Había pasado una semana desde el incidente con el gato, por lo que Nora decidió retomar su rutina. Pese a que su jefe le insistió en que se tomara unos días más, ella quiso volver a su trabajo, pues sus manos estaban mucho mejor.
—¿Algún chisme nuevo? —preguntó a Lidia, quien la siguió hasta la oficina.
—¿Cómo lo supiste? —respondió con otra pregunta, casi saltando de la emoción, ya que el chisme era su pasatiempo favorito.
—No creo que me hayas seguido hasta aquí por lo mucho que me extrañaste —dijo con ironía mientras se tiraba sobre su silla reclinable.
—¿Cómo puedes pensar eso de mí? —se hizo la ofendida—. Vine para saber cómo estás y, por supuesto, aprovechar para darte la última bomba.
—Unjú… —masculló Nora, haciendo una mueca—. Tres días ausente y ya hay una bomba —soltó con expresión divertida mientras meneaba la cabeza en desaprobación.
—Así es. —Lidia sonrió con picardía—. ¿A que no me dices quiénes son los protagonistas esta vez?
Nora exhaló un suspiro y entornó los ojos.
—¿Me lo vas a decir o jugaremos a las adivinanzas? —se quejó con hastío.
Le cansaba tanto drama, pero necesitaba saber si ella estaba involucrada en aquel nuevo chisme. Esperaba que no, pues quería tranquilidad o se volvería más loca de lo que ya se consideraba.
—¡Pero qué aburrida! —exclamó Lidia con un bufido—. Le quitas la diversión a todo.
—Tienes cinco minutos para que me lo digas y salgas de mi oficina —advirtió Nora, mirando su reloj.
—Está bien, está bien. Es el nuevo jefe —dijo, y al instante se ganó toda la atención de Nora—. Se dice que tiene un romance en la oficina. Alguien lo vio encontrarse con una mujer cerca de aquí, luego cenaron en un restaurante y después lo vieron entrar a un motel con esa persona.
Nora sintió escalofríos. Ellos estuvieron cerca de la oficina y en un restaurante, pero nunca en un motel.
—¿Y saben quién es? —indagó.
Sus ojos expectantes reflejaban temor, al igual que sus manos temblorosas, que mantenía ocultas tras el escritorio para no ser tan obvia. Sin embargo, no podía disimular la respiración acelerada ni la tensión que se dibujaba en sus facciones, provocadas por los latidos vehementes de su corazón.
Cada segundo en que esperaba una respuesta era una tortura: un frío extraño la recorría de pies a cabeza, su boca y garganta estaban resecas, y apenas podía tragar; finalmente, se sirvió agua y dio un largo trago, intentando calmarse, aunque sabía que no lo lograba del todo.
—No —respondió Lidia al fin—. La persona dijo que no le vio el rostro.
Una cálida sensación empezó a combatir la gelidez que la envolvía. Nora volvió a suspirar, pero esta vez era un suspiro de puro alivio
—¿Y cómo sabe que es de esta empresa? —inquirió Nora, curiosa pero cautelosa, esperando que de verdad estuviera fuera de aquel rumor.
—Pues vestía de oficina y se veían a escondidas —respondió como si fuera algo obvio—. Además, el jefe es nuevo en la ciudad. No es que conozca a muchas personas fuera de la empresa.
Nora negó en desacuerdo.
—Pudo haber conocido a alguien en un bar o en otro lugar —replicó.
—¡Por favor, Nora! —exclamó Lidia—. Todos sabemos que el jefe no visita bares y que del trabajo va a su casa y de su casa al trabajo.
Nora abrió la boca de sorpresa. ¿Cómo podían ellos, sus empleados, saber tanto acerca del CEO? ¿Acaso lo espiaban?
—¡Vaya! Al parecer saben muchas cosas de él —reflexionó, desconcertada.
Aquello le provocaba un nudo en el estómago; la actitud de sus empleados rayaba en lo irracional y lo excesivo, y resultaba casi aterrador.
—Empresa de periodismo con gente chismosa y sin oficio —recalcó Lidia, con esa expresión que intentaba explicar lo inexplicable—. Mujeres que babean por el jefe… es obvio que conocen hasta su sombra —añadió, justificándolos.
Nora le regaló una mirada desaprobatoria. Luego se perdió en sus pensamientos, y su semblante se tornó pálido.
—Todo esto es muy extraño —dejó salir, todavía pensativa—. Es como si alguien lo estuviera espiando.
—¡Puf! ¡Qué va! —Lidia golpeó al aire, restando importancia—. Son solo chismes. Lo mejor es estar lo más lejos posible del jefe; como no saben quién es la amante, cualquiera puede ser sospechosa.
—¡Qué tonterías dices! —se burló Nora—. Ni que estuvieran investigando un crimen.
—Es mejor mantener la distancia y no ser víctima de estos chismosos —advirtió.
—Bien, Lidia. Se acabaron tus cinco minutos —sentenció Nora, y señaló el reloj.
Cuando se quedó sola en la oficina, se puso la mano en el pecho, pues el corazón todavía le latía con fuerza, y la sensación de que algo no estaba en orden la tenía muy inquieta.
***
Con temblores y latidos potentes, Nora entró a la oficina de su jefe y se quedó inmóvil y en silencio, abrazando la carpeta contra su pecho. Tras un rato sin decir palabras, Edward la miró entretenido con esa sonrisa que la descontrolaba y aumentaba las sacudidas y escalofríos tormentosos.
—¿No va a tomar asiento? —le preguntó él al fin, un poco impaciente.
—¡Ah! Disculpe —contestó ella atolondrada.
Nora se sentó frente a él y puso la carpeta sobre el escritorio.
—¿Todo bien? —inquirió el CEO mientras clavaba su mirada en las manos que aún estaban vendadas. Ella asintió con gestos tímidos—. Muy bien, Allen, sé por qué está preocupada.
—¿Usted no lo está? —preguntó abrumada, adivinando que se refería a los rumores sobre ellos dos.
—No. ¿Por qué debo estarlo? —negó con serenidad—. No es cierto lo que dicen. Aunque me imagino que su preocupación debe ser por su relación con Méndez.
Nora negó efusivamente y se mordió el labio inferior.
—Yo no tengo ninguna relación con Méndez —replicó con voz temblorosa—. Ese es otro rumor infundado.
—Pero ustedes…
—Estábamos almorzando en un restaurante, eso no nos hace tener una relación —lo interrumpió.
—Vaya… —susurró Edward, luego soltó un suspiro profundo. Por más que lo intentó, no pudo disimular la sonrisa que se le dibujó en los labios—. No sabía que en esta empresa sucedieran este tipo de cosas. Creo que es hora de tomar cartas en el asunto —sentenció. Esta vez su tono y expresión se tornaron serios.
***
Era la hora del almuerzo, así que Nora salió del edificio con intención de ir al restaurante donde acostumbraba comer. De repente, una mujer bien vestida, de unos cuarenta años, se paró frente a ella y empezó a ofenderla de la nada.
Los ojos de Nora se abrieron en demasía, atentos a aquella extraña señora. La confusión, la sorpresa y el desconcierto se hacían visibles en su palidez, la rigidez de su cuerpo y su mirada perdida, aunque pendiente de la desconocida.
La mujer, en cambio, gritaba profanidades y palabras que Nora ignoraba que existieran. Como si fuera otro idioma. Uno muy raro.
Su atacante, al no ver una reacción más allá del estupor en Nora, frunció el ceño. Acto seguido, se le lanzó encima.
Todo ocurrió tan rápido para Nora que no tuvo tiempo de procesar el ataque.
De repente, sintió que alguien la jaló hacia atrás y unos brazos fuertes la sostuvieron, lo que evitó que la extraña lograra su cometido.
Al instante, un par de policías le echaron mano a la atacante y se la llevaron, mientras ella profería injurias y maldiciones.
Nora, tras ser devuelta a su propio equilibrio, miró a la persona frente a ella y despertó de su trance.
—¿Está bien? —le preguntó el CEO, preocupado—. ¡Qué susto nos dio esa mujer!
—Ah… ¿De dónde salió usted? —preguntó ella, medio atolondrada, pues aún no salía de su impresión.
—Estaba saliendo de la empresa cuando vi que esa extraña señora la ofendía. Me acerqué para averiguar qué sucedía, pero ella la atacó. Si no actúo rápido, le hubiera hecho daño. —La miró de reojo—. Me parece que usted todavía está impresionada. Venga conmigo.
Edward la tomó de la mano y la dirigió hasta su auto. Una vez adentro, emprendió la marcha.


