2. Lobo guía: Un lazo prohibido – Entre engaños y luces extrañas

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Zoe

Insegura, celosa…

Así me llamaron todos. Todavía sus acusaciones resuenan en mi mente y me hacen sentir desamparada, ya que nadie se puso de mi lado.

Ni siquiera mi progenitora.

E incluso llegué a dudar de mí misma. Fueron muchos los años en los que me convencí de que exageraba, de que todo estaba en mi mente.

Sin embargo, la confirmación de mis sospechas está aquí, en una cafetería de la ciudad a la que he tenido que viajar por un par de horas para las entrevistas de trabajo fallidas.

Río de mi mala suerte.

—De verdad, mi día no podía mejorar más —me burlo de mi situación para no enloquecer.

Tengo ganas de llorar hasta romperme aquí, de dar un espectáculo, de reclamarles, de gritarles y golpearlos con todas mis fuerzas.

Sería satisfactorio decirles “lo sabía”, luego tomarles fotos o grabarlos para mandárselas a todos los amigos y, en especial, a mi madre; sin embargo, no soy capaz.

En mi mente todo sale perfecto, pero mi cuerpo no reacciona. Solo me quedo congelada mientras los observo comerse delante de todos, como si fueran una pareja…

Bueno, quizás siempre lo fueron y yo solo era el obstáculo.

¡Qué ridiculez!

¿Por qué Joel estaba conmigo si le interesaba su amiga? No lo entiendo.

¿Por qué insiste en que regrese? Ahora es libre para estar con quien de verdad desea.

Aprieto el celular con fuerza y arrugo la cara para contener el grito que quiero dejar salir.

No debo llorar aquí, no delante de los demás.

Tampoco voy a hacer un espectáculo. No les voy a dar el gusto de verme destruida.

Con manos ansiosas, meto el teléfono en el bolso. Luego dejo el dinero sobre la mesa y me marcho.

Como la cafetería tiene tres entradas y salidas, utilizo la contraria a ellos para que no me vean.

Mis pasos veloces resuenan sobre el piso pulido del lugar, pero se pierden con la música tenue y los murmullos de los comensales, así que paso desapercibida.

Una vez afuera, inhalo y exhalo, porque la respiración se me hace difícil. Y ahora sí, las lágrimas ruedan por mis mejillas.

—¿Cómo pudiste hacerme esto, Joel? ¿Cómo te atreviste a engañarme por tanto tiempo? —me lamento.

Lloro, aunque no sé si de verdad ellos están juntos desde siempre o si solo aprovecharon que yo lo dejé para hacer pública su relación.

Pero entonces, ¿por qué me mandó ese mensaje? ¿Por qué sigue insistiendo? No logro entender la lógica de Joel.

—¿A quién engaño? —me digo con ironía—. Ellos siempre me engañaron.

Y es que es muy lógico si siempre ella fue su prioridad.

Él me ignoraba cuando esa bruja me maltrataba y me humillaba, y siempre la defendía. A eso se le suma que con ella hacía lo que conmigo no. Con ella reía como no lo hacía conmigo y a ella la miraba como nunca lo hizo conmigo.

—Por supuesto que siempre estuvieron juntos y se burlaron de mí en mi cara. Son unos malditos —mascullo, airada.

Derrotada, con el corazón roto y la autoestima pisoteada, decido regresar a casa. Ya no tiene caso seguir haciendo entrevistas. No estoy de humor ni tengo la capacidad emocional o mental para seguir recibiendo rechazos.

Suelto un largo suspiro, me limpio la cara y busco un taxi, ya que mi vieja camioneta está en el taller porque, otra vez, dejó de funcionar.  

El trayecto a casa también se siente pesado, como un viaje largo que nunca termina.

Ya deseo llegar y llorar sola en mi cama.

Necesito dejar salir toda la rabia que me está consumiendo por dentro a través de las lágrimas, porque no lo voy a hacer delante del taxista. Eso sería vergonzoso.

Y, mientras observo el cristal, los recuerdos me visitan para torturarme.

Las reclamaciones de mi madre, preguntándome por qué tiré a la basura una relación tan larga y seria, por suposiciones mías.

La manera en que Joel me hacía ver como una tonta. Cómo sus amigos me juzgaron y hablaron mal de mí; incluso se burlaron de mi poca autoestima, de mi inseguridad, porque no podía aceptar que mi novio de siete años tuviera una amistad tan cercana con una persona del sexo opuesto.

Y ella, con sus comentarios pasivo-agresivos, siempre me hizo sentir inferior: que porque era ama de casa, que porque no trabajaba, que porque no me arreglaba.

¿Cómo iba a hacerlo? Si me dediqué todos esos años a ayudar a Joel a crecer, porque él me convenció de que yo no necesitaba hacerlo, de que juntos estábamos construyendo un futuro.

Sin embargo, el anillo nunca llegó. La propuesta se quedó en mis deseos, nada más. Era como una promesa vacía que nunca se concretó.

¿Qué quería él? ¿Cuál era su objetivo? ¿Que yo le sirviera de sirvienta, de soporte, mientras él avanzaba en la vida? ¿Qué haría luego? ¿Me reemplazaría por su amiga, ya que ella estaba a su nivel?

Me siento una estúpida. Perdí tantos años de mi vida en un hombre que nunca me valoró.

No puedo evitar que las lágrimas silenciosas rueden por mis mejillas, pero me las limpio al instante porque me da vergüenza que el taxista me vea así, aunque supongo que mi cara de desgracia es muy obvia.

Por fin llegamos y puedo entrar a casa.

De inmediato, el olor a flores y cítricos me recibe. Hoy todavía queda el perfume de la limpieza que hice anoche.

La casa es de madera, con un estilo campestre y hogareño. Es lo único que es completamente mío: una herencia que mi padre dejó a mi nombre, junto a todo este territorio y la camioneta vieja que siempre utilicé, y que hacía un gran contraste con el auto del año de Joel.

Pero para mí esa camioneta es muy valiosa porque fue el transporte para muchos paseos junto a la única persona que me amó, a quien de verdad le importaba.

Ahora sí dejo que las lágrimas salgan con libertad y lloro.

Me arrodillo sobre el suelo amaderado, en la comodidad de mi hogar.

Después de llorar un rato, me quito los zapatos y los lanzo por donde sea, pues no quiero ser la perfecta ama de casa que se la pasa manteniendo todo limpio.

—No hoy, quizás nunca más —musito, amargada.

Tras una larga ducha entre sollozos y maldiciones, decido prepararme algo de comer, pero cuando abro la nevera, otra vez empiezo a llorar porque me siento tan gorda que no merezco ni siquiera una cena.

La cierro de golpe y me recuesto contra el refrigerador, deslizándome lentamente hasta quedar sentada en el suelo, con los codos apoyados sobre mis rodillas y una mano tapándome la cara.

—¿En qué me he convertido? —me lamento con voz chillona—. ¿Cómo fue que perdí mis mejores años con un hombre que siempre me engañó y me utilizó? ¿Qué voy a hacer ahora? No tengo nada.

Hago silencio, pues siento que las palabras se me quedan trabadas en la garganta y el llanto irrumpe sonoro y se mezcla con el cantar de los grillos.

—No tengo trabajo y el ahorro se me está acabando —me quejo—. Solo me queda una vieja camioneta sin arreglar y una casa que necesita mantenimiento. Estoy tan sola. Es tan injusto que ellos sean felices después de todo el daño que me hicieron y yo tenga que pagar los platos rotos de su traición.

Golpeo el suelo con furia y me lastimo en el acto, pero ese dolor en mis nudillos no se compara con el que tengo en el corazón.

—¡Malditos! ¡Los odio! ¡Los odio a todos! —grito; entonces me arrepiento de no haberles tomado fotos y haberlas publicado por doquier.

Quiero vengarme, que sufran.

Y de repente escucho un estallido.

¿Qué?

No es uno cualquiera.

Es un ruido aterrador que hace temblar todo a mi alrededor, como si fuera un leve sismo. Todo el dolor que sentía es reemplazado por miedo.

Terror puro.

Mis ojos se abren y empiezo a sudar.

—¿Qué rayos está sucediendo? —me pregunto, asustada, y me levanto de golpe.

Entonces, un resplandor se cuela por los orificios de la casa y, a través de las ventanas, puedo ver un gran brillo azul y blanco.

—Dios mío, ¿qué está pasando?

Otro temblor me quita el equilibrio y debo sostenerme de la pared para no caerme.

—¿Qué es esto? ¿Un terremoto? —digo a la nada, aunque en realidad parece algo más—. ¿Es una bomba nuclear o algo por el estilo? ¿Por qué tanto resplandor?

Siento que el corazón se me va a salir por la boca y busco una manera de huir. Sin embargo, otro sonido me deja casi sorda y me hace gritar de desesperación. Luego viene la calma, una serenidad extraña que me eriza los vellos de todo el cuerpo.

Reviso con la mirada mi casita y veo que todo está intacto.

Solo los muebles se han desajustado un poco, al igual que algunos cuadros, pero nada se ha roto ni ha caído. Y eso me deja aún más perpleja.

El ambiente se siente extraño, como si hubiera un manto frío que traspasara mis paredes, y eso me pone la piel de gallina.

Entonces presiento que algo cayó. Eso debió ser, porque una luz sigue brillando a través del cristal de mi ventana.

—¿Qué hago? ¿Qué hago? —me pregunto repetidamente—. ¿Debo salir a ver? Ah, debo estar loca. ¿Por qué tengo que salir? ¿Debería esconderme debajo de la cama o salir corriendo de aquí?

No… pero tengo que ir a investigar.

—No, no voy a hacer eso, es una locura.

Mi negación es acompañada por movimientos efusivos de cabeza.

Trato de curiosear por la ventana, pero lo único que veo es una luz a la distancia. Es como una mezcla de azul con blanco.

—Bueno, no tengo nada que perder. Ya lo he perdido todo —digo; así de irresponsable soy.

Busco mi linterna por si acaso la necesito y salgo.

—Pero la luz que hay lo alumbra todo —razono.

Sin embargo, esta empieza a menguar y la oscuridad me arropa poco a poco.

Entonces prendo la linterna y camino.

Me alejo de mi casita y de mi patio para entrar en el pequeño bosque que rodea todo ese territorio.

Las ramitas estallan debajo de mis pies, al igual que las hojas, y puedo sentir el sereno nocturno humedecerme. Ya la sensación fría se ha ido y la luz terminó de desaparecer.

—Entonces, ¿qué es lo que estoy buscando? —me pregunto, pues mi curiosidad es estúpida y arriesgada.

Al avanzar, mis pies se hunden en las hojas húmedas del bosque mientras voy buscando lo que sea que haya causado este temblor y el estruendo.

Doy varios pasos más, pese a lo incómodo que me resulta el trayecto, con el corazón acelerado y las manos temblándome.

—Que alguien me diga por qué estoy aquí —digo a la nada. Ya estoy loca, pues hasta hablo sola—. ¿Por qué estoy haciendo esto?

No entiendo a qué vine, pero no puedo evitarlo. Hay algo en mi pecho que me atrae hacia este lugar, cual si estuviera segura de que encontraré algo importante.

Entonces me detengo al descubrirlo.

Estoy impactada.

La luz de la linterna empieza a moverse debido a las sacudidas violentas de mi mano. —¿Qué es esto? No lo puedo creer.

Lobo Guía: Un lazo prohibido

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