Capítulo 11

This entry is parte 13 de 40 in the series Mi esposo no me ama

Jimena estaba en su habitación, dormida. Aunque era mediodía, no se había levantado aún. Por las noches, se despertaba buscando a Pablo y se ponía a llorar al no verlo a su lado. ¡Lo extrañaba tanto!
No solo ella; Adrián se levantaba temprano, gateaba hasta la habitación y, con su tierna voz, lo llamaba:
—¡Pa-pa!
El niño señalaba el lado vacío de la cama, el de Pablo, un gesto que conmocionaba a Jimena, quien no podía evitar las lágrimas. Nunca antes había estado tan deprimida. Sentía que su mundo se terminaba, y ella solo era capaz de verlo desmoronarse, en un letargo que la destruía poco a poco.
Ya el abogado de Pablo había hablado con el abogado de ella, y el divorcio seguía avanzando.
El juez les había dado un mes para intentar arreglar su vida de pareja, pero ellos ni siquiera se habían visto desde que él se fue de la casa. Pablo tampoco había ido a visitar al niño, como le dijo que haría.
Aquel día, alguien tocó la puerta de la habitación.
—¿Quién es? —preguntó Jimena. Su voz sonaba carrasposa y débil.
—¿Podemos entrar? —reconoció la voz de Cecilia detrás de la puerta.
Jimena se espantó. Le daba vergüenza que su hermana la viera en esas condiciones, pero no tenía fuerzas ni para levantarse de la cama.
—Sí… —respondió.
El miedo la invadió al recordar que Cecilia había hablado en plural. La sensación se intensificó al confirmarlo: Claudia también estaba allí. Ambas se acercaron mirándola con lástima y pesar, lo que incomodó aún más a Jimena.
—¡Dios! —exclamó Claudia, escandalizada—. ¡¿Qué rayos te pasó?!
Ver el desdén en su hermana y la mirada de asco que sentía como una acusación cruel y lastimera le provocó un nudo en el pecho, dándole una sensación asfixiante. La incomodidad la recorrió, y de repente se sintió demasiado repugnante y avergonzada. Necesitaba que la tierra la tragara o, por lo menos, que sus hermanas se fueran y la dejaran seguir lamentándose por no ser suficiente para su esposo, quien pronto sería libre para proclamar su nuevo amor.
Le parecía injusto que, mientras ella se sumía en dolor y frustración, él estuviera feliz junto a su amante.
El silencio tenso se vio interrumpido cuando Cecilia golpeó a Claudia con el codo, reprendiéndola por su imprudencia.
—¡Auch! —se quejó Claudia, mientras se sobaba el brazo. Luego miró a Jimena con una expresión demandante—. ¡Te levantas inmediatamente de esa cama, te das un baño y haces algo con ese cabello! ¡Niña, pareces mendiga!
—¡Claudia! —Cecilia le atinó una mirada mordaz.
—¡No me mires así, Ceci! —la regañó con el ceño fruncido—. Ningún maldito hombre va a destrozar así a mi hermana. Jimena es joven y hermosa y se puede buscar a otro, ¡así de rápido! —Tronó los dedos—. Ese idiota de Pablo no vale la pena. Jimena, te ordeno que te levantes de esa cama ahora mismo y te pongas bella. Vamos a salir de aquí.
—No quiero —refutó desganada.
—No te lo estoy preguntando, jovencita. —La miró fulminante. Sus brazos cruzados, su porte autoritario y el ceño fruncido eran la evidencia de que no aceptaría un no por respuesta. Se sintió atrapada, pero al mismo tiempo, una llama de esperanza se encendió dentro de ella. Ahí estaba su hermana, esa que le brindaba refugio cuando eran niñas.
—Ven, yo te ayudo —le dijo Cecilia, sacándola de su ensoñación, y le extendió la mano para que Jimena se sostenga de ella. Su hermana menor la abrazó, acto seguido Jimena empezó a llorar sobre sus hombros.
—Se fue, Ceci, él me dejó. ¿Por qué todo el mundo me deja? —se lamentó entre llanto.
—No digas eso. —Cecilia secó sus lágrimas—. Nos tienes a nosotras, siempre vamos a estar aquí para ti. Además, tienes un hermoso bebé.
—Ceci, tiene razón, Jim. —Claudia le acarició su desordenado cabello—. Eres madre de un hermoso bebé, lástima que tiene los genes de ese desgraciado.
Jimena empezó a llorar con más fuerza.
—Clau, ¿podrías callarte? —le reclamó una molesta Cecilia. No podía creer lo imprudente que podría llegar a ser su hermana.
—¿Qué? —La aludida se encogió de hombros—. Es un desgraciado de lo peor, nunca me gustó el payasito ese. Pero él se lo pierde, imbécil, tarado. Ya se la verá conmigo.
—Claudia, no te atrevas a reclamarle nada a Pablo —advirtió Jimena—. Él no es tan importante.
Su voz se percibía apagada y resignada. La tristeza en su última frase daba a entender lo afectada que estaba Jimena, y eso les rompió el corazón a sus hermanas.
—¡Bien! —celebró Claudia, tragándose la amarga tristeza que ver el estado de Jimena le causaba—. Así se habla, Jim. Él no es tan importante y, como no lo es, tú vas a retomar tu vida. ¿Sabes? Un poco de venganza no estaría mal… —dijo como si maquinara algo.
—¡Ay no, Clau! —Cecilia la miró con recelo—. No vamos a intervenir.
—¡Por favor, Cecilia! Tenemos que vengarnos. —Miró a Jimena maliciosa—. Tú no estudiaste esa carrera aburrida para nada. ¿No sería bueno ayudar en el negocio familiar? Además, debes hacer algo que te haga superar todo lo que has vivido. Trabajar es una buena manera de hacerlo.
—Tienes razón, Clau —secundó Cecilia—. Sin embargo, no creo que tu intención sea esa. ¿Qué te traes entre manos? —la confrontó, con ojos entrecerrados.
—Que Jimena se vaya a trabajar en la empresa Mars. Ella tiene acciones allá; por lo tanto, debe velar por sus intereses y los de su hijo.
—Tú, Laura y Cecilia también tienen acciones allá, y no están trabajando en esa empresa —replicó Jimena, frunciendo el ceño. La simple idea de trabajar cerca de aquella mujer le provocaba náuseas.
—Nosotras no estudiamos carreras afines. Bueno, Laura sí, pero Pablo se encarga de representar la parte de ella y Kevin. Como sea, Jim, estudiaste administración; es hora de que pongas en práctica tu carrera. Entonces, hablarás con el tío Cristian y le dirás que quieres trabajar.
» Luego le vas a hacer la vida imposible a Pablo y a esa secretaria de pacotilla. Ella estará por debajo de ti, y tú te aprovecharás de eso. Ahora mismo nos iremos de compras y te arreglarás el cabello. Debes estar reluciente; Pablo se lamentará por lo que perdió.
—No sé… —intervino Cecilia—. La venganza no es buena. Jimena debe retomar su vida y olvidarse de Pablo. Lo mejor es tomar este asunto con madurez, Clau.
—¡Deja de ser tan aburrida, Cecilia! —reclamó Claudia.
—Chicas, quiero estar sola… —Jimena las interrumpió con tristeza.
—Eso no, Jim —refutó Claudia—. Tal vez lo de irte a trabajar en la empresa debas pensarlo, pero no te volverás a tirar sobre esa cama. Ve a bañarte, que nos vamos de compras.
Jimena no tuvo opción más que irse a duchar. Ellas salieron con el bebé y se esmeraron en distraerla de su realidad dolorosa, pero Jimena se mantuvo callada y pensativa todo el día.
 
***
 
Era domingo, y la mañana estaba hermosa. Jimena se levantó de la cama más animada que de costumbre. Después de un día agotador con sus hermanas, había dormido toda la noche. Se sentía relajada y menos triste.
Estaba sorprendida de cómo Claudia había manejado el asunto; no la hizo sentir humillada, sino que, por el contrario, la motivó a hacer algo con su vida. Su hermana se había comportado de manera diferente y más madura. Al parecer, los problemas que había tenido la ayudaron a reflexionar un poco.
Se dio un baño y comenzó a probarse toda la ropa que Claudia le había comprado. Eligió un vestido corto, de tela de jean azul oscuro. Era muy sensual y juvenil, y le encantaba cómo se veía su cuerpo en él.
Su cabello estaba entre rizado y ondulado. Las tres chicas compartían una larga cabellera rubia heredada de su madre, aunque la de Jimena era la más rebelde, mientras que la de Cecilia era la más sedosa y lacia. Puso un poco de labial rosado sobre sus labios y sonrió al ver su reflejo en el espejo. Su hermana tenía razón: era joven y hermosa como para estar lamentándose por un hombre que nunca la valoró.
Salió a desayunar, y tanto la niñera como Marta —la mujer del servicio— se sorprendieron al verla salir de la habitación. Adrián se lanzó sobre ella, quien lo tomó en sus brazos y lo besó en la frente.
—Buenos días, precioso de mami —saludó sonriente a su bebé, mientras este se abrazaba a su cuello.
Después de desayunar, Jimena salió a jugar con el niño al patio. Él cumpliría su primer añito dentro de mes y medio, y ella aún no había planeado nada. De repente, la tristeza la invadió. Adrián no había cumplido ni un año, y ya sus padres se estaban divorciando. Pensó en él. ¿Qué estaría haciendo en esos momentos? ¿Estaría con ella?
—¡Adrián! —Escuchó de repente.
¡Esa voz!
El corazón de Jimena comenzó a sonar como una sinfonía de latidos rápidos y agitados, y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Por un momento, pensó que había dejado de respirar y sus pensamientos se volvieron caóticos. Incluso sintió un leve mareo y un punzón en el estómago.
No estaba lista para volverlo a ver, pero escucharlo le daba cierto goce.
Adrián, en cambio, se mostró muy feliz al ver a su padre.
—¡Pa-pa! —gritó emocionado y gateó en dirección a él.
Pablo lo llenó de besos en el rostro y no pudo evitar olerlo mientras lo abrazaba con fuerza. Las lágrimas se acumularon en las cuencas de sus ojos, pero luchó por mantenerlas allí. Exhaló un suspiro y dejó las bolsas que trajo a un lado para sostener bien al bebé. Una vez sentado sobre el suelo de cemento del patio, sacó los regalos que le había llevado.
Mientras tanto, Jimena estaba de espaldas a ellos y permaneció en esa posición sin decir palabra. Estaba aterrada de girarse y encontrarse con Pablo. Temía que esa maraña de emociones estallara al tenerlo de frente.
El bebé, por su parte, chillaba emocionado con sus regalos sobre la pierna de su progenitor, mientras ella secaba rápidamente dos lágrimas traicioneras que se le escaparon. No sabía qué hacer ni qué decir.
Un rato después, Pablo fue reemplazado por los regalos, ya que Adrián jugaba feliz con los juguetes que él le había traído, sobre la verde grama del patio. Jimena lo observaba en pleno mutismo, pues estaba demasiado nerviosa para decir algo. Lo mismo le sucedía a Pablo, aunque también sentía el picor del rechazo porque ella ni siquiera se había molestado en mirarlo, y toda su atención estaba puesta únicamente en el niño.
—Hola, Jimena —decidió romper el silencio. Jimena volteó hacia él, que se quedó embelesado mirándola. ¡Estaba hermosa!—. Estás muy linda —dijo, mientras la observaba como un tonto, con un brillo especial en los ojos.
—Gracias —respondió con timidez—. ¿Cómo te ha ido? —preguntó, buscando un tema de conversación para romper con la tensión e incomodidad, ya que tendría que acostumbrarse a sus visitas, puesto que ellos tenían un hijo y era inevitable que se trataran.
—De nada, de verdad estás hermosa —halagó con algo de entusiasmo y un poco de tristeza.
Jimena se sonrojó. Ambos se miraron a los ojos por un largo rato con mucha añoranza y sentimientos reprimidos; sin embargo, fueron interrumpidos cuando Adrián se levantó y trató de dar un paso, pero se cayó. El bebé empezó a llorar de frustración, y ellos corrieron hacia él, emocionados de ver que su bebé intentaba caminar.
—Ya, mi amor… —Jimena lo cargó y besó su frente. Pablo acarició el cabello del bebé y fue a besarlo, pero no calculó bien el movimiento y sus labios chocaron con los de Jimena, rozándose en un beso fugaz. Ambos se apartaron espantados y sonrojados.
—Lo siento… —Pablo se disculpó tembloroso.
—No, yo lo siento —dijo ella, bajando el rostro, avergonzada.
Los dos se miraron otra vez, perdiéndose en esa conexión ocular intensa. Se iban acercando lentamente, y sus rostros estaban perdiendo la poca distancia que los mantenía apartados.
Pablo cerró los ojos, decidido a besarla. La extrañaba y la necesitaba; no le importaba qué pasaría después, anhelaba saborear sus labios. Jimena, en cambio, se sorprendió al notar lo que él pretendía. Como resultado, un volcán de sentimientos encontrados estalló en su interior y su corazón, que ya estaba retomando su ritmo regular, aumentó la intensidad de sus latidos, haciendo que su respiración se volviera un poco caótica. Estaban tan cerca que sus labios se toparon y sus alientos se fundieron en uno solo.
—¿Cómo van las cosas con tu novia? —soltó ella de repente, arruinando el momento. Pablo respiró frustrado y la miró con confusión.
—¿Qué novia? —preguntó, con algo de enojo.
—Tu secretaria. ¿Que no son novios? Ya eres libre de estar con ella, o ¿cómo clasificarías tu relación con esa mujer? ¿Cómo debería llamarla? ¿Tu amante? —Su voz era ruda y llena de rencor.
Pablo suspiró y desvió la mirada.
—Sobre eso… —dudó un momento.
No sabía qué era peor, aclararlo o dejar la confusión. De todas formas, ya se había decidido por el divorcio, aunque en ese instante estaba tambaleando en cuanto a su decisión.
¿Podrían ellos solucionarlo y empezar de nuevo? No sabía la respuesta. Solo estaba seguro de que aún la amaba, y que aquello era muy difícil para él. Pero no quería que ella sufriera más por su culpa. No se creía capaz de ser ese esposo que Jimena se merecía. Entonces, la respuesta llegó rápido a su mente.
—Ella está bien —dijo, fingiendo una sonrisa—. Y en cuanto a mi relación con… Ariadna, yo… no quiero poner etiquetas.
Jimena sintió el dolor punzante y desgarrador en su corazón, que una vez más era destrozado de forma cruel. Tenía la esperanza de que él no estuviera con esa mujer, pero al parecer, no perdió oportunidad para dar rienda suelta a sus sentimientos por ella. Luchó para no llorar delante de él; no le daría ese gusto. Fingió una sonrisa y se puso de pie.
—Me alegro. Espero que con ella no lo arruines.
Pablo la miró con tristeza. No podía creer lo estúpido que era en las relaciones. ¿Cómo podía ser tan cobarde y no luchar por su mujer? ¿Por qué le temía tanto al compromiso?
Después de que Pablo se marchara, Jimena se encerró en su habitación a llorar. Era un hecho que lo había perdido y que esa mujer había ganado. La idea de Claudia inundó sus pensamientos, y tuvo un fuerte deseo de vengarse.
Esa mujer no solo influyó en que se rompiera un matrimonio, sino también en que Adrián no tuviera una familia estable con mamá y papá. Recordó su niñez y lo difícil que fue ver a su madre abandonarlas. Eran muy pequeñas aún, y ese incidente las marcó de por vida. No quería eso para su hijo. Lloró su desdicha y pensó que tal vez no estaría mal un poco de venganza.
Sin embargo, ¿la culparía a ella por la traición de su esposo, el padre de su hijo? No, no valía la pena. Quien pisoteó sus sentimientos y su familia fue él; Pablo fue quien los abandonó por una aparecida.

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