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Capítulo 13

This entry is parte 15 de 40 in the series Mi esposo no me ama

Cuando Pablo llegó a la fiesta, la música infantil y animada ambientaba el lugar colorido. A esto se sumaban las risas de los niños invitados y las voces de los payasos y el elenco de animación, que daban vida al festejo.
Había pocos invitados, solo unos cuantos amigos cercanos con sus niños pequeños y la familia. Pablo se hizo notar de inmediato, y Adrián lo recibió con euforia. Ver su carita feliz y sentir su entusiasmo al abrazarlo fue la recarga que necesitaba para seguir queriendo existir, pero, al mismo tiempo, el recordatorio de lo que había perdido.
Por su parte, Jimena mantenía la distancia, y sus ojos cristalizados evidenciaban la conmoción de ver a su hijo tan alegre y animado tras la llegada de su padre. Sentía una mezcla de alivio y tristeza, pues la presencia de Pablo despertaba las emociones que tanto luchaba por contener. Sin embargo, le reconfortaba que él tuviera la decencia de compartir con su hijo este tipo de eventos. Eso le daba la seguridad de que, aunque su matrimonio había terminado, la relación entre padre e hijo continuaba intacta, pese a las limitaciones.
No solo Jimena se vio afectada por la presencia de Pablo; también parte de la familia sintió la tensión con su llegada.
—¡Tomaré una de los tres! —exclamó Laura, apareciendo de repente con su cámara en mano.
Ellos se acercaron con timidez y rigidez, por lo que Laura tuvo que intervenir en cada toma para que se relajaran.
—Pablo, ponte al lado de Jimena y carga a Adrián —pidió.
Jimena se acercó lentamente, sin atreverse a tener mucho contacto, como si él tuviera una enfermedad contagiosa.
—Acércate más —le recriminó Pablo—. No voy a morderte.
Sonrió con un deje de flirteo. El corazón de Jimena latió frenético ante su insinuación. Pablo la jaló por la cintura, acercándola a él. Laura tomó la foto, satisfecha al obtener la pose que deseaba. En cuanto anunció que había terminado, Jimena se soltó de Pablo con rapidez, tomó a Adrián y se alejó lo más que pudo. Su cercanía era lo que menos necesitaba en ese momento.
Tras unos minutos de miradas furtivas, evasiones e incomodidad, Adrián se les soltó y se puso de pie. Acto seguido, comenzó a caminar con pasos lentos y precavidos.
Jimena, al notar lo que estaba ocurriendo, soltó un grito de emoción que espantó al niño, haciéndolo caer del susto y romper en llanto. Pablo corrió hacia él, lo cargó y lo meció hasta calmarlo.
—Debes controlarte, Jimena —se quejó—. Si no, después le dará miedo intentarlo.
Durante el resto de la fiesta, Jimena y Pablo se esforzaron por animar a Adrián a caminar. El bebé lo intentaba, pero al primer paso se caía.
Finalmente, la pareja se rindió y lo dejó jugar en la grama.
—Jimena. —Pablo acercó su rostro para hablarle en voz baja. La rubia sintió que perdía las fuerzas al sentir su fresco aliento sobre la piel—. Voltéate disimuladamente y, por favor, no grites.
Jimena obedeció y casi saltó de la emoción al ver a su bebé caminando con entusiasmo. La alegría que los inundó al presenciar aquel momento tan emotivo fue tal, que ella y Pablo se abrazaron mientras celebraban con algarabía.
Se acercaron al bebé y lo llenaron de besos y mimos. Laura, conmovida por la tierna escena, comenzó a fotografiarlos.
Mientras tanto, dentro de la casa, Marta fue a abrir la puerta que timbraba con insistencia. Su rostro mostró confusión al encontrarse con una mujer desconocida que sostenía un regalo en las manos.
—¿Usted es…? —preguntó la empleada, observándola de arriba abajo con recelo.
—Soy una amiga de la familia —respondió la mujer con una sonrisa.
Había algo en la extraña que no terminaba de convencer a Marta.
—La fiesta es en el patio, pase.
Marta la dejó entrar. Con un aire de suficiencia y gran señora, la mulata se dirigió al lugar indicado, sin dejar de recorrer cada centímetro de la casa con una admiración maliciosa.
Una vez afuera, buscó a Pablo con la mirada, pero la ira empezó a arder en su interior al descubrirlo muy feliz y relajado, jugando con el bebé y… Jimena.
Ese brillo en los ojos nunca se lo había visto, tampoco esa paz. Era evidente lo feliz que se sentía junto a ellos, como si fueran una familia perfecta. No pudo evitar escudriñar a su rival con envidia. Jimena destilaba una belleza y elegancia natural, como esas princesas criadas rodeadas de lujos y etiquetas. Pese a su clase y refinamiento, había en ella una humildad y espontaneidad que la hacían lucir divertida y relajada, tan auténtica.
¿Por qué Pablo decidió dejarla si era obvio que todavía babeaba por ella? No tenía ningún sentido, pero le alegraba que se estuvieran divorciando. Ahora todo lo que Jimena tenía le pertenecería a ella, incluyendo a Pablo.
Él era un hombre joven, muy atractivo y forrado de billetes, y, a pesar de su absurda culpabilidad y los posibles sentimientos que aún tuviera por su pronto exesposa, le había mostrado interés. No lo dejaría ir tan fácil.
Él era suyo y esa mujer no se lo quitaría.
 —¡Pablo, mi amor! —La voz de Ariadna resonó en el lugar, captando la atención de todos—. Disculpa la tardanza, tesoro.
Sin el menor pudor, lo besó en la boca y luego se dirigió a saludar a Jimena con descaro.
Jimena miró a su exesposo con ira y decepción. No podía creer que él se atreviera a tanto. ¿No le había sido suficiente todo el daño que le causó? ¿Tenía que restregarle a su amante en su propia casa? Peor aún, en la fiesta de su hijo.
—Pablo —lo llamó desconcertada—. ¿Qué hace esta mujer aquí?
El silencio se apoderó del lugar. Como si presenciaran un gran evento, la familia dejó de hablar y moverse al ver a aquella mujer frente a Jimena. Era como si el tiempo se hubiera congelado en una escena que ni en sus peores pesadillas hubieran imaginado.
—¡Eres un descarado, Pablo! —Jimena lo confrontó, tratando de no llorar—. ¿Cómo te atreviste a traer a esta mujer a mi casa?
—Esta mujer tiene nombre —replicó Ariadna con arrogancia.
—¿Qué haces aquí, Ariadna? —espetó Pablo con hastío, visiblemente tenso.
—Pablo, mi amor. —Sonrió maliciosa—. Como tu novia —hizo énfasis en cada palabra mientras miraba a Jimena con altanería—, tengo derecho a estar aquí. Mira, le traje un regalo a mi hijastro.
—¡Eres una descarada! —espetó Jimena, sin contener su furia—. Vete de mi casa, no eres bienvenida aquí.
—Entonces Pablo tendrá que venir conmigo. Donde yo no sea bienvenida, tampoco lo será él —contraatacó Ariadna sin un atisbo de vergüenza.
—Pues llévate a tu trapo de novio si quieres —espetó Jimena con frialdad. Su mirada de decepción se clavó en su ex—. Él no hace falta aquí.
Las palabras de Jimena le dieron a Pablo como un golpe en el pecho. La miró con tristeza y culpa antes de tomar a Ariadna del brazo, dispuesto a sacarla de allí. Pero la mujer se soltó y, con todo su descaro, volvió a encarar a Jimena.
—¡Qué descortés eres! —espetó con fingida indignación.
Claudia se acercó y escaneó a Ariadna de pies a cabeza con una expresión de absoluto desdén.
—Déjame felicitar a mi hijastro, por lo menos. Después de todo, es el hijo de mi Pablo.
Intentó acercarse a Adrián, pero Jimena, con reflejos felinos, lo cargó antes de que pudiera tocarlo.
—¡Ni se te ocurra tocar a mi hijo! —exclamó con furia, temblando de la rabia.
—No eres nadie para impedirlo —desafió Ariadna.
—¡Vámonos, Ariadna! —insistió Pablo con fastidio, pero ella lo ignoró por completo.
La frustración de Ariadna era evidente. Ver lo bien que vivía Jimena, la estabilidad que tenía a pesar del divorcio, la consumía. Y peor aún, Pablo no la trataba con la devoción que ella creía merecer. La rabia y la envidia la estaban cegando. No iba a permitir que Jimena saliera victoriosa. Tenía que vengarse.
Con un movimiento brusco, se dirigió hacia Adrián sin importarle que Jimena lo tuviera en brazos.
Pero antes de que pudiera dar un paso más, Claudia la jaló del cabello y la tiró al suelo.
Ariadna se levantó de inmediato y se abalanzó sobre Claudia, pero esta la recibió con una andanada de bofetadas sin piedad. No le daba tregua. La escena era casi cómica: una mujer con tremendo cuerpazo siendo vapuleada por una flacuchenta como Claudia.
Jimena, aun sosteniendo a su hijo, se apresuró a entregárselo a Laura y corrió a ayudar a Pablo a separarlas. Tuvo que sujetar con fuerza a su hermana, quien estaba completamente fuera de sí. Pablo, por su parte, sujetó a Ariadna por los brazos, intentando controlarla.
Todos los invitados observaban la escena con incredulidad.
De repente, Paulo se acercó a Pablo y lo miró con desaprobación.
 —Pablo, Pablo… Eres un pendejo de mierda. ¿Cómo te atreves a traer a tu amante al cumpleaños de tu hijo?
Pablo bajó el rostro, avergonzado, y miró a Ariadna como si quisiera matarla.
—Pablo, llévate a esta mujer de aquí —demandó su madre con rudeza. Se sentía decepcionada y dolida al mismo tiempo.
—¡Yo no soy su amante! —gritó Ariadna, forcejeando en los brazos de Pablo—. ¡Soy su novia y pronto seré su esposa!
Jimena, al escuchar esas palabras, sintió un nudo en el pecho. Su mirada se dirigió hacia ellos con una tristeza silenciosa.
—Pablo —intervino Paulo, furioso—, controla a tu loca y sácala de aquí. No puedo creer lo bajo que has caído. No sé qué clase de hijos fue que Genaro procreó, una loca y un estúpido descerebrado.
Diana lo miró con disgusto, y Cristian le dio un golpe en el hombro por su imprudencia.
—Pablo, es mejor que se vayan —aconsejó Cristian—. No es justo para Jimena y Adrián. Evitemos más problemas.
Pablo asintió con pena y remordimiento. Cristian y su padre eran los más maduros y considerados de la familia, y sentía por ellos un gran respeto. Todo ese escándalo lo hacía sentirse profundamente avergonzado.
—No veo cuál es el problema de que estemos aquí —espetó Ariadna con soberbia—. Esta casa es de Pablo. Tengo tanto derecho como ella de estar en este lugar.
—¡Deja de hablar estupideces, Ariadna! —Pablo la reprendió, al borde de perder la paciencia—. Esta casa es de Jimena y de nuestro hijo. Tú no tienes nada que hacer aquí.
—¿Cómo te atreves a hablarme así? ¿Por qué no me das mi lugar? ¿Cómo osas poner a esa mujer por encima de mí?
—¡Tú estás loca! —exclamó Pablo, estupefacto—. No entiendo cómo puedes ser tan cínica y descarada.
Dicho esto, la tomó con firmeza y la arrastró fuera de la casa. Una vez afuera, la soltó con brusquedad.
—¡Eres un desgraciado, Pablo! —le reclamó Ariadna entre lágrimas—. Si no vengo por ti, me pones los cuernos con tu ex. Por eso no querías que viniera, ¿cierto? Para estar con ella.
Pablo miró a su alrededor, arriba, abajo, a todos lados. La rabia y la impotencia le impedían articular palabra. No podía creer lo absurdo de aquel reclamo. Se arrepentía de haberse fijado en esa loca, de haberle pedido el divorcio a Jimena.
—¿Sabes qué? —Peinó su cabello con los dedos y mordió sus labios, intentando contener la ira que lo consumía para no cometer una estupidez—. No tengo por qué soportarte. ¡Adiós, loca! —espetó, respirando con dificultad, y se metió en su auto.
Ariadna intentó abrir la puerta del copiloto, pero estaba con seguro. Frustrada, golpeó el vidrio con la palma de la mano. Pablo suspiró y lo bajó.
—¿No me dejarás entrar? —preguntó con un tono lastimero, como un cachorro arrepentido.
—No, cariño —respondió él con sarcasmo—. Viniste por tu cuenta, te vas por tu cuenta.
Sin más, subió el vidrio y arrancó, dejando a Ariadna haciendo berrinches en la acera.
Entretanto, en la fiesta, todos miraban a Jimena con pesar. Genaro se acercó a ella, visiblemente avergonzado, y se disculpó en nombre de su hijo. Ella asintió con la mirada perdida, como si nada le afectara, como si su cuerpo estuviera vacío, sin alma. Pero sí sentía. No solo era el dolor de verlo con otra mujer, sino la amargura de saber lo mal que él había escogido. Ariadna era una arpía, y le resultaba insoportable ver al hombre que amaba junto a alguien así.
Jimena permanecía inmóvil, sin decir palabra. Sus ojos enrojecieron y, sin poder contenerse más, las lágrimas comenzaron a deslizarse por su rostro. Cecilia se acercó y la abrazó, sosteniéndola con ternura. Al cabo de unos segundos, Jimena lloraba en silencio sobre su hombro.
Laura, al notar la escena, decidió llevarse a Adrián junto a Kevin para entretenerlo y evitar que viera a su madre llorar. Mientras tanto, Cecilia acompañó a Jimena a su habitación, y Claudia trataba de calmarse tras la pelea con la bruja.
Ya en su recámara, Jimena dejó salir su llanto sin reservas, aferrándose a la almohada con desesperación. Cecilia, sentada a su lado, acariciaba su cabello con tristeza.
—Lo perdí, Ceci… Perdí a Pablo. —Su voz tembló mientras enterraba el rostro en la almohada. Ya no tenía su olor, pero aún era suya, y de algún modo, la hacía sentirlo cerca.
 —Jimena, debes superarlo. No es justo que cada vez que lo veas, te hundas de esta manera. Él ya tomó su decisión, tú debes cerrar este capítulo de tu vida y empezar desde cero. Tienes un hijo por quién luchar, Jim. Adrián te necesita fuerte y feliz.
 —Lo sé, Ceci, lo sé… —El llanto fue más fuerte.

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