Para cuando salió el sol, Jimena todavía sostenía el celular de Pablo. Estaba inexpresiva, sumida en sus más profundos y dolorosos pensamientos. No durmió, no lloró, simplemente permaneció allí con el celular en las manos.
La alarma sonó, y después de dar varias vueltas sobre la cama, Pablo se sentó, estrujándose los ojos. Miró a Jimena con curiosidad mientras ella observaba el aparato con tristeza. Desbloqueó la pantalla, y el mensaje apareció frente a ella. Pasó el celular a Pablo en silencio. Él lo tomó confundido y se puso frío al leer su contenido. La miró con horror. No encontraba las palabras correctas para enfrentarla.
—Jimena… yo… —Escuchar su voz temblorosa fue el detonante. Las lágrimas atrapadas salieron como torrentes y su pecho empezó a temblar. Entonces él entendió que un gran llanto trataba de salir con violencia—. Déjame explicarte, fue un error… un desliz… —Jimena no soportó la presión en su pecho. Se lanzó sobre él histérica. Lo golpeaba con furia y dolor.
Él sostuvo sus brazos y la miró con tristeza.
» Jimena… —Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero éstas no salieron—. No me pude contener, me siento muy atraído por ella, lo siento. —Jimena respiraba con dificultad, pues escuchar aquello de la boca de su esposo era muy doloroso. Ella soltó su mano y lo cacheteó con toda su ira, se encorvó sobre la cama mientras lloraba con todas sus fuerzas.
» Perdóname, Jimena. Yo… no quiero que sufras por mi culpa. —Él trató de acercarse, mas ella se alejó espantada. Lo miraba con ira y dolor. Se tiró de la cama y salió como loca de la habitación. Necesitaba huir, eso no le estaba pasando a ella.
Él la siguió y la encontró de rodillas sobre la verde grama del amplio patio. Allí la veía sufrir por él, por su estupidez y su mala cabeza. Bajó el rostro y se jaló el cabello con frustración. ¿Cuántas veces la había visto llorar por su culpa? ¡Eran incontables! Tenía que aceptarlo de una vez por todas: ella estaba mejor sin él.
Más tarde, Jimena regresó a la habitación más calmada y dispuesta a hablar del asunto. Tenía la esperanza de que fuera un malentendido. Se sentó sobre la cama mientras observaba a Pablo peinar su negro cabello. Ya estaba listo para ir a la oficina.
—Pablo… —balbuceó, con el corazón a mil. Él caminó hacia ella, pero se quedó de pie a mitad de camino, observándola.
—Jimena, estuve pensando y… —Un nudo apretó su garganta, y tuvo que aclararla para continuar—. Te voy a dar el divorcio.
Jimena lo miró pasmada. En realidad, no se esperaba eso. Las palabras no le salían, y las lágrimas se posaron en sus ojos. Creyó que podían arreglarlo, que él le diría que fue un malentendido o un error y que lo iban a superar.
» Es lo mejor… —Pablo continuó—. Yo… no te amo. Si me siento atraído por otra mujer, es porque lo nuestro ya se terminó, y al parecer, yo no quería aceptarlo.
¿Se podía sentir tanto dolor? Su corazón fue atravesado, y las palabras quedaron atrapadas por su indignación. Otra vez era reemplazada. Otra vez rompían su corazón sin piedad. ¿Qué tenía ella de malo? ¿Por qué, si ella se entregaba por completo, le habían pagado de esa manera? Su primer novio la usó y luego la dejó como si fuera algo inservible, y ahora su esposo, el padre de su hijo, hacía lo mismo. Le estaba dando más valor a una cualquiera que a ella.
—Jimena… —Pablo trató de acercarse, pero ella huyó de él. Lo miró con rabia. Sus ojos azules, que estaban rojos de tanto llorar y por la falta de sueño, lo escudriñaban con reproche, haciéndole entender lo mucho que la estaba dañando. Pablo no lo soportó y, cual cobarde, salió de la habitación y se marchó.
La impotencia y la ira consumían su pecho. Se sintió abandonada. El vacío de su huida la torturaba como un verdugo. Lloraba desesperada y sin consuelo. Lloraba al recordar aquel verano, la sonrisa despreocupada de Pablo y su gran jocosidad. Lloraba porque en aquel tiempo él buscaba cualquier excusa para acercarse, porque en aquel remoto lugar, la besó, porque allí comenzaron una hermosa relación. Lloró porque pocos días después de su regreso se entregó a él, lloró porque tiempo después quedó embarazada y él no lo tomó muy bien. Lloró cuando recordó la presión familiar y cómo su relación con él se tensó. Entonces recordó que él la buscó, la besó con fervor y le prometió que no estaría sola.
Lloró porque, después de que se casaron, todo cambió. Entonces, dejaron de tener intimidad y su relación se basaba solo en la responsabilidad de cada uno. Él tenía que trabajar mucho, y ella cuidar el embarazo. Él evitaba involucrarse y ella lloraba a escondidas. Como ahora, que no se atrevió a detenerlo, no se atrevió a enfrentarlo. Solo tenía fuerzas para llorar su desdicha en la soledad de su habitación.
***
Pablo llegó de la oficina temprano. Encontró a la niñera con el bebé y se sorprendió cuando ella le dijo que Jimena no había salido del dormitorio. Fue a la habitación y allí estaba ella, tirada sobre la cama con la misma bata de la mañana.
—¿Jimena? —la miró con tristeza. Ella no respondió ni se movió de su lugar.
—Solo vine a… —Respiró profundamente—. Vine por mis cosas.
Jimena se sentó en la cama de un salto. Una cosa era que él le hubiera pedido el divorcio, y otra muy diferente era que se fuera de la casa tan rápido.
—¿A dónde vas? —preguntó temblorosa.
—Me voy al apartamento. Mandé a prepararlo hoy para vivir allí.
—Oh… —trató de que las lágrimas no salieran. Quería retenerlo o reclamarle. Quería herirlo de la misma forma en que él hacía con ella, pero era muy cobarde y débil. Las palabras no salían, solo se limitaba a verlo empacar sus cosas.
¿En qué momento su relación dio ese giro? El día anterior ellos estaban bien. Se divirtieron juntos como una familia y luego hicieron el amor de una manera dulce y llena de entrega. Hacía mucho que no se sentía tan amada y deseada por él. ¿Cómo es que ahora él proclamaba no amarla? ¿Cómo es que ahora él quería abandonarla?
Pablo cerró la maleta y miró a Jimena con pesar.
—Visitaré a Adrián los fines de semana y te enviaré la manutención a tu cuenta. Esta es tu casa y la de mi hijo, todo lo que tenemos pertenece a nuestra herencia como Mars y Gutiérrez, pero si necesitas algo más de mí, pídelo y te lo daré.
Jimena lo miró con rabia y decepción.
—¡No necesito nada de ti! —La ira consumía su ser—. Adrián no necesita tu lástima. No te preocupes por nosotros, estaremos bien sin ti. —No pudo contener las lágrimas—. No tienes que venir los fines de semana. ¡No tienes que venir nunca! —gritó con desesperación, y el llanto se escuchó en toda la habitación.
—Adrián es mi hijo, claro que vendré a verlo. O si prefieres, lo mando a buscar.
—¿Tu hijo? —Sacudió la cabeza con decepción—. ¿Ahora es tu hijo? A ti no te importa él, como tampoco te importo yo. ¡Nunca te importamos!
—Jimena… —La miró con gran dolor en sus ojos.
—Sé libre, Pablo. Ya no tienes que cargar con nosotros. Huye como el maldito cobarde que eres y disfruta revolcándote con esa ramera. ¿Sabes qué? La voy a echar de la empresa y todos van a saber lo perra que es. Todos sabrán que ella destruyó un matrimonio. La voy a destrozar con mis propias manos. ¡La odio! ¡Odio a esa maldita!
—¡Ya basta, Jimena! —la enfrentó con firmeza—. Deja de decir incoherencias. Ella no destruyó nada. No, ella es la prueba de que nuestro matrimonio no estaba bien. Ella, Jimena, es la prueba de que ya no te amo.
Sus palabras fueron dagas que atravesaron su corazón de una forma cruel y fría. No sabía de dónde sacaba tantas lágrimas. No quería llorar delante de él, quería mantener el poco orgullo que le quedaba.
—¡Yo tampoco te amo, idiota! —Se abalanzó contra él, pegándole en el pecho—. ¡Te odio! ¡Te odio, Pablo Mars! Eres la peor desgracia de mi vida. Te odio —gritaba entre llantos mientras caía sin fuerzas al piso.
Pablo se apartó de ella y tomó su maleta. Abrió la puerta de la habitación y miró por última vez a su esposa. Ella lo observaba con miedo y dolor. Sus ojos le pedían que se quedara, que no fuera un cobarde y arreglaran las cosas. Sus ojos rogaban que no la hiciera sufrir tanto. Él cerró la puerta tras sí y Jimena dejó salir ese llanto que tenía retenido.
Lloró como si quisiera sacar todo su dolor con cada grito. Sobre el suelo, derramaba esas lágrimas que salían desde lo más profundo de su ser. Otra vez la abandonaron, otra vez perdía a alguien valioso en su vida.

