blank

Capítulo 30

This entry is parte 32 de 40 in the series Mi esposo no me ama

Ariadna estaba en su celda, abrazada a sus rodillas. Las lágrimas cubrían su rostro, que ya no era deslumbrante como antes. No aguantaba un minuto más en ese lugar; prefería estar muerta antes que seguir en ese infierno.
Extrañaba su pequeño pero pulcro apartamento, su cama y sus sábanas con dulce aroma. Extrañaba la sensación de satisfacción al mirarse en el espejo con su ropa favorita; extrañaba su desayuno y el café negro de la empresa.
También extrañaba salir a almorzar con sus compañeras de trabajo y reírse de sus chismes y bromas. Echaba de menos la sensación de autosuficiencia y poder al cobrar su quincena, salir de compras e ir al supermercado a llenar su refrigerador. Extrañaba su libertad. Extrañaba todo aquello de lo que una vez se quejó.
 
***
 
Jimena se levantó temprano ese día, preparó a Adrián, lo subió al auto y emprendió la marcha. Estaba muy feliz de que, por fin, Pablo saldría del centro de rehabilitación y retomaría su puesto en la empresa.
A punto de irse, Pablo se despedía de su amiga, quien tenía una sensación agridulce.
—Te voy a extrañar, guapo —le dijo Kenia y lo abrazó con euforia.
—Ni que me fuera del país —respondió él en broma y le pellizcó la nariz—. Nos mantendremos en contacto, belleza tropical. Espero verte fuera de aquí muy pronto, preciosa.
Ambos se abrazaron.
En ese momento, Jimena salió del auto con Adrián en brazos. Kenia enseguida cargó al bebé y empezó a hacerle gracia, mientras Pablo se acercaba a Jimena.
—Hola, Jim. —Besó la comisura de sus labios, provocando que Jimena retrocediera por la impresión—. Gracias por venir a buscarme.
—No tienes que agradecerme. —Ambos se quedaron un rato con las miradas cruzadas. Kenia aclaró su garganta y ellos dirigieron la mirada hacia ella.
—Te voy a extrañar a ti también, Jim —la abrazó de una manera dulce, que expresaba que todo estaba bien entre ellas.
Después de unos minutos de despedida, el auto de Jimena desapareció por la carretera. Pablo estaba feliz de recuperar su vida y libertad, aunque sentía un poco de nostalgia. También, el pensar en volver al apartamento le apretaba el pecho. Todavía tenía pesadillas del tiempo en que se emborrachaba.
Almorzaron en un restaurante y pasaron la tarde en un parque, jugando con el niño. Al caer la noche, Jimena lo dejó en el apartamento y se marchó.
Con pasos temerosos y vacilantes, Pablo caminó hacia su puerta y tragó seco al introducir la llave en el cerrojo.
Se quedó afuera por un rato, observando el lugar que fue testigo de su miseria. Aquel apartamento se sentía tenebroso y con mala vibra, no por la oscuridad visible, sino por esa aura de maldad que cargaba el ambiente.
Tras un largo suspiro, Pablo entró lentamente y encendió las luces. Notó que lucía un poco diferente y estaba limpio, pues Jimena había enviado a alguien para prepararlo y, por supuesto, para llevarse todo el alcohol que había allí.
Con una maraña de emociones en el pecho, se fue a la habitación y, después de un largo baño, se acostó a dormir.
El sueño lo venció, pero en vez de presentarse como el descanso que necesitaba, vino a él en forma de recuerdo: esos que su subconsciente había guardado y lo torturaban con pesadillas.

 —Te ves tan indefenso ahí tirado, tarado. Si tan solo me dieras mi lugar, las cosas entre nosotros serían diferentes —la voz de Ariadna lo torturaba. No estaba muy consciente de lo que pasaba a su alrededor; se encontraba tan borracho que no sabía qué era real y qué no.
—Ariadna, es raro hacerlo con él en la cama —esa voz era de alguien muy joven.
—¡Tienes razón! Empújalo hasta que caiga al piso.
Sintió cómo su cuerpo rodaba y, luego, un calambre tensó sus músculos. Estaba tan ebrio que no sintió el golpe al caer de la cama. No sabía si soñaba o alucinaba, pero creía escuchar gemidos en la habitación.
Un ardor en el pecho hizo que abriera los ojos, pero su vista estaba tergiversada. El rostro burlón de un joven —que estaba seguro no pasaba de veinte años— era lo que creía ver.
El chico fumaba un cigarrillo y soltaba su tóxico humo sobre él. Volvió a sentir el ardor en el pecho, y la risa del chico le provocaba dolor de cabeza.
—Miguel, deja de quemarlo con el cigarrillo. Le van a quedar marcas y me hará preguntas, imbécil. —Ariadna le reclamó al chico.
Ella se acercó a Pablo y lo cacheteó.
—¡Desgraciado! —Empezó a pellizcarlo y seguía cacheteándolo—. Todo esto te pasa por preferirla a ella. Ahora tengo a otro hombre que sí está dispuesto a hacerme todo lo que tú te niegas. Me vengaré, Pablo. Te arrepentirás de todos tus desplantes, idiota.
Pablo despertó exaltado y sudoroso. Estaba harto de soñar con esa mujer, estaba cansado de que su mente repitiera sus errores, una y otra vez.
 
***
 
Pablo retomó su cargo en la empresa; por lo tanto, Jimena se tomó dos días de descanso antes de empezar con su proyecto.
—Disculpa que venga a visitarte a esta hora, pero no me gusta estar en el apartamento. Me preguntaba… —Pablo se peinó el cabello con la palma de la mano—. ¿Puedo quedarme aquí esta noche? No en la misma habitación, obvio —dijo, tembloroso—. Le puedo decir a Marta que me prepare una… —La miró con vergüenza—. ¿Sabes qué? Olvídalo. Mejor voy a casa de mis padres… Disculpa por pedirte algo así…
—Puedes quedarte hoy —contestó Jimena, sonriente, y Pablo la miró con incredulidad.
—¿En serio? —preguntó, sorprendido y aliviado de no tener que ir a aquel apartamento que, por alguna razón, le daba pavor.
Jimena y Pablo compraron pizza y pasaron la noche viendo películas de artes marciales y hablando tonterías. Al final, decidieron practicar un poco.
—Te dije que he mejorado mucho —alardeó Jimena mientras apretaba la llave con la que atrapó a Pablo.
Este hizo una maniobra: doblando la pierna atrapada, logró liberarse y ponerse sobre ella, agarrando sus brazos.
—El alumno no supera al maestro aún, preciosa. —La miró, airoso.
Ella trató de zafarse, pero no pudo.
—¡Rayos! —espetó, frustrada, y él empezó a reír. La soltó lentamente y Jimena lo manoteó en el hombro.
Pablo apoyó los brazos en el suelo y acercó su rostro al de ella. La observó por unos minutos en los que Jimena empezó a respirar con dificultad. No obstante, él se levantó y se tiró en el sofá, dejando salir un suspiro.
—Creo que es hora de dormir… —susurró, y se puso de pie.
—Sí, vamos —respondió ella.
Ambos subieron las escaleras y se pararon en medio del pasillo.
—Buenas noches —dijo él, y besó su mejilla.
—Buenas noches —respondió ella, mirándolo a los ojos.
Ellos se quedaron allí, observándose con anhelo.
Fue Pablo quien tomó valentía y se acercó a Jimena lentamente, tembloroso.
—Si quieres… —susurró, y la miró con profundidad, lleno de una calidez que empezó a expandirse por todo su cuerpo. Añoraba tenerla, saborear su piel y recorrer las curvas que una vez fueron suyas, pero que por idiota perdió.
Jimena también era afectada por el mismo encanto. Al percibirse deseada con tanta intensidad, sintió un punzón en el estómago y un cosquilleo se adueñó de su cuerpo. Tenía mucho tiempo sin acción, y Pablo despertaba todos esos deseos dormidos. Anhelaba tanto llevarlo a su habitación y recordar viejos tiempos.
—¿Ujú? —balbuceó ella con la respiración agitada al ver que él no terminaba la frase. La ansiedad iba a acabar con su cordura, pero ella no haría nada. Su orgullo no se lo permitía, aunque no se negaría a estar con él si este se lo pedía.
—Ah… nada, disculpa… —negó, nervioso—. Voy… —Señaló la puerta de su habitación—. Voy a dormir. Que tengas dulces sueños, Jim —se acobardó.
Dicho esto, entró al cuarto con prisa y cerró la puerta tras sí, como si huyera de un peligro. Una vez adentro, se recostó sobre la fría madera y dejó salir un suspiro.
Por su parte, Jimena se quedó estática por unos minutos. La decepción embargó su pecho y le dieron ganas de llorar. Sabía que él temía, debido a que ella lo había rechazado varias veces.
¿Qué tal que ella lo buscara?
No, eso no.
Resignada, entró a su habitación, frustrada y enojada. Se sentó sobre la cama y llenó sus pulmones de aire.
—Es mejor así —dijo, secando una lágrima que se escapó—. No quiero cargar con las consecuencias de una calentura.
Dicho esto, se acostó abrazando la almohada que alguna vez le perteneció a él y se quedó dormida.

Mi esposo no me ama

Capítulo 29 Capítulo 31
Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *