Ella
Los rayos del sol le molestaban los ojos, los cuales ardían con intensidad. Su cuerpo estaba débil y, por más que durmiera, no recuperaba fuerzas ni se sentía descansada. Tenía náuseas y un leve mareo; casi no comía, pues, por más que lo intentara, su estómago le provocaba estragos y nunca tenía apetito. No hacía otra cosa que no fuera llorar, dormir y recordar el pasado.
Su celular seguía apagado y no había salido de su habitación desde el día que regresó. ¡Dos semanas! Entonces, pensó que era momento de levantarse y seguir adelante. Claro, tendría que buscarse un empleo y mudarse sola. No soportaba estar allí. Todos la miraban de reojo, y nunca faltaban los insultos, las críticas y las burlas de Claudia. Se dio un baño, se puso ropa formal y salió a varias entrevistas de trabajo.
Él
Dos semanas habían transcurrido desde su regreso. Nunca había tomado unas vacaciones tan largas y, claro, nunca había sufrido por amor. El vacío y la ansiedad lo tenían de mal humor, y la falta de apetito y el insomnio empezaban a preocupar a su padre. Por lo menos, había estado ocupado desde que llegó, y eso lo había mantenido distraído.
Johanny, una vieja amiga, llegó de París junto a su madre, y ambas lo tenían acorralado con actividades. Por su parte, Johanny lo tenía de aquí para allá con la preparación de la exhibición, en la cual él presentaría a nuevos artistas visuales y también tendría sus propias obras en exposición. Por otro lado, estaba su madre, quien lo tenía hastiado con tantas reuniones y encuentros sociales.
—¿Primo, tú y Johanny qué? —Pablo entró en su taller mientras él apartaba algunos cuadros que serían transportados a la galería esa misma tarde. Kevin se sentó y lo miró a los ojos.
—¿A qué te refieres? —preguntó, serio, imaginándose lo que quería decir—. Ella es mi mano derecha, siempre lo ha sido. Ella trabaja para mí desde que vivía en París.
—Sabes que no me refiero a su relación de trabajo, ¿no? —dijo con picardía. Kevin bufó.
—Deja de imaginarte cosas —advirtió—. No estoy de humor para tus juegos… Conozco a Johanny desde la universidad, hemos sido buenos amigos desde entonces, no inventes.
—Ummm… —Pablo se quedó pensativo—. Al parecer ella no te ve solo como un amigo, es obvio que le gustas.
—Ella nunca me ha hecho saber algo así… De todas formas, yo solo puedo verla como amiga. Ella no es mi tipo —manifestó sin mostrar interés.
—¿No es tu tipo? ¿O… no es Laura? —Kevin se estremeció al escuchar ese nombre.
—No la menciones, por favor —dijo, molesto.
—No entiendo qué sucedió entre ustedes, pero es ridículo que estén sufriendo por algo que se puede solucionar con una simple reconciliación.
—Dile eso a ella. —Respiró profundo—. Ella quiso cortar sin darme una razón. —La tristeza emanaba de sus ojos.
—¿Entonces, terminaron? ¿Es definitivo?
—Bueno, eso es lo que parece. Laura nunca me dio una explicación de por qué quería alejarse de mí… No sé qué fue lo que le dijo su tía para que reaccionara de esa manera… Yo no sé qué hacer… —Dos lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Pablo le dio unas palmadas en los hombros—. Parezco una niña —dijo, secándose las lágrimas—. Nunca antes había pasado por esto…
***
Transcurrieron varios días y Laura aún no había sido llamada de ninguno de los lugares donde solicitó trabajo. Se imaginaba que tendría que ser por su falta de experiencia en el área de contabilidad. De todas formas, no se sentía muy satisfecha realizando ese tipo de trabajo, cuando todo lo que deseaba era fotografiar. Trataba de no pasar mucho tiempo en su casa, y se la pasaba visitando lugares, acudiendo a entrevistas y fotografiando.
Había aprendido mucho con Kevin, pero quería aprender más, así que tomó varios cursos en línea y uno presencial. Era la primera vez que hacía algo por su cuenta y empezaba a hacer amigos. Ya llevaba dos meses en el curso y había conocido a una joven muy divertida que se le pegó como garrapata desde el primer día. Hablaban de muchas cosas y se sentía bien por poder compartir sus sentimientos con alguien. Le contó su aventura del verano y lo difícil que le era lidiar con el dolor de aquella ruptura.
—Laura. —La chica la miró con dulzura—. No es justo que desistas de un amor tan bonito por asuntos del pasado que tú ni siquiera sabías. No fuiste tú la que traicionó. Debes perdonar a tu madre y seguir adelante con tu vida. El caso de ellos es muy diferente al tuyo; si lo comparamos, aquí la víctima eres tú; tu tía y tu prima son las que se están interponiendo entre ustedes.
—Eso lo tengo claro, Lía. —Suspiró—. Pero… no sé cómo resolver lo de Kevin. Ha pasado mucho tiempo ya… Él… seguramente me ha olvidado —dijo con tristeza.
—Eso es algo que no sabes —refutó—. Debes tratar de arreglar las cosas con él, sería una lástima que lo dejases ir.
—Es lo que más deseo. —Bajó la mirada—. Pero… no te imaginas cómo lo traté. Después de todo lo que hizo por mí… Yo lo traté muy mal y me alejé sin darle ninguna explicación… Yo lo herí… —Lágrimas brotaron de su rostro—. No creo que él me acepte; tal vez ya hay alguien en su vida. —Se lamentó. Su amiga suspiró.
—Bueno… espero que no te arrepientas luego.
Laura entró a su casa tratando de no ser advertida. Cada vez que se topaba con alguno de ellos —a excepción de Jimena, quien simplemente dejó de molestarla— tenía enfrentamientos, discusiones y recriminaciones. Por suerte, no había nadie. Subió corriendo a su habitación y se encerró allí. Empezó a ver todas las fotografías que había tomado y una sensación de satisfacción la invadió. Había aprendido mucho y ahora sus fotografías lucían mucho más profesionales. Las puso en una carpeta que siempre llevaba con ella.
Escuchó toques en la puerta y su tranquilidad se disipó. No estaba de humor para escuchar las reprimendas de su tía. Desde que decidió vivir a su manera, había tenido problemas con sus tíos, ya que ellos insistían en que se comprometiera con Frank y trabajase en la empresa de él; cosa que, nada más de imaginarlo, le provocaba náuseas. Abrió la puerta dudosa, pero para su sorpresa, no era su tía.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con frialdad.
—¿Es esa la manera de tratar a tu novio? —dijo con picardía.
—Ni en tus sueños sería tu novia, Frank —expresó con hastío—. Y, por favor, muévete, no está bien que irrumpas en mi habitación. —Trató de que sacara la pierna que bloqueaba la puerta.
Él la empujó con fuerza y entró al dormitorio.
—¡Sal de aquí, Frank! —gritó asustada.
—Vas a casarte conmigo, cariño —dijo acercándose mientras Laura retrocedía—. Te voy a hacer mía y no tendrás otra opción que aceptar mi propuesta.
—Deja de bromear y sal de mi habitación, por favor —ordenó nerviosa, reculando hasta quedar atrapada entre él y la pared. Intentó escapar, pero él la tiró a la cama, posándose sobre ella. Laura trató de luchar, pero él era más fuerte.
—Frank, sabes que esto es un delito —soltó entre sollozos—. Podrías ir a la cárcel; ¡por favor, suéltame! —rogó.
Él, en vez de reflexionar, rompió su blusa y la manoseaba con malicia. Ella lo cacheteó y arañó al sentir su lengua lamerla con maldad. No soportaba el asco y la rabia que esto le provocaba.
—¡Ayúdenme! ¡Tía! ¡Tío! ¡Jimena! ¡Por favor! —Lloraba de impotencia.
—¡Quédate quieta! —La abofeteó al no poder deshacerse de su pantalón, pues ella oponía resistencia.
—¡¿Qué sucede aquí?! —gritó Clara, espantada. El alivio volvió a Laura y Frank se levantó molesto.
—Solo tomo lo que me pertenece —dijo con descaro y sin un atisbo de arrepentimiento.
—Pero esa no es la forma, Frank —le contestó Clara angustiada—. ¿Cómo te atreves a ofender a nuestra casa y familia de esta manera? —Las lágrimas se deslizaban por su rostro—. ¡Sal de aquí! —ordenó—. Y agradece que no llame a la policía.
Frank salió perturbado. Laura estaba conmovida por su salvadora. Saltó de la cama y se puso de rodillas frente a ella.
—Gracias, tía —agradeció, con lágrimas en los ojos y temblorosa. De repente, sintió un ardor en los cachetes. ¡Su tía le había pegado!
—La próxima vez que vea un espectáculo como este, te echo de aquí. No voy a permitir este tipo de sinvergüenzadas en mi casa. Si quieres seguir los pasos de tu madre, vete a un burdel y respeta mi casa —dijo con frialdad y se marchó.
Laura se quedó sin palabras. ¿La estaba culpando de lo que sucedió? El pecho le dolía tanto que sintió que se quedaría sin aire. ¡No podía seguir en ese lugar! Recogió sus cosas y llamó un taxi, no sabía adónde ir, pero no se quedaría allí ni un minuto más.
***
Laura, agotada y con el corazón lleno de angustia, buscaba en su mente una dirección de hotel para darle al taxista, pero no estaba segura de ello, pues su estado caótico le pedía un refugio que le brindara consuelo y protección. Entonces recordó a Lía, la única persona en quien podía confiar en ese momento. Sin pensarlo dos veces, le dio la dirección al taxista.
Una vez frente al apartamento de Lía, exhaló un largo suspiro, luego levantó la mano y tocó con rapidez, temiendo que, si se detenía, la desesperación la alcanzaría. Estaba sola, sin un lugar adónde ir, pero con una necesidad urgente de encontrar consuelo.
—Laura, ¿qué te pasó? —Lía se preocupó al ver su estado—. Entra, por favor.
Laura se abrazó a ella y rompió en llanto. Lía la acogió y, cuando Laura estuvo lista para hablar, le contó todo lo sucedido.
—¡Desgraciado! —profirió con coraje—. Debes denunciarlo, es un criminal y debería estar entre rejas.
—Ahora mismo no sé qué hacer. No tengo el poder de irme en contra de los Castillos. Sería mi palabra contra la de ellos. Por suerte, no logró su cometido.
—Pero Laura, él debe pagar por lo que te hizo. Y tu tía es una malvada; ella debería denunciarlo en vez de culparte.
—Por lo menos no dejó que me dañara, eso se lo agradezco. Pero… No tengo adónde ir… Mis ahorros se están acabando y aún no me llaman de ningún trabajo. No sé qué hacer —se lamentó.
—¿Cómo que no tienes adónde ir? —preguntó ofendida—. Te quedarás conmigo, Laura.
—Pero… —dijo dudosa—. No quiero incomodarte…
—No digas tonterías —respondió con firmeza—. Puedes quedarte el tiempo que sea necesario. Vivo sola con mi primo. Puedes dormir en mi habitación conmigo. ¡Será tan emocionante! Podemos hacer pijamadas, ver películas, arreglarnos el pelo… Será tan divertido tenerte aquí… —manifestó emocionada—. Es tan aburrido y fastidioso estar aquí sola con el desordenado de mi primo.
—Pero… ¿Crees que él estará de acuerdo? —dijo apenada.
—¡Mi primo! ¡Ja! No te preocupes por él, creo que estará encantado. Tú eres muy bonita y él es un mujeriego de pacotilla, así que debes mantenerte lejos de él, no sea que caigas en sus redes. ¡Pobre de ti si eso pasa! Ese no se toma a nadie en serio.
Laura rio entretenida.
Ya era de noche. No pudo creer que había dormido tanto. Sintió cómo su estómago le reclamaba comida, pues no había ingerido nada desde la mañana. Se dirigió a la cocina sin encender la luz y abrió el refrigerador.
—¿Quién está ahí? —Escuchó una voz masculina. La luz se encendió y ella tapó su cara por el impacto.
—Tú debes ser Laura —dijo aquel chico de estatura media y delgado, con cabello rubio al igual que Lía, ojos azules y mirada encantadora—. ¡Vaya! Eres más hermosa de lo que imaginé —expresó, acercándose, y le extendió la mano con una mirada coqueta. Ella la estrechó y él dejó un beso sobre su mano. Laura se soltó al instante. Él sonrió.
A la mañana siguiente…
Después de ducharse y vestirse, Laura tomó su cámara y su carpeta, y las colocó en un bolso que le colgaba del cuello a la cintura. Salió de la habitación después de organizarla. Aquel departamento no era tan grande ni lujoso como su antigua casa, pero era bonito y acogedor. Saludó a Lía y su primo, que desayunaban en la pequeña cocina.
—Siéntate junto a mí, preciosa. —El joven señaló la silla que le quedaba al lado con una sonrisa pícara.
—Jael, ni se te ocurra coquetearle a mi amiga —Lía le advirtió—. Laura no es como las chicas con las que sales.
Él sonrió.
—De eso estamos de acuerdo —dijo, recorriéndola con la mirada—. Ella es muy diferente. —Sonrió.
—Gracias, chicos, pero no tengo hambre —indicó con una sonrisa—. Además, llevo prisa.
Otra entrevista fallida y la preocupación la embargó. Ya no contaba con el apoyo económico de su familia y le quedaba muy poco dinero de los ahorros que tenía. Caminaba por las calles sin rumbo y sin percatarse del camino. No había tenido apetito en todo el día, así que se sentía mareada por la falta de alimentos.
Lía y su primo fueron amables al acogerla, pero no debía abusar de su amabilidad; tenía que encontrar algo pronto. Cruzó la calle y cayó al suelo al chocar con un hombre. Su bolso rodó y su carpeta se abrió al salirse de este.
«¡Mi suerte no podía empeorar!», pensó.
—¡Mis fotos! —gritó al ver que algunas se desperdigaron por el suelo. El hombre con el que chocó las recogió y se quedó observándolas maravillado.
—Discúlpeme, señorita —dijo, y la ayudó a ponerse de pie—. ¿Está bien?
—Sí, no se preocupe —manifestó mientras sacudía su ropa. Él le pasó la carpeta, pero se quedó con algunas fotos.
—¿Usted las tomó? —Ella asintió—. ¡Vaya! No solo eres hermosa, también eres talentosa. Muy buenas fotografías —elogió.
—Gracias.
—¿Para quién trabajas? —preguntó con interés.
—Para nadie —contestó.
—Entonces… ¿Trabajas por tu cuenta?
—No. Aún estoy aprendiendo.
—¿En serio? —Esbozó una sonrisa—. Yo creo que deberías empezar a trabajar para que tuvieses algo de práctica. Si quieres, podemos colaborar juntos; empezarías como aprendiz, claro, se te va a pagar como tal y, cuando te hagas una experta, entonces cobrarías más y te reconoceré como una de mis fotógrafas. ¿Qué dices? No todos tienen ese privilegio, soy famoso en el área —dijo con orgullo—. Si te hago esta propuesta es porque sé que eres muy buena y te puedo convertir en la mejor.
—¿Está seguro? —preguntó incrédula—. Ni siquiera me conoce.
—No. Pero acabo de ver tu trabajo y eso, preciosa, es más que suficiente.
—Bueno, ¿qué tengo que hacer?
—Este… —Rascó su cabeza—. Hoy no puedo atenderte, pues estoy preparando los detalles de una exhibición de arte… ¡Ya sé! ¿Por qué no vienes a la exposición mañana? Así te pongo a practicar en el campo de batalla. Toma, esta es mi tarjeta y aquí… —Sacó un lapicero de su bolsillo y escribió algo sobre el cartón—. En la tarjeta escribí la dirección de la galería. Cuando llegues, pregunta por Julián Benhur —dijo mientras se marchaba a toda prisa.
Laura aún no se creía lo que acababa de suceder. ¿Debía confiar en aquel desconocido?
