Jimena estaba en el apartamento de sus hermanas, pasando el rato. Claudia y Lisa, su alumna de la universidad, estaban trabajando en sus diseños, mientras que ella y Cecilia daban el visto bueno a sus creaciones.
—¡Esto está hermoso, Claudia! —la halagó Jimena mientras admiraba las prendas que terminaron de coser—. Es diferente y original.
—Deja que se lo veas puesto a Matt. Se ve genial y sexy —contestó Claudia con una gran sonrisa.
—¡Por favor! —exclamó Cecilia—. No le vendría mal un cambio de clóset.
—Sí, Clau —Jimena secundó—, deberías asesorarlo. Él es un chico guapo y preparado, pero con ese vestuario raro que usa, no se ve muy representable como profesor. ¡Dios! ¿Dónde consigue esa ropa?
—Lo sé. —Claudia se sentó en el sofá, cabizbaja—. Creo que él tiene algún complejo con su físico. No saben lo difícil que fue convencerlo para que sea nuestro modelo, pero poco a poco lo iré convenciendo de que cambie esa manera extraña de vestir.
—Bueno, si el profesor empieza a vestir como las personas normales, entonces deberás estar lista para ahuyentar a las lanzadas —comentó Lisa en broma.
—Eso sí. Porque mi patito feo, en realidad, es un cisne. —Claudia suspiró, toda enamorada.
***
Pablo estaba sentado en el banco de costumbre, sumido en sus pensamientos.
—¡Tonta! Como si yo necesitara que me busquen pareja. Ni que fuera la Celestina, ahora. —Bufó.
—¿Hablando solo? —lo abordó Kenia, divertida.
—Este lugar me está volviendo loco, necesito salir de aquí —masculló, brusco, pues todavía se sentía incómodo con ella.
—Bueno… —Ella se sentó a su lado—. No creo que te quede mucho tiempo aquí. Lo tuyo fue una recaída temporal. No eres un alcohólico.
—A decir verdad, no siento la necesidad de tomar. Es más, el simple hecho de imaginarlo me repugna. Kenia… ¿Estamos bien? —preguntó con voz temblorosa y la miró con pesar.
—¡Claro que sí, tontito! —Le topó en el hombro, despreocupada—. Te quiero mucho, Pablo.
—Yo también te quiero, Kenia. —La besó en la frente, aliviado.
La tensión se disipó entre ellos, y Pablo sonrió más tranquilo, pues de verdad la apreciaba, aunque no de la manera en la que ella deseaba.
En ese momento, la presencia de alguien cambió el ambiente por completo.
—Hola, chicos —los saludó Jimena, fingiendo una sonrisa, pues para ella, ellos ya estaban juntos, y de alguna manera, eso le dolía.
Sin embargo, la emoción de Pablo fue muy obvia e instantánea.
—¡Jimena! —exclamó él, y se paró de golpe de la banqueta. Luego se apresuró a acercarse y la besó en la mejilla.
Por su parte, Kenia saludó a Jimena con actitud indiferente y se marchó deprisa, como si la presencia de la rubia la incomodara. Ella la observó marcharse con semblante desorientado hasta que la morena desapareció de su vista.
—¿Todo bien? —le preguntó a Pablo, preocupada y confundida.
—Ah… creo que debemos hablar, Jim. —Pablo la miró fijamente.
Ellos se dirigieron al cuarto de Pablo para tener privacidad. Una vez allí, él dejó salir todo lo que había retenido en esos días.
—¡Eres una tonta! —La acorraló contra la pared—. No necesito que andes de Celestina, sé conquistar a una mujer por mi propia cuenta —le reclamó.
—Pero es que no dabas el paso. Solo aconsejé a Kenia para que tomara la iniciativa, ya que tú temías hacerlo —contestó con nerviosismo, pues su cercanía la estaba descontrolando.
—¡Eres una hipócrita! ¿De verdad quieres que me enrede con Kenia? —La miró a los ojos. Ella sintió que traspasaba su alma con su escrutinio.
—Kenia es una buena mujer… —dudó, y eso fue suficiente para Pablo—. Ustedes se gustan, no le veo el problema.
—¡Oh, Jim! —Él le acarició la mejilla—. Kenia me gusta como amiga, pues es una linda persona. Con ella he aprendido muchas cosas, en especial sobre el respeto y el compartir sin cerrarme. Sabes que siempre he sido muy selectivo, no socializo mucho, tiendo a rodearme de las mismas personas y soy muy egocéntrico. Un egoísta de lo peor que solo piensa en sí mismo.
Tomó una aspiración y continuó:
—Este lugar no solo me ha ayudado con mi problema de alcohol, sino con mi estúpido comportamiento. Jimena, Kenia es una buena amiga, una persona que me ha inspirado, pero… yo solo tengo ojos para una rubia candente que ha sido la persona que más me ha enseñado en toda mi vida.
» Tú, Jim… a pesar de todo lo que te hice, me ayudaste y apoyaste. Nunca me negaste ver a mi hijo; es más, hiciste mucho más de lo que te correspondía. Jim, si antes eras especial para mí, ahora eres mi heroína. Te amo como jamás imaginé que se podría amar.
Hubo un silencio incómodo tras esa confesión. Jimena se quedó sin palabras y trataba de lidiar con sus emociones. Cuando su cerebro procesó las palabras de Pablo, sintió como si su corazón fuera a salirse del pecho; empezó a temblar, y sus ojos picaban por las lágrimas contenidas.
—Pero… te gusta Kenia —fue lo único que pudo articular.
—Como amiga, nada más —le aseguró, sin dejar de mirarla a los ojos.
—Pero la besaste… —continuó ella, aún recelosa y con miedo. Mucho miedo.
—Sí… Me dio coraje lo que hiciste —admitió—. Me abandonaste el día de mi cumpleaños y me lanzaste a otra mujer. No te imaginas cómo deseaba que estuvieras conmigo ese día, y me saliste con esa pendejada. Ya le pedí perdón a Kenia.
—Ahora entiendo su actitud. —Bajó el rostro, avergonzada—. Me siento mal por ella, pues tú le gustas de verdad.
—Yo también me siento mal, pero ella lo tomó bien. Kenia es una chica madura y comprensiva —dijo él.
Jimena bajó la mirada, sintiéndose fatal. Luego lo volvió a enfrentar, muerta de vergüenza y remordimiento.
—Siento haber metido mis narices… —se disculpó. Pablo soltó un suspiro y negó con la cabeza.
—Creo que lo hiciste para evadir lo que sientes. ¿Ahora eres cobarde, Jimena Gutiérrez? —Acarició su mejilla.
—No sé de qué hablas. —Ocultó la mirada, otra vez.
—Sí sabes de qué hablo… Tú aún me amas. Tanto como yo a ti…
—Pablo…
—Sssshhh… —Puso su dedo sobre la boca de ella—. Jim, yo te amo…
Dicho esto, Pablo invadió sus labios lentamente, como esperando su respuesta; sin embargo, Jimena se distanció.
—Lo siento, Pablo —le acarició la mejilla con ternura—. No puedo… yo… ya no confío en ti. Solo te puedo ofrecer mi amistad.
Decir aquello le resultaba muy doloroso, pero era la verdad. No confiaba en él. Temía que la volviera a romper, que apareciera otra Ariadna que lo hiciera dudar de ese amor que pregonaba.
Pablo se quedó estático un momento, tratando de asimilar sus palabras. Y la entendía.
Si bien le ardía tener que aceptarlo, la negativa de Jimena era la consecuencia de tanto dolor, del desprecio y del rechazo pasivo que ella vivió porque él fue un egoísta que no supo valorar lo que tenía. Ahora era tarde, lo sabía, pero aun así no quería rendirse.
Añoraba recuperar a su familia, volver a casa y ser el padre y esposo que Jimena y Adrián se merecían.
—Bien… si eso es lo que quieres. Pero debes saber que, si algún día cambias de opinión, puedes venir a buscarme. ¿Sabes por qué? Porque para mí no existe ni existirá otra mujer con la que quiera compartir el resto de mi vida que no seas tú. Te lo voy a demostrar, Jim.
Aquella declaración era más que una confesión: era una promesa que se le clavó en el corazón a Jimena.
Pero sus dudas eran más fuertes, y ahogaban cualquier deseo de volver con él que pudiera tener.
Pablo la abrazó con delicadeza y besó su frente, sellando así su decisión.

