Tras varias horas, el sol empezó a ponerse, así que las lámparas elegantes que rodeaban el patio de la mansión del príncipe se encendieron.
Todavía su luz era muy tenue, pues se perdía con la poca claridad que quedaba como vestigio de la tarde. El príncipe Jing, Esteban, Bruno y Leela conversaban distraídos, a la espera de los resultados del interrogatorio que se llevaba a cabo en algún lugar oculto de la mansión.
—¿Algo? —Jing se dirigió a Nico, quien se unió a ellos con semblante relajado.
—No mucho —respondió el rubio, mientras se limpiaba las manos con un paño—. El chico no tenía mucha información. Digamos que es un aficionado manipulado por alguien a quien admira. Es utilizado para merodear los lugares donde piensan atacar. Estaba buscando una brecha en tu casa, Jing.
—¿Mi casa? —preguntó el aludido, asombrado.
—Debe ser porque eres el líder de los guerreros y por todos los secretos que tienes en este lugar. Deben imaginarse que es el centro de operaciones de los espías reales —especuló Bruno.
—Como si yo fuera un tonto para ser tan obvio —ironizó Jing, con arrogancia—. De todas formas, sí hay mucha información aquí.
Leela se quedó pensativa.
—Creo que hay un traidor en el palacio, príncipe —soltó ella de la nada, ganando la atención del grupo.
—¿Qué dices? —interpeló Jing. Su mirada, cargada de confusión, se clavó sobre ella a la espera de una explicación lógica que avalara su sospecha, pero verse acorralada por él la hizo temblar y tragar pesado.
Le era difícil concentrarse cuando él la escudriñaba sin ninguna discreción.
—Y… —vaciló, pero, tras un suspiro, pudo recuperar la compostura—… no creo que el traidor sea alguien influyente —añadió con timidez—. Creo que es alguien con bajo perfil y fácil de manipular.
—¿Por qué alegas que hay un traidor en el palacio? —interpeló Nico, un poco brusco. Le parecía desastroso afirmar algo tan delicado solo porque sí.
—Es una loca idea que se me ocurrió… —respondió Leela, nerviosa y avergonzada.
Nico soltó un bufido que la hizo sentir juzgada.
Por su parte, el príncipe frunció el rostro ante la inseguridad de ella.
—Eso lo discutiremos tú y yo, en su momento —se dirigió a Leela, inexpresivo.
Pese a que su semblante no mostraba evidencia de que le había dado importancia a la especulación de Leela, ella entendió que sí, pues, de no ser así, no le habría dicho que lo discutirían luego.
Ella lo conocía tan bien que sabía que él también tenía sus sospechas.
—¿Creen que ellos estén buscando información sobre tu joya, Jing? —le preguntó Bruno, quien estuvo analítico todo el tiempo.
—Puede ser —aceptó Jing—. Me imagino que ustedes también escucharon —por casualidad— la teoría de mi madre sobre las gargantillas y su relación con la fuente de energía —comentó con sarcasmo, aludiendo que ellos espiaron la conversación de la reina con los consejeros del palacio.
Los tres jóvenes se miraron entre ellos con complicidad.
—No espiábamos, solo escuchamos por accidente —se justificó Esteban con una sonrisita maliciosa que lo expresó todo.
Los demás lo miraron con ganas de acabar su existencia, pues justo los estaba exhibiendo.
—Me imagino… —masculló Jing, burlesco y juguetón—. Escucharon “accidentalmente” una información que la reina discutió en su estudio con los consejeros —ironizó—. Bien, Nico —se dirigió al rubio—, vamos a mi estudio para que me des los detalles de lo que pudiste hablar con el espía —cambió el tema de forma drástica.
—Claro. —Sonrió—. Si quieres, te doy los detalles de la tortura también —añadió, para molestarlo, pues al príncipe no le gustaba esa forma de obtener información.
—Vamos —repitió Jing, con mala cara.
Entretanto, Leela se apartó de ellos y se paró frente al estanque. En silencio y sumida en sus pensamientos más profundos, observaba el brillo de las luces en las corrientes del agua cristalina.
—¿Todo bien? —la abordó Bruno.
Ella asintió sin decir palabras.
—Veo que Jing y tú se han vuelto muy cercanos… —comentó, malicioso.
Leela sintió que el piso se volvió inestable debajo de sus pies. Trató de disimular su nerviosismo, pero los puños apretados y la palidez de su rostro no la ayudaron mucho.
—Sí… es que tenemos la misma meta —explicó, mientras trataba de que su voz débil no la delatara.
—Me imagino —dijo, incrédulo—. Jing es un chico discreto y reservado. Él no suele abrirse a las personas completamente, creo que se debe a toda la responsabilidad que recae sobre sus hombros. Prefiere mantener distancia con lo que le pueda estorbar; por eso, no se da mucho a sus deseos, él es muy inhibido.
—¿Qué quieres saber? —preguntó, un poco molesta, pues tanto rodeo la empezó a irritar.
—Seré directo, entonces. —Bruno sonrió y se rascó la nariz—. ¿Ha pasado algo entre ustedes? Algún suceso fuera de sus responsabilidades como guerreros. —Clavó su mirada intensa sobre ella, esperando una respuesta.
Leela se puso nerviosa, pero trató de disimularlo.
—Bruno, tú eres amigo del príncipe; si él no te ha dicho algo fuera de eso, es porque no hay nada más que decir —lo evadió.
—¡Vaya! —exclamó, entre divertido y decepcionado—. Al parecer no tendré mi respuesta.
Leela sonrió, maliciosa.
—No hay nada entre el príncipe y yo —dijo al fin—. Él se va a casar pronto y yo estoy comprometida con este reino. Me he entregado por completo a la batalla, así que no tengo tiempo para pensar en esas cosas —dejó salir un suspiro que mostraba una gran tristeza y resignación.
—Entiendo —respondió Bruno con comprensión—. Eres una gran mujer, Leela, digna de ser admirada —la alabó, y sus ojos brillaron. De pronto, el ambiente se volvió raro.
—Gracias… —masculló Leela, casi inaudible; luego sonrió con amabilidad—. Espero ser una buena guerrera también. Le hice esa promesa a mi madre cuando era una niña.
—Pues has cumplido con tu promesa —le dijo él, y sus labios se extendieron en una sonrisa ladina—, porque eres una gran guerrera.
—Todavía me falta mucho. —Ella se sonrojó.
—¡Pero si eres de las mejores! —exclamó él con una gran sonrisa. Su lenguaje corporal expresaba una fascinación y admiración que iba más allá de lo buena que era ella en la batalla.
—Deja de alabarme tanto o me enamoraré de ti —bromeó Leela, casual, pero esas palabras calaron hondo en Bruno, quien se sonrojó al instante.
—Yo no tendría problemas con eso —le coqueteó el moreno con picardía y abiertamente, dejando a un lado el formalismo de colega superior y traspasando esa línea sin ningún titubeo, pese a que había una vocecita que le recordaba que Jing era su amigo.
Leela, al notar su movimiento, disimuló la incomodidad que le causó. Se cruzó de brazos y lo miró de forma juguetona.
—Pero yo sí —le dijo ella, medio en broma, medio en serio—. Conozco tus andanzas, casanova.
Ambos rieron.
De repente, el ambiente se sintió extraño, un poco oscuro y tenso…
Un carraspeo rompió la leve risa. Ellos se voltearon por inercia, solo para descubrir que el príncipe los miraba con el ceño arrugado y molestia en sus ojos miel.
—Disculpen la interrupción —dijo Jing con alusión venenosa—. Bruno, necesito que vayas al palacio con los demás y le den la información a mi padre.
Bruno asintió con un leve movimiento de cabeza, luego puso su atención en Leela y, con un tono dulce, se despidió:
—Nos vemos luego, encantadora Búho. —Tomó su mano y dejó un pequeño beso sobre esta, para luego guiñarle un ojo.
—Vete ya —le ordenó, molesto.
Bruno se marchó junto con los demás.
—Se llevan muy bien —comentó el príncipe, venenoso, con una mirada mordaz capaz de tallar un bosque.
—Sí, Bruno es un chico encantador —secundó Leela, y formó una sonrisa fascinada que irritó más a Jing.
—Bien, me alegro por ustedes —masculló incómodo y se marchó de su lado sin añadir más.
—¿Y a este qué bicho le picó? —dijo ella para sí con un resoplido; se cruzó de brazos y lo siguió con la mirada hasta que él entró a la casa.
No lo entendía. Ese príncipe la volvería loca con sus cambios de humor y actitud. Se preguntaba si algún día podría descifrarlo y ver lo que guardaba en su interior.


