Jimena moría de miedo frente a aquella habitación donde se oían gritos. Por parte de su padre, los alaridos eran de reclamo y violencia; pero por parte de su madre, de ruego y dolor. Incluso llegó a escuchar el ruido de unos golpes.
Ella empezó temblar del miedo y las lágrimas cubrieron su rostro. ¡Estaba tan asustada! Solo tenía cinco años, así que no comprendía muchos eventos que ocurrían en su hogar. Uno de ellos era por qué, cuando su padre se encerraba con su madre en su habitación, ella empezaba a llorar.
De repente, unos brazos protectores le rodearon los hombros, trayendo ese refugio que la hizo sentir segura, en medio de aquel caos doloroso y desconcertante. ¡Era su hermana mayor! Ella siempre estaba allí, como un muro protector, aunque también era una niña. La mayoría del tiempo, cuando sus padres eran negligentes o se peleaban, Claudia se encargaba de cuidarla, junto a la pequeña Cecilia.
Jimena abrió los ojos lentamente, permitiendo que se acostumbraran a la luz que se colaba por la ventana. Sintió un pequeño picor alrededor de ellos, y fue cuando descubrió que había llorado mientras dormía. Otra vez soñó con el pasado, pero en esta ocasión sus sueños la transportaron a su niñez. Quizás necesitaba regresar a aquel amparo que sentía cuando Claudia la consolaba y hacía sentir que, pasara lo que pasara, ellas estarían bien. Necesitaba creer con desesperación que así sería de nuevo: estaría bien pese al dolor que la estaba matando de forma lenta y cruel.
Habían transcurrido varios días desde que Pablo se marchó, y el dolor se sentía igual o peor que aquel fatídico día. Debido a su estado de ánimo, la niñera se quedó todo el tiempo cuidando al bebé, ya que ella no estaba en condiciones de hacerlo. Jimena se sumió en la depresión y no salía de la habitación. No quería comer ni asearse. Solo se la pasaba llorando detrás de esas cuatro paredes, recordando el pasado y angustiándose por lo que pudo ser. Todos los días, se lamentaba por su fallida relación.
***
Pablo estaba detrás de su escritorio, sumido en sus más profundos pensamientos, cuando Kevin entró en su oficina. Su primo le dedicó una mirada inquisitiva, que denotaba desaprobación y una lástima mezclada con ira.
—Entonces, te decidiste por la secretaria —afirmó Kevin, en tono cargado de decepción. Luego se sentó frente a Pablo, buscando con la mirada un atisbo de arrepentimiento o quizás una respuesta que contradijera su comentario.
—¡No digas pendejadas! —profirió con gran dolor en su mirada—. No estoy con ella. No me separé de Jimena por esa mujer.
—¿Ah no? —preguntó, incrédulo, pero con un poco de esperanza.
—No —aseguró—. No te voy a negar que me atrae y que pienso mucho en ella; aun así, estaba dispuesto a ignorar esa tontería e intentar arreglar mi relación con Jimena.
—¿Entonces? —preguntó Kevin, confundido.
—Me sentí el peor desgraciado cuando vi el rostro de Jimena tras leer el mensaje de Ariadna. Sé que ella creyó que me acosté con mi secretaria, debido a la manera fantasiosa y estúpida en que esa mujer me escribió; sin embargo, jamás he tenido relaciones con ella. —Pablo levantó las manos frente a Kevin para evitar que lo interrumpiera—. Antes de que digas algo, no pienso aclararlo. Ver a Jimena sufrir me hizo caer en cuenta de que no la merezco.
—No te entiendo. —Kevin lo miró, muy desconcertado.
—Desde que Jimena y yo nos casamos, ella no ha hecho otra cosa que no sea llorar por mi culpa. Le he causado mucho daño todo este tiempo. Estoy seguro de que hacía lo posible para ocultar sus lágrimas que mis desplantes le causaban, pero yo siempre he sido un cobarde de mierda para enfrentar esa realidad. No es justo para ella.
Su mirada vagó por la oficina con gran tristeza y un brillo de remordimiento. Su ceño fruncido evidenciaba su lucha interna, su miedo y la incertidumbre de su decisión. Temía estar cometiendo un error que lo llevaría a perderlo todo por no ser lo suficientemente valiente como para luchar por su matrimonio.
—Estoy consciente de que debe estar devastada, pero se le pasará y volverá a ser la Jimena fuerte de siempre. Sin mí, ella podrá florecer y recuperar esa confianza que yo destrocé —continuó, su voz se quebró al decir lo último—. Yo la destruí, Kevin. No merezco una oportunidad porque sé que volveré a arruinarlo. Además… Bueno o malo, me siento atraído por mi secretaria. Si amara a Jimena de verdad, no me pasaría esto. No quería aceptarlo; me sentía tan comprometido a cumplir como esposo y padre que no quería asimilar que entre Jimena y yo no había una relación sana. Las cosas entre nosotros no eran serias como contigo y Laura; no estábamos preparados para casarnos.
—¡Qué triste! —se lamentó Kevin, completamente afectado.
—Sí, lo es. —Pablo sonrió con ironía—. Estoy dejando ir a una gran mujer. No tengo remedio; soy un idiota.
—Siempre lo has sido. —bromeó Kevin para animarlo y relajar el ambiente.
—Sí, pendejo. Vaya consuelo que me das, mal primo.
—Dime que por lo menos ella te golpeó la cara de idiota. —Ambos rieron.
***
Pablo se quedó dormido en la oficina, puesto que la noche anterior no pudo pegar un ojo pensando en una persona cuyo olor y calor estaba extrañando demasiado. Era irónico, pues pasó años pensando que la cercanía con su esposa lo tenía abrumado de manera asfixiante; mas ahora, era en todo en lo que podía pensar con gran añoranza.
Su sueño se vio interrumpido por el roce sutil de unos dedos desconocidos sobre su rostro y, como consecuencia, dio un respingo de espanto.
—¿Qué cree que hace, señorita Gómez? —interpeló con un tono cargado de desaprobación.
—Disculpe, señor Mars —fingió arrepentimiento, mirándolo de manera seductora—. Solo me dio ternura verlo dormir. Creo que está muy tenso y estresado, y yo sé cómo ayudarlo a relajarse. —Se le acercó, provocativa, lo que hizo que Pablo tragara pesado.
—Sal de aquí, por favor —ordenó con rudeza. Su voz se escuchaba temblorosa y sus ojos brillaban de confusión. No entendía por qué, de buenas a primeras, la actitud de su añorada secretaria le repelía, si ella siempre había sido una tentación en la que él sabía que podía caer en cualquier momento.
—No lo entiendo… —balbuceó ella, claramente ofendida, mientras se cruzaba de brazos—. Ya dejó a su mujer, así que somos libres de dar rienda suelta a nuestro deseo. —La joven se acercó a él, pese a lo intimidante que le parecía su receloso escrutinio. Decidida, ella se sentó sobre sus piernas y empezó a besar su cuello.
Pablo cerró los ojos en respuesta, rendido al deseo de la mulata, aunque no se sentía motivado a corresponderle. De repente, una sensación de angustia le recorrió cuando la imagen de Jimena invadió sus pensamientos. En sus recuerdos, la hermosa rubia sonreía junto a sus hermanas cerca de aquel lago en el rancho, lugar que fue testigo de sus besos y palabras cursis.
Abrió los ojos, exaltado, con un nudo en el pecho que lo sofocaba. Todo por un recuerdo tonto y sin mucha relevancia.
Un golpe de realidad lo sacudió, haciéndolo sentir miserable. Tenía a una mujer muy sensual a su disposición, dispuesta a complacer todos sus bajos deseos. No había culpa, porque ya se había separado de su esposa. Su yo real jamás habría dejado pasar una oportunidad como esa. Entonces, ¿por qué se sentía tan sucio?
La chica tuvo acceso a sus labios y los invadió con los suyos. A Pablo le tomó unos segundos procesar su movimiento atrevido, pero lo correspondió. Su forma de seguirle el ritmo era desganada, como si fuera una obligación.
Cerró los ojos y no pudo evitar recordar la última vez que estuvo con su mujer: la manera en que se besaban con anhelo y dulzura, lo especial que fue hacer el amor con esa conexión que no había experimentado con nadie más, los juegos con el bebé y sus discusiones tontas sobre a quién quería más.
Sin embargo, de la misma forma en que los recuerdos dulces lo embargaron, también lo hicieron los tristes. Uno, en particular, se sintió como un puñal atravesado en el corazón: el rostro apesadumbrado de Jimena, con el celular frente a ella, mientras leía una y otra vez el mensaje que terminó por destruirla.
—Es tu culpa… —susurró él sobre los labios de su secretaria.
—¿Perdón? —preguntó ella, confundida.
—No vuelvas a besarme ni sigas insinuándote. Eres una indecente y atrevida. ¿Cómo te atreviste a enviarme un mensaje si ni siquiera te di mi número? —Su mirada era severa y cargada de reproche.
—Lo siento… —La chica bajó el rostro con fingido arrepentimiento, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas manipuladoras—. Es que, después de ese beso no pude dejar de pensar en usted y, como no me dijo nada ni me llamó, me tomé el atrevimiento de contactarlo yo misma. Se suponía que hablaríamos sobre nuestra situación, así que solo me adelanté a los acontecimientos. Fue un acto impulsivo y desesperado, lo sé, pero debe entenderme. Solo quería que supiera lo mucho que me interesa y lo dispuesta que estoy a complacerlo en todo.
Lo miró con ojos de cachorrito tierno, mas Pablo la apartó de él con rudeza. Ella se puso de pie y lo enfrentó con desafío.
—Ese beso… y este… eso no debió pasar. Soy un hombre casado —refutó él. Su voz temblaba, y sus ojos cristalizados eran evidencia de lo afectado que se encontraba. Estaba perdido, incapaz de poner en orden sus pensamientos y emociones, consumido por la culpa.
—Ya me enteré de que se va a divorciar; yo misma recibí a su abogado, ¿recuerda? No veo nada de malo en que empecemos una relación si ya pronto será un hombre libre.
Pablo empezó a reír con amargura.
—¡Libre! —exclamó, mirando al vacío—. ¿Libre de qué? ¿De estar casado? ¿Libre de llegar a casa y a encontrar una hermosa y tierna mujer dispuesta a entregarlo todo por mí? ¿A recibir los abrazos de Adrián, que celebraba con alegría mi llegada? ¿Sabes lo divertido que era correr tras él y hacerle cosquillas? ¿O esconderme para sorprenderlo? Escuchar sus carcajadas era la mejor melodía para mí. —Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
—¡Por favor, señor! —profirió, molesta—. Reconocí su cara de cansancio desde el primer día que entré a esta oficina. Fui testigo de cómo trabajaba de más a propósito para escapar de su vida de casado. Investigué un poco y descubrí que su matrimonio fue casi forzado. Usted no quería una esposa ni un hijo. Si me correspondió ese beso, es porque yo le gusto, y si yo le gusto, es porque usted ya no quiere a su esposa. Solo se siente culpable por lo que pasó.
—Sal de mi oficina —demandó, al borde de perder los estribos. Sentía tanto rechazo hacia esa mujer que comenzaba a asquearlo. De alguna manera, se sintió confrontado con sus palabras, y la culpa que lo torturaba aumentó en intensidad—. Si crees que, porque me voy a divorciar, tú y yo vamos a empezar una relación, estás muy equivocada.
» Con mujeres como tú solo se tiene un revolcón, y ni siquiera de eso tengo ganas. Soy un idiota, ¿sabes? Debí aclarar las cosas, debí decirle que nunca me acosté contigo y debí pedirle perdón por haberte correspondido ese beso. Pero soy tan cobarde que lo arruiné. Sin embargo, eso no significa que vaya a cometer el error de enredarme contigo. Lo siento, pero eso no va a suceder.
La chica lo miró con asombro y decepción. Luego esbozó una sonrisa malvada.
—Señor, usted habla por el dolor del momento. Pero créame cuando le digo que usted y yo llegaremos a ser muy íntimos. —sentenció. Ariadna salió de la oficina.
Pablo, preso de la impotencia y la frustración, se apretó el cabello para reprimir la ira que lo quemaba.
—¡Necesito unas vacaciones! —dijo para sí mismo, y se recostó en la silla, con la mirada perdida en la nada.

