blank

Capítulo 27

This entry is parte 29 de 40 in the series Mi esposo no me ama

Varios días después, la familia Mars puso una denuncia formal en contra de Ariadna, quien estaba en prisión preventiva hasta que se le hiciera un juicio. Por alguna razón, Jimena pensó que era buena idea ir a visitarla y enfrentarla, pero verla tan destruida le causó mucha lástima, pues no era ni sombra de la mujer hermosa y segura de sí misma que había conocido.
—¿A qué viniste? ¿A burlarte? —interpeló Ariadna, con odio en la mirada y acusación en sus facciones. Tenía el rostro tapado con gaza y aún estaba en el hospital de la cárcel por la herida de bala que tenía en el brazo.
—No, solo vine a ver cómo estabas —contestó Jimena, empática.
—¡Desgraciada! ¿Estás feliz? Lo estás disfrutando, ¿cierto? —profirió sin guardarse nada, desahogando con ella toda su rabia y frustración. La odiaba, y ahora más que nunca.
Mientras su futuro era incierto y solitario, Jimena lo tenía todo. Le parecía injusto que le hubieran arrebatado lo que se había ganado después de tanta humillación, pero le parecía inaceptable que su rival estuviera libre y feliz mientras ella se hundía en la desgracia.
—Yo nunca disfrutaría la desgracia de los demás —replicó Jimena, ofendida—. Solo vine a decirte que no presentaré cargos en la parte que me afectó; sin embargo, no puedo prometer que los Mars no lo hagan. Pero por mi parte, te perdono, Ariadna. No te guardo rencor y espero que te vaya bien en la vida.
—¿Irme bien? —La miró con rabia—. Mi rostro está desfigurado. Ningún hombre me querrá, soy una inútil ahora.
Sus ojos se llenaron de lágrimas y la desesperanza consumía su semblante.
—Estás equivocada, Ariadna —negó Jimena, firme y con pesar—. No necesitas un rostro bonito para crecer como persona. Tú debes ser capaz de salir adelante con tus habilidades e inteligencia, no con tu cuerpo. Espero que algún día recapacites y entiendas que una mujer no necesita abrir las piernas para lograr sus objetivos.
Jimena salió de allí sintiéndose tonta. Tal vez solo perdió su tiempo tratando de hablar con aquella mujer. Aunque Jimena no presentó cargos con lo del apartamento, la empresa sí. Por tal razón, Ariadna sería juzgada por el robo que intentó cometer.
 
***
 
Aquel fin de semana, Jimena fue a visitar a Pablo con el niño. Se quedó un momento parada observándolo desde lejos, mientras él reía y conversaba con aquella morena hermosa de forma amena.
Sintió cómo la sangre empezó a hervir dentro de sus venas debido a la complicidad entre ellos. Esa chica era demasiado confianzuda y coqueta.
Se acercó con pasos toscos, se detuvo a una distancia prudente y se aclaró la garganta de mala gana.
Por su parte, Pablo sonrió al verla y de una vez cargó al niño con euforia.
—¡Pero cada vez estás más grande, campeón! —dijo lleno de orgullo. Besó todo su rostro y lo abrazó con fuerza. Luego miró a Jimena con algo de timidez y besó su mejilla, provocando que esta se sonrojara.
—¡Pero qué bebé tan hermoso! —Kenia exclamó mientras le hacía gracia al niño. Jimena la miró mal cuando notó la manera dulce con que Pablo la miraba.
—Kenia, este es mi hermoso hijo y esa rubia candente es Jimena.
—Mucho gusto, Jimena. —Ella extendió su mano con una sonrisa—. Pablo me ha hablado mucho de ti.
Jimena devolvió el saludo y miró a Pablo.
—¿Ah, sí? Me imagino las barbaridades que te ha dicho de mí.
—No, al contrario. Me dijo que lo has apoyado mucho y que tratas de venir a menudo.
—Sí, no había podido visitarlo estos últimos días porque he estado muy ocupada.
—Siento mucho que tengas que cargar con todo —le dijo Pablo, mortificado—. Pondré de mi parte para salir pronto de aquí y quitarte algo de carga. Estoy muy agradecido por todo lo que estás haciendo.
—Sí, pero tú estás muy a gusto aquí —dijo, mirando a Kenia de reojo.
—No es un parque de diversiones, Jim. Trato de sobrellevar las cosas y, bueno, gracias a personas lindas como mi agradable amiga Kenia, los días aquí son más llevaderos —respondió, rodeando a su nueva amiga con el brazo que tenía libre.
Jimena trató de no perder la compostura. ¿Qué rayos le pasaba? ¿Acaso estaba celosa?
—¿Podemos hablar en privado? —preguntó con rudeza—. ¿Podrían separarse unos minutos? Me imagino que no se morirán si lo hacen.
Pablo y Kenia se quedaron atónitos. La morena bajó el rostro, avergonzada, mientras que Pablo miró a Jimena con desaprobación.
—Discúlpenme, los dejo solos —dijo Kenia, y fingió una sonrisa.
—Hablamos luego, Kenia —respondió él, apenado—. Ponte a practicar porque hoy no me ganarás —dijo para despejar la tensión del momento.
Jimena lo miró mal; los celos estaban acabando con su cordura.
Kenia los dejó solos y ellos se sentaron en el banco.
—¿Qué rayos fue eso, Jimena? —Pablo la confrontó con decepción y un poco confundido, pues su ella no era una persona descortés.
 —Solo quería hablar contigo en privado, pero la señorita empalagosa no se te despegaba —contestó, disgustada.
—¿Crees que esa es la mejor manera de expresarte? Ella se sintió mal, Jimena.
—Entonces ve tras ella, imbécil. Dame al niño, yo no pinto nada en este lugar.
—¿Qué rayos, Jimena? Estás demasiado irritable. ¿Acaso te peleaste con Jack? Yo no voy a pagar los platos rotos.
—No, idiota. Jack y yo terminamos hace mucho.
—¿En serio? —preguntó asombrado. Quiso disimular su felicidad, pero la sonrisa en su rostro lo delató—. ¿Por qué? Creí que todo iba bien entre ustedes.
—Simplemente no funcionó y no quiero hablar de eso —lo cortó, molesta.
—Entiendo, me imagino que eso es lo que te tiene de mal humor.
—No, lo que me tiene de mal humor son los desastres que tengo que resolver gracias a tus conquistas. Me imagino que ya tu padre te contó lo que hizo tu noviecita.
—Sí, ya estoy enterado. Pero debo aclararte, preciosa, que ella no es ni nunca fue mi novia. Digamos que era un desahogo para mi despecho que casi me cuesta la vida.
—Bueno, lo que sea que haya sido, Pablo, solo espero que tu nueva conquista no me cause problemas.
—¿Mi nueva conquista? —Pablo la miró confundido.
—¡Ay, Pablo, por favor! —Entornó los ojos—. Es obvio que ustedes se gustan.
—¿Ah…? —Pablo estaba más confundido aún.
—»Tu amiga» y tú —contestó, haciendo ademanes de comillas.
—¿Kenia? —Pablo se quedó pensativo mientras procesaba la alusión de Jimena—. No le gusto a Kenia. ¿Tú crees que le guste? —preguntó ansioso.
Jimena sintió ganas de llorar.
—¡Dame al niño, me voy! —dijo, extendiendo los brazos hacia él.
—¿Tan rápido? —le preguntó con tristeza, pues apenas habían llegado.
—Solo fue una visita fugaz, en verdad tengo muchas cosas que hacer.
Pablo hizo un puchero y luego besó al niño.
—Papi te extraña, pero pronto estaré bien y vamos a jugar mucho. ¿Ok? —Lo abrazó con fuerza, como si quisiera grabar ese momento para siempre. Jimena se arrepintió de su arranque, mas el orgullo no la haría recapacitar—. Creí que se quedarían a almorzar, pero bueno, entiendo que estés ocupada.
Jimena se sintió culpable, pero ya no había marcha atrás. No podía ser tan obvia, así que tomó al bebé y se marchó bajo la melancólica mirada de Pablo, quien sintió un vacío doloroso cuando ellos desparecieron de su campo de visión.
—Hasta pronto, familia —dijo él para sí mientras dos lágrimas rodaban por sus mejillas.

Mi esposo no me ama

Capítulo 26 Capítulo 28
Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *