El gigoló y la viuda – Capítulo 11

This entry is parte 13 de 17 in the series El gigoló y la viuda

🔒 Capítulo bloqueado

Este capítulo cuesta 20 monedas


🔓 Desbloquear capítulo

🎁 Ganar monedas
💳 Comprar monedas

—Dinora, hermosa, sé que eras más que una clienta para Gio. Es probable que él te haya hablado acerca de su viaje.

La mujer de cabello negro, peinado en una coleta larga y elegante; mirada celeste, cuerpo delgado y nariz respingada, apaga el cigarrillo en el cenicero y sonríe maliciosa. Su labial rojo le regala un aura sensual, al igual que su vestido blanco, pegado al cuerpo.

—Víctor, querido, la única relación que tenemos mi bello Giovanni y yo es la de dar y recibir. Fuera de ahí, no poseemos ningún lazo. Pero tú eres su tío y jefe; deberías saber más que yo acerca de su viaje.

—Ese pillo se fue sin decirme nada y me dejó el trabajo botado. ¿Sabes cuántas clientas he perdido por su culpa? —dice con expresión molesta mientras aprieta los puños.

—Es que mi bombón relleno de caramelo es lo mejor que tiene esta agencia. Mi Gio hermoso… Espero que regrese pronto, ya me dieron ganas de él.

—¿De verdad no sabes dónde está? —La mira con recelo—. Te aprecio mucho y eres mi mejor clienta, pero sabes que a mí nadie me ve la cara y sale ileso.

—No tienes que amenazarme; sé muy bien de lo que eres capaz. No entiendo por qué aludes a que yo conozco el paradero de Giovanni. ¿Por qué él me daría tal información?

Víctor la mira en silencio por unos segundos y suspira rendido.

—Te creo. Solo espero que mantengas tu lealtad. Si llegas a saber cualquier cosa acerca de mi rebelde sobrino, me contactas al instante.

—Tus deseos son órdenes, querido Víctor. Ahora, si me disculpas, hay un bombón en la habitación esperando por ser degustado —responde con una sonrisa cínica y sale de la oficina, dirigiéndose a un cuarto glamuroso que le fue preparado en aquel lugar.

***

Katerina se queda inerte frente a la puerta y en pleno mutismo, incrédula de lo que sus ojos ven. Intenta decir algo, reaccionar con algún movimiento y dejar de sentirse sofocada, pues no quiere que él note lo mucho que la afecta; sin embargo, su cerebro no da la orden, por lo que está allí, contemplando al hombre que le rompió el corazón como si este fuera un espejismo.

—¿Puedo pasar? —pide Tom con cara de borrego.

Katerina, quien permanece desorbitada, asiente con la cabeza, pero sale de su ensimismamiento cuando recuerda que tiene a un chico semidesnudo en la casa.

—¡No! —grita exaltada, ganándose la confusión de parte de él.

—¿No? ¿Por qué?

—Porque no es correcto que una mujer sola acepte visitas del sexo opuesto, en especial si este está comprometido.

—Lo que te diré no tomará mucho tiempo —insiste.

—En ese caso, puedes hablar.

—¿Aquí?

—Dijiste que era rápido lo que me dirías. —Ella se cruza de brazos.

Tom resopla con resignación y la mira con tristeza y remordimiento.

—Estuve pensando acerca de nuestra conversación de anoche. Tienes razón en todo, mi bella Katerina. Créeme que me gustaría recuperar lo que hemos perdido, pero no es tan sencillo como parece. Debo casarme con Aurora, aunque te quiero a ti.

Katerina empieza a temblar de los nervios. ¿Por qué a él le es tan difícil escogerla a ella?

—Hablas como si yo te estuviera rogando. Ya te superé, Tom; cásate y sé feliz.

—No puedo olvidarte. Creí que sí, pero volver a verte me recordó lo mucho que significas para mí. ¿Por qué no lo intentamos?

Ella lo mira atónita.

—¿Romperás tu compromiso por mí? —pregunta con voz temblorosa y un poco esperanzada.

Pero la expresión triste en él se lleva cualquier expectativa que formula su corazón.

—No puedo hacer eso, Katerina —contesta con pesar.

Con la indignación y el desconcierto carcomiéndole el pecho, ella lo encara con firmeza mientras lucha con las lágrimas que se le han acumulado en los ojos.

—¿Quieres que sea la otra? —La voz le sale chillona.

—Si lo dices de esa manera suena muy feo.

—¿Cómo debería decirlo, entonces? Me ofendes, Tom. ¿Tan desesperada crees que estoy?

—No me malinterpretes. Me estoy refiriendo a que seamos un poco más cercanos hasta que podamos estar juntos de manera formal y pública. Después de que logre mis objetivos y tenga el control de la constructora, me divorciaré de Aurora y me casaré contigo.

—¡No puedo creer lo que me estás diciendo! —exclama maravillada—. Tom, vete de mi casa.

—Katerina, no te niegues al amor. Dejaré mi oferta abierta y esperaré todo el tiempo que requieras. Te quiero mucho, mi bella Katerina.

Con esas palabras, Tom se marcha, dejando a Katerina con una encrucijada emocional.

—Vaya, vaya…

Ella da un respingo al escuchar a Giovanni detrás suyo.

—¿Qué haces aquí? —Cierra la puerta con rapidez y lo confronta con los brazos cruzados.

—Soy tu invitado, ¿lo olvidas? —Levanta una ceja y sonríe juguetón.

—Te dije que te escondieras.

—Eso hice. Por cierto, ¿por qué ese hombre te visitó tan temprano en la mañana?

—Ese no es tu asunto —responde cortante y se dirige a la habitación. Antes de entrar, Giovanni la agarra por la muñeca para que lo mire.

—No le creas —dice con semblante serio.

—¿De qué hablas?

—Del tipo “cara de culo” que vino a proponerte que seas su amante, porque eso es lo que hizo.

—¿Estabas escuchando nuestra conversación? ¿Acaso puedes ser más irrespetuoso, metido y confianzudo? —La piel se le puso roja del coraje.

—Ese no es el tema aquí —refuta con cinismo.

—¡No puedo creer tu descaro! Que sea la última vez que escuches conversaciones que no te incumben. Tampoco te metas en mi vida. ¿Qué estoy diciendo? Se me olvidaba que tú ya te irás de mi casa.

—¿Me estás echando? —finge indignación—. No puedes hacer eso.

—¿Disculpa?

—No tengo a dónde ir ni dinero. Me quitaron todo, incluyendo mi identificación. Ahora mismo soy un «don nadie». Lamento mucho haber dado una mala impresión de mí y confieso que se me ha ido un poco la mano, pero es que no estoy acostumbrado a tratar con personas como tú.

—Personas como yo… —repite ofendida.

—No me malinterpretes, lo digo en el buen sentido. De dónde vengo, la castidad es un mito y la moralidad no existe, así que no sé cómo tratarte. Katerina, dame hospedaje unos días hasta que pueda recuperar mis pertenencias; una vez lo logre, te prometo que me iré y jamás tendrás que soportarme. Solo unos días, por favor. —Junta las manos en forma de ruego y hace un puchero.

Ella lo mira con escepticismo; suspira, va a hablar, pero no lo hace; vuelve a suspirar y lo encara con el ceño fruncido.

—Está bien, pero tengo mis condiciones.

—Te escucho, aunque debes saber que, pese a que no tengo dinero ahora, poseo con qué pagar.

—¿De qué hablas? —inquiere confundida.

—No me hagas caso, tú continúa. —Sonríe con nerviosismo. Está tan acostumbrado a utilizar su cuerpo como intercambio que se le olvida que ella nunca le pediría ese tipo de trueque.

—Prosigo, entonces: No te quiero ver desnudo en la casa ni en ningún otro sitio. A mí me respetas. Tampoco debes escuchar mis conversaciones ni meterte en lo que no te incumbe y, por último, nadie debe saber que vives conmigo.

—Perfecto.

—Bien. —Ella suspira y se encierra en su habitación.

Media hora más tarde, Katerina sale lista para trabajar.

—¿Por qué llevas la ropa de la abuela puesta? —pregunta él con tono burlesco. Ella entorna los ojos y lo mira con ganas de estrangularlo—. Dime que lo hiciste a propósito para entretenerme.

—No empieces. Creo que agregaré más condiciones a la lista. —Ella aprieta la cartera grande que cuelga de su brazo derecho.

—Entonces usarás eso que llamas ropa. ¿Saldrás así a la calle?

—Sí. ¿Cuál es tu problema con mi vestuario?

—Que pareces la abuela de mi abuela. Eres una mujer hermosa, con un cuerpo de infarto, pero vistes fatal.

—¿Ahora eres el policía de la moda? Bueno, con tu apariencia, de seguro eres de esos modelos superficiales que siguen tendencias.

—¿Me estás diciendo que estoy bueno? —Enarca una ceja con coquetería.

—No, no dije eso.

—No soy modelo, tampoco soy el policía de la moda. Es solo que eres una mujer de cadera prominente, lo cual es genial porque me encanta ese tipo de figura. Se siente bien apretarlas cuando me están montando.

—¡Ah! —Ella se tapa la cara y él sonríe malicioso. Le encanta molestarla y sonrojarla porque le parece muy linda cuando lo hace.

—Como te seguía diciendo, una falda de lápiz no es la mejor opción para la forma de tu cuerpo, tampoco esa camisa antigua y ancha metida así. Pero si te sientes cómoda…

—¡Me siento cómoda así! —Sube la voz.

—Cálmate…

—Me voy.

—¿Me dejarás aquí solo?

—Sí. Pórtate bien.

—¿Cómo encontraré mis pertenencias aquí encerrado?

—Ese es tu problema.

—Necesito que me prestes dinero para que me compres ropa.

Ella lo observa por unos segundos. Él solo lleva puesto el pantalón que le queda pequeño y que lo hace lucir muy gracioso.

—Bien… ¿Algo más?

—Sí… Muchas gracias, eres la primera persona que muestra verdadera compasión por mí. —Él la abraza con fuerza.

Katerina se queda helada sin saber cómo reaccionar a eso, en especial porque en su cuerpo explota un volcán de emociones que no había sentido antes. Es la primera vez que disfruta de la firmeza de un cuerpo diferente al de su difunto esposo.

Latidos intensos estallan en su pecho al sentirse atrapada entre esos brazos fuertes y el delicioso calor que emana de él, lo que resulta en sensaciones pecaminosas y cosquillas en sus zonas más íntimas.

El gigoló y la viuda

El gigoló y la viuda – Capítulo 10 El gigoló y la viuda – Capítulo 12
Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *