Él se levantó temprano como de costumbre y se miró en el espejo satisfecho de su vestimenta. Esta vez, a diferencia de todas las mañanas, vestía informal. Llevaba unos pantalones negros y ajustado, que combinó con una camiseta blanca y una chaqueta del mismo color del pantalón, mientras que se calzó con unos tenis sencillos y negros.
Había peinado su cabello hacia atrás como solía hacerlo, pese a que siempre había uno que otro mechón rebelde que terminaba sobre su rostro. Su verdadero deseo era dejárselo crecer, pero no le quedaba de otra que cortarlo hasta el cuello por causa de su trabajo, puesto que su madre vivía al acecho de su apariencia.
Una vez listo para salir, él tomó su bulto cinturón y lo puso sobre su cuerpo. Allí llevaba todo lo que necesitaba para su salida, incluyendo sus lápices de carboncillo, borra, cuchilla y libreta de dibujo, en caso de que la inspiración lo atacase de repente, como solía sucederle en esos días.
No viajó en su auto, en su lugar, decidió ir a aquella ciudad en tren, también tomaría el autobús en su trayecto por el nuevo lugar. Esa visita le daba sentimientos de libertad y satisfacción, ya que por fin viviría por su cuenta y sin el hostigamiento de su madre.
Después de unas horas, él llegó a la ciudad e hizo varios recorridos en autobús y a pies, dado que quería conocer el sitio donde viviría en unos meses.
Al medio día, él caminaba en el centro con el objetivo de encontrar un buen restaurante donde almorzar. Se apresuró hacia un grupo de personas que, como él, iban a cruzar la calle, pero el semáforo se puso verde. No le quedó más opción que esperar a que cambiara, mientras tanto, se entretuvo viendo los carros pasar.
Sus pensamientos se fueron lejos, así que no se percató del cambio de luces, mas volvió en sí cuando notó que otro grupo de personas estaba cruzando la calle.
En vez de apresurarse junto a ellos, él se quedó petrificado al ver a una mujer vestida con una falda gris gruesa y una camisa blanca. El cabello color chocolate y ondulado le llegaba por encima de la cintura y su figura le pareció muy atractiva.
La extraña estaba del otro lado de la calle y al parecer llevaba prisa porque sus pasos eran rápidos sobre el pavimento. Sintió la necesidad de seguirla, pero sus músculos no respondieron. En condiciones normales ese deseo le hubiera parecido retorcido, pero esa no era una situación común y corriente, a no ser que su cerebro le estuviera haciendo una mala jugada.
¿Estaría viendo una visión? ¿De verdad era real lo que estaba apreciando?
Él salió de su trance cuando notó que la mujer iba a doblar por una esquina, que la desaparecería de su campo de visión, y fue en ese entonces que decidió cruzar la calle con la intención de seguirla; sin embargo, el semáforo cambio de nuevo, por lo tanto, él no tuvo más remedio que conformarse con verla desaparecer y quedarse con la curiosidad.
***
—¡Tierra llamando a Edward! —Se le acercó un joven delgado y de cabello castaño, vestido con un traje de ejecutivo, al igual que él—. ¿Qué sucedió en tu viaje de ayer que te dejó tan pensativo?
Edward lo miró aturdido, como si se estuviera volviendo loco.
—¿Qué pasaría si vieses en persona el rostro de una mujer, que pintaste en un cuadro como fruto de tu imaginación? —le preguntó con la voz quebrada.
Su amigo lo miró con confusión, como si no entendiera ni una palabra de lo que decía.
—¿De qué hablas?
—¿Recuerdas el cuadro de la castaña hermosa?
—¡Ah, sí! Tu obra favorita —contestó—. Es un gran cuadro, esa mujer se ve muy real, como si realmente existiera —dijo maravillado al recordar la pintura.
—La vi ayer —respondió con temor en su expresión.
—¿Qué dices? —Entrecerró los ojos—. No inventes. Dijiste que no usaste ni una modelo ni una imagen para la pintura.
—Así es. —Asintió—. Salió de mi imaginación.
—Eso no es posible… Tal vez creíste verla.
—Estoy seguro de lo que vi —afirmó.
—¿Hablaste con ella?
—No, estaba muy lejos. Iba a seguirla, pero desapareció de mi vista.
—Bueno, no es que sea algo grave. Vemos imágenes y personas pasar, y, aunque no le ponemos atención, se quedan grabadas en nuestro subconsciente. Quizás, pintaste un recuerdo que estuvo guardado en tu cerebro. Tal vez, es simple casualidad; puede que, si la vieras de cerca, te dieras cuenta de que no se parece tanto como creíste.
—Tienes razón. —Sonrió por lo tonto que fue, al dejarse engañar por su mente.
—Cambiando el tema, Edward; tu madre te espera en su oficina.
—¡Cierto! —Se incorporó—. Hoy será la junta que anuncia mi traslado.
—¡Vaya! ¿Qué se siente ser el nuevo CEO de la sucursal más grande que tienen las empresas de periodismo de tus padres?
—Siento mucha responsabilidad sobre mis hombros, pero al mismo tiempo, libertad. —Ambos rieron, sabiendo a lo que él se refería.
Horas después, Edward entró al amplio salón de juntas y notó que todos ya estaban en sus respectivos lugares. Como siempre, su madre en la silla principal junto a su padre. ¡Los reyes del lugar! Sus presencias provocaban tensión, pero eso mantenía el orden y la disciplina entre los empleados.
Su madre, una mujer asiática hermosa, delgada y pequeña, hacía contraste con su padre; un grandulón de tez blanca y ojos miel. A él debía el color de su mirada y el no ser delgado ni bajito como su progenitora, pues en lo demás era muy parecido a ella.
Era gracioso ver a sus padres juntos: Él, imponente por su apariencia; y ella, imponente por su carácter. Sí, su madre era la que mandaba.
Su hermano, en cambio, era un grandulón como su padre y con sus mismas características faciales, a excepción de sus ojos pequeños y negros, que los heredó de su madre. Él era el mayor y el próximo CEO de la empresa principal.
En cuanto a Edward, tendría que viajar para ocupar ese puesto en una sucursal ubicada en otra ciudad, dado que el actual CEO se iba a retirar.
Se terminaron los detalles de su transferencia, pero hubo un cambio: adelantaron su viaje a dos semanas.
Por alguna razón, este viaje le daba una sensación de felicidad inexplicable, como si allá encontraría esas respuestas que necesitaba, como si allá dejaría de tener la sensación de vacío y pérdida que solía tener en este lugar.
