Capítulo 3
Zebastiel
Camino con pasos apresurados sobre la grama húmeda por el rocío de la mañana, con el corazón acelerado por la emoción y las manos cargadas de bolsas.
Doy varios toques y suelto un suspiro; entonces la puerta cede y la veo.
Sus ojos grandes brillan y su boca se abre por la sorpresa.
—¡Zebastiel! —chilla con entusiasmo y se me lanza encima.
Me aprieta en un abrazo eufórico que casi me hace perder el equilibrio, pero me apresuro a cargarla con todo y bolsas, y no puedo evitar reír ante su recibimiento escandaloso.
—Oye, ya, ya, me vas a asfixiar —le digo entre risas.
Pero ella, en vez de soltarme, riega besos por toda mi cara.
Qué fastidiosa.
Cuando se cansa de darme mimos, se me apea de encima y observa las bolsas, curiosa.
—Son regalos para mi sobrino —le explico—. ¿Qué crees, eh?
Entro sin pedir permiso y Kaia me sigue.
—Oh, muchas gracias —me dice.
—¿Dónde está el rey de la casa? —le pregunto mientras observo a mi alrededor.
—Ah, Nevan le está dando de comer —me responde.
Camino directo al comedor y allí están ellos: Nevan luchando para que el bebé coma. Este se encuentra en una silla especial para cachorros; entretanto, Nevan está frente a él, extendiendo la cuchara, pero el cachorrito se niega.
—¡Ah! ¿Qué basura le estás dando a mi sobrino? —bromeo, y mi voz capta la atención de mi cuñado.
Entonces Nevan se levanta y agranda los ojos, asombrado.
—¡Oh, el cabrón de Zebastiel vino a visitarnos! La última vez que te vimos fue en el cumpleaños de Suriel.
—¡Unos seis meses atrás! —confirmo, pues fue cuando le hicieron una gran fiesta en Luna Roja para celebrar su primer año de vida—. ¡Ah, soy un hombre ocupado! Ya sabes, como me has dejado solo en las misiones —suelto, venenoso, a lo que Nevan se rasca el cabello, apenado.
—¡Ah, imagínate, la familia! —me responde.
Sonríe y hago lo mismo. Me siento tan feliz de que ellos estén bien, aunque mi mejor amigo se ha apartado un poco de sus misiones como guía.
Lo extraño, pero no lo admitiré en voz alta.
—¿Qué te trae por aquí? ¿Qué, se murió alguien? —pregunta Kaia, divertida.
—Ja, ja, ¡qué bromista! —le respondo con sarcasmo.
—Es que es raro que vengas a visitarnos. En verdad, creo que nunca lo has hecho —me reclama.
Entorno los ojos.
—Siempre hay una primera vez, ¿no crees, hermanita?
Ella hace una mueca; luego me sonríe. Me provoca mucha calidez la alegría que denota.
—¿Quieres comer algo? —me pregunta, toda servicial.
—Ah, bueno… Un segundo, ¿preparado por ti o por Nevan? —la molesto.
—¡Oye! —Ella me da un palmazo y no puedo evitar reírme.
Nevan también se ríe.
—¿Qué crees? Ya ha mejorado mucho en la cocina —me dice mi cuñado.
—De verdad me gustaría probar eso, aunque tengo temor por mi vida.
—¡Oye! Deja de decir eso o de verdad te preparo algo que te haga ir al baño por tres días —me amenaza, y forma un mohín.
Tan tierna…
—Créeme, no lo dudo —le respondo, juguetón.
Después de cargar a mi sobrino Suriel, darle sus regalos y también lo que le traje a Kaia y al fastidioso cabrón de Nevan, nos sentamos a almorzar.
Es increíble lo mucho que ha mejorado Kaia en la cocina, aunque no se compara con las comidas que hace Nevan, las cuales extraño en las misiones, pues era él quien se encargaba de esas cosas, ya que yo no soy muy bueno, que digamos.
—Bueno, hermanita, debo irme —me despido.
—Oye, ¿cuándo volverás a visitarnos?
—Ah, no sé cuándo pueda venir ni a Ecos, ni a Luna Roja ni a ningún otro lugar, pues tengo muchas misiones.
Nevan me observa, nostálgico, y sé que él también desea volver a su vida de guía, pero ahora mismo su prioridad es su familia, y eso está bien.
De verdad me siento satisfecho de ver a Kaia tan feliz y con la vida resuelta, pues ella sufrió bastante.
Y, pese a que ha logrado tener éxito tanto en su carrera como en su vida sentimental, todavía tengo pesadillas con lo que sucedió y, aunque no quiero admitirlo, no he superado la culpa que siempre me ha atormentado todos estos años.
Por alguna razón extraña, despedirme de ella se siente muy doloroso, como si esta vez algo fuera diferente.
Ya en casa, me preparo para mi viaje de mañana.
Mamá ha estado más apegada a mí que nunca, diciéndome que me cuide, como si presintiera algo. Eso me asusta un poco porque dentro de sus habilidades está el augurar, ver o presentir cosas, y su manera de tratarme me da a entender que tiene algún miedo.
Sin embargo, ese es el riesgo que conlleva mi trabajo. De todas formas, no es que tenga mucho que perder…
—¿Qué estoy pensando? Tengo una familia: están mis hermanas, mis sobrinos, mis padres, mis amigos, la tía Laurel y el tío Liadrek, mis primos… —susurro sin despegar la vista del techo de mi habitación—. No, yo sí tengo mucho, aunque no haya encontrado a mi compañera destinada.
Y esa realidad duele en mi pecho.
—¿Por qué a mí no me tocó una? —balbuceo, amargado.
No entiendo por qué todos tienen sus parejas menos yo.
Es como si me faltara algo, y ese vacío ha hecho que mi lobo se la pase de mal humor.
Es una agonía difícil de soportar.
Mis tiempos de celo se tornan caóticos porque mi cuerpo se niega a volver a aparearse con otra loba que no sea mi compañera destinada, pero ya ha pasado tanto tiempo y nunca la he encontrado. Es como si ella no existiera.
Con ese pensamiento en la mente, me duermo, y pronto llega el momento de despedirme de mis padres.
Mamá llora y no lo entiendo. ¿Cuántas veces me he marchado antes y nunca había actuado así? También noto tensión en el rostro de papá.
¿Qué hay de diferente en esta ocasión? Solo haré uno de los tantos viajes que he hecho desde que empecé con mi función de guía, décadas atrás.
—Por favor, cuídate, Zebastiel —me pide mi mamá, con sollozos.
—¡Ey! Me voy de misión. No me voy a morir ni nada por el estilo. Bueno… quién sabe.
—¡Zebastiel! —me reclama papá, molesto.
—Oye, solo fue una broma, relájense. ¿Qué les pasa? ¿Por qué actúan tan extraño?
—No lo sé, Zebastiel, he tenido sueños raros —me responde mamá, angustiada—. ¿Por qué no te saltas esta misión? Vamos, podría ir otro lobo guía.
—Mamá, ya sabes que no puedo faltar a mis misiones. Estaré bien, lo prometo.
Ellos no quedan muy convencidos, pero no insisten más. Yo, al igual que ellos, tengo este extraño presentimiento que me provoca un nudo en el estómago; sin embargo, no lucharé contra el destino. Si por cumplir las misiones de mi vocación pierdo la vida, me doy por servido.
De todas formas, mis hermanas están bien, la manada está bajo el mando de mi padre y todo seguiría su curso natural. No tengo a nadie que dependa de mí, ni una mate a quien cuidar, mucho menos cachorros.
Que yo falte o no, no hará gran diferencia.
Capítulo 4
Zebastiel
Después de una despedida difícil y emotiva, tomo el sendero que lleva al Mar de Cristal. Es la primera parada que haré, dado que debo revisar si el portal entre el mundo humano y el nuestro se ha abierto y si ya tenemos nuevos artículos o algún instrumento nuevo de aquella dimensión.
Me toma varios días llegar, pero por fin puedo ver el brillo cristalino de este mar tan inusual que no todo el mundo puede encontrar, pues es uno de los tantos sitios sagrados a los que solo los guías tenemos acceso.
Suelto mi capa y me apeo del caballo cuando estoy en la orilla, y empiezo a revisar. Hay muchos objetos humanos aquí. Al parecer, el portal se ha abierto varias veces desde la última vez que un lobo guía vino a inspeccionar.
Uso mi poder del cielo para crear un viento que los atraiga hacia mí, pues es peligroso ir directamente al mar. Solo la tía Laurel lo ha hecho, porque ella no está muy completa de la cabeza, que digamos.
Sin embargo, lo más recomendable es usar nuestro poder de guía para atraerlos, ya que el riesgo de caer en este mar o de que, de repente, se abra el portal y seamos transportados al mundo humano es bastante alto.
—Oh, ¿qué es esto? —pienso en voz alta.
Formo viento con mis manos y lo uso para traerlo hacia mí; una vez cerca, lo agarro e inspecciono con curiosidad.
Es un artefacto cuadrado y largo, y se parece mucho a los comunicadores que usamos aquí, solo que este es más grande y no tiene los botones que posee el nuestro.
Lo reviso, tratando de ver cómo se enciende, pero no encuentro exactamente qué hacer. Hay unos botones en el lado derecho; los presiono, pero no enciende.
—¡Ah! Debe estar dañado —digo—. ¿Quizás debido al agua del mar? —me pregunto.
Mi reflejo se dibuja en él, como si fuera un espejo, pero es oscuro y bastante delgado. Tiene tres botones en la parte derecha y, en la parte izquierda, posee un pequeño puntito que al parecer abre algo.
Detrás tiene tres protuberancias o lentes, como de cámaras, y debajo una pequeña hendidura, como si se conectara algo allí. Parece un comunicador, pero un poco distinto.
Me lo meto en el bolsillo y sigo inspeccionando: hay muchos libros acá, eso me interesa. Voy reuniendo todo con mi habilidad, hasta que siento una pequeña vibración en los cristales del mar.
Mis vellos se erizan, como si de repente hubiera mucha electricidad en el aire, lo que me hace observar el cielo.
—¿Qué está pasando? —susurro, pero al instante le resto importancia y sigo acumulando los objetos, especialmente los libros.
Pienso en la tía Laurel y en lo mucho que le va a encantar que le lleve todos estos tesoros del territorio humano cuando termine mis misiones pendientes.
De repente ocurre un temblor tan fuerte y me agarra tan desprevenido que caigo al mar. Los cristales me humedecen la piel, pero no me hacen daño. De alguna forma estoy mojado, aunque el agua es de cristal y estos no perforan mi piel.
Vaya, nunca había caído en el mar, y llegué incluso a pensar que podía hacerme daño.
Trato de levantarme, pero está un poco hondo. Además, hay una corriente que me jala.
De repente se forma un remolino y un resplandor, y un rayo resuena en el cielo, potente. Entonces las nubes cubren el lugar. De un momento a otro, todo se torna oscuro de forma inesperada.
Yo trato de usar mi poder para controlar el cielo. Al fin y al cabo, esa es mi habilidad. Sin embargo, es algo tan poderoso que ni mi poder puede detenerlo. Los latidos de mi corazón aumentan y, por primera vez, siento miedo.
Intento salir con todas mis fuerzas del mar, pero el remolino me atrapa los pies y empieza a jalarme. De repente hay un gran resplandor en medio de este y se empieza a abrir un orificio.
Hay tanto viento, rayos, truenos, y el mar se mueve con tanta fuerza que no puedo luchar contra ello.
Mis ojos deben brillar porque estoy intentando usar mi habilidad sin restricciones. En mi mano se reúne una energía azul, pero nada de lo que hago puede detener lo que está sucediendo. Entonces lo entiendo: se está abriendo un portal.
El remolino se vuelve tan grande que las olas del mar se levantan y arropan todo a mi alrededor, y yo quedo en medio de ello. Una corriente de electricidad me atrapa los pies y me jala hacia aquel orificio que se está abriendo.
Lucho contra ella. Me aferro a algunas rocas a las que tengo acceso, pero no puedo evitar que me lleve consigo. Con la respiración agitada y el corazón casi desbocado, con el pensamiento de mi familia en la mente, soy arrastrado al hoyo de luz.
Grito y pido ayuda, pero nadie me escucha. Entonces soy absorbido por el portal. Una luz enorme me cubre y siento que mi cuerpo se desvanece.
No puedo explicar esta sensación.
Es como si todo mi ser estallara en mil pedazos que se convierten en pequeñas lucecitas, y solo queda mi conciencia en algún lugar, en una oscuridad eterna, sin ruido, sin sensaciones. Solo yo y los recuerdos de mi familia, el temor de no volver a verlos. Ese llamado de auxilio de mi alma, que desesperadamente necesita que vengan por mí.
No sé dónde estoy ni qué ha sucedido; solo floto en la nada. Entonces sé lo que está ocurriendo: se abrió el portal, caí en él y, como es tan fuerte, destruyó mi cuerpo.
Pero, como soy un lobo guía, podré sobrevivir; de seguro voy a despertar en el triángulo de las Bermudas.
Según las teorías que tenemos los lobos guías y lo que hemos estudiado de los humanos, de acuerdo con los objetos que hemos recibido y los libros, el portal está en el triángulo de las Bermudas.
Muchos de esos objetos que caen son barcos que se pierden allí y los humanos, al no soportar el cruce del portal, mueren en la nada y sus cuerpos se desvanecen; por eso nunca aparecen.
Entonces yo debería despertar allí.
Sin embargo, percibo una luz que trasciende mis sentidos, aunque no veo nada. De repente, caigo de forma brusca en algo sólido. El dolor en el cuerpo es insoportable y siento que todos mis huesos están rotos.
¿Cómo he caído en algo rústico? ¿Cómo es que ya no siento agua? Percibo un frío abrazador, pero no agua. ¿Dónde estoy?
El sonido ensordecedor de la explosión se va calmando poco a poco y, de repente, voy recuperando mis sensaciones físicas y me percibo en algún lugar.
Escucho grillos, aves nocturnas, el silbido del viento, y mi piel puede sentir el frío. No es mi alma ahora, es mi piel. Entonces ya no siento los huesos rotos; sin embargo, sí mucho dolor.
Intento levantarme, abrir los ojos, pero no puedo. Mi cuerpo está inmóvil, no tengo autonomía sobre él, y percibo pasos y un olor inusual. Un olor que no tengo registrado en mi mente, pero es agradable.
Alguien se acerca, pone una luz en mis ojos y, aunque los tengo cerrados, me molesta.
—¿Qué es esto? —dice ella; es una mujer—. No puede ser. ¿Qué es lo que estoy viendo? ¿Es un hombre? ¿Cómo es posible que un hombre haya caído aquí?
Hay un silencio que agradezco, pues su voz alterada se me había clavado en las sienes, pero mi paz dura poco, pues vuelve a gritar cerca de mis oídos:
—Oye, ¿me escuchas?
Siento que me puya con algo, no sé si es con un palito o su dedo. No logro identificarlo, pero me está puyando, como si intentara asegurarse de que estoy vivo.
—Oh, Dios mío, no sé si está muerto o está vivo —dice ella en un susurro.
¿Quién rayos es esta mujer? ¿Dónde demonios estoy?
Parpadeo varias veces y mi vista se aclara. Entonces la veo.
Ella no es licántropa; es muy diferente, es muy pequeña, se ve débil y su aroma es completamente distinto.
Parpadeo otra vez y mi respiración se vuelve pesada. Mi corazón late de una forma que no puedo controlar. Y, aunque mi lobo está débil, empieza a removerse dentro de mí.
Una luz dorada me rodea la muñeca y se extiende hasta ella y le rodea la suya.
No, demonios, ¿qué está pasando? Esto no puede ser.
Intento hablar, pero lo único que me sale es un murmullo:
—Mate… —balbuceo, y caigo en la inconsciencia.
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Capítulo 5
Zoe
Estoy anonadada y dudosa de que todo lo que estoy viendo sea real. ¿Cómo es posible que haya un hombre aquí tras una explosión como esa? ¿Acaso cayó del cielo?
—Oye, ¿eres un ángel? —le pregunto, pero no responde. Me parece que está inconsciente.
—¿Qué hago ahora? ¿Qué hago ahora? —repito, temblorosa, mientras me rasco la cabeza con la mano libre. No sé qué hacer.
—¿Qué hago con él? —pienso en voz alta.
¿Debo llamar a la policía? ¿A la ambulancia? Sí, eso es una buena idea, pero… ¿cómo explico que hay un hombre moribundo en mi patio? Me van a culpar a mí. No quiero ir a la cárcel.
No, no, no.
—¿Lo entierro aquí?
No. Eso sería un crimen.
—¿Qué hago? ¿Qué hago?
¿Está muerto?
Le reviso el pulso y noto que está respirando. Su piel está muy caliente, contrario a lo que podría esperar en una noche fría y de alguien que se debate entre la vida y la muerte.
¿Y si de verdad es un ángel que cayó del cielo? ¿Por qué caería? ¿Dónde están sus alas, entonces?
Ay, ¿qué estoy pensando? ¿Por qué soy tan fantasiosa?
Lo recorro con la linterna y noto que es grande, bastante. Mucho más que cualquier hombre robusto que haya conocido. Pero su cuerpo es musculoso, firme, atlético. No tiene nada de más ni nada de menos. Está completamente perfecto.
¿Cómo un ser humano puede ser así? Sus pectorales se marcan bajo la tela rasgada. Sus piernas… incluso sus pies descalzos parecen esculpidos. Su ceño, su nariz, su cabello.
—Ay, ¿qué estoy haciendo? No debo contemplar a un hombre moribundo con deseo. Esto está mal, muy mal.
Inhalo y exhalo para calmarme, pues siento un remolino de emociones que luchan entre sí, al ser contradictorias y tan intensas.
No hay forma de explicar lo que arde en mi interior, esa alegría extraña, a pesar de las circunstancias en las que me encuentro, que se mezcla con el horror, el miedo y la desesperación.
Es una emoción nueva, posesiva, que arde como fuego en mi pecho y me atrae hacia él. Me hace ver su belleza inmensa, su porte autoritario, a pesar de estar moribundo, su fuerza interior, pero también física.
No había visto un hombre así, ni siquiera en películas o revistas. Es demasiado hermoso, demasiado llamativo, con una hombría que me hace temblar. Intimidante. Autoritario. Y eso que está casi muerto ahí, tirado en mi patio.
¿Acaso estoy soñando? ¿Debe ser un sueño, una recompensa por la traición de ese infeliz? No sé… Tal vez mi mente está creando todo esto para sentir que encontré al hombre perfecto. Pero el hombre perfecto no estaría muriéndose.
¿Qué rayos sucedió? ¿Tiene que ver con la explosión? No sé por qué está vivo. ¿Por qué no está en pedacitos o reducido a ceniza?
Me relamo los labios y me paso la mano por la cabeza repetidamente, mientras sigo alumbrándolo.
—¿Por qué está descalzo? ¿Por qué su ropa está rota? ¿Por qué hay heridas en él?
¿Qué puedo hacer? ¿Cómo lo ayudo? Ni siquiera tengo la fuerza para cargar a un hombre tan grande.
Me siento un rato a meditar, a analizar qué es lo que voy a hacer, porque no tengo ni idea. Entonces recuerdo la carreta que está en el cuarto viejo, ese que papá usaba para sus cosas de ferretería.
Me levanto, decidida, pero le doy una última mirada. Por alguna razón me da miedo dejarlo aquí. O me preocupa. No sé, ya ni sé lo que siento.
—¿Y si me voy y alguien se lo lleva?
Ay, ¿quién se va a llevar a un hombre moribundo que está tirado cerca de mi patio?
Suelto un suspiro y regreso a la casa para ver si la carreta es suficiente para traerlo, porque con mis brazos será imposible.
Voy al taller y veo la carreta. Está amarrada a una motocicleta pequeña, más parecida a una bicicleta, pero con motor. Entonces reviso que tenga gasolina. Nunca la había usado, para ser sincera, pero, para mi fortuna, tiene algo. Ahora solo espero que encienda.
Me subo, sin tener mucha idea de cómo manejar estas cosas, y empiezo a pisar el arranque. Tras varios intentos, enciende y suelto un grito de emoción.
—Vamos, vamos, vamos, pequeña.
La conduzco, pero hago algo mal porque choca con la pared y yo caigo al suelo. Me siento un poco mareada. Me toco la frente y no estoy sangrando ni nada por el estilo.
Tras un suspiro, me levanto, vuelvo a subir y, después de un par de intentos, logro controlarla. No mucho, solo un poco. Así que me voy tambaleando de un lado a otro por medio de mi patio hasta que llego a la entrada del campito.
Asustada de que ya no esté, de que todo sea una alucinación mía, me acerco a él y respiro aliviada cuando lo encuentro allí.
¿Por qué estoy aliviada? Debería estar contenta si todo esto no fuera real.
—¿Y si la policía lo está buscando? ¿Y si alguien viene a investigar? ¿Por qué me gusta meterme en problemas?
—Cálmate, Zoe, cálmate —me digo a mí misma y miro a aquel hombre.
Apenas puede respirar, pobrecito. Parece un animal grande, pero frágil a la vez, como un depredador que es lindo y tierno.
¿Tierno? No, ese hombre no tiene nada de tierno.
—Ya, Zoe, concéntrate —me reprendo.
Me froto los ojos varias veces, con la linterna en mano, alumbrando el cielo, si acaso eso es posible. Vuelvo a pasar la luz por su cara y me quedo contemplándolo una vez más. Es que no puedo dejar de mirarlo. Hay algo en él que me atrae, que me llama.
—Oh, Zoe, te comportas como si nunca hubieses visto a un hombre bonito antes.
Hago memoria y, en verdad, no había visto un hombre más bello que este.
—Ya, concéntrate —me vuelvo a increpar—. ¿Por qué no eres feo? —le reclamo cerca de su rostro cuando me agacho de cuclillas para ver cómo rayos lo voy a subir a la carreta—. Si fueras feo, sería más fácil para mí todo este asunto.
Suelto un largo suspiro.
—Solo sería amarrarte a la carreta y listo. ¿Qué estoy diciendo? ¿Dónde encontraría una cadena que me sirva para ello?
Me río.
—No hay de otra, tengo que arrastrarlo. ¡Ah, con qué fuerza! ¡Ya! —me digo a mí misma.
Pongo la linterna en el suelo y lo agarro por los brazos, dispuesta a remolcarlo hasta la carreta. Espero que mi espalda no pague las consecuencias de toda la fuerza que tengo que hacer, pero por lo menos logro moverlo un poco. Es trabajoso, sí. Incluso doloroso para mi espalda baja, pero lo estoy logrando.
Cuando llego hasta la carreta, la miro, luego a él, y repito la acción.
—¿Y ahora cómo te pongo encima? —me pregunto en voz alta.
Me muerdo los labios, nerviosa, y miro al cielo como en busca de una señal que no llega. Entonces regreso la vista a él.
—Bien… lo voy a intentar.
Y me pongo manos a la obra. Lo jalo por los brazos. Luego me agacho y lo abrazo por el torso.
Su aroma me inunda de inmediato. Es una mezcla entre sangre, humo y un perfume amaderado y dulce que no sabría describir. Es como si se hubiesen reunido las frambuesas con la madera, con el olor a bosque, a tierra, y formaran un perfume perfecto, exquisito, que me invade las fosas nasales. Pero es como si se convirtiera en pequeñas corrientes que me recorren toda la piel.
Vaya, no recordaba haber bebido nada raro hoy, solo un café.
—¿Por qué estoy pensando tantas tonterías juntas?
Casi me caigo cuando intento levantarlo, y eso hace que me desanime un poco. Me siento sobre el suelo y contemplo al moribundo.
—¿Por qué no me colaboras? Deberías despertarte un poquito y ayudarme a subirte aquí. ¿Cómo te llevaré a casa ahora?
No sé ni siquiera por qué estoy haciendo esto. Es tan fácil simplemente llamar a la policía, al 911, a los bomberos, no sé, a quien sea. Pero no. Yo he decidido buscar una carreta y subirlo en ella para llevarlo a casa, que está apenas a unos kilómetros.
—¿Por qué no te arrastro hasta allá y punto?
Lo observo. Observo el suelo. Quizás no sea mala idea. Después de todo, no puedo subirlo aquí.
Si llamo a la policía, me podrían culpar de haberlo envenenado o algo por el estilo. O de golpearlo. Si llamo a los bomberos, se regará todo por el lugar y, como quiera, vendrá la policía a investigarme. Cualquier cosa que haga termina conmigo siendo investigada por la policía y quizás en la cárcel. Y eso es lo que menos necesito ahora.
Me muerdo el labio inferior. Quizás solo estoy siendo ridícula, exagerada, dramática, tonta. Pero no sé por qué no quiero llamar a nadie.
—¿Lo quieres solo para ti, Zoe? —susurro bajito.
Inmediatamente niego con la cabeza. Suelto una larga carcajada porque todo esto me parece muy cómico, irónico y extraño. Una locura.
Pero bueno, como es casi imposible subirlo a la carreta, decido jalarlo por las muñecas y ya. Lo arrastro. Siento que se me va a salir un pulmón o que quizá me haga del número dos aquí mismo, gracias a la fuerza que tengo que aplicar; sin embargo, empiezo y no me detengo.
Bueno, sí, me detengo varias veces, ¿para qué mentir? Porque necesito tomar aire. Pero poco a poco, con gran esfuerzo, logro avanzar.
Cuando estoy frente a la puerta, suelto un largo suspiro. Inhalo profundo para recuperar el aire, porque me he quedado sin él. Miro la carreta a lo lejos y luego el cielo. Ya todo está tan calmado, tan normal, como si minutos antes no hubiese habido una explosión aquí. Como si yo me hubiese imaginado todo.
Observo al hombre y termino de arrastrarlo hasta la casa.
Una vez está a salvo allí adentro, voy por la carreta.
Cuando la he guardado, regreso a mi sala, solo para encontrarme con que no me imaginé nada, que no estoy loca ni borracha —obvio, no he bebido, así que sería imposible—, tampoco drogada, sino que todo es tan real como el aire que respiro.
Entonces otra travesía empieza: llevarlo a la cama.
Y bueno, lo sigo arrastrando…
—¡Uf, perdón! —le digo cuando se golpea con la pata de la mesa.
Lo alejo, vuelvo a agarrarlo por las muñecas y lo arrastro hasta la habitación. Una vez frente a la cama, me dejo caer en ella y suelto una gran exhalación.
—Bien, ¿ahora qué voy a hacer?
Tengo un desconocido en mi casa, todo maltratado y golpeado, casi muriéndose. Yo no soy doctora ni paramédica y tampoco tengo la fuerza para subirlo a la cama.
—¡Ah, ni modo, mi amigo! Tendrás que dormir en el suelo. Pero tengo que curar tus heridas.
Voy por el botiquín y regreso. Empiezo a quitarle la ropa del torso, que está toda destruida y salpicada de sangre.
—¡Dios!
¿Qué es lo que mis ojos ven? Músculos, pero no exagerados. Músculos bien puestos en su lugar, cada cuadrito marcado. Este desconocido emana hombría, belleza, y su piel luce tan suave, tan hermosa.
—¡Dios mío! Esto está mal, muy mal. ¿Acaso soy una pervertida?
Le quito el pantalón y tengo que mirar a un lado para no perderme en su virilidad atrapada en su ropa interior. Ese bulto ahí me provoca un escalofrío raro en todo el cuerpo, porque vaya que es grande. Y eso que este hombre se está muriendo. No me quiero imaginar despierto y con ganas.
—Ay, no, no, no, no, no.
Sacudo la cabeza porque ya esto es demasiado.
—¿A dónde se ha ido mi humanidad? ¿Mi empatía?
Este hombre está casi muerto y yo le estoy mirando sus encantos como toda una necesitada. Bueno, necesitada sí estoy…
Entonces lo observo de cerca. Y algo cambia. No hay heridas. Las pequeñas cortaduras que tenía han desaparecido. Y la sangre, aunque está en su cuerpo, es como si no fuera suya.
—¿Qué diablos está sucediendo?
¿Y si él mató a alguien y no lo mataron a él? ¿O cómo es la cosa?
Tiemblo porque no sé qué he hecho.
—¿Y si he traído a un asesino a mi casa?
¿Y si simplemente estaba peleando o asesinando a alguien, y por alguna extraña casualidad quedó desmayado en mi patio justo después de la explosión?
Todo esto es un enredo. Estoy tan confundida. Me pongo las manos en la cabeza, asustada, porque puede que yo esté en peligro.
—¿Este hombre es un asesino en serie? ¿Un ángel caído? ¿Un criminal? ¿Alguien que huye de la justicia? ¿Por qué había sangre si no está herido?
Mi corazón salta eufórico y el terror se adueña de mí. Entonces, de la nada, siento que una mano fuerte me aprisiona la muñeca y grito. Grito como no lo había hecho antes en mi vida.
Capítulo 6
Zebastiel
Siento que floto, que la oscuridad me arropa y el frío me besa los labios, la piel y luego se inserta en ella y se va a mi corazón. Entonces mi consciencia se deteriora y poco a poco me desvanezco en la nada. Sin embargo, escucho una voz extraña, diferente, que me trae de vuelta, y empiezo a percibir movimientos bruscos.
Podría jurar que algo me impacta en la cabeza; es un golpe seco que me devuelve un poco la sensación de que estoy en mi cuerpo.
Vuelvo a escuchar esa voz que me calienta el alma y, de repente, todo está tranquilo, y poco a poco voy recuperando las sensaciones y el sentido de conciencia. Mi olfato es el primero en funcionar y otra vez percibo ese olor distinto, como perfume fino, con un tono delicado, frágil y tenue.
Entiendo que no proviene de un licántropo. ¿Así huelen los humanos?
Porque me parece que caí en esa dimensión.
Parpadeo varias veces y siento que alguien está cerca de mí. Ese alguien me toca y reacciono. Entonces mi puño se cierra en su muñeca y la escucho gritar, y eso me trae de vuelta, y abro los ojos completamente.
Su escándalo me provoca dolor de cabeza, como si miles de agujas se me clavaran en las sienes, y quiero que se calle ya, pero no puedo siquiera hablar.
Entonces la observo.
Ella está asustada, agitada; el pecho le sube y le baja mientras mantiene los ojos bien abiertos.
Y vaya, quedo impresionado. ¿Los humanos son tan hermosos?
Es extraño de descifrar porque hay imperfecciones; incluso la piel es distinta a la nuestra. Sin embargo, esas imperfecciones son atractivas. Es una belleza inusual que hace que mi corazón lata fuerte, que me atrae, que me provoca curiosidad.
No soy capaz de hablar ni de moverme. Me quedo embelesado, observando cada detalle.
Sus ojos son tan grandes y preciosos. Tienen un color café claro, hermoso, brillante. Sus labios, llenos, largos y rosados lucen dulces. Su nariz es perfecta, no muy grande, no muy pequeña, fina.
Y su piel, oh, su piel, luce suave, cremosa, de un color claro llamativo. Puedo ver cada detalle: los poros, uno que otro salpullido y lunares, algunas zonas rojizas, otras rosáceas, las hendiduras de su clavícula. Mi mirada se pierde donde empieza su pecho y recorre ese llamativo camino que se pierde en aquella blusa fea que la cubre.
Su cabello está suelto; es castaño, como el tono del chocolate que me invita a tocarlo y olerlo.
Y su cuello… tan adorable, tan frágil. Me dan ganas de morderlo.
No. Eso ni pensarlo. Ella es una humana, es diferente a mí.
Sin embargo, mi corazón late con fuerza. Y mi lobo empieza a removerse. Se está despertando.
Mis ojos recorren el lugar y poco a poco recupero la autonomía completa de mi cuerpo. Entonces escucho mi respiración fuerte y noto que ella se aleja de mí, espantada.
De repente salgo de este extraño trance y la confusión me agobia.
—¿Dónde estoy? —balbuceo; la lengua se siente pesada y adormecida—. ¿Quién eres? —vuelvo a preguntar—. ¿Por qué estoy aquí? ¿No debería estar en el mar? ¿En el triángulo de las Bermudas? ¿Por qué estoy en este lugar contigo?
Ella agranda aún más los ojos, como si eso fuese posible, y el terror cubre su semblante.
—¡No puede ser, traje un loco a mi casa! —vocifera, con un lloriqueo que la hace ver un poco infantil, o quizás desubicada mentalmente, no lo sé.
Quizá así de raros son los humanos.
—¿De qué estás hablando? ¿Por qué no respondes a mis preguntas? —le reclamo.
Pero ella solo niega con la cabeza y se tapa la boca. Luego camina en círculos de una forma dramática y rara, muy peculiar. Se pone la mano en la frente y suelta un largo resoplido.
—Eso me pasa por estar recogiendo personas y trayéndolas a mi casa. ¿Qué voy a hacer ahora? Estoy segura de que se escapó de un psiquiátrico y mató a los doctores que lo retenían, y por eso tenía sangre. ¿Cómo me deshago de él? Me va a matar a mí… Me va a matar a mí… Me va a matar a mí… —repite, con voz temblorosa.
—¿Qué? —suelto, porque no entiendo nada de lo que ella dice—. ¿De qué demonios hablas? ¿Quién eres tú? —le pregunto, al borde de la desesperación.
Ella me mira con el ceño fruncido y me señala con el dedo.
—¡Oye! —profiere—. Cuida cómo me hablas. Esta es mi casa. Puedes estar muy loco o lo que sea, pero no vas a venir aquí a alzarme la voz cuando fui yo quien te salvó la vida. Te hubiese dejado allí tirado. ¿Sabes lo difícil que fue traerte? ¡Pesas demasiado! ¿Acaso no comes verduras o qué?
Habla muy rápido. Dice cosas que no entiendo.
—¿Cómo que verduras? ¿De qué demonios estás hablando? ¡Oye! ¿Quién diablos eres? —le vuelvo a preguntar. Esa loca habla vacuencias y no responde una pregunta tan simple.
Ella agranda más los ojos. Luego sus mejillas se tornan sonrosadas. Su mirada afilada me confronta.
—¿Por qué me faltas el respeto? Soy tu salvadora, ¿y así me agradeces? —me reclama.
Todavía estoy confundido. No entiendo nada de lo que sucede. Miro a mi alrededor buscando una respuesta, pero solo veo una habitación humilde. Nada más.
Y bueno, esta mujer rara que parece que perdió el juicio.
—Deja de hablar tanto, me duele la cabeza —le profiero mientras me masajeo las sienes.
Me sostengo de la cama para levantarme, pero eso provoca que ella recule, asustada, como si yo fuera una amenaza. Cuando quien debería estar aterrorizado soy yo, con una mujer que parece tan inestable mentalmente.
Me levanto como puedo, pero todavía me tambaleo. Estoy demasiado débil. Perdí mucha energía y mi lobo usó la suya para sanar mis heridas. Así que no puedo sostenerme bien.
Noto mi ropa rota en el suelo y miro mi desnudez. Entonces me cubro por inercia. Sin embargo, descubro que tengo ropa interior. Eso me da algo de alivio.
—¿Me desnudaste? —le pregunto.
Ella solo se encoge de hombros.
—Solo intentaba curar tus heridas, pero no estás herido. No obstante, hay sangre en ti. Eres un asesino. Estás escapando de la justicia. Dime, ¿debo llamar a la policía?
—¿Qué? ¿Quién es la policía? —le pregunto, desorientado.
Ella suelta una carcajada.
—¡Ay, no! ¿Qué es esto? ¿Qué he hecho al traer a este psicópata a mi casa? ¿Te estás burlando de mí?
—¿Ah? —le respondo, pues no sé de qué me está hablando—. Oye, necesito llegar al triángulo de las Bermudas ya, antes de que se cierre el portal —le explico, desesperado.
Pero ella solo recula otra vez y su boca vuelve a abrirse. ¿Por qué abre tanto la boca y los ojos? ¿Se sorprenderá de cada cosa que diga?
—¡Ah, sí, claro! Te puedo llevar al triángulo de las Bermudas. Si quieres, también te llevo al País de las Maravillas, al de Nunca Jamás y con los siete enanitos y Blanca Nieves —suelta.
No sé por qué me suena a sarcasmo.
—¿Quién es la tal Blanca Nieves? ¿Y quiénes son los siete enanos? No necesito ir a ver a esa gente. Necesito ir al triángulo de las Bermudas.
—Sí, claro que sí. Ahora mismo busco un unicornio para que nos vayamos hacia allá —me responde.
La observo por un largo rato, intentando descifrar su respuesta, pero quedo más confundido que antes.
—En fin, ¿puedes llevarme? —le pregunto, porque eso es lo que me interesa.
Ella hace una mueca rara y susurra bajito:
—Claro que sí, a un loquero te llevaré.
—¿Qué? —le pregunto, porque no entendí bien lo que dijo.
—Nada, nada, nada. Al triángulo de las Bermudas. Sí, te llevaré ahí, sí, pero dime, ¿quieres sentarte, recostarte, tomar algo primero?
Sus manos tiemblan. No sé por qué luce sospechosa, tal vez nerviosa. Como si fuera a hacerme algo.
Mis alarmas se activan.
Camino hacia ella, pero recula hasta que choca con la pared.
—Necesito que me lleves al triángulo de las Bermudas, por favor —le pido, más calmado.
Ella asiente, nerviosa, como si lo que yo dije fuera una locura, pero intenta disimular, siguiéndome la corriente.
¿Qué diablos está pasando? Necesito que alguien me ayude.
Entonces recuerdo que los humanos son unos ignorantes que no entienden nada de portales y dimensiones, ni de nosotros…
¡Demonios!
Me hierve la sangre de la impotencia y golpeo la pared. Mi puño cae cerca de su cabeza. Y entonces pienso que la he aterrorizado aún más.
Oh, no. ¿Qué he hecho?
De alguna forma, ella sale de la prisión de mi cuerpo y salta lejos de mí hacia un clóset o algo así. Lo abre y saca un bate metálico.
—¿Qué vas a hacer? —le pregunto.
—No te acerques. Llamaré a la policía. Sí, lo haré. Puedes irte ahora mismo. Olvida que existo y pretenderé que no vi nada. Te juro que soy una tumba.
—¿Que eres qué? —le pregunto, confundido—. ¿Cómo que eres una tumba? ¿De qué diablos hablas?
—Ya sabes, no diré nada. No diré que te vi. Puedes irte. No hablaré con la policía.
No entiendo qué es la policía.
Trato de acercarme, pero ella me amenaza con el bate.
—¿De verdad? —le digo, irónico.
¿En serio piensa que me va a hacer daño con eso?
Sin embargo, de la nada siento un dolor inmenso en el pecho y me falta el aire. La presión es tanta que me doblo porque no la soporto.
¿Qué me sucede?
Me siento tan mal que caigo de rodillas.
No… no puede ser. ¿Qué es esto?
Trato de levantarme y moverme hacia ella para que me ayude, pero parece que lo malinterpreta. Cree que la voy a atacar. Lo veo en sus ojos.
El impacto llega seco, fuerte, potente.
¡Diablos!
¿Acaso ese garrote era de hierro?
Ese es mi último pensamiento cuando la oscuridad me cubre.

Esta interesante la retahíla de ambos los dos pensando lo mismo el uno del otro que son locos.
Sí… Jjajajajajaja
Interesante y cómica.
Gracias, bella.