Matrimonio por negocio: Capítulo 40

Esta es la parte 42 de 43 de la historia Matrimonio por negocio

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Bratt
El resplandor que entra a través de la ventana es la alarma que me da a entender que ya amaneció, puesto que no tuve que encenderla para que me despierte porque no iré al hospital en varios días, por motivo a mi supuesta luna de miel.
Lo que me hace preguntarme, ¿quién demonios rodó las cortinas y por qué? Se supone que puedo levantarme tarde hoy.
—Serena... —balbuceo medio incómodo y sin abrir los ojos, debido a que mantengo la esperanza de volver a dormirme—. Tapa ese maldito resplandor, tengo sueño.
—¡¿Qué?! —exclama a gran voz, como si yo no estuviera aquí adentro—. ¡¡No te oigo!! ¡¿Qué dijiste?!
¡Maldición!
¡Por esta pendejada es que no me quería casar!
—¡Demonios, pecosa! —Me incorporo encabronado—. Dime, ¿es necesario que grites?
—Lo siento, no me estaba dando cuenta —dice con su carita limpia y esa malicia que me pone sospechoso.
—¿Por qué estás enojada ahora? —pregunto lo obvio, porque sí, sé que está molesta.
—¡Enojada ¿yo?! —Su risa no puede ser más falsa y exagerada—. ¡Qué poco me conoces! Pero ¿qué se puede esperar de un inútil como tú?
¿Qué?
Ajá, y según ella no está enojada. ¿Qué pudo haber sucedido mientras dormía?
—Vamos, pecosa, ¿acaso estás en tus días? —Trato de que mi tono de voz suene comprensivo.
—¡¿Por qué ustedes los hombres son así?! ¡Atribuyen todo al periodo como si de verdad nos conocieran! ¡Pues, no! ¡No tengo la menstruación, idiota! Tanto que te la das en don Juan y no eres más que apariencia.
¿Qué diablos le pasa hoy? Y ¿qué tiene que ver una cosa con la otra?
—Te pones colérica en tus días, por eso lo digo —contesto asustado a su reacción.
—¿Me estás diciendo que soy insoportable? ¿Es eso, Bratt? Aquí el único insufrible eres tú, ¿me entiendes?
Este es un momento en el que deseo que la tierra me trague. ¿De qué me perdí? Serena está irritable y yo bien pendejo sin saber la razón. ¿Será que está en modo esposa?
Tiemblo...
La pesadilla de mi vida está frente a mí, una esposa en toda su expresión: incomprensible, fastidiosa y peleona.
¿Por qué me casé?
—Bien, tú no me dirás lo que te sucede, tampoco yo podré volver a dormirme, entonces, ¿cómo puedo compensar lo que sea que hice para que te sientas mejor?
—¿Por qué crees que eres tan importante como para cambiarme el humor? ¡No te creas tanto! Tú no has hecho nada, Bratt... —Se queda pensativa por unos segundos—. En efecto, eso te define, no hacer nada.
¿De qué demonios está hablando?
—No he hecho ¿qué?, Serena. Dime lo que quieres y te lo doy. Tus deseos son ordenes, mi amor.
¿Qué acabo de decir? ¿“Mi amor”?
¡No, con un demonio! ¡Hablé como un maldito esposo!
El matrimonio es un virus que se propaga de manera lenta y sutil por mi sangre, y que termina acabando con mi esencia, con mi voluntad, con mi ¡libertad!
¡No! Esto no me puede estar pasando a mí.
La mirada fiera, llena de maldad y desafiante que me atina, me pone nervioso, lo que provoca que yo termine tragando saliva y más pendejo que al principio.
—No eres capaz de hacer nada, Bratt, y eso me lo demostraste anoche —suelta de golpe y con tirria, mas a mi parecer ha hablado sin filtro porque se tapa la boca aterrada, sus ojos se abren de manera exagerada y las mejillas toman ese tono rojizo que tanto me gusta. Es que esta mujer es linda hasta enojada.
«Estás jodido, ¿lo sabías?»
—No sé si después de conocerme desde la infancia se te haya olvidado que soy pésimo para las indirectas, así que te agradecería que fueras clara y directa conmigo, pecosa. Vamos, mi hermosa Serena, ¿qué te sucede? ¿Dije o hice alguna cosa que te molestó u ofendió? Sabes que te quiero y lo menos que deseo es lastimarte; tú eres mi pecosa mimada, mi mejor amiga, la persona que más amo en este mundo y ahora eres mi... —Es difícil pronunciar esta palabra, pero estas cosas alegran a las mujeres—. Eres... mi... esposa… —Suelto el aire retenido y respiro como si me hubiese estado asfixiando antes.
Diablos, se supone que no debió resultar así.
Bueno, por lo menos lo dije, que lo coja como salió.
Yo aquí esforzándome para contentarla, mientras que ella se queda muy paradita con porte desafiante, brazos cruzados y mirada recelosa. Me juzga y me analiza para luego darme por donde me debilite y tomar el timón de mi vida mientras se alimenta de mi alma; así son las esposas, ¿no?
—Eres un idiota, no sé para qué pierdo el tiempo contigo —concluye con una mueca despectiva.
¡Mujeres! Son tan insoportables a veces. ¡Demonios! Por lo menos los demás maridos tienen sexo, yo tengo que aguantarla, mas no hay un regalito para mí. Es muy injusto esto.
—¿Te quedarás todo el día ahí tirado? —cuestiona con desaprobación y pone esa cara de doña chismosa y jodona.
—No lo sé, es nuestra luna de miel, podemos hacer lo que desees; tú solo pide por tu boca, cariño.
Vaya, eso le ha relajado el semblante, es un comienzo por lo menos.
—Contigo no haré nada. Me iré de compras. Por cierto, necesito que me des tus llaves, hoy dormiré en la cabaña.
—Está bien, cariño. ¿No me darás mi beso de despedida? —Pongo los labios de pato como manera de broma a ver si se le quita el mal humor, mas ella forma una cara de asco y me mira feo antes de decir un rotundo:
—¡No!
Y se va.
Ojalá pudiera dormir, pero sé que no lo haré, así que mejor me levanto y me voy a desayunar. Solo me lavo los dientes y la cara porque ya me bañé anoche y no pienso salir de la mansión en todo el día.
Cuando salgo del baño, me pongo una remera y me encamino fuera de la habitación, dispuesto a arrasar con la cocina; sin embargo, me detengo de golpe en medio del pasillo cuando visualizo a Jael acorralando a mi pecosa contra la pared; eso no es lo peor, él la está acosando porque veo la maldad en su ataque y la cara de terror y asco en Serena.
¿Qué se ha creído ese imbécil?
La ira toma control de mi cordura y hasta tiemblo de la rabia. Con pasos fuertes, decididos y rápidos llego hasta donde están ellos y empujo a Jael, aprieto los puños, entregado a la furia que me quema por dentro y con disposición a lo que venga, entonces me abalanzo contra él.

Matrimonio por negocio

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