
Pensar en mí como algo más que eso… simplemente era inconcebible.
O quizá yo no era su tipo.
Pero ¿quién lo era entonces?
Nunca se le conoció novia ni ligues.
Algunos decían que le gustaban los hombres, aunque nadie lo había visto con ninguno.
Y tal vez, solo tal vez… él simplemente no necesitaba a nadie.
***
 
Esa mañana, como siempre, me paré frente a la cerca que dividía nuestro patio a esperar a Juanpa para darle su cafecito.
Sabía cómo le gustaba: fuerte y con poca azúcar. Normalmente lo acompañaba con algunas galletas, un pedazo de pan o rosquillas. Otras veces no. Pero siempre disfrutaba verlo tomarlo y sonreírme.
Ese día me atreví a hacerle la pregunta que no me dejaba dormir tranquila.
—Juanpa… —empecé, nerviosa—. ¿Te gustan las mujeres?
Él escupió el café.
Ay, ¿por qué le pregunté eso? ¡Qué tonta! No era esa la pregunta.
Le evadí la mirada por la vergüenza y deseé que la tierra me tragara en ese instante.
Cuando se recuperó del asombro, me miró a los ojos como si esperara la razón de mi pregunta.
—Yo… —vacilé y empecé a jugar con mis dedos.
Ah, yo estaba pendeja. ¿No pude haber abordado el tema de otra forma?
—¿Qué quieres saber exactamente? —me preguntó, como si supiera que mi inquietud no era esa. ¿Habría notado que me gustaba?
No, ¡qué vergüenza!
—Pues… —No sabía cómo abordar el tema sin arruinarlo—. Yo… —Me relamí los labios, solté un suspiro y tomé valentía—. ¿Por qué nunca has tenido novia? ¿No sientes atracción? ¿Nunca te ha gustado nadie?
Sentí alivio cuando solté todas las preguntas, aunque fui invasiva.
Él se tomó su tiempo para responder.
Su mirada se perdió en la taza de café y sus labios temblaron ligeramente.
—Pues… —Me miró a los ojos—. Siempre me ha gustado alguien, pero ella ya tiene pretendiente.
¡¿Qué?!
Juanpa estaba enamorado…
Sentí que el corazón se me rompía en mil pedazos. Dolía mucho.
¿Para qué pregunté?
—Oh… —mascullé, apagada—. Pero si es solo un pretendiente, tienes esperanzas. Deberías decirle…
No podía creer que lo estuviera animando para que se le confesara a otra mujer.
Ah, pero verlo feliz, conmigo o sin mí, valía la pena mi desamor. Juanpa merecía amar y ser amado.
No iba a negar que me daban celos y un poco de enojo. Quizás hasta ganas de caerle a escobazos; sin embargo, formé una sonrisa y lo sacudí por el hombro.
El contacto fue electrizante y causó que mi corazón saltara con agitación.
—No es tan simple —respondió con tristeza—. Ellos tienen un compromiso de palabra. Desde que eran niños acordaron casarse. No podría competir contra él: un hombre estudiado, con estilo, tan encantador que se roba los suspiros de todas. Eso no me gusta, pues ella se merece que sea suyo y de nadie más; sin embargo, todas tienen acceso a él. Odio que no se la merezca, pero fue decisión de ella. Nada puedo hacer.
Qué tristeza. Mi pobre Juanpa.
Me duele mucho verlo tan infeliz, tan frustrado. Yo también lo estoy.
Como él, estoy enamorada de alguien que ama a otra persona. Qué lindo hubiera sido que me mirara a mí, que me amara como lo hacía con ella.
Lo vi marcharse con la misma fortaleza de siempre, como si no cargara con un corazón roto.
Yo también disimulé. Lo hice ese día, el siguiente y el siguiente…
No dejaba de prepararle el café ni de buscarle conversación. Era masoquista…
Aun así, lo esperaba todas las mañanas, y mi corazón —el tonto que no se rendía— se alegraba cuando su saludo se mezclaba con el canto de los gallos al amanecer.
Nunca le diría que lo amaba. Tampoco que lloraba por las noches desde que me dijo que amaba a otra.
A pesar de lo mucho que me dolía, oraba todos los días para que ella lo notara, para que le diera una oportunidad, para que él pudiera ser feliz.
Juanpa se lo merecía.
 
***
 
Había pasado más de un mes desde que Juanpa me confesó sus sentimientos. Lástima que no fueran sentimientos hacia mí, sino hacia otra mujer. Desde ese día había llorado durante muchas noches y pensado demasiado, y si alguna vez me acostaba sonriendo, esa sonrisa se me moría rápido.
Aun así, aquella costumbre de verlo por las mañanas, prepararle su café, a veces ponerle unas galletitas o un pedazo de pastel… todo eso me llenaba de una calidez que ni yo misma entendía.
Aunque a veces me enojaba con él por no quererme, igual me alegraba verlo. Mis sonrisas salían solitas cuando me contaba alguna de sus anécdotas con los demás trabajadores.
Pero cuando él no estaba, recordaba que le gustaba otra chica y mis sonrisas se apagaban. La tristeza era mi pan de cada día. A veces no tenía ganas de hacer nada: ni salir, ni siquiera comer. Y en las noches, en mi cuarto, me visitaban mis pensamientos… y también las lágrimas.
Pero aquel día había decidido que sería diferente. Tenía que aceptar que Juanpa no me quería y cerrar ese capítulo de mi vida, superarlo.
Esa tarde fui a la plaza del pueblo y me compré un helado. Con una sonrisa que al principio era falsa, caminé por las calles activas; luego me senté en un parque a contemplar a los niños jugar y reír.
El día estaba hermoso y fresco, perfecto para empezar de nuevo y olvidar el desamor. Sin embargo, todo se arruinó.
Poco a poco mi sonrisa se desvaneció y la tristeza volvió a instalarse en mi pecho.
Lo vi caminar junto a una mujer. Ambos reían, sumidos en una conversación amena. Se veían tan cómodos y felices juntos que me dieron ganas de llorar.
¿Era ella la chica que le gustaba? Me la encontré un poco mayor para él, pero eso era lo de menos.
Ellos estaban en una cita, eso era obvio. Los celos me consumieron y apreté mi helado con fuerza hasta que este empezó a ensuciarme las manos.
—¿Natalia? —La voz de Juanpa me sobresaltó—. ¡Qué sorpresa encontrarte aquí!
Quería que me tragara la tierra. Todo el enojo anterior se convirtió en miedo y vergüenza. Era ridículo sentirme así; no lo entendía.
Traté de disimular naturalidad, pero los nervios eran obvios.
—Ella es Tomasa, una clienta —me presentó a su amiga—. Estamos haciendo negocios y ahora mismo terminamos de llevar unos documentos a la oficina gubernamental —me explicó, como si yo le hubiera preguntado.
No sabía si era mi impresión, pero lo noté un poco nervioso. La mujer me sonrió con ternura; luego miró a Juanpa de forma maliciosa.
—Un gusto conocerte, Natalia —me saludó ella, y le respondí por cortesía—. Bueno, me despido aquí. —Ella le dedicó una mirada cómplice a Juanpa y se fue.
Qué rara.
—Estás toda sucia —dijo él; luego sacó un pañuelo del bolsillo de su camisa y empezó a limpiarme.
Mi corazón latió muy fuerte y no pude evitar contemplarlo.
Juanpa tenía una belleza salvaje. Y eso me gustaba.
De alguna forma rara, terminamos saliendo nosotros. Fuimos al cine, luego a cenar. Despedirme de él me puso triste. Por una noche lo sentí mi novio, pero eso era imposible, pues él quería a alguien más.
Pese a esa realidad, me acosté con una sonrisa en la cara y mariposas revoloteando en mi estómago.
Los días transcurrieron con regularidad, pero una tarde recibí la visita de Diego, el hermano de Juanpa.
—Hola —lo saludé.
Él corrió hacia mí, me tomó de las manos y me dio un beso en la frente. Me agarró desprevenida; no esperaba ese movimiento de su parte.
—Oye, ¿qué haces? —le reclamé.
Pero él solo sonrió, coqueto, como lo hacía con todas las chicas de la plaza.
—Oye, deja de hacer eso, es raro —le dije.
—¿Por qué es raro? Tú y yo nos casaremos —respondió, muy sereno.
¿Ah?
Me quedé congelada, pues me agarró desprevenida.
—¿Qué? —murmuré, asombrada y con la mente en blanco mientras trataba de entender las palabras de ese loco—. ¿De qué hablas? Yo nunca me casaría con un mujeriego como tú. Además, mi corazón… —mi voz tembló un segundo— ya tiene dueño.
Sus ojos se abrieron, igual que su boca.
—¿De qué hablas? —interpeló—. Tú y yo nos casaremos. Desde que éramos unos niños, te reclamé como mía. No te pongas celosa de esas chicas con las que salgo; solo estaba experimentando para aprender a amarte. Pero te prometo que, cuando nos casemos, seré solo para ti.
Lo miré de arriba abajo, impresionada por su tontería. ¿Acaso se golpeó la cabeza?
Me puse una mano en la cintura, igual que hacía mi madre cuando iba a discutir.
—Oye, entiende algo. Yo nunca me conformaría con un hombre que necesite experimentar con medio pueblo antes de comprometerse. Además, tú no me gustas. Y otra cosa: ¿desde cuándo tú decides? Nunca me preguntaste si quería casarme contigo, ¿cierto?
—¿Por qué lo haría? No tenía que decírtelo a ti; se lo dije a Juanpa. Él me dio su permiso.
—¿De qué rayos hablas? —pregunté, irritada.
—Sabes que Juanpa era el líder del grupo. Él nos cuidaba, nos protegía, nos enseñaba cosas. Así que le confesé que tú y yo nos casaríamos al crecer y él me dio su bendición.
—¡Ah! ¡¿Por qué le dijiste eso?! ¡Ni siquiera pediste mi opinión! Se supone que, si te vas a casar conmigo, tienes que decírmelo a mí. Espera… —dije, entrecerrando los ojos—. ¿Cuándo le dijiste eso a Juanpa?
—¿Qué cuándo? Ah, siempre se lo dije. Incluso una vez creí que tú le gustabas, porque él se quedaba mirándote mucho. Le pregunté y él lo negó. Se puso nervioso, pero no le di importancia porque sabes lo raro que es. Me adelanté a decirle lo nuestro por si se había hecho alguna ilusión contigo, para que lo olvidara. Tú serías una buena esposa para mí, no pegas con él.
No podía creer lo que ese idiota me contaba.
—¿Hablas en serio? —pregunté, sintiendo el corazón acelerarse.
—Sí —respondió él, sin pensarlo.
Entonces lo entendí.
Quizás yo era esa chica de la que Juanpa me habló.
No quería ilusionarme; sin embargo, el corazón ya me estaba saltando con emoción y alegría, desesperado por creer que era verdad. Que ese malentendido significaba que yo era la chica de la que Juanpa estaba enamorado.
Quise gritar como loca y celebrar, mas solo me quedé allí, paralizada, uniendo las piezas del rompecabezas.
Después de caerle a escobazos a Diego por su estupidez y atrevimiento, y dejarle claro que a mí me gustaba alguien más, corrí hacia el sembrío donde Juanpa estaba trabajando.
El corazón me latía muy fuerte mientras me acercaba y las manos me sudaban. Cuando lo vislumbré a poca distancia me detuve, incapaz de continuar. Estaba aterrada.
Me di la vuelta para devolverme, pero la voz de Juanpa me detuvo.
—¿Qué haces aquí? —Su voz era triste.
Me volteé, pero no pude responderle. Estaba demasiado nerviosa.
—Es hora de la merienda vespertina, acompáñame. —Me jaló por el brazo y me llevó a una parte apartada. Debajo de un árbol me sirvió té de un termo y me dio galletas hechas por su madre.
Estaban deliciosas.
—Me imagino a qué viniste —soltó, ido.
Yo escupí el contenido de mi boca.
—¿De verdad? —inquirí, entre incrédula y asustada.
—Vienes a contarme que ya somos cuñados. Escuché que Diego se confesaría hoy.
La rabia ardió dentro de mí. Ese asunto me parecía tan ridículo.
—Eres un bruto —le dije—. ¿Cómo pudiste pensar que a mí me interesaba Diego? Peor aún, que me casaría con ese mujeriego sin escrúpulos.
Juanpa dejó caer su taza y me miró sorprendido.
—¿No es así?
Le di un palmazo en el hombro.
—No, tonto. Eso es locura de Diego. Lo hizo para molestarte o por competencia, ni siquiera le importo. ¡Qué mal hermano es! Te mintió para alejarte de mí. ¿Por qué nunca me lo dijiste?
Silencio.
Juanpa miró el arrebol del cielo, pues el sol pronto se pondría, y soltó un largo suspiro.
—No iba a competir con mi hermano, menos a entrometerme en su relación…
—No hay tal relación —le aseguré—. A mí… —titubeé y mi voz tembló—. A mí me gustas tú.
Sentí que el corazón se me saldría del pecho.
Hubo un silencio tenso que me empezó a avergonzar y quise retractarme de mis palabras.
—¿H-hablas en serio? —tartamudeó, evitando mirarme.
Entonces me atreví a hacer algo que en mis cinco sentidos no hubiera hecho.
Acorté la poca distancia entre nosotros y uní nuestros labios. Nos quedamos así, sin saber qué hacer. Yo por miedo, vergüenza y falta de experiencia; Juanpa por el asombro.
Pero pronto él movió sus labios, aceptando el beso.
Y ese fue el primero de muchos.
Juanpa y yo empezamos una relación bonita que nos llevó a comprometernos. Luego nos casamos y tuvimos diez hijos.
Ahora, más de cinco décadas después, observo a mi viejo grandulón con más amor que al principio. Él todavía tiene fuerzas para jugar con los nietos y bisnietos. Les enseña a sembrar y recoger frutos, les hace columpios y les cuenta historias a la luz de una fogata.
Yo lo amo con locura. Juanpa ha sido un esposo maravilloso y un padre ejemplar. Empezamos dos y ahora somos una familia larga.
Nunca me arrepentí de escogerlo a él, al hermano bruto y trabajador que no estudió en la universidad ni vestía ropas elegantes, pero quien siempre me trató con amor, respeto y entrega, y me hace sentir la mujer más afortunada del universo pese a todos los años que tenemos juntos.
Nuestro amor nunca se apagó. Yo me llevé al mejor de los hermanos.
Fin

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2 comentarios en “Me enamoré del hermano bruto – Historia corta”

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