Leela retrocedía al centro del bosque mientras se veía acorralada y escudriñaba con detenimiento a su enemigo. Sacó su daga con sigilo cuando ellos venían en su contra. En cuestión de segundos, fue arropada por ellos, quienes iban cayendo al suelo uno a uno, heridos por su daga.
Leela saltó hacia la cima de un árbol para escapar. Se movilizaba con rapidez mientras buscaba una salida, pero solo veía árboles y más árboles, y ya no tenía su comunicador para guiarse con las coordenadas, así que solo le quedaba recordar cada detalle de esta.
Dos tipos encapuchados salieron de la nada con ataques violentos y ella luchó cuerpo a cuerpo con ellos. Uno de los contrincantes tenía un puñal que utilizaba en su contra, mientras que el otro la atacaba con sus puños. El tipo del puñal arremetió con este de frente, mas ella atrapó el ataque con los dos brazos y en ese instante fue golpeada en la espalda baja por el otro hombre, cayendo de rodillas.
Por suerte reaccionó rápido. Leela sonrió airosa y la adrenalina le recorría el cuerpo, aunque los sudores le hacían estragos. Tiró una patada que tumbó al tipo que la golpeó e hirió al otro en el estómago con su daga. Este cayó al instante debido a la herida, pero su compañero se levantó y arremetió contra ella.
Para Leela fue fácil bloquear sus golpes y vencerlo con una patada en el cuello. Respiró aliviada cuando se vio libre de ellos. Leela recordó el camino y saltó de árbol en árbol, dándose a la huida, mientras que unos cincuenta hombres la seguían. Con respiración agitada, ella celebraba en sus adentros el haber enviado la información minutos antes, pues gracias a eso podía dar por ganada la misión aun no saliera viva de allí.
Leela aterrizó sobre la polvorienta superficie para respirar un poco, pero otra vez se vio rodeada por sus enemigos, así que no le quedó otra opción que continuar con la batalla.
Pese a que la cantidad de guerreros la ponía en desventaja, a ella se le hacía fácil vencerlos, gracias a su flexibilidad de movimientos, su agilidad con los ataques y la habilidad de desplazarse de un lado a otro sin la necesidad de tocar el suelo.
Para ella, la gravedad no era más que una sugerencia. Se movía por el aire con una agilidad sobrenatural, desafiando la atracción de la tierra como si fuera parte de su propio ser, y caía sobre sus enemigos con una rapidez y precisión que los dejaba sin aliento. Iba avanzando mientras ellos caían heridos por ella sin percatarse en qué momento quedó sola en el bosque, entonces corrió con todas sus fuerzas para salir de allí.
—¡Vaya, no eres cualquier espía! —Se detuvo de golpe cuando dos hombres se pararon frente a ella. El que le habló era un joven alto y de complexión delgada, de piel blanquísima, cabello negro y arreglado hacia atrás, ojos grises y muy claros, bien vestido y elegante. Emanaba una serenidad fría y su mirada era espeluznante. El otro hombre era un grandulón con enormes músculos, una barba pronunciada y mirada de maníaco. El enemigo refinado aplaudía con ironía.
—¡Esto será divertido! —espetó el grandulón, lamiéndose los labios.
Un escalofrío recorrió a Leela y por primera vez creyó haber sentido miedo.
Los dos hombres se quedaron inmóviles por un rato mientras compartían una mirada cómplice, hasta que Leela saltó por los aires para escapar, pero el grandulón la atrapó por los pies y la tiró contra un árbol.
El dolor era insoportable, pero tenía que levantarse y salir de allí. Ella se incorporó al instante, pero quedó acorralada por los dos hombres. Pronto se vio esquivando todos sus ataques con dificultad, pues esos dos eran buenos oponentes.
Recordó las palabras del príncipe sobre encontrar un punto débil en su contrincante si este era más fuerte que ella; por lo tanto, mientras esquivaba sus golpes, estudiaba al saco de músculos.
Pronto notó que él no tenía mucha técnica, ya que se confiaba demasiado de su fuerza bruta, por lo que empezó a hacer piruetas alrededor de él, logrando confundirlo, mientras buscaba un punto débil. Él lanzaba golpes por doquier, como si tratara de atrapar a una mosca que se le escurría con mucha facilidad. La frustración empezó a hacerle estragos y sus ataques eran guiados por la ira.
El otro oponente se quedó parado observándolos entretenido.
Ella giró alrededor del fortachón, haciendo que él volteara la cabeza varias veces, provocando un poco de mareo, luego se tiró al suelo y se dejó resbalar por debajo de sus piernas y le dio un golpe en sus partes íntimas, lo que provocó un alarido de dolor en su contrincante. Debido al impacto en una zona tan sensible, el grandulón perdió las fuerzas y como resultado cayó de rodillas; entonces ella giró alrededor de su eje y le pateó la cabeza con fuerza, quitándole el conocimiento al gigantón.
De un salto, Leela regresó al suelo agitada y muy cansada.
—¡Ja, ja, ja, ja! —El otro contrincante reía histérico. Ella lo miró por inercia y por alguna razón le temió—. ¡Es mi turno! —advirtió con mirada psicópata.
De repente, él desapareció. Leela miró por los alrededores abrumada y un repentino golpe en su espalda le quitó las fuerzas. El dolor era profundo y le provocaba mareos. Otro golpe en la rodilla derecha la sorprendió y empezaba a descomponerse por no poder percibirlo. Cerró los ojos y recordó uno de los tantos entrenamientos con el príncipe:
Ella tenía los ojos vendados mientras él la atacaba. La idea era percibir al enemigo con su sexto sentido. Los primeros días de entrenamiento fueron una tortura, pero después de varias prácticas podía percibir el olor y la presencia del príncipe, asimismo, bloquear sus movimientos sin la necesidad de verlo.
Ella se relajó con los ojos aún cerrados. Sintió corrientes a su alrededor y supo que era su enemigo. El golpe iba directo a su nuca, pero ella se volteó y lo bloqueó, acto seguido, abrió los ojos y se encontró de frente con el rostro espeluznante de su contrincante.
Él formó una sonrisa retorcida y se giró, quedando a un metro de distancia. Dejó el tosco suelo para moverse sobre la superficie como un ave ágil, mas Leela lo imitó. Ya estaba harta y con el cuerpo cansado, por lo que necesitaba terminar de una buena vez con aquella batalla y regresar a casa.
Ambos se atacaron, pero él era muy habilidoso. Llegó a golpearla varias veces, debilitándola. Ella respiró profundo y, por más que estudiaba sus movimientos, no podía descifrarlos; sin embargo, él conocía todos sus pasos y adivinaba cada técnica que ella hacía.
¡Era hora de improvisar!
Se tiró al suelo sobre sus rodillas, sorprendiendo a su enemigo. Él pensó que se había debilitado, pero dudó en acercarse. Leela se quedó de rodillas y en cuestión de segundos él estaba detrás de ella.
¿Cómo podía moverse con tanta rapidez? Solo conocía a una persona que se movilizaba con tanta agilidad y sin ser notado. ¡El príncipe Jing! ¿Por qué su arte marcial era tan similar a la de él?
Ella le atrapó ambas muñecas y se abalanzó sobre él, atrapando con sus piernas su cintura. Fue un movimiento desesperado, pero ya ella estaba perdiendo, así que cualquier cosa que se le ocurriera podía salvarle la vida. Se subió un poco el pasamontaña con una rapidez increíble y besó a su oponente. Él se quedó inmóvil porque no se esperaba dicho ataque peculiar.
Ella aprovechó su asombro para cortarle el pecho con la daga, lo que provocó que él reaccionara y saliera de su ensoñación. Al ver su pecho ensangrentado, con rapidez sacó algo de su mano e hirió el brazo derecho de Leela. Le herida fue profunda, pero eso no la detuvo. Ella vio un acantilado y se tiró sin pensarlo dos veces, desapareciendo de la vista del aun asombrado hombre, quien sangraba por la herida ocasionada por ella. Pero su mirada se quedó fija en el acantilado y sus pensamientos estaban lejos del daño que ella le había hecho en el pecho.
***
Ya había anochecido cuando el príncipe se quedó solo en su casa al fin. Tras despedir a Bruno y a sus padres, él envió espías a buscar a Leela; desde luego aquella misión sería confidencial, puesto que estaba prohibido asistir a un espía en su primera misión para oficializarse como tal.
Sentado en el sofá de su sala y con una copa de vino en manos, él bebía melancólico mientras observaba el aparato con la ridícula esperanza de recibir alguna señal de su discípula. Sobre la mesa frente a él había una jarra de oro llena del dulce líquido. Él nunca bebía más de una copa por día, pero esa noche ya llevaba tres.
Sus ojos volvieron a buscar en el aparato alguna señal del rastreo, pero no había nada. Nunca antes había odiado tanto las ridículas reglas impuestas por su hermano mayor sobre la prueba de oficialización. El próximo rey impuso que dicha primera misión sería de vida o muerte; esa era la razón por la que no se permitía ayudar al espía ni buscar su cadáver (en caso de que muriese en misión), sino hasta el día siguiente.
Le parecía insólito que su hermano metiera sus narices en los asuntos de los guerreros, siendo que era Jing el líder en dicho campo y quien debía decidir acerca de las reglas; no obstante, su hermano era el próximo rey de Zafiro, por lo que su padre le apoyaba casi todas sus barrabasadas.
De repente, respiró profundo para drenar la mala vibra de su cuerpo y una sonrisa se le dibujó en los labios.
¡Vaya! Ya puedes irrumpir en mi casa sin ser percibida —dijo con emoción en su voz.
—No sería una espía sino pudiera hacerlo —contestó ella con ironía, pero su voz era débil. Él se volteó para encontrar su mirada; sin embargo, el estado físico de su discípula lo espantó. —Leela… ¿Qué te sucedió…? —No terminó de decir la frase porque ella perdió el conocimiento y se desplomó allí mismo. En cuestión de segundos, Jing saltó por encima del sofá y la atrapó con sus brazos antes de que ella cayera al piso. Notó la herida en su brazo derecho y entendió por qué ella había salido de su radar.
