Jimena lloraba en su habitación, desconsolada. Como el divorcio era de mutuo acuerdo y no tenían ninguna disputa, dentro de dos meses su matrimonio iba a terminar.
—Jimena, ya deja de llorar por ese desgraciado. —Claudia frotaba su espalda suavemente.
Cada vez que el abogado la contactaba, ella recaía. Esta vez, el dolor de saber que pronto ella y Pablo ya no serían esposos legalmente fue demasiado desgarrador, por lo que llevaba horas llorando desconsolada.
—Eso quisiera, Clau, pero no puedo evitarlo —respondió entre sollozos—. Amo a Pablo, lo extraño demasiado.
Claudia se tragó las palabras que picaban por salir, dado que no quería alterar más a su hermana. Le molestaba que ella fuera tan débil con un hombre que no la valoró, pero, dado su pasado turbio, ¿quién era ella para juzgarla?
Después de unas horas, Jimena se calmó. Ella y Cecilia observaban a Claudia con curiosidad, puesto que su hermana mayor había estado muy extraña los últimos días.
—Por cierto, Clau… —la abordó Cecilia al notar su semblante decaído—, ¿pasó algo?
—No… —negó desanimada mientras dejaba salir un suspiro.
—Algo no está bien, estás rara —la confrontó Jimena con una mirada recelosa, pero Claudia no contestó.
—Sí —secundó Cecilia—, estás extraña desde aquel día que volviste llorando de la universidad.
—¿Volviste llorando de la universidad? —preguntó Jimena, asombrada y preocupada.
—No es nada del otro mundo, lo superaré. —Dejó salir otro suspiro y se animó a explicarles—: Ese día estaba mal del estómago y no resistí hasta llegar al baño, así que terminé vomitando en el parque del campus. Todos empezaron a burlarse y a fotografiarme. Ahora mis vómitos se han hecho virales y soy la burla de la universidad —dijo con tristeza, aunque eso no era lo único que la tenía desanimada.
Después de aquel intenso beso, el profesor que la había ayudado en ese momento vergonzoso no volvió a dirigirle la palabra; más bien, se limitaban a los saludos fugaces por cortesía cada vez que se encontraban en los pasillos.
—¡Eso es horrible! —expresó Jimena—. Ellos deberían respetarte como maestra, y el rector está obligado a tomar cartas en el asunto.
—Sí, él dijo que mandó a quitar los videos, pero todavía hay algunos por ahí y las burlas continúan. Al parecer, hay una maestra que me odia y está causando todo este revuelo. Claro, como ella es una docente muy respetada y sobresaliente, a mí no me creen. Esa bruja de mal gusto solo está celosa porque el profesor Páez no quiere ligar con ella.
—¿Y contigo sí? —preguntó Cecilia con picardía. Claudia empezó a toser y se puso roja de la vergüenza.
—¿Quién es el profesor Páez? —inquirió Jimena, intrigada.
—Un estúpido cavernícola, orangután anticuado y de mal gusto. Nerd, feo y rarito; maleducado y bestia —espetó Claudia, como si quisiera matar al pobre hombre.
—¡Vaya! —dijeron las chicas al unísono, con gran asombro.
—Debe ser muy especial —comentó Jimena maliciosa.
—¿Ves, Clau? Te lo dije. —Cecilia la miró con picardía y una sonrisa de satisfacción, pues ya la había confrontado antes y hasta asumido que a Claudia le gustaba el profesor, pero su hermana siempre lo negaba con burlas despectivas hacia el pobre colega.
—¡Dejen de decir tonterías! —estalló Claudia con temblores leves y las mejillas rojas—. Yo jamás me fijaría en ese fenómeno, espanto de la naturaleza.
—¿Tan feo es? —preguntó Jimena, llena de curiosidad.
—Feo es una palabra muy simple para aquel aborto de monstruos. —Claudia continuó con los insultos.
—¡Oh, Dios, Claudia! —exclamó Cecilia, con la mano en el pecho—. Deja de hablar así o serás castigada con hijos mutantes. Además, tú me diste una descripción diferente. Me dijiste lo de mal vestido y apariencia rara, pero también dijiste… —Se paró de la cama, puso sus manos juntas y una cara de enamorada—: “Él tiene un cuerpazo firme y fuerte, en otras palabras, está buenísimo” —dijo, poniendo voz suspirante—. “Tiene una mirada que derrite un iceberg, unos labios deliciosos y hermosos, y un rostro tallado por los ángeles” —exageró.
Claudia le tiró una almohada y gritó, escandalizada al escuchar aquello.
—¡Eres una mentirosa, exagerada! —Se cruzó de brazos, ofendida—. El tipo no se ve mal, bueno, sí se ve mal; pero si se arreglara o los alienígenas se lo llevaran y experimentaran con él, tal vez así se viera un poquito atractivo.
—¡Guau! —Jimena la miró conteniendo la risa—. Creí que este momento nunca llegaría. ¡Claudia está enamorada!
Cecilia y Jimena gritaron de la emoción, mientras que la aludida gritó de horror.
—A ti el divorcio te está fundiendo el cerebro —espetó Claudia con ira.
Y esas fueron las palabras exactas para apagar el ánimo en la habitación. Jimena cambió de expresión al instante, y sus ojos, que habían tomado un brillo despreocupado y juguetón, ahora lucían llorosos y opacados por la tristeza. Cecilia miró a Claudia con desaprobación, entonces el ambiente se tensó aún más.
***
Un mes después…
—¿Qué haces en mi apartamento? —reclamó Pablo, frunciendo el ceño al encontrar a su secretaria frente a la puerta. Ella había estado insistiendo y provocándolo; por su parte, él no había definido una relación con ella, solo le correspondía con uno que otro beso, sin pasar de eso.
—Vine a visitarte, amor. —Se acercó coqueta y besó sus labios.
—Estoy cansado —dijo, indiferente—. No estoy de humor para visitas.
—Pero vine a mimarte —insistió mientras acariciaba su cabello.
—Vete a tu casa, por favor. —Pablo abrió la puerta, desganado, pero ella lo siguió.
Él fue al baño a ducharse. Bajo la ducha, las gotitas de agua relajaban su cuerpo, pero su mente era un caos. ¡Extrañaba a su familia! Todo ese tiempo en soledad le había hecho reconocer que no había mejor lugar que su casa, con su esposa e hijo.
—¿Qué haces aquí? —Pablo se espantó al ver a Ariadna en la ducha, desnuda.
—Ya te lo dije, amor. —Sonrió seductora—. Vine a mimarte.
Dicho esto, besó sus labios con pasión y se le enganchó encima. Pablo tuvo que recostarse de la pared de la bañera para no caerse.
—No quiero hacer esto… —balbuceó sobre su boca—. No mientras no salga el divorcio. —La apartó de él.
—¿Cuál es la diferencia? Comoquiera se van a separar —profirió con reproche.
La desilusión brillaba en sus irises, pues ella esperaba un trato diferente de su parte, no que la alejara y declarara que cometió un error al pedir el divorcio. Le molestaba que, aun separados, la bruja de su esposa tuviera tanto control sobre él. Esa actitud de esposo sufrido estaba arruinando sus planes, pero no permitiría que esa mujer desabrida ganara. Su jefe, y todo lo que él poseía, sería suyo.
Escuchar la palabra “separar” hirvió la sangre de Pablo.
—¡Sal de aquí! —dijo con gran ira—. ¡Vete! ¡No puedo! Por lo menos le debo eso, ¿me entiendes? Le debo ese respeto que nunca le di. Ella fue buena conmigo. —No pudo evitar las lágrimas—. Ella nunca me fue infiel. Y aunque no me acosté contigo, la traicioné con mis pensamientos. La traicioné cuando dije que tú me gustas, la traicioné cuando te permití besarme y cuando te comparé con ella. ¿Por qué quieres estar conmigo? ¡Soy una basura! Arruiné mi matrimonio y herí a la única mujer que me ha amado.
Se derrumbó sobre sus rodillas, permitiéndose ser frágil ante la mujer que lo instaba a olvidarse de lo que hizo, como si fuera tan fácil.
—¡Qué insoportable estás! —exclamó con cara de aburrida—. Mejor me voy. Cuando se te pasen tus arranques de culpa, me llamas.
Dicho esto, salió de allí. Pablo la miró maravillado. ¿En qué estaba pensando cuando se fijó en esa mujer? Golpeó la pared con ira, y las lágrimas caían como torrentes.
***
La casa estaba lista para celebrar el primer cumpleaños de Adrián. Las decoraciones coloridas y los arreglos de globos le daban un aire alegre e infantil, tan distinto a la tristeza que empañaba la vivienda desde que Pablo se mudó.
—¡Todo quedó hermoso! —celebró Laura junto a sus primas al ver el resultado de su arduo trabajo.
—¡Adrián va a estar feliz! —exclamó Claudia, con un brillo tierno en la mirada, poco común en ella. En esos días, su actitud había sido diferente a lo habitual, y se podría decir que actuaba de forma más amable con las personas.
—Adrián es muy pequeño para fiestas; lo más probable es que se asuste y se ponga a llorar —opinó Cecilia, encogiéndose de hombros.
—¿En serio? —La emoción de Jimena se apagó.
—¡Deja de ser aguafiestas, Cecilia! —increpó Claudia, dándole un leve empujón en el hombro.
—Pero es la verdad —se defendió Cecilia con su característica sinceridad.
—Ya, chicas. Adrián se va a divertir de todas formas. Todo está muy lindo; ya quiero retratarlo en su linda fiesta —intervino Laura, con un destello de entusiasmo en la mirada. Sintió un cosquilleo en las manos al imaginarse tomando las fotografías de su sobrino.
—¡Ojos Melosos! —Kevin se acercó a ella y rodeó su cintura—. ¡Aquí estás! Ya traje el equipo; ven a preparar tu asunto, no quiero regaños si hago todo a mi manera.
—Sí, mejor me voy a preparar todo. —Lo miró, entrecerrando los ojos—. No quiero que lo arruines.
—¡Ja! ¿Ahora yo lo arruino? —replicó él con las cejas enarcadas—. Te recuerdo, Ojos Melosos de mi corazón, que yo te enseñé a fotografiar.
—Sí… —Ella acarició su mejilla con un dedo—. Pero la alumna superó al maestro.
—Unjú… —Él susurró sobre sus labios. Cecilia aclaró su garganta, por lo que Laura se fue sonrojada.
—Todo está muy lindo, Jimena —elogió Kevin con una sonrisa.
—Gracias. —Jimena sonrió, ufana y muy feliz por los resultados.
Una hora más tarde, la fiesta comenzó, y Jimena miraba por todos lados buscando algo o a alguien.
—¡Jimena! —Laura la llamó con la cámara en las manos—. Ponte al lado de Adrián.
Jimena sonrió, ocultando su ansiedad, y fue hacia donde Laura le indicó. Estaba triste porque Adrián debería estar celebrando su primer año junto a sus dos padres. No entendía a Pablo. Que ellos se estuvieran divorciando no significaba que él no pudiera compartir esos momentos con su hijo.
Mientras tanto, en el apartamento de Pablo, Ariadna se paseaba como dueña y señora, feliz de que él no le pusiera límites, lo que le daba esperanzas de poseer todo lo que Jimena tuvo, una vez Pablo y ella quedaran divorciados.
—¿A dónde vas? —le preguntó ella, al notar que él estaba muy arreglado y perfumado. Estaba sentada en el sofá, prácticamente se había mudado al apartamento de él, quien aún no entendía cómo había sucedido eso.
—Hoy es el cumpleaños de mi hijo, voy a su fiesta —respondió cortante.
—Ya veo, entonces me cambio rápido —dijo, saltando del sofá. Pablo la miró estupefacto, sorprendido por su descaro. ¿Había escuchado bien?
—¿Es en serio? —Meneó la cabeza, desorbitado—. Debes estar loca si crees que te llevaré a la casa de mi exesposa.
—¿Y por qué no? —le reclamó, cruzada de brazos—. Soy tu novia.
—Tú no eres mi novia —refutó desafiante—. Ni siquiera sé qué haces en mi apartamento comiéndote mi comida y usando mis cosas. Eres una aprovechada.
—Y tú, un patán. —Ella se acercó a él, frunciendo el entrecejo—. Ahora no somos novios, pero no rehúsas hacer cositas conmigo.
—¿A quién le dan pan y llora? —espetó con cinismo—. Tú vienes de ofrecida, yo no te he pedido nada.
—¿No será que no quieres que yo vaya porque tu exmujer estará allí? Por eso tan bien vestido y perfumado. Pero esa perra no se acercará más a ti, no se lo permitiré.
Pablo la sostuvo por los hombros con rudeza y la miró fulminante.
—¡Ni se te ocurra ofender a Jimena! Eso, Ariadna, no te lo permitiré. Y deja de hacer escenas de celos, yo voy a ver a mi hijo. No debes preocuparte por Jimena, ella ya se olvidó de mí.
—¡Ja! —Negó con sarcasmo—. Tu exmujer todavía se derrite por ti, pero tú, Pablo, no me vas a engañar con ella.
—¡Qué irónico! —Pablo la miró divertido—. Tú eres la ofrecida y me hablas de engañarme con mi todavía esposa, porque hasta que no salga el divorcio, aún estamos casados.
—Entonces, aún guardas esperanzas. —Lo confrontó con la mirada.
—No, es obvio que Jimena nunca me va a dar una oportunidad, yo lo arruiné y ahora tengo que vivir con eso. ¡Adiós, Ariadna, estoy tarde!
Pablo salió con prisa, pues estaba retrasado. Pese a la negativa de Pablo, ella se fue a vestir y a maquillar, pues no le dejaría a Jimena estar con Pablo ni un momento.

