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"Los declaro marido y mujer, puede besar a la novia".
Las palabras del juez civil se repiten en mi cabeza una y otra vez. Con temblores en todo mi cuerpo, miro a Bratt buscando una respuesta para la frase que todos cantan a coro, como resultado a que no hemos hecho ningún movimiento:
«¡Beso! ¡Beso! ¡Beso!»
Él se muerde el labio inferior dubitativo, como si temiera acceder a la petición de los presentes o como si creyera que tendría una represalia de mi parte.
—¿Qué dices, pecosa? ¿Le damos un buen espectáculo? —susurra bajito sobre mis labios, provocando que el pulso se me dispare y la boca se me haga agua.
—Demos nuestra mejor actuación, perro —respondo, fingiendo que nada de lo que ha dicho me afecta.
—Perfecto... —musita antes de unir nuestras bocas. De inmediato, se escucha una gran algarabía a nuestro alrededor, acompañada de aplausos y suspiros.
—Bratt... —balbuceo extasiada mientras pongo mi mano entre él y yo, como manera de luchar contra lo que él le hace a mis labios; sin embargo, sus movimientos se tornan más intensos y deliciosos, razón por la que me dejo hacer y caigo en un abismo placentero donde solo estamos él, nuestro beso y yo.
Los aplausos, las risas y los silbidos nos sacan de nuestro trance y es cuando caemos en cuenta de que nos hemos pasado con el beso. El contacto de nuestras bocas se rompe, mas nos quedamos viendo a los ojos como dos idiotas que desean expresar mucho, pero que no sabemos cómo hacerlo.
Después de los abrazos, felicitaciones y buenos deseos, empieza la fiesta, mas yo me alejo del gentío porque siento que me asfixio. Es que tengo la necesidad de repetir ese beso una y otra vez en mi mente mientras cierro los ojos y revivo aquella deliciosa sensación.
—¿Qué haces? —Esa pregunta provoca que caiga en la cuenta de que tengo los dedos sobre mis labios. ¡Qué rara soy!
—Escapo de la algarabía. —Me abrazo a mí misma como si tuviera frío.
—Me imagino la razón —asegura. Se mete las manos en los bolsillos y hasta ahora me fijo en lo apuesto que luce hoy en su traje de novio—. Te es molesto mentir delante de todos, ¿cierto?
—Delante de mis padres, sí. Ellos están felices por nosotros. —Resoplo con tristeza.
—Lo sé. —Él me abraza desde atrás.
Cierro los ojos por inercia y permito que su calor y perfume sean ese relajante que tanto necesito.
—Hoy volveré a irme de casa, pero no de la manera que pensé que lo haría, de alguna forma eso me hace sentir culpable. Además, temo lo que nos depara de ahora en adelante, no sé por cuánto tiempo tengamos que fingir y vivir aquí, pero la idea de que mi vida se convierta en una mentira por tiempo indefinido y de tener que habitar bajo el mismo techo que tu tía y Jael me aterra.
—Estoy consciente de ello y me pasa igual. Como te dije antes, podemos pasar más tiempo en el apartamento que aquí.
—¿Por qué no hablamos con el abuelo y le pedimos que anule esa cláusula? No quiero vivir en esta mansión.
—Podrías intentarlo, aunque dudo mucho que lo haga. Créeme que traté de que cambiara esa estupidez, pero el viejo está negado. Es probable que tenga alguna intención oculta detrás de esto, qué se yo.
—Por lo que puedo deducir él quiere asegurarse de que cumplamos nuestra parte, así que tenernos en la mansión es su manera de mantenernos vigilados. ¿Sabes qué sospecho? —Él niega con la cabeza—. Que el abuelo quiere que nos emparejemos de verdad y por eso nos puso en el contrato que debemos dormir juntos todos los días.
—Viejo mañoso, nada más le falta pedirnos que tengamos hijos.
Casi me ahogo con mi propia saliva al escucharlo.
—¿Qué? ¡No! ¡Eso nunca! Leí bien el contrato y no mencionaba nada de eso. —Creo que me he alterado. Bratt estalla de la risa y me aprieta fuerte.
—Pecosa, solo hablé en sentido figurado, eso es algo a lo que no cederé ni loco. Estamos hablando de niños inocentes, no está bien meterlos en un asunto como este. Además, no me imagino siendo papá.
—¡Yo menos! La maternidad no se hizo para mí.
—Ni para mí... ¿Sabes, pecosa? A veces siento que somos el uno para el otro. Piénsalo, nos conocemos hasta los malos olores, sabemos el gusto de cada quien, somos íntimos, podemos hablar cualquier cosa, nos divertimos juntos, nos tenemos confianza y nos complementamos a la perfección, solo nos falta probar con el sexo a ver qué tan compatibles somos y seríamos los esposos perfectos.
Es lo que yo siempre he pensado, sin embargo, supongo que se necesita más que eso, espera... ¿Desde cuándo cambié mi perspectiva del matrimonio? Antes no pensaba en casarme por amor, ¿por qué ahora sí?
—Deja de hablar sandeces. —Me giro y le pellizco las mejillas—. Estás buscando una excusa para que tengamos sexo. Dime, picarón, ¿es eso?
—No... —responde dubitativo—. Solo decía... ¿Por qué no volvemos a la fiesta, pecosa? —Me extiende una mano que yo acepto.
Bratt y yo bailamos toda la noche entre risas y jugueteos; comemos, bebemos y atendemos a los invitados. Sí, nos gozamos esta fiesta como si fuera todo real y de vez en cuando este se mete tanto en el papel de esposo, que me besa en la boca y me abraza de manera pasional. Mentiría si digo que no me gusta, pero se supone que eso es un secreto.
—Ya me había acostumbrado a tenerte en casa, mi princesa —chilla mamá mientras me abraza—. Cuídate y, por favor, cualquier cosa que necesites no dudes en llamarnos, bebé.
—Estaré bien, no te preocupes. —La beso en la frente.
—Turrón, yo les deseo lo mejor a ambos y de verdad espero que su matrimonio sea un éxito; sin embargo, si por circunstancias de la vida su relación no funciona y necesitas regresar a casa, por favor no soportes sufrimiento por miedo a decepcionarnos o al qué dirán. Recuerda que te criamos para que no vivas por apariencias. Sabes que tienes una casa y que te recibiremos con los brazos abiertos siempre.
Lloro...
Con esa despedida tan emotiva, les digo adiós a mis padres y despido a los demás invitados.
—Vamos a dormir, pecosa —dice Bratt mientras rodea mi espalda con su brazo.
—Sí... —balbuceo.
—Espero que se diviertan esta noche, chicos —espeta el abuelo con cara de pervertido.
—Gracias, abuelo —responde Bratt entre dientes.
El camino hacia el pasillo se torna largo y pesado. Por fin estamos frente a la puerta y los nervios me están enloqueciendo. Es una estupidez porque he dormido con Bratt desde que tengo uso de razón, pero no sé por qué esta noche se siente diferente. ¿Es porque ahora somos esposos?
—Serena, ¿por qué no entras? —Bratt me saca de mi ensoñación. Trago pesado y traspaso la puerta de madera fina con timidez.
—Me daré un baño, sudé mucho esta noche —informo nerviosa. ¿Es en serio?
—Haz lo que quieras, desde ahora en adelante esta es tu habitación —responde sonriente.
—¿Me ayudas, por favor? —apunto a mi espalda. Bratt se acerca y empieza a bajar el cierre del vestido, todo va bien hasta que este roza mi espalda desnuda con sus dedos. Me vuelvo gelatina ante su roce y todo mi cuerpo reacciona a ese toque sutil que termina en mi espalda baja.
—Listo. —Me susurra en el oído.
Todos los vellos se me erizan cuando su aliento choca contra mi piel, entonces siento una necesidad enorme de besarlo y pedirle que me haga el amor.
—Bratt... —Me giro para encararlo, pero, en el momento en que nuestras miradas se cruzan, me petrifico y se me va el habla.
¿Cómo le pido a mi amigo que me quite la calentura esta noche?


