Capítulo final

This entry is parte 40 de 40 in the series Mi esposo no me ama

En esos días, Pablo se la pasaba del apartamento al trabajo y viceversa. Incluso había dejado un reemplazo temporal en la institución, pues no se sentía listo para enfrentar a Jimena.
Ella había intentado hablar con él, pero siempre recibía evasiones vagas cuando Pablo iba a buscar al niño.
Esa noche, Pablo acababa de salir de la ducha cuando escuchó el timbre.
—¿Quién podría ser a esta hora? —refunfuñó, pues no estaba de humor para recibir visitas.
De prisa, se secó y se vistió con un pantalón de dormir y una camiseta ajustada que resaltaba sus músculos. Se dejó el cabello mojado y se apresuró a abrir la puerta.
Al ver a la persona frente a él, se quedó perplejo. Su boca se abrió ligeramente y su mirada se clavó en su visita como si estuviera viendo un espejismo.
—Buenas noches, Pablo —saludó Jimena, entretenida por su reacción. Entró sin esperar invitación, con una seguridad que lo tenía atrapado con solo mirarla.
No era solo la confianza y comodidad que mostraba alrededor de él lo que más lo impresionaba. Estaba hermosa, arreglada como si fuera a una fiesta, con una sensualidad elegante que aceleraba el corazón de Pablo.
«¿Vino a torturarme?», se preguntó en sus pensamientos, incapaz de reaccionar.
Pablo cerró la puerta con lentitud, sin apartar la vista de Jimena, cuestionándose si lo que veía era real o una alucinación.
«Debo estar soñando», pensó.
Jimena se sentó en el sofá, bajo la atenta contemplación de él.
A Pablo le encantaba esa coquetería que ella expresaba abiertamente, lo sexy que el vestido azul rey la hacía ver, resaltando cada curva y atributo femenino, haciéndola irresistible.
Pablo jaló un sillón y se colocó frente a ella, esperando una explicación que diera sentido a su inesperada visita.
—¿Qué te trae por aquí? —preguntó al fin, pues el silencio lo cargaba de ansiedad.
Ella le sonrió con coquetería.
—Tu propuesta… —dijo con un tinte de timidez, pese a que intentaba mostrarse fuerte y en control—. ¿Todavía sigue en pie?
—¿Mi propuesta? —preguntó confundido, incapaz de quitar la mirada de sus tonificadas y bronceadas piernas.
—¿Podrías dejar de mirarme las piernas y prestarme atención? —lo reprendió.
Pablo parpadeó varias veces, y sus mejillas se tiñeron de rojo.
—Este… Lo siento… —balbuceó, avergonzado.
—Me pediste matrimonio, Pablo. ¿Tan pronto lo olvidaste? —le recordó ella.
A pesar del aire de dominio y diversión en Jimena, su voz quebrada y la cavilación de su mirada delataban los nervios que la consumían. La verdad era que le costaba aceptar haber dado el paso de ir a buscarlo; el miedo le provocaba palpitaciones fuertes y rápidas, temiendo haber decidido demasiado tarde.
Pablo se quedó mudo. Su pecho sentía el corazón latir con vehemencia. Había escuchado a Jimena con claridad, pero aún no podía dar crédito a lo que entendió. ¿Y si estaba soñando?
—¿No me vas a responder? —preguntó Jimena, con el ceño fruncido y temblores en todo el cuerpo, pues el silencio de Pablo le provocaba un terror enorme.
 —Ah… tú… —balbuceó él, sin encontrar las palabras correctas.
Pablo se levantó del sillón y se inclinó frente a Jimena, quedando a su altura.
—Tú… ¿me aceptas? —preguntó al fin, y buscó esa mirada azul que tanto le encantaba.
Jimena asintió con movimientos emotivos y los ojos cristalizados. El alivio la hizo relajar la expresión.
—Sí. ¿Y tú? —respondió, tratando de no llorar.
Pablo se quedó en silencio un instante, incrédulo. ¿Era posible que ella estuviera allí, dispuesta a intentarlo de nuevo?
—Pablo Mars, ¿quieres casarte conmigo? —añadió Jimena con picardía.
—No, preciosa. Eso me toca a mí decirlo —replicó él.
—Deja tu machismo —Jimena le dio un golpecito en el pecho y soltó una risita nerviosa—. Solo quería saber cómo se siente hacer esa pregunta.
—Jimena Gutiérrez, ¿quieres volver a ser mi esposa? —Tomó su mano con delicadeza y la besó con ternura.
—Yo nunca he dejado de ser tu esposa, mi amor.
Pablo sonrió, divertido, tomó su mano derecha y le dio un beso en el dorso, prolongándolo como si aún necesitara convencerse de que todo era real.
El rostro de Jimena se iluminó con una sonrisa amplia y feliz; el rubor en sus mejillas y el brillo de las lágrimas resaltaban su belleza.
Las manos de Pablo acariciaron su rostro con delicadeza. Fue el primero en liberar sus lágrimas de felicidad, contagiando a Jimena, quien también dejó que las cálidas gotas rodaran por sus mejillas.
Ansioso, Pablo la besó con fervor, sediento de su néctar. Sus labios hambrientos se movían habilidosos y cosquilleantes mientras su lengua buscó la de Jimena. Aquel beso apasionado y lleno de sentimientos sacó un intenso suspiro a Jimena, quien estaba extasiada con ese sabor que tanto extrañaba y que, después de tanto tiempo, tenía la dicha de volver a degustar.
Él le mordió el labio inferior y jugueteó con la lengua, acción que ella correspondió gustosa, dejándose llevar por todas las exquisitas sensaciones que él le provocaba.
Pasaron unos minutos entre succiones de labios, lamidas y mordidas que ya habían prendido a la rubia; entonces se separaron y Jimena expresó en un gemido:
—Eso es a lo que yo llamo un beso.
Pablo estalló en carcajadas, la abrazó y le besó todo el rostro y hasta el cabello. Sus ojos tomaron un brillo especial, como si volvieran a la vida, y el entusiasmo en sus caricias revelaba su felicidad y emoción.
No podría sentirse más dichoso. Había recuperado al amor de su vida y, con ello, a su familia.
De un movimiento rápido, Pablo la cargó mientras devoraba su boca. Caminó con ella encima hasta su habitación y, una vez allí adentro, la colocó sobre la cama y empezó a quitarle el vestido. Su boca viajó del cuello al escote que la ropa interior formaba, besando el área, lamiendo y dando leves mordidas que empezaron a enloquecer a Jimena.
El puño de ella se apretó contra el cabello de él; entonces Pablo le quitó el sostén en un movimiento magistral y devoró esos pechos erguidos que lo volvían loco.
No entendía cómo pudo ser tan imbécil en el pasado, teniendo a una mujer como Jimena, hermosa en todo el sentido de la palabra.
Su lengua lamía mientras sus dedos apretaban, sacándole gemidos a su mujer.
Ella disfrutaba cada toque, cada estímulo, cada goce. Extrañaba tanto ese placer, sentirse deseada y amada por él.
Ellos acariciaron cada centímetro de sus cuerpos entre besos y jadeos, respiración entrecortada y latidos vehementes. Estaban muy sensibles al toque del otro.
La boca de Pablo buscó el sabor inigualable de su mujer, lamiendo allí como a ella le gustaba mientras las manos delicadas y femeninas le apretaban el cabello para guiarlo.
Ella temblaba.
Él siguió besando hasta que su boca se inundó del delicioso líquido orgásmico. Jimena estalló en un mar de sensaciones deliciosas e intensas que solo él tenía el arte de provocarle.
Y no era por su habilidad innata en el acto de amar, que era bastante buena; más que eso, se trataba de la conexión que compartían y de cómo su cuerpo lo había escogido a él.
Lo sentía tan suyo como ella de él, compartiendo más que lo físico. Porque, con el simple hecho de que fuera él, un torbellino se desataba en su pecho.
Pablo era su amor, el indicado, con el que quería pasar el resto de su vida. Con él aprendió tantas cosas y con el que estaba dispuesta a sanar y crecer. Lo amaba tal y como era, con sus virtudes y defectos.
—Te amo, rubia candente —gimió Pablo cuando entró en ella.
Ambos temblaron por el goce de aquella unión. Sus cuerpos desnudos y húmedos danzaban a la par, temblorosos, rojizos y presos de un encanto exquisito.
Sus gemidos se unían como dos melodías, con los retumbes de su corazón de acompañamiento.
Ella lo abrazó con fuerza y la habitación se llenó de su grito, que indicaba un intenso orgasmo. Ese sonido, que le pareció maravilloso, fue el detonante para él.
Pablo gimió de forma audible, liberando todo el placer que lo consumía. Esa acción estremeció la piel de Jimena y la hizo sentir muy dichosa de compartir tal intimidad con el hombre que amaba, su amigo, su cómplice y el padre de su hijo.
Sofocado y con sacudidas en todo el cuerpo, Pablo recargó su frente contra la de ella y sonrió.
—Te amo, Pablo —susurró ella, con temblores y respiración agitada.
Él movió su rostro logrando una dulce caricia de narices. Jimena se quedó pensativa un rato y su mirada cambió a una preocupada.
—Pablo… no nos protegimos.
—No te preocupes, tú eres mi única pareja sexual.
Dejó salir una risita.
—No me refiero a eso, tarado. Puedo quedar embarazada.
—Bueno… —Él le acarició la mejilla—. Es hora de que le demos una hermanita a Adrián, ¿no crees?
—Podría ser un hermanito…
—Como sea, pero me gustaría tener la parejita.
Jimena frunció el ceño.
—¿No te importa el tener que lidiar con pañales, vómitos, no dormir…?
Pablo la calló con un beso.
—En realidad, quiero vivir todo eso; siempre y cuando sea contigo, preciosa —le respondió, conmoviendo a Jimena.
Él era todo lo que había soñado antes. Deseaba que nunca cambiara, que pudieran estar juntos por el resto de sus vidas. Jimena no pudo contener las lágrimas. Sus labios atacaron los de él con fervor y felicidad.
De repente, Pablo la miró con picardía y deseo, luego añadió:
—Ups, mi amor; creo que habrá segunda ronda…
 
***
 
Un año después…
La familia Mars y Gutiérrez se fueron una semana de vacaciones al rancho. Una niña de ojos avellana y cabello negro gateaba sobre la verde grama, mientras que Adrián iba detrás de ella como si fuera su guardián.
—Si eso es con su primita, no me quiero imaginar con sus dos hermanitas —comentó Jimena, entretenida por la actitud sobreprotectora de su hijo mientras acariciaba su gran barriga.
Tenía seis meses de embarazo y esperaba mellizas.
Pablo soltó una carcajada.
—Pues es bueno que las cuide. Así seremos dos guardianes —respondió, enseñando su brazo.
Jimena rio divertida. Siempre era así con él: risas, juegos y mucho amor.
Ella miró a Adrián y la nostalgia le golpeó el pecho con un punzón de tristeza. El embarazo de él fue tan distinto al actual. El primero estuvo lleno de malentendidos, reproches silenciosos e incertidumbre.
Ahora, se sentía completa, feliz, amada, mimada y apreciada. Pablo estaba cumpliendo su palabra al pie de la letra y se había convertido en un padre y esposo maravilloso. Aunque no pudo tener esa faceta maravillosa de él en su embarazo con Adrián, estaba feliz de que su hijo tuviera a su padre de vuelta y una familia sana y alegre.
Cuando anocheció, Pablo y Jimena se alejaron del resto, disfrutando en silencio y en total complicidad la belleza del rancho, donde su historia de amor empezó.
Debajo de un árbol, rodeado de luces tenues, con una hermosa luna llena y el cielo decorado de estrellas, Pablo acarició la barriga de Jimena y la miró lleno de ternura y felicidad, entonces besó sus labios con fervor.
Con respiración temblorosa y ojos brillantes de felicidad sincera, Pablo le levantó el mentón y conectó sus miradas.
—Este lugar es especial… —susurró—. Recuerdo la primera vez que vi estos hermosos ojos celestes, la fortaleza en tu andar y esa belleza salvaje que me cautivó a primera vista. Fue en este lugar, en unas vacaciones locas de verano, que se unieron nuestros caminos, y no podría sentirme más afortunado.
—Te amo, Pablo.
—Yo te amo más, Jimena, y mi devoción hacia ti será eterna.
La abrazó. Así se quedaron por un largo rato, sumidos en el calor del otro, armonizando sus latidos y disfrutando de una noche fresca y cálida a la vez.
—Nunca imaginé que esa mirada azul era la única que quería ver cada mañana al despertar —le susurró él al oído—. Me has dado una razón para ser mejor cada día y te amo como jamás imaginé se podía amar, mi rubia candente. Y pensar que… todo empezó en un verano…
 
4 el amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; 5 no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; 6 no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad. 7 todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
1 Corintios 13
 
Fin

Mi esposo no me ama

Capítulo 37
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3 comentarios en “Capítulo final”

  1. Guadalupe Pomares

    Que bonito final Angie me tuviste en ascuas por un tiempo ya estaba con la angustia que no quedarán juntos, me gustó mucho la historia gracias por compartirla, te felicito y deseo muchos éxitos en tus nuevas historias.

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