Zoe
El toc-toc de mis tacones deja ecos sobre la acera pavimentada mientras la poca brisa de la tarde intenta aliviar el calor que me incomoda.
Suelto un largo suspiro y miro al cielo.
—¡Mis ojos! —grito, quejumbrosa.
Mala idea…
—Qué mal día para sentirme melancólica, derrotada y autocompasiva —me quejo, ignorando a las personas que me observan como si hubiera perdido el juicio por estar hablando sola.
Quizás sí estoy lunática.
Vuelvo a suspirar y me detengo. Es una pausa emocional que necesito, pues de verdad siento que el peso me aplasta.
Las lágrimas se acumulan en mis ojos, listas para salir, y el nudo en el pecho amenaza con ahogarme.
—Bien, Zoe, cálmate —me animo a mí misma, asustada, porque no quiero hacer un espectáculo en la calle.
Mis manos tiemblan sin control y mis ojos arden demasiado. Inhalo y exhalo para regular mi respiración; luego trago saliva, porque la garganta se me ha resecado bastante.
—Cálmate, cálmate, cálmate… —me digo a mí misma.
En este momento necesito a alguien que me abrace, que me diga que todo estará bien, aunque sea mentira.
Pero estoy sola…
—Acabada… —susurro y miro a mi alrededor, temerosa de estar dando tremendo show, pero las personas van y vienen sin siquiera percatarse de mi existencia.
El zumbido del celular me despierta de mi estado de lamento y, con manos temblorosas, lo saco del bolso.
Un destello de esperanza aflora en mí, así que lo desbloqueo con ansias; no obstante, la sonrisa se me borra del rostro cuando veo el nombre reflejado en la pantalla: Joel.
Me quedo inerte, observando el mensaje sin abrir, debatiéndome entre ignorarlo y bloquearlo de una buena vez, o leerlo.
Pero ¿para qué?
Dirá lo mismo de siempre… Me culpará y me dejará esa sensación de que estoy loca…
Bloqueo el celular y lo guardo, pues lo menos que necesito ahora es lidiar con él.
Sin embargo, hay una parte de mí que juzga mi accionar, como lo han hecho todos, inclusive mi madre.
Ella, que debió apoyarme y hacerme sentir que no estaba loca, fue quien más me hundió y… se puso de parte de él.
Y es que mi ex sabe cómo convencer a los demás y quedar como la víctima.
Pero…
—¿Y si cometí un gran error? Ahora nadie me contrata y pronto no sabré cómo sobreviviré si no encuentro un trabajo.
Entonces me debato sobre si tomé la decisión correcta. Por lo menos, con Joel no tenía que preocuparme por pagar cuentas…
Miro a mi alrededor como una manera de escapar de mis pensamientos, pero mis ojos se detienen frente a una pared de cristal oscuro que refleja mi imagen.
Casi no me reconozco. O, por lo menos, no a esa jovencita de veintidós años que se fue a vivir con su novio y lo sacrificó todo por él.
Me siento avergonzada de mi aspecto desaliñado, a pesar de que traté de vestirme decente y presentable para la ocasión.
Mi cabello ya no tiene el mismo brillo por la falta de cuidado; mis ojos lucen cansados, con ojeras, y mi cuerpo está a punto de perder su forma curvilínea debido a las libras de más.
Soy un desastre.
¿En qué momento me perdí a mí misma?
Suelto un largo suspiro y niego con la cabeza.
—Ya basta de lamentos…
Decido ir a comer algo a una cafetería, pues ya son las tres de la tarde y no he ingerido nada desde la mañana cuando salí de casa para las entrevistas de trabajo fallidas.
Elijo una mesa al fondo, para hacer honor a mi soledad, y pido café con un croissant de queso. No es lo mejor para almorzar, pero es lo único que mi estómago me pide.
Tras comer y revisar las entrevistas que tuve —y que me rechazaron—, marco las que todavía están pendientes y las que me dijeron un frío «Te vamos a llamar», tan mecánico que no les creí.
De repente, un escalofrío me recorre. Es como una corazonada, un augurio de que mi día va a empeorar.
Y me tenso.
Entonces subo la mirada, como si buscara algo o a alguien, y lo veo: mi ex.
La boca se me reseca y el corazón me palpita con ímpetu, mientras todo mi interior entra en estado de alarma.
Él no está solo.
Ellos se sientan entre risas y toques sutiles, como los recuerdos. Dos mejores amigos que rompían los límites y me hacían sentir que sobraba. Que yo era la tercera en discordia en mi propia relación.
No sé por qué, pero de repente tengo la necesidad de ver el mensaje que Joel me mandó.
Nerviosa, lo abro, y las palabras que leo me ponen a dudar.
«Mi amor, ya han pasado dos meses desde que me dejaste. ¿No volverás? ¿Acaso olvidaste todo lo que hemos vivido, nuestra promesa de envejecer juntos? ¿Por qué me castigas así?
Regresa a casa, mi bella Zoe. Te extraño mucho, mi amor. ¿Tirarás siete años de relación por inseguridad tuya? Sé que Jacky es una mujer hermosa y exitosa, que somos cercanos, pero para mí solo es mi amiga, como una hermana.
Te escogí a ti, no a ella. ¿No es eso suficiente para que entiendas que te amo a ti? No tengo nada con Jacky. Ella es como familia. Te esperaré, como todos los días, porque sé que volverás a mí, pues eres mi alma gemela. Te amo, mi amor».
Siento un nudo en el pecho y los ojos se me llenan de lágrimas. Por un leve momento me creo sus palabras y me siento la villana del cuento.
Entonces me permito observarlos, solo para recordarme por qué no debo dudar de mi decisión. Sin embargo, no estoy lista para ver lo que sucede a continuación.
Ellos se besan en los labios.
Es un beso largo, desinhibido y con una comodidad que me da la impresión de que están acostumbrados a hacerlo.
Y yo era la loca. La exagerada. La celosa sin razón… la insegura.
Vuelvo a ver el mensaje, luego a ellos. El contraste entre sus palabras y sus acciones es abismal, y termina de romperme por dentro.
Siento que me muero, que las ruinas que quedaban de mi esencia son aplastadas con crueldad.
Duele… cuánto duele.

Se ve interesante el inicio por lo visto la pobre Zoe no ha tenido una vida fácil, y el sinvergüenza del novio haciéndola sentir menos y hasta loca por sospechar lo evidente.
Muchas gracias por pasarte por acá. Sí, ese Joel es un cucaracho de lo peor.