Las calles empezaron a pasar como sombras ante los ojos de Nora, quien observaba a través del cristal, atolondrada.
—¡Espere! ¡Espere! —gritó ella, como si volviera en sí por completo—. No podemos salir juntos, nos meteremos en problemas.
Edward estalló en risa.
—¿Es en serio? Olvídese de los rumores. No me voy a privar de su compañía por los chismes de la empresa. —Esbozó una sonrisa pícara.
—Pero…
—¡Pero nada! —refutó—. Somos adultos y no le debemos explicaciones a ninguno de ellos acerca de nuestros actos. Nuestra vida privada no es incumbencia de nadie más que de nosotros mismos.
Nora no contestó a eso.
Unos diez minutos más tarde, llegaron a un lujoso restaurante. Nora seguía embobada, sin decir palabras, y el mesero empezaba a perder la paciencia al no recibir la respuesta que necesitaba para la orden, así que Edward tuvo que pedir por ella.
Cuando llegó la comida, él empezó a comer con buen ánimo, pero Nora apenas jugaba con el tenedor, con la mirada fija en la nada.
—Apenas ha probado bocado, Nora —apuntó él, luego sonrió al notar que ella se había sonrojado. Siempre lo hacía cuando él la llamaba por su nombre.
—Usted habla de que a nadie le importa lo que hagamos, pero en la empresa me llama por mi apellido, y cuando estamos solos por mi nombre —dijo de repente, frunciendo el ceño con reproche.
—No mezclo el trabajo con lo personal —le respondió él con esa seguridad que aumentaba su atractivo.
Nora por poco se ahogó con su propia saliva.
—¿Q-qué quiere decir con eso? —tartamudeó, presa de los nervios.
—No puedo con usted, Nora. —Rio entretenido—. Me refiero a que somos amigos. ¿Qué pensó? —La miró con coquetería.
—Nada… —dijo avergonzada—. Discúlpeme, aún estoy abrumada, pues el incidente con aquella señora fue muy extraño.
—Sí, a veces hay locos sueltos en la calle; sin embargo, ese evento me pareció muy… raro… —concordó él, comprensivo.
—Pero ella iba bien vestida… No parecía una loca de la calle… —razonó ella, más para sí que para su jefe—. Por alguna razón me dio la impresión de que le sucedía algo extraño. Como si, en vez de decir obscenidades, estuviera tratando de darme a entender alguna cosa… no sé… el ambiente se tornó extraño y no podía pensar con claridad.
Nora dejó de hablar al encontrar su mirada miel clavada en ella, ya que él le prestaba atención con mucho interés. Eso la conmovió y le trajo algo de alivio. Por primera vez sentía que podía hablar sus locuras sin ser juzgada.
—En realidad, el ambiente en esta ciudad es muy extraño —comentó él, pensativo.
—Antes no era así —le respondió ella, como si de repente recordara algo que no estaba en su memoria—. Últimamente hay demasiada violencia en las calles, las personas están más agresivas y paranoicas… En especial en la noche, cuando las luces aparecen en el cielo… —Se tapó la boca al caer en cuenta de que habló de las luces con él.
—Por cierto, iba a preguntar sobre eso. —Edward la miró curioso—. Cuando llegué por primera vez a esta ciudad, quedé impresionado por los hermosos fuegos artificiales, pero luego de unos días, en vez de fuegos artificiales… diría que una gran luz amarilla, con diferentes tonos de colores alrededor, cubre parte del cielo… ¿Siempre ha sido así en esta ciudad?
La quijada de Nora se desencajó al escucharlo. Simplemente, no podía creerlo.
¿Él también había notado las luces? Sus ojos brillaron de pura emoción y quizá alivio, pues ya eran dos personas que corroboraban lo que ella veía y la mayoría no. Los tres no podían estar locos, ¿o sí?
—No, hace unos meses sucede —le respondió después de limpiar su boca con la servilleta.
Trataba de ocultar lo sorprendida que estaba al saber que él también veía lo mismo que ella y Marcos.
—Pero… al parecer nadie más lo ha notado —continuó—. He hablado con varias personas sobre eso y me miran como si estuviera loca. El único que lo ha corroborado conmigo ha sido Marcos. Bueno, ahora usted dice que también puede verla.
—¡Vaya! —exclamó Edward sorprendido—. De hecho, nadie lo ha notado porque, si no, habría noticias sobre ello.
—Creo que somos los únicos.
—Eso es extraño —dijo él, pensativo—. ¿Por qué vemos esas luces y los demás no? No le di importancia al principio; no obstante, desde hace unas semanas me ha parecido raro que nadie lo mencionara o que actuaran como si no estuvieran allí. Pero he estado tan ocupado y concentrado en…
Edward no terminó la frase; más bien contempló su plato por unos segundos. El suspiro de Nora lo despabiló.
Ambos se miraron.
—¿Qué piensa Méndez de las luces? —preguntó Edward, rompiendo el ambiente tenso que su pausa provocó.
—Cree que es un acontecimiento de la naturaleza, pero no está seguro. Él está investigando.
—¿Sabe, Nora? —Edward captó su atención con cara de intriga—. A veces me da la sensación de que hubo una alteración en algún momento en el curso de la vida, o por lo menos, en la mía —confesó.
Los ojos de Nora reflejaron su curiosidad, pero también fascinación, pues se sentía bien encontrar a alguien que experimentara lo mismo que ella. Eso menguaba su sensación de soledad.
—¡Es increíble! —exclamó ella, maravillada—. Yo me siento igual, aunque creo que no solo mi vida ha sido alterada. Sonará loco, pero creo que todos estos acontecimientos están relacionados entre sí.
—¿Sabe qué otra impresión tengo? —le preguntó él. Su voz se percibía íntima, como si la conexión entre ellos se hubiera fortalecido en esa simple conversación.
—¿Qué? —inquirió, intrigada.
—Que debemos estar unidos —le respondió, muy convencido—. Me da la impresión de que alguien nos quiere separados, como si las respuestas estuvieran en nuestra cercanía… es decir, en nosotros mismos, pero juntos. Deberá creer que estoy loco…
—No —lo interrumpió—. No creo que esté loco.
Edward sonrió.
—¿Si le enseño algo extraño…? —Él hizo una pausa—. Necesito que me acompañe a mi apartamento.
Nora escupió el trago de agua que había sorbido. Su petición le pareció fuera de lugar e impulsiva.
—¿Qué dice? —interpeló, escandalizada.
—No me malinterprete —se apresuró a explicar—. Quiero enseñarle algo que tengo allá, la razón por la que creo que nos conocemos desde antes.
Sus palabras dejaron a Nora boquiabierta. Se tardó varios segundos en procesarlas.
—¿Habla en serio? —cuestionó aturdida.
—¿Me ve cara de bromista? —le respondió él, muy serio—. Vamos —comandó.
Edward pidió la cuenta y, en cuestión de minutos, ambos se marcharon.


