La tensión protagonizaba el salón de té, donde el silencio se sentía cada vez más asfixiante.
—Nunca habías traído una chica a tu casa, Jing —comentó su madre, como si esperara una buena explicación de él. Estaban sentados sobre sus rodillas, frente a una pequeña mesa cuadrada, de acuerdo con la costumbre en la tribu de la reina. Él sirvió té en la taza de ella y la miró a los ojos.
—Leela no es cualquier chica —respondió con desazón—. Sabes que es mi discípula y la estoy entrenando porque, después de su primera misión, supe que necesitaba un reforzamiento especial.
—Me doy cuenta cuán especial es tu entrenamiento —ironizó—. ¿También le enseñas a intercambiar saliva con sus enemigos?
—¿De qué hablas? —preguntó con la voz temblorosa.
—¡Por favor, Jing! ¿Te vas a hacer el inocente? —Arqueó las cejas—. ¿Crees que no vi lo que ibas a hacer con tu discípula? Te desconozco, nunca has tenido una aventura con una de tus guerreras.
—Y con Leela no es la excepción —refutó—. Leela no es ese tipo de mujer. Yo la respeto y admiro demasiado como para tener ese tipo de relación con ella.
—Precisamente eso es lo que me preocupa. —Él la miró confundido, pues su declaración era contradictoria—. Ella es especial para ti. No quiero ni imaginarme que te enamores de una mujer de su clase.
—¡No exageres! —negó, como si lo que ella decía fuera un completo disparate—. La admiro como guerrera, es solo eso. No viste nada, no iba a pasar nada de lo que crees… —mintió—. Estoy consciente de mi responsabilidad. —Un amargor recorrió su garganta.
—Eso espero. —Lo miró suspicaz—. No tienes por qué complicar tu vida ni la de ella. Entonces, vamos a discutir tu encuentro con la princesa Elena. —Sonrió, más calmada, y con un brillo renovado en sus ojos pequeños.
—Sobre eso… —Dudó un poco antes de hablar—. No es un buen momento, mamá. Estoy muy ocupado con la traición del reino del Norte y su unión a los rebeldes. Es un asunto serio y no tenemos la verdad de lo que pretenden hacer. Déjame descubrir qué se proponen con todo esto y luego hago lo que me pides.
—Lo siento, Jing, pero eso no es negociable —respondió cortante—. Aunque no lo creas, es un asunto importante. Llega un momento en que las joyas deben estar en el lugar al que corresponden. Se cree que son más que una simple prenda matrimonial, solo que no sabemos cuál de las dos es la llave principal, si la tuya o la de tu hermano.
» Hay una creencia de que están relacionadas con la fuente de energía que da estabilidad a nuestro mundo. Es por esto que quiero encontrar a tu pareja ideal. Sabes que debe haber un acercamiento a esa persona para que se desarrolle la relación entre ustedes. Una vez ella sea tu complemento idóneo, las joyas brillarán.
—Está bien, mamá. —Suspiró resignado—. Voy a conocer a la princesa Elena —aceptó, cabizbajo, pese a que el desdén y el desacuerdo se reflejaba en sus facciones.
***
Leela llegó a los límites de los terrenos del príncipe. Saltó una muralla que lo dividía de un bosque, hacia las cercanías de los límites de Zafiro. Estaba divagando en ese remoto lugar; quería sacarse aquel dolor del pecho.
—¡Qué tonta soy! —exclamó en voz alta—. ¿Cómo se me ocurre enamorarme del príncipe? —dijo, dejándose caer de rodillas. Luego miró a su alrededor, pues percibió la presencia de alguien—. ¿Estás seguro de eso? —inquirió con una sonrisa forzada—. No te conviene que desquite mi dolor contigo —advirtió a la nada, segura de que no estaba sola allí.
—¡Qué graciosa, chiquilla impertinente! ¿Cómo se te ocurre a ti pasearte sola por este lugar? —respondió un hombre vestido de negro, quien estaba detrás de ella con una espada sobre su hombro derecho, mientras ella aún se encontraba de rodillas.
Leela respiró con hastío, aunque satisfecha de poder descargar su ira contra alguien.
Sin previo aviso, lo golpeó con el codo en el estómago, giró a medias, impactándolo con su otro brazo en la cintura; al mismo tiempo dobló su muñeca y cambió el blanco de su próximo golpe al rostro.
Leela tiró la espada de su contrincante al suelo y lo lanzó a él por los aires; hecho esto, saltó y giró, pateando la espalda de su enemigo, quien cayó contra un árbol, quedando inconsciente.
Ella se incorporó y paseó su mirada por todo el lugar, sabiendo que él no era el único.
Segundos después, cinco hombres robustos y vestidos de negro venían en dirección a ella. Esperó a que se acercaran y se lanzó hacia arriba con los pies juntos y los brazos abiertos, como si tuviera la destreza de volar como un cohete. La acción fue tan rápida que sus atacantes no la percibieron, chocando entre sí y cayendo al suelo. Se levantaron rápido, aunque medio atontados por el golpe.
Leela se dejó caer sobre sus pies sin ningún esfuerzo y empezó la lucha cuerpo a cuerpo con aquellos hombres. No tuvieron chance de atinarle ni un golpe, pues ella era muy rápida y ágil. Corrieron la misma suerte que el primero, yaciendo en el suelo. No obstante, ella no estaba complacida aun, así que corrió hacia unas colinas y sonrió al encontrar lo que buscaba.
—¡Veo que me descubriste, preciosa! —exclamó un hombre delgado, vestido como los demás, por lo que no podía ver su rostro—. Lástima que tendré que matarte. En otras circunstancias, me hubiera revolcado contigo, muñeca.
Su comentario encendió aún más la ira de Leela, pero ella se quedó quieta, estudiando a su enemigo. Él estaba armado con dagas, estrellas ninjas y una pistola láser. La última arma no era muy común, y sus mayores creadores eran los de la tribu Furious. Esta era una tribu de robustos guerreros, la mayoría tatuados y vestidos de forma salvaje. Pero ellos pertenecían a la alianza, por lo que no tenía sentido que hayan armado a esos espías traicioneros.
—Veo que hay traidores en todo lugar —comentó con ironía—. Tu gente ha sabido manipular a las personas más influyentes de cada gobierno para atacarnos.
—¡Vaya! Notaste que soy del reino del Norte. —Aquel hombre se acercó con una sonrisa malvada—. Tú no eres cualquier guerrera, ¿me equivoco? Deberías unirte a la causa. Con tu habilidad, nos serias muy útil.
—¿A la causa? —Leela rio con sarcasmo—. ¿Llamas causa a la traición y el caos? Porque debes saber que, si continúan con esta estúpida guerra, Destello entrará en una era de desastre, y muchas personas inocentes morirán.
—Toda causa tiene su sacrificio. Estamos hartos de que ustedes nos priven de la verdad y el poder que nos corresponde. Tú decides: te unes o mueres en este lugar.
—Creo que prefiero patearte el trasero y descubrir qué te trae por aquí. —Esbozó una sonrisa prepotente.
—¿Tú y quién más, preciosa?
—Me basto yo solita, imbécil.
En un abrir y cerra de ojos, ambos se lanzaron por los aires y empezaron a atacarse.
El chico era hábil, pero Leela le llevaba mucha ventaja. Él no había logrado propinarle ni un golpe, mientras que ella hacía con él lo que quería. La frustración lo inundó y empezó a tirarle las estrellas ninjas, fallando en cada ataque.
Con los ojos rojos de la rabia, manos temblorosas y respiración agitada, él le tiró la última que le quedaba, mas Leela la atrapó con los dedos. Ella formó una sonrisa burlesca y arrogante, luego le devolvió el tiro. La estrella ninja se le enterró en la pierna derecha, y la ira lo desbordó.
Impulsado por la frustración y la ira, el sujeto sacó dos dagas y emprendió el ataque.
Leela le atrapó las manos mientras estaban en el aire y lo pateó en el estómago, provocando que escupiera sangre. Le dobló las muñecas hasta que él no pudo sostener las armas. Acto seguido, lo soltó y le golpeó el rostro; la sangre corría como torrentes desde su nariz.
—¡Bruja maldita! —exclamó el hombre en un alarido de dolor. Ella subió hacia él y le pegó en el mentón con la rodilla. El enemigo cayó al suelo y empezó a reír histérico, como si la humillación diera paso a la locura. Sus dientes estaban manchados de sangre; escupió el líquido rojo y, de un salto, se puso de pie.
—¿Cómo te atreves, zorra?
—Dije que te patearía el trasero, cretino —contestó con la misma sonrisa que mantuvo durante la pelea.
—¡Muere, bruja estúpida! —vociferó, con un grito exagerado cargado de adrenalina y testosterona, como si exclamar con furia le fuera a devolver su hombría y sanar su orgullo herido.
El guerrero sacó su arma y disparó contra ella. Leela giró por los aires, y los impactos del láser dejaron orificios oscuros en el árbol que estaba detrás de sí.
Entonces ella desapareció de su campo de visión, como si fuera absorbida por la nada.
—¿Dónde estás, zorra? —Su voz era temblorosa. Su mirada angustiada se movía por todo su alrededor, buscándola. Los nervios lo hicieron disparar por doquier sin un blanco específico—. ¡Sal de donde estés! —gritó, perdiendo la paciencia.
—¡Tus deseos son órdenes! —escuchó detrás de él, pero no tuvo tiempo de reaccionar. Leela le propinó una patada en la cabeza que lo derrumbó.
Con desdén y malicia, ella observaba a aquel hombre yacer en el suelo, casi muerto.
—Chico idiota, tú te vienes conmigo —dijo, mientras secaba el sudor de su frente con el brazo.



