17. Desconcierto – ¡Me ecantas!

This entry is parte 18 de 28 in the series ¡Me encantas!

Laura despertó con los ojos hinchados y un dolor de cabeza punzante que parecía imposible de ignorar. La amargura la invadió al recordar el episodio de la noche anterior. ¡Qué vergüenza! No podía dejar de pensar en lo que había sucedido, y la idea de tener que enfrentarse a todos después de semejante bochorno la paralizaba. Se levantó con lentitud y se metió en la ducha, esperando que el agua caliente le ayudara a despejar su mente. Se quedó bajo el chorro durante un buen rato, con la esperanza de que las gotas que recorrían su cuerpo pudieran calmar un poco la tormenta interna que sentía.

Tras ducharse, la necesidad de distraerse la llevó a curiosear un poco. Kevin no era el típico chico desordenado, pero tampoco el más organizado. En su habitación, entre papeles dispersos, encontró varios bocetos. Lo que más le llamó la atención fueron los dibujos en los que ella misma era la protagonista. Sus mejillas se tiñeron de rojo al darse cuenta de lo que eso significaba. ¿Kevin realmente pensaba en ella tanto como para dibujarla? Era algo que no se esperaba, y una cálida sensación comenzó a llenar su pecho. En medio de todo el caos de emociones que estaba viviendo, él era su pequeño refugio, su consuelo.

Salió de la habitación con un nudo en el estómago, nerviosa por lo que el día le depararía. No sabía cómo enfrentarse a la situación, pero cuando cruzó el pasillo, se encontró con Kevin. Sus corazones latieron al unísono, y aunque ambos sabían que la tensión estaba en el aire, había algo en sus miradas que los conectaba de una manera más profunda que antes.

—Hola, chica ojeras —se burló, acariciando su mejilla—. ¿No dormiste bien? —Hizo un puchero.

—Sí, dormí bien —contestó—. Las ojeras son de lo mucho que lloré anoche. —Él la abrazó.

—Sé que todo esto es muy difícil para ti. —Respiró—. Créeme que pasará y te prometo que te voy a dar muchas razones para sonreír, Ojos melosos. —Besó sus labios con ternura.

—¿Aquí sí podemos? —bromeó con picardía

—Olvida eso, ¿sí? —dijo, apenado—. Anoche… estaba sensible.

—¿Por sensible te refieres a cachondo? —soltó con malicia.

—¿Podrías dejar de hablar de eso, por favor? —Arqueó una ceja.

—De alguna forma tengo que vengarme. —Cruzó los brazos—. Tú siempre me molestas. —Él rodeó su cintura.

—Y lo seguiré haciendo, Ojos melosos. —Besó sus labios.

—¡Ah! Tanta cursilería me da ganas de vomitar. —Pablo salió de su habitación.

—Buenos días, Pablo. —Kevin lo saludó con sarcasmo.

—¡Veo que para ti son buenísimos!

Laura y Kevin fueron a buscar las cosas de ella para llevarlas a la habitación de él. Cuando Laura abrió la puerta, Clara se les acercó con rostro lloroso y preocupado.

—Laura, debemos hablar —su pedido sonó a demanda.

—Señora, ¿no está satisfecha aún? Deje a Laura en paz —intervino Kevin.

— Kevincito, esto es un asunto familiar…

—¡Me valen sus asuntos familiares! —la interrumpió, perdiendo la paciencia.

—Laura… —se dirigió a ella—. Hay algo que debo decirte. ¿No quieres saber quién es tu padre? —Laura la miró sorprendida, pues de todos los escenarios que imaginó en su mente, no se esperaba que su tía le saldría con eso. Nunca nadie le había hablado del tema, por lo que creyó que ellos no lo llegaron a conocer.

—¿Cuál es su juego, señora? —profirió Kevin, pues le pareció muy sospechoso que Clara saliera con un tema tan disperso a lo que había sucedido.

—No es un juego. —Dirigió su mirada a Kevin. Luego posó sus ojos sobre Laura—. ¿No lo quieres saber?

—Kevin, déjame hablar con ella —le pidió Laura.

—¿Qué? —dijo, perturbado—. ¿Vas a caer en su juego?

—Por favor, Kevin. —insistió, determinante—. Nos vemos en el almuerzo. 

—Está bien, Laura —aceptó, resignado. Aunque no le convencía dejarla a merced de la manipuladora de su tía, no podía hacer nada si Laura había decidido seguir lo que fuera que esa señora había planeado. Para él, era evidente que algo turbio se estaba tramando—. Cualquier cosa, me llamas. —Miró a Clara y se marchó.

Laura señaló la entrada para que su tía entrara. Una vez dentro, Laura se sentó sobre la cama.

—Hay algo que no sabes sobre tu padre y tu querida madre, Laura —comenzó con una mirada aterradora y llena de maldad.

***

La hora del almuerzo había llegado. Todos estaban sentados en el comedor, menos Laura y Clara. Las miradas estaban fijas en Kevin, cada una con diferentes sentimientos y expresiones, lo que hacía que el ambiente fuera aún más incómodo. Clara entró en la sala y se sentó con tranquilidad, su rostro sereno y una sonrisa de satisfacción que parecía reflejar sus pensamientos.

Pasaron unos diez minutos, y Laura aún no daba señales de entrar. Un mal presentimiento empezó a invadir a Kevin. Algo no estaba bien. Preocupado, sacó su teléfono y le envió varios mensajes, pero no obtuvo respuesta. La comida, que antes parecía apetecible, ahora se le atoraba en la garganta. Un amargor lo cubrió por completo. ¡Tenía que llamarla! Dejó los cubiertos sobre la mesa y salió rápidamente, sin mirar atrás.

—Contesta, Laura, contesta —repetía sin tener respuesta. Al parecer, ella había apagado su celular. Se dirigió a toda prisa al lugar donde la dejó por la mañana. ¡Cómo se arrepentía de haberla dejado allí!

Tocó la puerta varias veces. Estaba temblando de la preocupación. Laura abrió despacio. Se espantó al ver su estado. Parecía que los ojos le estallarían de tanto llorar, su rostro estaba pálido y sus ojos opacos, como si le hubieran arrancado el brillo.

—¿Qué sucedió? —indagó, angustiado.

—Kevin, necesito estar sola —dijo con la mirada vacía.

—¿Podrías decirme qué sucede? ¿Sabes lo preocupado que estoy? ¿Por qué apagaste el celular?

—¡Déjame en paz! —gritó, desesperada—. Vete, por favor. No quiero verte… es mejor… —Hizo silencio.

—¿Es mejor el qué, Laura? —preguntó, serio.

—Necesito tiempo para pensar las cosas. No puedo actuar a la ligera… no debo dejarme llevar por las emociones…

—¿Estás reconsiderando lo nuestro? —dedujo, decepcionado.

—No lo sé, Kevin. ¿Me darás tiempo para pensarlo?

—Estoy harto de esta situación —expresó, más que molesto, cansado—. Haz lo que quieras, Laura. Tú no te dejas ayudar, tampoco te dejas amar. Unas palabras mal intencionadas son suficientes para alejarte de mí. Al parecer, el sentimiento entre los dos no es mutuo. Pero tampoco te voy a presionar; cuando te sientas lista, avísame —dijo con frialdad y se marchó.

Laura cerró la puerta detrás de ella, sintiendo que el aire le faltaba, como si el peso de la angustia la aplastara. El dolor en su pecho era tan intenso que le costaba respirar, como si su corazón estuviera a punto de quebrarse en mil pedazos. No había nada más que pudiera hacer; la tristeza la envolvía por completo. La única opción que le quedaba era dejarse llevar por las lágrimas, llorar hasta que el cansancio la venciera y, finalmente, se quedara dormida, aunque fuera solo para escapar, aunque fuera solo por un momento, de la tormenta que rugía dentro de ella.

¡Me encantas!

16. Enfrentamiento – ¡Me encantas! 18. Amor de verano – ¡Me encantas!
Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *