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Serena
Las gotas tibias ruedan por mi piel cuan caricia relajante y se llevan la tensión acumulada. En este momento mis pensamientos viajan a ese beso que Bratt me dio cuando el juez pidió que besara a la novia, también me sumerjo en el recuerdo de los otros que me dio mientras fingía delante de todos.
Se sintió tan bien ser la única para él en ese momento, experimentar por unas horas lo que sería ser su pareja de verdad y lo segura y especial que me sentí al estar agarrada de sus manos, sentada en su regazo y ser cubierta por sus brazos fuertes.
Y qué decir del deleite que viví al olfatear su delicioso perfume; la conexión que fluyó entre nosotros cuando rozábamos piel o combinamos calores; pero fueron sus palabras dulces las que me hacían sentir mimada y amada, al punto de olvidarme de que todo era fingido y parte de una buena actuación.
Las lágrimas se mezclan con el agua ante esa realidad y el goce del momento es reemplazado por la tristeza y la frustración. Cómo me gustaría que todo fuera diferente y que nos estuviéramos casando por amor. Con Bratt estoy dispuesta a reconocer que, de hecho, sí, quiero pasar el resto de mi vida con mi gran amor y me temo que ese es él, mi mejor amigo.
Abro los ojos con desdén, miro lo arrugada que se encuentran mis manos por haber estado tanto tiempo debajo del agua, entonces decido que es suficiente aseo por hoy, por lo que cierro el grifo para luego salir de la ducha y secarme. Me pongo mi piyama de pantalón largo de algodón y blusa sin mangas, me recojo el cabello en una trenza y salgo del baño.
—Mi turno, pecosa —dice él con una sonrisa pícara que me estremece por completo.
Lo veo dirigirse al baño con pasos danzarines y un tarareo juguetón, y no puedo evitar babear al notar como los músculos de su torso se tensan al moverse.
—Si se te cae la toalla por estar jugando te veré el trasero —digo sin pensar. De inmediato siento un ardor en las mejillas y un estremecimiento que me ataca el cuerpo como si de corrientazos se tratara.
—Te daría una buena vista, entonces. Mi trasero es uno de mis mejores atributos —responde airoso y ya me le imagino la sonrisa socarrona que de seguro ha puesto y que no descubro porque él continúa su camino y no se gira en ningún momento.
Suspiro de alivio en el instante en que este cierra la puerta y caigo sentada en la cama.
«Esto está mal, muy mal», pienso al borde de la locura.
No sé cuánto tiempo pueda seguir soportando esta tentación y fingir que mi amigo no me afecta. Tengo tantas ganas de él, de sus besos y caricias. ¿Qué se sentiría tenerlo dentro de mí? ¿A qué sabe él?
Me lamo los labios con tan solo imaginarlo. Tengo que apretar las piernas porque la imagen en mi mente me provoca un cosquilleo en la pelvis, que termina en una sensación de picazón en mis áreas íntimas y que se torna insoportable.
—Ya basta, Serena —mascullo entre dientes mientras me levanto de la cama y respiro profundo para recuperar la compostura.
«Mejor me acuesto antes de que él salga del baño y, si tengo suerte, puede que me quede dormida de una vez», maquino en mi mente, asimismo, me tiro en la cama y me cubro con la sábana deprisa.
Intento dormir, mas, aunque estoy muy cansada por el asunto de la boda, que ha sido un infierno en estos días; la preparación previa y la fiesta, el sueño huye de mí y ni siquiera un bostezo me sale. ¡Estoy salada!
—¿Ya te dormiste? —Escucho a Bratt y también lo percibo subirse en la cama.
¡Ay, no!
Estoy tan urgida que si me pincha un poquito exploto, situación que no es conveniente para ningunos, porque conociendo lo perro que es Bratt, estoy segura que no necesita mucha provocación para follarme. En especial porque supuestamente no está teniendo sexo desde que llegamos al acuerdo de fidelidad.
—Abrázame, pecosa —dice con voz berrinchuda mientras se mete en la misma sábana que uso para arroparme y me abraza por detrás.
¡Carajo!
Al parecer no soy la única cachonda aquí, ya que puedo sentir que está excitado y que dicha excitación me está apuñalando el trasero.
¡Qué perro! ¡Ni yo me le salvo al puto este!
«Te pasa lo mismo, hipócrita».
Sí, pero en mi caso es diferente, creo...
—Bratt, déjame dormir, estoy muy cansada —balbuceo con temblores en los labios. Finjo que estoy soñolienta para ver si me despega su armamento cargado de mis nalgas, pero no sucede eso, por el contrario, este quiere hacerme creer que se ha acomodado, mas es para poder rozarme con su cosota.
Bratt del demonio...
¿Qué es esta picazón?
Ay, necesito sexo y mi amigo es el único hombre disponible.
Decidida a mandar todo al carajo, me relamo los labios e inhalo y exhalo varias veces; suspiro, me muerdo la boca y por último trago pesado. Bien, solo sería una noche para quitarnos las ganas y poder calmar las ansias de sexo, de esa manera, nuestro celibato sería más llevadero, ¿qué podría salir mal?
«Se supone que el celibato es la inhibición a las relaciones sexuales», me recrimina la conciencia.
Bueno, sí, pero no nos pegaríamos los cuernos. Digo, si fuimos capaces de besuquearnos todo un verano y seguir con nuestras vidas como si no lo hubiéramos hecho, podríamos tener sexo y luego pretender que nunca sucedió.
«Te enamoraste de él gracias a ese beso», me grita la conciencia.
Demonios, si me enamoré de Bratt por unos besitos no me quiero imaginar lo que sucedería si hacemos el amor, loca voy a parar.
Ay, no, ¡qué difícil! ¿Por qué tengo que tener tantas ganas?
Me remuevo incómoda en la cama y vuelvo a suspirar. Ni modo, ya no aguanto más. Ahora sí mando todo al carajo y con una decisión infernal y peligrosa, me giro para besar a mi amigo, sin embargo, la decepción reemplaza las ansias cuando noto que él se ha quedado dormido.
¡Carajo!


