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—Y esta es mi tienda de flores —anuncia Katerina después de abrir la puerta. Gio entra y silba mientras mira a su alrededor.
—Se ve muy bien. Me imagino que esto es diferente a la floricultura o como sea que se llame.
—Sí, lo es. Aquí vendo arreglos florales. Lo que te dije acerca de poner un vivero consiste en cultivar y distribuir grandes cantidades de plantas ornamentales y flores.
—¿Esta mierda deja dinero? —inquiere con el ceño fruncido, mientras observa y señala todo a su alrededor—. Digo, esa pendejada de regalar flores ya no se usa; las mujeres ahora lo que quieren son joyas, dinero y buen sexo.
—No generalices, no todas somos iguales. Y sí, todavía esa pendejada se usa. Si vieras todo lo que vendo en San Valentín te sorprenderías. Además, me piden arreglos para bodas y eventos. También es común que las personas compren flores para llevarlas a los cementerios. De la misma manera, hago coronas y arreglos para velorios —responde ufana.
—Vaya… —Él camina de un lado a otro mientras toca todo lo que tiene a su alcance. En cambio, Katerina empieza a organizar todo para abrir la tienda.
—Ya bebimos café, ¿te antojaste de más? —pregunta él, cuando el lugar se inunda con el aroma de la bebida cafeinada.
—No es para mí, es para los clientes —responde ella, saliendo de una pequeña cocina que hay al otro lado de una puerta que la divide de la parte visible de la tienda.
—Interesante —pronuncia Gio, entretenido con el andar de ella, de aquí para allá, poniendo todo en su lugar.
Él observa cada detalle de la elegante floristería, decorada con tonos cítricos y alegres —resaltando el amarillo, el naranja y el verde— sobre una superficie blanca. Hay diferentes tipos de flores colocadas de forma estratégica, que dan un toque especial y llamativo a la acogedora tienda.
Gio enfoca la mirada en su dueña, quien pone diferentes tipos de dulces y galletas encima de un mostrador de cristal que exhibe suvenires, muñequitos de madera y materiales sencillos; también pulseras, flores de plástico, jabones y velas aromáticas.
—Al parecer no solo vendes flores. —Él mira alrededor—. Pero creo que deberías ampliar el menú y no solo limitarlo a esos dulces, galletas y café. Podrías añadir rosquillas, cajas de chocolates, té, chocolate caliente y leche para el café.
—Estos dulces y el café se los regalo a los visitantes, no pertenecen a la venta —responde ella mientras arregla una canasta con galletas y la pone encima del mostrador.
Giovanni la mira como si fuese un bicho raro y se cruza de brazos.
—¿Me estás jodiendo? ¿Inviertes dinero para regalarlo?
—Es una manera de mantenerlos contentos y leales.
—Ajá, no me digas. Existen muchas maneras de hacer eso sin que tengas que botar el dinero. No digo que no les des una cortesía, por ejemplo, no cobrarles el agua que se beben y, de vez en cuando —aclaro, no siempre—, regalarles un chocolate o un caramelo; sin embargo, esto que estás haciendo es exagerado.
Katerina observa los dulces y hace un cálculo mental de los gastos; así cae en cuenta de que él tiene razón.
—Es que los Jones abrieron una floristería cerca de aquí y he perdido clientes porque ellos empezaron con precios muy bajos. Yo bajé el costo de todo, mas no me resultó.
—¿Y esto te resulta? —cuestiona mientras destapa un caramelo y se lo lleva a la boca.
—Pues… no mucho. —Ella se muerde el labio inferior—. En realidad, las ventas han bajado bastante en estos días —se lamenta con desdén.
Giovanni se queda pensativo por un rato y luego sonríe.
—Tengo una idea para hacer que tu negocio renazca, pero te la diré con una condición… bueno, dos condiciones.
Katerina arruga el rostro al imaginarse lo peor.
—¿De qué se trata? —pregunta con miedo a una respuesta loca o vulgar.
—Como te acabo de decir, tengo mis condiciones. —Sonríe pícaro y se acerca tanto a ella que esta siente que el corazón se le saldrá del pecho.
—¿C-cuáles son tus condiciones? —inquiere con nerviosismo, puesto que el calor y el perfume que emanan de él le provocan un éxtasis extraño.
—Mi primera condición es que me contrates como tu empleado. La segunda es que me dejes hacer mi trabajo tranquilo y sin cuestionar.
La segunda condición la hace dudar.
—Todo dependerá de lo que quieras hacer. No permitiré que hagas locuras en mi tienda —lo enfrenta con el ceño fruncido.
—No te preocupes, te prometo que no haré nada indecente. ¿Tenemos un trato? —Él le extiende la mano, mas ella se debate por un momento si aceptar su propuesta o no.
—Está bien. Confiaré en ti. Espero no tener que estrangularte.
—Ya verás que no, jefa. —Él le sonríe.
Katerina evade la mirada con un leve sonrojo en las mejillas, reacción que él nota y se lame los labios al entender su comportamiento.
«Así que te atraigo», piensa sin dejar de escudriñar sus gestos, que son demasiado obvios, pero, al mismo tiempo, muy tiernos.
***
Katerina le hace caso a la locura de Giovanni, quien le sugiere que, en vez de abrir la tienda ese día, se vaya con él a hacer algunas compras para sus ideas en cuanto a la floristería.
Le resulta incómodo caminar por todas las tiendas de la ciudad junto a Giovanni, debido a que este capta la mirada de todos con el simple hecho de respirar, siendo ambos el centro de atención dondequiera que llegan.
Se siente aturdida al ser consciente de todos los chismes que se armarán en torno a ellos y sus recorridos por la ciudad; mas no puede esconder a Giovanni en la cartera ni evitar que sea tan hiperactivo.
—Tú haz tu diligencia tranquila, que yo me encargo de la tienda —le dice él mientras cenan en la casa. Ella lo mira con suspicacia, pero suspira con resignación.
—Te daré el beneficio de la duda, pero te lo advierto: cualquier cosa indecente, escandalosa o muy rara que vea en mi tienda, y te echo a la calle —le advierte con los ojos entrecerrados.
—¡Esooo! —celebra él, haciendo un baile sensual y provocativo que la deja alelada y le provoca unas cosquillas extrañas en zonas en las que jamás pensó tener ese tipo de sensaciones.
Al otro día, Katerina sale temprano a hacer varias diligencias. Se le va toda la mañana y parte de la tarde, pero, en vez de ir a descansar a la casa, conduce deprisa en dirección a la floristería, con los nervios de punta y rogando que todo esté en orden.
Parquea el vehículo frente a esta y sale de él con la boca abierta. Se queda inerte en su lugar y en pleno mutismo, sin poder creer lo que sus ojos ven.
