El gigoló y la viuda – Capítulo 9

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—¿Por qué ese hombre te miró con ganas de comerte? ¿Acaso le estabas coqueteando? Yo te amo mucho, Katerina, pero no permitiré que me seas infiel en mi propia cara.

El terror se adueña de la joven, quien empieza a negar con sacudidas de cabeza nerviosas.

—Le juro que yo no hice nada. Ni siquiera noté que ese hombre me miraba porque no le prestaba atención. Se lo juro, yo no he hecho nada. —De rodillas frente a él, llora desconsolada su infortunio.

—Algo debiste hacer para que él te deseara. Puede que la ropa que escogiste no haya sido lo suficientemente ancha y por eso le provocaste lujuria a ese señor, mujer desvergonzada. La próxima vez te pones un vestido más largo y ancho, ya que solo yo debo disfrutar de tus atributos. ¡¿Me entiendes?!

—¡Sí! Haré lo que me diga, pero no me pegue, por favor. —Implora con el rostro en el suelo y lleno de lágrimas.

—Lo siento, pero debo hacerlo por el bien de nuestro matrimonio. —Dicho esto, sostiene la correa que se había quitado del pantalón y la usa para arremeter contra el cuerpo desnudo de la joven.

—¡¡No, por favor!! ¡No! ¡Ayuda! ¡Mamá! ¡Papá! ¡Vengan a buscarme, por favor! ¡No! ¡Por favor…!

Después de la paliza, Katerina yace sobre la cama, boca abajo, mientras escucha las reprimendas de la ama de llaves en silencio, dejando que las lágrimas se cuelen por sus mejillas.

—¡Le dije que no se pusiera ese vestido! Eso le pasa por andar de provocadora. —La sirvienta masajea la espalda adolorida con brusquedad, pero ella ya está acostumbrada a ello.

La señora sigue su tarea mientras la culpa de lo sucedido. En silencio, Katerina se pregunta a sí misma la razón de su castigo.

¿Por qué sería ella culpable por la acción de otra persona? Tampoco notó nada extraño en la mirada de aquel señor. ¿Será que es demasiado inocente para reconocer las intenciones?

Recuerda el vestido amarillo que terminaba por debajo de sus rodillas. Un vestido común y corriente que no mostraba nada de su piel ni resaltaba su cuerpo. Entonces, ¿qué tenía que ver su vestuario?

Llora del dolor y de la decepción que le provoca saber que no le importaba a sus padres. ¿Acaso ellos no sabían que sufriría todo tipo de maltratos en manos de ese hombre? ¿Tan mala hija fue que la condenaron a esa vida miserable, llena de humillación y sufrimiento?

Katerina despierta exaltada y con el cuerpo húmedo de sudor. Se pone la mano en el pecho y trata de relajarse para recuperar el ritmo normal de su respiración.

—¿Por qué estoy soñando de nuevo con mi pasado? —se pregunta con inquietud, abrazándose a sí misma.

Para empeorar la situación, escucha unos sonidos provenientes de afuera que la ponen en estado de alerta, puesto que aquel día no le toca limpieza a la casa, por lo que no podría ser la mujer del aseo.

Con temblores en todo el cuerpo y el miedo sofocándola, toma un bate de hierro que oculta en el armario y abre la puerta de la habitación con sigilo. Suspira aliviada al no ver a nadie en el pasillo, pero un nuevo ruido procedente de la cocina le provoca pánico.

Katerina se debate entre regresar a la habitación y llamar a la policía o ir a investigar quién está en su cocina. Está a punto de devolverse cuando la sombra de una persona se extiende por el pasillo, lo que la hace entender que, de hecho, hay un ladrón en la casa.

«¿Por qué está aún aquí si ya amaneció?», piensa, considerando que los ladrones suelen aprovechar la penumbra de la noche para hacer de las suyas.

—¿Qué piensas hacer con ese bate? —La voz gruesa y juvenil la hace girarse mientras sostiene el bate con manos temblorosas.

Ella mira al hombre frente a ella, que se encuentra como Dios lo trajo al mundo y, a consecuencia de la gran impresión que se lleva, deja caer el bate al piso, cuyo impacto contra este provoca un ruido fuerte e insoportable.

—¡¿Por qué estás desnudo en mi casa?! —reclama a gran voz mientras se tapa los ojos.

—Tú me desnudaste, ¿acaso lo olvidaste?

Ella agranda los ojos cuando los recuerdos de la noche anterior se forman en su mente, como si de un rompecabezas se tratara.

—Entonces no lo soñé… —masculla para sí—. Espera… ¡Yo te dejé el calzoncillo puesto! —Se quita la mano de los ojos para encararlo, pero otra vez se encuentra con la zona genital, que pareciera tener vida propia.

La curiosidad al ver un falo en un hombre joven la mantiene mirando allí como tonta.

—¿Te gusta? —pregunta él con tono burlesco—. Está a tus órdenes.

Ella, al escucharlo, se tapa la cara con vergüenza y recoge el bate del piso. A continuación, camina tambaleante en dirección a su invitado con el objeto en mano, sostenido de forma amenazante.

—¡Vístete, indecente! —Camina con pasos torpes, al no estar viendo por dónde va.

—¡Cuidado, loca del demonio! —advierte él—. Te puedes lastimar tus delicadas manitos, mujer.

—¡¿Cómo me llamaste?! ¡Eres un irrespetuoso! —Ella lo ataca con el bate, o eso intenta, pues al tener los ojos cerrados, se tropieza con sus propios pies.

—¡Te tengo! —Giovanni la atrapa antes de que caiga al suelo, le quita el bate de la mano y la carga entre sus brazos.

Ella, por su parte, se queda estática al ser consciente de que un hombre muy apuesto, que además está desnudo, la sostiene como a un bebé, pegada a su cuerpo caliente.

Katerina analiza aquel rostro que luce angelical, pero que al parecer pertenece a un demonio, y es inevitable no sonrojarse ante tanta perfección. Todavía duda de que esté despierta; así que, para ella, lo más lógico es que todo lo que está viviendo sea parte de un sueño satánico y malévolo, que conspira en contra de su castidad y buena moral.

—Buenos días, salvadora. —El olor a café emana del aliento del chico, lo que le indica que él estuvo utilizando su cocina.

—Eres real entonces, pero ¿cómo? —susurra, perdida en un trance extraño del cual necesita despertar, pero que, por alguna razón, se siente bien estar así.

«Esto debe ser obra del mismísimo Satanás, no puede ser otra cosa», piensa mientras observa la hermosa sonrisa que se ha dibujado en el rostro del joven, que al parecer hace lo mismo que ella: la observa con curiosidad y con otra expresión rara y malvada que no logra identificar.

—No entendí lo que dijiste, pero lo tomaré como los “buenos días” que no me has dado. Preparé café y tostadas. Iba a hacer panqueques, pero no tienes. ¿Cómo te gusta que te lo hagan?

—¿Ah? ¿Que me hagan qué? —inquiere confundida.

Él agranda los ojos al notar que ella no entendió su doble sentido. Por alguna razón, esa inocencia le provoca interés y unas ganas enormes de corromper a esa mujer que se ve que no ha vivido mucho.

—¿Cuántos años tienes que vives aquí sola? —pregunta sin dejar de mirarla maravillado. Ella es tan diferente a las mujeres que está acostumbrado a tratar, que le provoca una curiosidad inmensa y ganas de saber todo acerca de ese ser extraño y casto.

—Tengo treinta años. Los cumplí hace unas semanas. Me imagino que tú aún no los cumples.

—¿Tienes cuánto? ¿Me estás jodiendo? Si pareces menor que yo. —Él empieza a reír.

—No parezco menor que tú, a leguas se te ve lo bebé.

—Es que luces tan inocente que creí que eras una de esas chicas virginales que nunca han visto una verga en su vida. Pero eres toda una mujer.

—¿Por qué tienes que hablar así?

—¿Hablar cómo?

—De esa forma tan indecente.

—¿Quién eres? ¿La policía del lenguaje?

—Olvídalo. —Resopla molesta—. Por cierto, no me has dicho tu edad.

—Puta madre, es cierto. Tengo veinticinco malditos años, pero al parecer poseo más mundo que tú, muñequita de porcelana. No me digas que eres de esas mujeres solteronas que se creen tan santas y perfectas, que se les van los años vistiendo santos, y después andan desesperadas por una buena verga que les rompa la cueva.

—¡Ah! ¡Vete de mi casa, indecente! —Ella le golpea el pecho con los puños, pero sus golpes son como caricias para él, cuya reacción es estallar en carcajadas.

—Eres tan tierna que me dan ganas de comerte. A ti no te cobraría nada.

—¿Ah? ¿De qué hablas? —pregunta con cara de asco.

—Nada que una muñequita casta como tú entendería. ¿Por qué no desayunamos? Tengo tanta hambre que ya me antojé de comerte a ti. —Se lame los labios y la mira como si ella fuese un delicioso manjar.

—Deja de bromear así, indecente.

—¿Por qué? No me digas que te pongo caliente.

—¿Podrías bajarme, por favor? —pide ella, tratando de no perder la compostura.

—Bien… —Él la devuelve al piso.

Katerina se cruza de brazos y evita a toda costa mirar la palpitante erección que la apunta. Entonces agranda los ojos y lo encara con indignación.

—¡Tuviste una erección conmigo encima!

—Te dije que me dieron ganas de comerte. Siéntete privilegiada, eran muchos los trucos que tenía que utilizar para lograr excitarme con ciertas damas. Fíjate, contigo sucedió de manera natural y espontánea.

—¿De qué estás hablando? ¿Por qué no te vas a poner ropa?

—No tengo.

Katerina lo mira de mala gana y se da la vuelta. Luego se dirige a la habitación que perteneció a ella y a su difunto esposo, con la esperanza de encontrar alguna vestimenta allí. Minutos después, regresa a la cocina, pero no lo encuentra. Se dirige a la sala, mas él no está ahí tampoco.

Suspira de alivio al creer que ese loco se marchó y sirve del café que él preparó, que huele tan bien. No obstante, al sentarse frente a la ventana, todo el contenido de su boca le cae encima al escupirlo de golpe, debido a la impresión. Todo por culpa de la imagen más atrevida, peligrosa y sensual que haya visto en su vida: en su patio, un chico de cabellera rubia y rizada, ojos verdes y cuerpo atlético se echa agua con una manguera sobre la piel desnuda, con una lentitud y picardía que pareciera sacada de una fantasía erótica.

El gigoló y la viuda

El gidoló y la viuda – Capítulo 8 El gigoló y la viuda – Capítulo 10
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