En aquel lugar, la luz nunca era suficiente, pues la oscuridad la perseguía a todos lados. Era ese dedo acusador invisible, esa vocecita que le reclamaba, esa parte que se rebelaba contra su ego y terquedad, pero que mantenía oculta en lo más profundo de su interior, pues le era difícil reconocer que se había equivocado.
Todavía pensaba que era injusto que estuviera allí, en ese lugar húmedo, para nada estético ni cómodo, y sucio a su entender, ya que no importaba cuánto lo limpiaran, a ella le parecía repugnante.
—¡Tú te crees mucho, imbécil! —Una mujer con cara de matona se acercó a Ariadna, quien tenía parte del rostro cubierto aún. Estaba en el baño de la prisión y fue rodeada por un grupo de presidiarias.
—¡Aléjense de mí, ratas asquerosas! —las confrontó, envalentonada y con tono soberbio, pero todas ellas empezaron a reír.
—¿Qué te haremos por tu insolencia? —respondió una de ellas, lamiéndose los labios por la anticipación.
Minutos más tarde, Ariadna yacía en el frío y sucio piso, toda golpeada y con la herida del rostro sangrando. Las lágrimas le cubrían el rostro, y fue entonces cuando añoró aquel apartamento sencillo en el que solía vivir antes de mudarse con Pablo, y del que una vez tanto se quejó.
***
Pablo estaba sentado en un balcón de la instalación, mirando el azul oscuro del cielo decorado con estrellas. La brisa fría era como una caricia agresiva, pero era mejor que estar encerrado en aquella habitación insulsa y solitaria. Soltó un suspiro, mientras sus ojos se aferraban a la vasta oscuridad, salpicada de luces doradas. Ese firmamento le recordaba aquel verano donde conoció al amor de su vida, así que los recuerdos se acumularon en su mente y se hicieron vívidos una vez más:
—Me encantó nuestra cita —le dijo en ese entonces, debajo de un cielo similar.
Pablo miró a Jimena con flirteo. Deseaba besarla desde que salieron, pero se divirtieron tanto con los juegos de la feria de aquel remoto pueblo que no tuvo chance siquiera de pensar en estar a solas. Estaban frente a las habitaciones de los Gutiérrez, y era momento de despedirse.
—A mí también. —Ella lo miró expectante y un poco ansiosa. Podía notarlo, porque ella movía sus dedos con nerviosismo e inquietud. Al parecer, el deseo era mutuo, y él estaba feliz de tener la oportunidad de repetir ese ardiente beso que se dieron cerca de la torre.
Pablo se acercó lentamente, mientras Jimena esperaba con ansias aquel movimiento. Él tomó su rostro con delicadeza y besó sus labios con una lentitud que torturaba. Jimena envolvió su cuello con los brazos y lo atrajo más hacia ella, intensificando aquel sonso beso. Él sonrió entre sus labios, pues lo había hecho a propósito.
—¿Ansiosa? —alegó con picardía, y ella le pegó en el hombro—. ¿Quieres repetir nuestra salida? —Pablo se puso nervioso mientras le hacía esa propuesta—. Es decir… tú sabes, empezar algo. ¿Quieres? —La observó ansioso y con temor a su respuesta.
Ella, en cambio, sonrió sonrojada y volvió a besarlo.
—Tendrás que convencerme —contestó con picardía.
—¿Convencerte? —preguntó él, confundido.
—Sí. Yo no salgo con chicos que no sepan usar su boca. Tienes que besarme a ver si me convences —explicó con tono atrevido.
Pablo enarcó una ceja y sonrió seductor. Le encantaba lo coqueta y directa que ella era.
—Si esa es la condición, entonces tú y yo ya estamos saliendo —alardeó.
Jimena fingió un bostezo.
—Mucha palabrería y poca acción. —Lo miró desafiante.
Pablo la atrajo hacia él y empezó a devorar su boca. Daba pequeños mordiscos sobre sus labios que enloquecían a Jimena. Ella empezó a juguetear con su lengua y él la imitó. El beso fue largo y ardiente, dejándolos agitados y extasiados.
—¿Estoy aprobado? —preguntó Pablo, con la respiración hecha un caos.
—Tal vez… —respondió ella, con una sonrisa maliciosa mientras se adentraba por el pasillo.
Pablo sonrió como tonto ante aquel recuerdo. Jimena había cambiado mucho después del embarazo, pero ese día había visto a esa Jimena agresiva y directa. Aunque estaba apenado con su amiga, la ilusión de que ella estuviera celosa le daba un poco de satisfacción. Tal vez no era tarde para ellos; quizás él podría tener la oportunidad de reconquistarla.
***
Jimena logró arreglar el desastre que dejó Pablo en la empresa, tras meses de no haber cumplido con su trabajo, por lo que todos estaban satisfechos con su aporte. Este, por su parte, se estaba recuperando rápido e incluso daba clases de artes marciales a sus compañeros de rehabilitación.
Kenia y él se hicieron muy cercanos, y Jimena empezó a tratarla. Entonces entendió por qué Pablo no se le despegaba: Kenia era una chica simpática y de mucha fe. De esas personas que inspiraban y motivaban. Admiraba que ella decidiera, por su propia cuenta, reiniciar su vida y superar el vicio de las drogas.
Kenia era dueña de una voz hermosa y cantaba junto a un grupo en la instalación. A pesar de la tristeza que le causaba a Jimena verla junto a Pablo, decidió no interferir. Después de todo, ya ella y Pablo estaban divorciados y habían decidido tomar su propio camino.
Además, Kenia le confesó a Jimena que le gustaba Pablo. Desde ese entonces, Jimena decidió ayudarlos, ya que Pablo temía iniciar una nueva relación y arruinarlo todo. A pesar del dolor que aquello le causaba, estaba encantada con que ellos estuvieran juntos, puesto que ambos compartían una experiencia similar y entendían bien lo que se sentía estar en el zapato del otro.
Definitivamente, Kenia era la persona ideal para su ex, aunque aceptar esa realidad la rompiera por dentro. Pero ella quería ver a Pablo bien y feliz, pues, a pesar de todo lo sucedido entre ellos, lo amaba.
—¿Ya te vas? —la abordó Pablo y le sostuvo la muñeca con delicadeza, pues no quería que se fuera.
Ese día Jimena no llevó a Adrián, sino que le hizo una visita de amistad a Pablo, dado que era su cumpleaños.
—Sí, ya debo irme —le sonrió.
—Pero creí que comeríamos el pastel juntos —le insistió, y ella pudo ver ruego y añoranza en sus ojos.
—No, es para ti, es tu cumpleaños. Además… Kenia tiene un regalo que darte, y no quiero estorbar.
Decir aquello se sintió amargo en su paladar.
Pablo, en cambio, entornó los ojos.
En ese instante, Kenia se acercó a ellos y Jimena le guiñó un ojo en complicidad, pues tenían todo un plan armado.
Pablo se despidió de ella con tristeza y luego se dejó llevar por la morena. Jimena los siguió con la mirada hasta que estos se sentaron debajo de un gran árbol con el pastel que ella le había regalado.
—¿Te gusta? —le preguntó Kenia, emocionada, cuando él abrió el regalo.
—Sí, gracias —le respondió con dulzura. Le dio un beso juguetón en la frente—. Ya necesitaba unas nuevas —dijo, mirando las guantillas con emoción.
Kenia miró en dirección a Jimena con nerviosismo, y ella le hizo señas. Entonces, besó a Pablo en los labios. Él se espantó debido al movimiento impulsivo de quien consideraba su amiga, pero se quedó quieto por un momento.
Miró el rostro sonrojado de Kenia, como si buscara una explicación a su arrebato, mas se percató de que ella sonreía en dirección a Jimena, quien le devolvió el gesto con complicidad. Entonces, Pablo entendió el asunto: Jimena y ella lo habían planeado, pues su ex se había encaprichado en emparejarlo con Kenia, lo que le parecía absurdo, dado que él la amaba a ella, a Jimena.
No obstante, dolido y sintiéndose traicionado, Pablo bajó la mirada y frunció el ceño con una decisión tomada desde la frustración y el enojo. Volvió su atención a Jimena con melancolía y luego la regresó a Kenia; acto seguido, tomó su mentón y la besó de verdad.
Por su parte, Jimena se quedó observándolos un rato con los ojos cargados de gotas dolorosas, mientras se convencía de que eso era lo correcto. Luego se dio la vuelta y liberó sus lágrimas.
Decir adiós definitivamente era doloroso, pero necesitaba cerrar ese capítulo en su vida para poder avanzar, pues se sentía atrapada y en el limbo: amando a Pablo, pero sin la confianza suficiente para darle una oportunidad. Necesitaba dejarlo ir al fin y retomar su vida.
Aquella noche, en su cama, Jimena mojaba su almohada con el llanto que emanaba desde su alma. Allí, recostada en aquel gran colchón que una vez compartió con él, se lamentaba por lo que pudo ser y no fue.


Hay no, ya me.esoy sintiendo triste porque al parecer estos dos no aprenden, di se aman x qué no lo aceptan y se dan otra oportunidad sino actuan por despecio e involucran a otras personas que resultan dañados también.