Capítulo 25
Arthur daba vueltas en la cama porque no podía conciliar el sueño. El suave y cómodo colchón se sentía insoportable en ese momento, así que se incorporó. El dolor en el pecho lo asfixiaba al punto de no poder respirar con normalidad.
Estaba demasiado triste y ya no podía disimularlo, de igual manera, el sentimiento de culpabilidad no lo dejaba dormir.
—Fui muy cruel contigo, hermosa. —Se limpió las lágrimas y suspiró.
Después de debatírselo por unos minutos, Arthur terminó por levantarse. Con los dedos entre su cuero cabelludo, él caminaba en círculo con expresión desesperada.
Cansado de hacer lo mismo, se sentó en el borde de la cama, se relamió los labios y miró a la nada. Se sentía tan arrepentido de su arrebato anterior. ¿Por qué tuvo que actuar de esa manera tan tosca con la mujer que amaba?
«¡Soy un estúpido! Debí hablar con ella y aclarar este asunto. ¿Cómo me atreví a llamarla delincuente?», pensó mientras hundía dos de sus dedos en sus sienes.
—Una mujer tan amable y dulce no puede ser una asesina —reflexionó—. Ella es noble y se preocupa por los demás; mi Sam es la ternura e inocencia personificadas. Ella me salvó y acogió por todo un mes, alimentándome con lo poco que tenía. Durmió incómoda en el suelo para cederme su cama y se mantuvo ella misma en esa choza, sabrá Dios por cuanto tiempo… Mi Sam es fuerte y valiente.
Cayó de rodillas al piso y sollozó como un niño.
La amaba y no le importaba su pasado o lo difícil de su situación actual. Estaba dispuesto a enfrentar las consecuencias, ella se merecía eso y más.
—No eres una criminal. Tus ojos me expresaron tu miedo desde que te conocí… Estoy convencido de que huyes de una vida dolorosa, intuyo que ese hombre te dañó, preciosa. Yo… te voy a defender, mi amor.
Se puso de pies en un santiamén, dispuesto a ir por ella y demostrarle lo mucho que la amaba, asimismo, que la protegerá sin importar lo que haya sucedido.
—Debe ser tormentoso sentirte tan sola y abandonada, mi Sam. Soy una bestia por haberte maltratado, mi amor —reflexionó contrariado. Le dolía el recuerdo de su llanto y su súplica, le mortificaba saber que la trató tan mal.
¡Necesitaba verla ya!
Con las manos temblorosas y las ansias de tenerla entre sus brazos y pedirle perdón, Arthur abrió la puerta para ir a la habitación de Sam, pero antes de salir del umbral, descubrió una carta en el piso. Se arrodilló y la tomó desorbitado. Temió. ¿Por qué había una carta con sus letras?
La dejó caer y corrió hacia la habitación de Sam, donde tocó con gritos desesperados, pero no obtuvo una respuesta.
De una patada, Arthur abrió la puerta y buscó con la mirada a la mujer que lo volvía loco. El dulce olor a hierbas inundó sus fosas nasales, entonces supo que esa era la fragancia que quería eternizar en su piel.
La llamó como desquiciado al no encontrarla y revisó cada rincón de la alcoba, para confirmar que no se había marchado. El alivio vino a él en un suspiro cuando vio todas sus pertenencias allí.
«Talvez está afuera observando la noche», pensó.
Era lo que ella solía hacer cuando no se sentía bien. Recordó que muchas noches él se sentó a su lado con una taza de té, y que ambos contemplaban la luna en silencio.
Corrió en dirección al patio sin percatarse que solo llevaba su pantalón puesto, dado que no se puso una camisa.
«Esta vez te tocará a ti darme calor, mi hermosa Sam», pensó ilusionado, puesto que él siempre llevaba una manta para ella cuando esta salía a contemplar las estrellas.
Le encantaba lo mimada que se ponía cuando él la protegía del sereno de la noche, dado que la muy descuidada nunca llevaba una ropa adecuada que la cubriera del frío. Sonrió al saber que pronto estarían abrazados, hablando tonterías o simplemente observando las estrellas.
Después de que la buscó por toda una hora en el patio y la casa, no haberla encontrado estaba acabando con la poca cordura que le quedaba.
Sus gritos desesperados causaron que las sirvientas y los trabajadores salieran al patio a investigar qué sucedía.
Por su parte, Jacqueline corrió en su dirección y le tiró la manta que ella llevaba encima para cubrirlo del frío. Como respuesta a la presencia de su amiga, Arthur se abrazó a su cintura y lloró desconsolado.
Todos se reunieron a su alrededor con semblantes preocupados.
La expresión de asombro de parte de sus empleados también denotaba curiosidad, pero ninguno de ellos se atrevía a preguntarle. No se sabía si era por respeto, miedo o consideración, ya que era la primera vez que veían a su señor actuar de esa manera tan descabellada, asimismo, nunca lo habían visto llorar abiertamente y sin ningún tipo de cohibición delante de ellos.
—¡Debo encontrarla! —exclamó alterado y se incorporó con premura, bajo la desorbitada mirada de Jacqueline—. ¡Necesito que todos busquen a Sam! Ella no debe estar lejos.
Las personas a su alrededor asintieron en acuerdo y se esparcieron para buscarla. De pronto, varios de sus hombres se acercaron a él.
—Señor, la señorita Sam dejó la hacienda hacen dos horas. Ella nos dijo que usted estaba enterado de que atendería a unos pacientes y, aunque le insistimos, no nos permitió que la acompañáramos porque, según ésta, la estaban esperando en la entrada —informó uno de ellos.
Arthur, incrédulo de lo que escuchaba y perdiendo la prudencia, jaló a su empelado por el borde del cuello de la camisa y empezó a sacudirlo con violencia.
—¡Dejaron que se fuera sola en la noche! ¡¿En qué estaban pensando cuando le abrieron las puertas?! ¡Si no protegerán a las mujeres de la hacienda, ¿de qué me sirven entonces?! —estalló exaltado.
El trabajador estaba estupefacto ante la reacción de su jefe, ya que nunca lo había visto tan fuera de sí. Por su parte, Arthur lo removía con ira, pese al gran tamaño que poseía aquel hombre.
—¡Ya basta, Arthur! —Jacqueline lo empujó y le pegó una cachetada. Él la miró como si quisiera asesinarla, mas ella ignoró su expresión sombría y se limitó a sacudir la mano que le dolía, debido al impacto contra el rostro de su amigo—. Perdón… —susurró luego, mordiéndose el labio inferior para no reírse, puesto que el momento no ameritaba tal imprudencia.
—No, está bien. —Arthur se secó las lágrimas y miró a su subordinado con vergüenza—. Perdón, de verdad lo siento mucho. Lo que sucedió con Sam no es su culpa, el único culpable aquí soy yo. Gracias a mi estupidez Sam corre peligro ahora. Por favor, ayúdenme a encontrarla, ella… —Nuevas lágrimas llenaron sus ojos—. Ella es un pedazo de mí; si le llega a pasar algo yo estaré mutilado de por vida.
Sus hombres asintieron comprensivos mientras se dispersaban para iniciar la búsqueda. Arthur, en cambio, corrió en dirección a la casa y, en tiempo récord, terminó de vestirse y se unió a los demás.
***
Arthur buscó a Sam junto a sus hombres toda la noche. Continuó en el día hasta la puesta del sol, entonces sus empleados se tomaron un descanso, pero él continuó su búsqueda; de esa manera, llegó la mañana del día siguiente.
Los trabajadores de la hacienda se pasaron el día en la misma faena, vino la hora del almuerzo y luego la tarde; cuando estuvo a punto de anochecer, ya el semblante de Arthur se mostraba débil y muy pálido.
—Debe regresar, comer y descansar. —Samuel trataba de convencerlo, pero él se negaba.
—Arthur, deja de ser tan exagerado y regresa a la hacienda. Sam sabe cómo cuidarse, además, si sigues en ese plan te vas a enfermar —le reclamó Anabela.
—¿Qué acabas de decir? —Arthur se le acercó amenazante.
—Que dejes de hacerte daño por una mujer que te abandonó. —Ella lo confrontó—. ¿Crees que está bien que te rebajes de esta forma tan patética?
Samuel tuvo que agarrarlo, junto a otro de los trabajadores, para que él no cometiera una locura.
—¡No hables de lo que no sabes, Anabela! —Arthur estalló, rojo de la ira—. ¡Es mi maldita culpa! —Todos agrandaron los ojos al escucharlo, puesto que era muy raro oír una maldición de la boca de su jefe.
De repente, Jacqueline hizo un asentimiento con la cabeza, como resultado, una mujer se le acercó a Arthur con una jeringa sin que él la notara. Fue así como pudieron dormido y llevarlo devuelta al interior de la hacienda.
Después de unas horas, Arthur se despertó con un poco de mareo y dolor de cabeza.
—Bien, es hora de tu baño —le dijo Jacqueline sin más, mostrándole una toalla a un confundido Arthur.
—¿Qué me hicieron? —Trató de incorporarse, pero se sentía muy débil.
—Te pusimos a dormir y hace un momento una enfermera te sedó. Así podré bañarte y darte de comer sin muchos problemas.
—¿Qué? Debo buscar a Sam, estoy perdiendo el tiempo ahora mismo —replicó.
—Si quieres encontrarla deberás cuidarte, recuerda que traerla de vuelta no es el único problema al que tienen que afrontarse.
—No me importa, necesito encontrarla.
—Ella está siendo buscada. En lo que respecta a ti, ahora mismo te vas a bañar y a comer —insistió con firmeza.
Arthur suspiró con resignación; sabía que esa batalla no la ganaría él, así que, mientras más rápido cedía, era menos el tiempo que perdería para buscar a Sam.
Después de bañarse, comer y dormir un poco más, Arthur se unió a sus hombres en la búsqueda.
***
—Me encantas, Ana. —Samuel la besaba con euforia, pero ella se apartó, puesto que era obvio que algo la estaba molestando.
—Yo… no estoy de humor para esto, estoy preocupada por Arthur. Sabes que él es como un hermano para mí, así que no soporto que lo hagan sufrir de esa manera tan cruel.
—No te preocupes por él, encontraremos a Sam. —Samuel le acarició la mejilla.
—Ese es el problema… —Lo miró con preocupación en sus orbes miel—. No creo que él deba encontrarla. Ella lo está consumiendo poco a poco, además, si lo abandonó es porque no lo ama.
—No es así, es más complicado que eso, Anabela. —La miró desconcertado.
—No te entiendo. —Ella hizo un mohín.
—Te voy a contar lo que sucede, pero esta conversación debe quedar en nosotros, ya que es un secreto. Te lo diré porque sé que amas mucho a Arthur y jamás serías capaz de hacerle daño.
***
—Bien, Anabela. —Jacqueline se le colocó al frente con porte amenazante—. Dime la verdad, ¿cuál es la razón para corresponderle a Samuel?
—¿De qué hablas? Samuel y yo nos queremos. Por más que te duela, él solo tiene ojos para mí —respondió con una sonrisa satisfecha.
—Unjú… —Jacqueline se cruzó de brazos—. Ahora dime la verdad, porque hasta donde yo tenía entendido, siempre has estado obsesionada con Arthur. Que él sea un ingenuo y no se percate de tu interés es otra cosa; pero a mí no me engañas con: «lo quiero como a un hermano». ¿Qué es lo que pretendes, Anabela?
—¡Eres una víbora de lo peor! —profirió Anabela con gestos desafiantes—. Claro, como te gusta Samuel, te inventas cualquier tontería para sabotear nuestra relación. La única que estuvo interesada en Arthur fuiste tú, por eso te involucraste en la dichosa alianza y convenciste al señor Connovan para que hiciera ese estúpido compromiso.
»Pero como él te cambió por Sam, de buenas a primeras te interesaste en Samuel, después de que te le ofrecieras como lo zorra que eres. A mí no me engañas con tus palabrerías baratas ni tampoco me vas a confundir con tus manipulaciones.
—Estás enferma. —Jacqueline sacudió la cabeza con movimientos reprobatorios—. Solo espero que Samuel y Arthur abran los ojos a tiempo. No sé qué rayos planeas, pero te estaré vigilando.
Anabela entornó los ojos y se alejó de ella.
Por otro lado, Arthur entró a su habitación y, al cerrar la puerta, recordó algo.
—¡La carta! —Buscó desesperado en toda el lugar, ya que le pareció probable que aquel papel pudiera darle una pista de dónde encontrar a Sam.
Capítulo 26
El hambre le hacía estragos y su cuerpo estaba muy débil ya. Cayó sobre la grama y lloró por la frustración y la impotencia. Ahora entiende que fue impulsiva, que no debió huir de esa manera.
—Arthur… —balbuceó antes de cerrar los ojos y caer en la inconsciencia.
***
—¿Dónde puede estar? —Arthur buscaba la carta desesperado, razón por la que su habitación estaba desordenada y por la que tenía todas las gavetas abiertas.
—¿Qué pasó aquí? —Anabela se espantó al ver el desorden.
—¿Quién entró a mi cuarto? —preguntó con voz temblorosa. No podía creer que la había perdido.
—Nadie entra a tu habitación a menos que sea para hacer la limpieza. —Anabela se le acercó y le rodeó el cuello con sus brazos.
—Tú acabas de entrar y no vas a hacer la limpieza —replicó de mal humor. Arthur, consciente de que la estaba pagando con la chica, suspiró y relajó el semblante.
Por su parte, Anabela buscó la mirada color café que tanto le gustaba y lo contempló con expresión comprensiva.
—Solo vine a ver cómo estás, ya que me tienes muy preocupada. —Ella le acarició la mejilla con el pulgar.
—Estoy buscando algo ahora —musitó a manera de excusa. Arthur recuperó su espacio personal y le evadió la mirada, incómodo de la manera en que ella lo estaba abordando.
Anabela y él siempre habían sido cercanos, pero ya no le gustaba sus muestras de cariño.
—¿Sabes…? —Se puso el dedo sobre los labios con gesto pensativo—. Jacqueline es la única que ha estado entrando a tu habitación.
—Sí, le preguntaré a ella.
—¿Qué estás buscando? —indagó intrigada.
—Algo que no debí perder. —Salió a buscar a su amiga.
Con pasos apresurados y las ansias carcomiéndole el pecho, Arthur entró al estudio, donde estaba seguro que encontraría a la rubia.
—Jac, ¿por casualidad guardaste una carta que estaba en mi habitación? —inquirió con tono desesperado.
—No… ¿Por qué?
—¡Soy un idiota! La noche en que Sam se marchó encontré una carta en el suelo, al percatarme que tenía las letras de ella temí que me hubiera dejado. Mi sospecha fue cierta, pero estaba tan preocupado por encontrarla que me olvidé de la carta y ahora no la encuentro. Me siento fatal, si ella la escribió fue por algo; además, puede que allí esté la respuesta que necesito para encontrarla.
—Ummm… —Jacqueline se puso el dedo sobre los labios—. Tal vez solo confesó las razones de del porqué no te dijo que estaba casada, supongo.
—Quiero encontrarla, ya que necesito cualquier cosa que me haga sentir cerca de ella. —Sus ojos se cristalizaron—. Si pudiera devolver el tiempo, yo la hubiera escuchado y mi Sam no estaría en peligro ahora. ¿Qué voy a hacer sin mi hermosa novia?
Jacqueline lo abrazó.
—La encontraremos, ya verás
***
—Eres tan linda… —Samuel acarició el largo cabello de Anabela y se acercó para besarla, pero ella volteó el rostro para evitar el contacto—. ¿Todo bien? —inquirió él con tristeza en los ojos.
Ellos solo llevaban algunas semanas de relación, pero ella se mostraba distante y frívola. Entendía lo de su trauma; sin embargo, una sensación amarga, parecida a un doloroso presentimiento, no lo dejaba en paz.
—Sí, es que todo este asunto es difícil para mí. Yo… —Lo abrazó cuando vio que Jacqueline venía en su dirección—. Sabes que temo, todavía se me hace difícil el contacto con los hombres.
—Entiendo… —balbuceó no muy convencido—. Disculpa por presionarte.
—Perdón por la interrupción, pero necesito que hablemos, Samuel —intervino Jacqueline.
—Pues, habla. —Anabela la confrontó desafiante.
—Dije Samuel no Anabela —Jacqueline sonrió maliciosa.
—¿Qué tienes que hablar tú con mi novio?
—Cosas de adultos —respondió con ganas de provocarla.
—No te atrevas a irte con esta zorra —le advirtió a él, lo que provocó que Samuel se rascara la cabeza con diversión.
—¿Estás celosa? —preguntó con una sonrisa airosa.
Jacqueline entornó los ojos porque le pareció patético que él se alegrara de esa estupidez.
—Samuel, estamos perdiendo el tiempo. —La rubia insistió con tono impaciente.
—Preciosa, nos vemos luego —se dirigió a Anabela, cuyas mejillas besó con ternura, mas Anabela le devolvió el gesto en los labios y con mucha pasión.
***
—¿Qué has investigado? —inquirió Jacqueline con mirada de gata rabiosa.
—No, mucho. La búsqueda de Sam no me ha permitido hacerlo. Es complicado buscar a alguien en secreto, en especial si tenemos a los enemigos del jefe atentos a nosotros. Esos maleantes no se pueden enterar de esto, mucho menos el tal Daniel White. Por cierto, lo he visto por los alrededores, en estos días, como si buscara algo.
Jacqueline se quedó pensativa.
—Creo que él sospecha que Sam está relacionada con Arthur de alguna manera. Según lo que él me contó, es probable que ese hombre la haya reconocido en la fiesta.
—Si Sam fue su esposa, hay una gran probabilidad de que la haya reconocido. Por cierto, él siempre está acompañado por una mujer pelirroja cuando sale, a excepción de aquella fiesta. Según escuché, ellos tienen varios meses que se instalaron aquí, pero se mantuvieron al margen de todo; creo que es porque estaban planeando sus negocios turbios en secreto y aprovecharon la fiesta para darse a conocer.
—¿Y sabes quién es esa mujer?
—Él no la había mencionado hasta después de la fiesta. Creo que es la prima de Sam, la misma a quien Daniel presentaba como amante en las regiones lejanas. Aquí la presenta como a un familiar.
—Ummm… —Jacqueline se quedó pensativa.
—Cambiando de tema, deja de acosar a Anabela, por favor; ella me contó que la insultaste. No te lo permitiré, Jacqueline.
—No voy a perder mi tiempo con explicaciones, puesto que estás tan embobado con tu damisela que nada de lo que yo diga te parecerá justo. Le darás la razón a ella, aunque no la tenga. —Se acercó y le acarició el pecho musculoso—. Por cierto, me da la impresión de que estás necesitado de cariño… —Sonrió maliciosa y se marchó.
Por su parte, Samuel se quedó observando cómo la rubia desaparecía de su campo de visión con una melancolía que no lograba descifrar.
***
Sam abrió los ojos y se levantó del suelo espantada. ¡Se había desmayado del hambre!
Buscó con la mirada algún árbol frutal en aquel lugar remoto y la alegría le llenó el pecho cuando se percató que había una mata de bananas allí.
Ella corrió con desesperación y ansias en dirección al banano, luego empezó a despegar los frutos. La dulce textura le trajo goce al paladar; sin embargo, tuvo que ponerse la mano sobre el abdomen al sentir el punzón de dolor, gracias a la sensibilidad que el comer tan rápido le produjo en el estómago.
De repente, los pasos de algunas personas la espantaron, razón por la que se escondió de nuevo. En esos días, había visto a los hombres de Arthur buscarla con sigilo, pero ella supo escabullirse entre los árboles y matorrales, pues ya estaba acostumbrada a vivir a escondidas.
Escuchó conversaciones y se escondió detrás de unos arbustos y malezas. Su corazón palpitó al reconocer aquella voz. «Daniel», pensó aterrorizada.
Reconoció al otro señor que hablaba con él y con un grupo de hombres. Era el tal Delton que acompañaba a Daniel en la fiesta a la que Arthur la había llevado.
«¿En dónde rayos me he metido? ¿Acaso estoy en los terrenos de los Delton?», pensó más asustada aún.
Pasos se percibían más cercanos, por lo que ella se cubrió la boca. Un crujido se escuchó en el lugar y Daniel volteó en dirección a su escondite.
Sus manos se tornaron temblorosas, el sudor frío recorría su piel y un grito se ahogó en las palmas que cubrieron la boca.
Capítulo 27
Arthur miró los alambres de púas que marcaban el límite que no debía pasar. Sus hombres lo examinaban expectantes y asustados, confiando en su sano juicio y prudencia; sin embargo, Arthur se abrió paso y entró a los terrenos de sus enemigos.
—Señor, salga de allí, es peligroso —musitó uno de ellos mientras miraba por todos lados, como si se asegurara de que solo su jefe lo había escuchado.
—Debo buscarla, es muy probable que se encuentre en este lugar —refutó, al tiempo en que observaba el arete que había tomado desde el otro lado de la división y que sabía que pertenecía a ella, pues él se lo había comprado en una de sus salidas.
—Es muy peligroso. ¿Sabe que ellos pueden matarlo alegando que usted los atacó o quiso robarles? Está irrumpiendo en sus terrenos, si lo descubren, no dudarán en aprovechar esta oportunidad de deshacerse de usted. —Otro de ellos le advirtió.
—¡No la voy a abandonar! Si ella está en este lugar, corre peligro. Si no es que ya está en manos de esos desgraciados, si ese fuese el caso, no me importa luchar con ellos. ¿No lo entienden? La necesito sana y salva, ella es mi otra mitad.
El ardor en sus ojos anunciaba nuevas lágrimas.
Ellos se miraron con preocupación.
»Regresen a la hacienda y avisen a los demás donde me encuentro —ordenó.
—No lo dejaremos solo en la boca del lobo. —Uno de ellos replicó.
—Así es, señor. Si usted arriesga su vida, lo haremos también y moriremos con usted. —Otro señaló.
—No, ya les he dado una orden. De todas formas, es peligroso hasta para mí que vengan. Una persona puede escurrirse mejor que un grupo; por favor regresen y den aviso de dónde estoy. Créanme, eso me será de más utilidad.
Hubo un momento de silencio y sus hombres se miraban unos a otros para nada convencidos.
—Solo dos de nosotros regresarán —negoció el más viejo de sus hombres—. Nosotros nos quedaremos a vigilar. Tiene razón, si vamos con usted seremos de estorbo, pero tampoco lo dejaremos a su suerte. Solo dos regresan y avisan, pero también vuelven con refuerzos.
Arthur suspiró resignado, ya que no había forma de hacerlos regresar, por lo que aceptó sus condiciones.
***
Ella cerró la habitación y abrió una gaveta. Sacó la carta y arrugó el rostro con desagrado.
—Estúpida. ¿Crees que haciéndote la víctima te quedarás con mi Arthur? Solo eres una intrusa, así que no permitiré que tú también me alejes de él. ¿Cuántas mujeres no han sido golpeadas por sus maridos? Deberías regresar con él de una buena vez.
Buscó un encendedor y pasó el fuego sobre la carta. Una sonrisa se le dibujó en los labios al ver cómo el papel ardía.
***
—¿Has visto al jefe? —Samuel entró al estudio, donde Jacqueline examinaba unos documentos, y cerró la puerta tras sí.
—No. Salió temprano con algunos de sus hombres para continuar con la búsqueda. —Ella se puso sobre sus pies y se acercó a Samuel, quien la observaba con nerviosismo.
—Estoy asustada, Samuel. Han pasado tres días y no hay rastro de Sam; temo lo peor. —Sus ojos se cristalizaron.
—La encontraremos, no te preocupes. —Él la abrazó y le acarició el corto cabello.
—Si pudiéramos buscarla abiertamente e informar a las autoridades, todo sería más fácil y efectivo. —Ella se lamentó.
—No en este caso. —Samuel tomó distancia, luego le limpió las lágrimas que se le habían escapado y que le mojaron la camisa—. Sabes que el tal Daniel está merodeando, además de los antecedentes que tiene Sam…
—Sí, esto es una pesadilla. —Suspiró y lo miró a los ojos.
Por un momento, Jacqueline se perdió en esa mirada que tanto le gustaba. Al principio, ella no se fijaba en sus orbes amarillentos, más bien, notaba lo fornido y salvaje que se veía su cuerpo musculoso y no reparaba en lo tierno que ese hombre tan grande era. Estaba arrepentida de no haber visto más allá de su apariencia, ya que, si no hubiera sido tan promiscua, tal vez él la hubiese mirado con otros ojos.
—Bien, yo me retiro… —Él no terminó de hablar porque sus labios fueron invadidos por una rubia que, a pesar de ser alta, tenía que levantar los pies para poder alcanzarle la boca.
Él, en cambio, se quedó inmóvil por unos segundos, puesto que no entendía la razón de disfrutar aquello, si se suponía que sus labios le pertenecían a una sola mujer. No lo entendía…
¿Por qué sentía que extrañaba ese roce?
Jacqueline dejó salir más lágrimas cuando él la levantó por la cintura para tener más acceso a su boca. Su beso desesperado le hizo entender que ella no era la única que lo extrañaba y necesitaba.
La rubia le acarició la espalda con desesperación, con un hambre que requería más de él; no obstante, Samuel se separó de golpe, como si hubiera cometido el peor error de su vida, reacción que a ella le dolió bastante.
—Esto… —balbuceó con dificultad—. Esto no debió suceder porque yo tengo novia. Dijiste que no estarías con un hombre que tuviera una relación… ¡Tú estás más loca que una cabra!, dices una cosa, pero luego haces otra.
—Y tú eres un imbécil. No estoy yéndome en contra de mis palabras, puesto que no tienes ninguna relación de verdad. Esa mujer no te quiere y solo te utiliza.
—Ella me quiere —replicó, aunque su voz resaltaba su duda.
—¡Sí, claro! En el fondo sabes que no es así, pero te empeñas en mantener una mentira porque prefieres engañarte a ti mismo con esa falacia de que ustedes están bien, para no encarar tus sentimientos por mí. Me temes, ¿cierto? Crees que no tendrás el control si nos ponemos serios y que perderás tu hombría conmigo. ¡Estúpido, machista cobarde! ¡Tú te lo pierdes, idiota!
Jacqueline se giró para darle la espalda, mas él se le acercó por detrás.
Todo su cuerpo se estremeció cuando ella sintió su aliento sobre su cuello. Él le rodeó la cintura y se pegó a su cuerpo tembloroso, entonces Jacqueline sintió varios escalofríos recorrerla cuando la excitación de él se frotó contra su espalda.
Ella se volteó para encararlo, mientras que él se perdía en sus ojos azules. Jacqueline, en cambio, enfocó su atención en los labios gruesos de él. Le gustaba ese hombre y era difícil tenerlo cerca y no lanzársele encima.
—Entonces te temo… —dijo con sorna, y su voz temblorosa evidenciaba la agitación en su pecho.
—Sí. Soy una mujer independiente y segura de mí misma. No me gusta el drama ni los rodeos. Soy clara en lo que deseo y no le debo explicaciones a nadie, como también me gusta disfrutar las cosas buenas de la vida sin reparos. Por eso te hice vibrar en mis brazos, Samuelito. No soy una chiquilla pasiva que espera a que le resuelvas todos sus orgasmos; yo voy por lo que quiero sin avergonzarme por ello, debido a que entiendo que, el hecho de que yo sea una mujer, no significa que no pueda pedir lo que deseo ni que deba inhibirme en el acto sexual.
—Pero eres muy lengua suelta y no tienes principios de una hembra decente. Como tampoco crees en el amor ni en las relaciones serias, así que no tienes ni una pizca de compromiso ni de entrega. Por esas razones tú y yo no somos compatibles, dado que, según mi manera de ver las relaciones, una pareja no solo se debe entregar en el sexo.
Su mirada profunda y acusatoria la confrontó.
¡Era cierto! Ella huía de las relaciones serias que implicara enamorarse.
Temía hacerlo porque fue testigo de muchos casos donde la mujer se enamoraba, a tal punto, que dejaba a un lado a quien era para entregarlo todo a un hombre que no era recíproco. Ella no soportaba la idea de perder su esencia y sufrir por amor; sin embargo, ya estaba sufriendo por aquel hombre que se había robado su corazón y su sano juicio.
***
Sam temblaba, atrapada en los fuertes brazos de aquel hombre. Por supuesto, ella no le temía porque el delicioso olor que emanaba de su cuerpo viril lo delató, por lo tanto, ella se quedó quieta al escuchar el siseo por parte de él.
Daniel, en cambio, buscaba junto a los demás aquel sonido que llamó su atención, pero en ese instante salió un gato que estaba en medio de unos arbustos y ellos se rieron debido a la paranoia del momento.
Dos largas horas transcurrieron estando ellos en la misma posición, por lo que sus cuerpos ya encontraban entumecidos; sin embargo, ellos no se quejaban porque el calor del otro les era refugio y medicina. Aun así, el temor de ser descubiertos en esos terrenos era tortuoso, además, Arthur temía que sus hombres fueran por él y todo el tiempo que estuvieron ocultos se fuera a la borda.
Por fin el grupo de mafiosos se perdió entre los árboles, entonces Arthur quitó la mano de la boca de Sam y fue en ese momento que se percató de que aún la tenía allí.
Él se incorporó junto a ella, acto seguido, buscó su mirada avellana para contemplarla por unos segundos. Él la abrazó con fuerza y le dijo palabras de arrepentimiento mientras la aferraba a su cuerpo, temeroso de volver a perderla.
Después de un efusivo reencuentro, Arthur y Sam se dirigieron hacia la salida, donde él encontró a sus hombres irrumpiendo en el lugar. Ellos recuperaron el aliento al verlo entero y junto a Sam. Se apresuraron a ayudarlos a salir, pero justo cuando terminaron de sacarlos, fueron sorprendidos por un grupo de hombres que les apuntaron de repente.
—¿Que hacen aquí? —cuestionó uno de los matones de los Delton sin dejar de apuntarle a Arthur.
—No estamos en sus terrenos. Solo buscábamos una mula que se nos perdió, pero la condenada nada de aparecer. —El más viejo de los hombres de Arthur mintió con naturalidad.
—No se preocupen, ya nos retiramos —aseguró Arthur, pero ellos se rieron de él.
—¿Creen que los dejaremos ir así no más? Al jefe le interesará saber que ustedes estaban merodeando por aquí; además, esa cosa con trapos de seguro esconde un lindo cuerpecito, tal vez sea divertido jugar un poco con ella —respondió el sujeto con sorna, y a continuación, sus compañeros se unieron a las carcajadas maliciosas.
Entretanto, Arthur se colocó delante de Sam de forma protectora, mientras que sus hombres pusieron las manos sobre sus armas a la expectativa.
—No les conviene ponerse en ese plan, somos más. —Uno de los hombres de Arthur advirtió.
—Pero estamos cerca de nuestro territorio, por lo tanto, solo basta un silbido de nuestra parte para que nuestros hombres corran hacia acá. —El tipo sonrió triunfante.
—No le busque problemas a su jefe y déjenos ir en paz. Que estén cerca de sus territorios no les da el derecho de cometer crímenes —le advirtió Arthur.
—No se preocupe por nosotros, señor Connovan, ya que le explicaremos cómo ustedes invadieron nuestros terrenos y tuvimos que matarlos porque nos atacaron. Están armados, solo debemos saber repartir los cuerpos y disparar sus armas, mientras que a ella nos las cogeremos todos y la dejaremos viva para que sea nuestra ramera.
Sam se abrazó a Arthur temerosa de aquellas palabras.
De repente, el matón hizo un silbido, pero uno de los hombres de Arthur le disparó, entonces la balacera se armó.
Dado que los hombres de él eran más y mejor adiestrados, fue fácil deshacerse de aquellos maleantes; sin embargo, un gran número de matones corrieron hacia ellos, disparando a diestra y siniestra.
—¡Corran! —gritó Arthur, y todos se dieron a la huida.
Él sostuvo a Sam de la mano porque ella estaba débil, pero al no poder avanzar mucho él decidió cargarla para agilizar. Cuando se detuvo para sostenerla, un disparo la impactó y ella cayó inconsciente sobre la grama.
—¡Nooo! —Arthur dejó salir un grito aterrador, que heló los huesos de los demás.
