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Capítulo 36

This entry is parte 38 de 40 in the series Mi esposo no me ama

Tiempo después…
A medida que la institución se daba a conocer, Jimena fue ganando un lugar influyente en la sociedad. Varias revistas y programas de televisión la entrevistaban y hablaban del enorme y generoso trabajo que tanto ella como sus colaboradores realizaban.
Ese reconocimiento otorgó aún más prestigio y fama a la compañía de los Mars y Gutiérrez, así como a la galería de Kevin, posicionándolo entre los primeros lugares del país. Con ello, aumentaron también sus riquezas.
Las relaciones sociales de Jimena se expandieron, al igual que su trabajo, por lo que le resultaba cada vez más difícil llevarle el ritmo a Bruno, quien le exigía algo más serio que simples encuentros de adolescentes. Pero Jimena no estaba lista para ese tipo de relación… al menos, no con él.
Así fue como lo terminó.
—Soy un desastre… —susurró al pasar frente al aula de Bruno y verlo coqueteando con otra maestra—. No puede ser que esté celosa de alguien que para mí era una carga. Debo aprender a estar sola… no es obligatorio estar en una relación —apretó los labios.
Se sentía sola y vacía, como si algo le faltara… o alguien. Sabía lo que quería, pero era demasiado cobarde para ir a buscarlo.
—Quizá busco a Pablo en otros… —razonó—. ¿Será esa la razón por la que quiero estar con alguien a toda costa? Así me siento justificada para no volver a sus brazos. Es que, si tengo a alguien, poseo la excusa perfecta para mantener la distancia con Pablo… Sin embargo, ¿es eso lo que realmente quiero?
Ese día, acudió a la empresa para una reunión. Aunque no trabajaba allí directamente, siempre se mantenía al tanto de su funcionamiento, pues cuidaba su patrimonio y el de su hijo.
—Hola, Jimena —la abordó con entusiasmo uno de los ejecutivos. Era un socio que ella había conocido mientras trabajaba allí, un hombre que siempre la trató con amabilidad y que, desde que se enteró de la institución, comenzó a apoyarla.
—Hola, César —lo saludó con cortesía.
—Me preguntaba… —musitó con cierta timidez—. ¿Te gustaría cenar conmigo esta noche? Hace mucho que no conversamos. ¿Qué dices?
Jimena lo pensó un momento. César era un hombre agradable, con quien siempre se había sentido cómoda, pero no quería salir con él de forma romántica.
Él, notando su duda, se apresuró a aclarar:
—Como amigos, solo para ponernos al día y conversar sobre unas ideas que se me ocurrieron para la institución.
Jimena se mordió el labio inferior, indecisa. Tras un largo suspiro, asintió; no le parecía mal distraerse un día con un amigo.
—Cuenta conmigo —aceptó con una sonrisa amable, que él correspondió con entusiasmo.
Cuando ella salió de la empresa, Pablo la llamó desde la entrada y corrió hacia ella.
—Espera… —balbuceó, agitado por la carrera—. Lee esto cuando estés sola. Si tu respuesta es sí, llámame. Si no lo haces, entenderé que es un no.
—¿Qué? —preguntó ella, con la mirada perdida y la voz débil.
—Solo lee la carta. Estaré esperando tu respuesta —concluyó, y se marchó casi corriendo, como si huyera de darle una explicación.
Jimena, congelada y sumida en la desorientación, observó la carta entre sus manos. No supo cuánto tiempo permaneció allí, con la mirada fija en el sobre de delicados detalles, ajena al bullicio de la ciudad y a todo lo que la rodeaba.
Anhelaba leer su contenido, pero al mismo tiempo le aterraba. Tras un largo rato de debate mental, soltó un suspiro profundo, guardó el sobre en su cartera y regresó a casa.
Después de darse un baño y jugar con Adrián hasta que este se quedó dormido, Jimena se sirvió una copa de vino y se retiró a su cuarto. Sobre el tocador, vio la carta que había sacado al llegar, pero que todavía dudaba en abrir. La había evitado toda la tarde.
Bebió un sorbo de vino, caminó en círculos y volvió a clavar la mirada en el sobre que descansaba sobre la superficie de madera, como si representara una amenaza.
Tras varios minutos de cavilaciones, dejó la copa en el tocador, tomó el sobre y lo abrió. Al principio le costó trabajo; sus manos temblorosas eran un obstáculo. El corazón le latía con fuerza cuando desplegó la hoja, escrita con la letra elegante de Pablo.
Suspiró de nuevo.
Entonces, con los ojos ardiendo y la respiración agitada, empezó a leer:
«Hola, Jimena:
Quizás soy un cobarde por enviarte una carta en vez de hablar contigo de frente; me declaro culpable de eso. Pero no puedes negar que mi método cursi y evasivo es, en el fondo, muy romántico».
Jimena soltó una risa nerviosa. Siempre le había gustado su sentido del humor, y esa carta lo confirmaba. Durante su noviazgo solían bromear sobre lo cursi que resultaba escribirse cartas, y ahora él le enviaba una.
Se relamió los labios y continuó leyendo:
«Sé que te fallé y fui un mal esposo. Te traté muy mal y te humillé. Tal vez sea un atrevimiento esperar algo de ti, pero estoy arrepentido de mi estupidez y de mi mal comportamiento. La embarré contigo de todas las formas posibles. Para mí eres la persona más especial que he conocido: una mujer fuerte, que ha luchado y vencido; una mujer de buenos sentimientos, que ha enmendado todos los errores del pasado. Te amo como nunca podré amar a nadie más».
Esas palabras se clavaron en ella con un dolor cálido. Para entonces, las lágrimas ya rodaban por sus mejillas. Ahogó un sollozo, se mordió el labio inferior y continuó:
«Te amo y quiero estar contigo, si tú así lo deseas. Dame la oportunidad de demostrártelo. Te prometo que esta vez será diferente. Cásate conmigo de nuevo, Jimena. Sé mi esposa y sigue dándome hijos preciosos como Adrián. Seamos una familia».
Sintió que perdía el equilibrio y se dejó caer sobre la cama. Llevó la carta al pecho y lloró como hacía mucho no lo hacía.
En ese llanto liberaba toda la frustración, la tristeza y las emociones negativas que había acumulado desde aquella vez en que Pablo se marchó sin mirar atrás… desde el día en que se sintió tan abandonada que quiso morir.
Ahora su vida era diferente; ella era diferente.
No podía negar que lo amaba, que anhelaba estar a su lado, que regresara a casa para formar esa familia que tanto había soñado. Lo quería… cuánto lo quería. Pero todavía sentía miedo, y ese miedo la sumía en un laberinto de indecisión.
Le parecía injusto que Pablo esperara una confirmación inmediata sin concederle tiempo. ¿Cuánto esperaría él por su respuesta?
Ella necesitaba pensar. Decidir con calma algo que cambiaría su vida. Amaba la estabilidad que había construido y no estaba dispuesta a perderla, por más amor que sintiera por Pablo… por más que lo extrañara.
 
 
***
 
Los Mars y los Gutiérrez estaban reunidos para recibir el reporte de ventas y ganancias del año. Al terminar la reunión, Pablo se marchó de inmediato, pues evitaba a Jimena a toda costa. Había pasado más de una semana desde que le entregó la carta y aún no recibía respuesta.
Todavía mantenía la esperanza de escuchar su llamada, pero no quería presionarla. Decidió ser paciente, aunque por dentro se moría de ansiedad.
Tras celebrar el éxito que ambas familias habían tenido en sus negocios, Genaro le pidió a Jimena que buscara una carpeta en la oficina de Pablo, ya que él se había ido. Ella entró y comenzó a rebuscar en el escritorio, pero no encontró la dichosa carpeta.
Al abrir una gaveta, se topó con algo que llamó su atención: unos boletos. Los tomó y sus ojos brillaron al descubrir de qué se trataba.
—¡Guau! No sabía que tenían este evento en la ciudad —exclamó, emocionada—. Debió ser difícil conseguirlos; esta actividad es muy exclusiva. Tiene dos… ¿Con quién piensa ir Pablo? ¿Será que me regala uno si se lo pido?
Los observó con detenimiento, pero su emoción se desvaneció al notar que la fecha ya había caducado.
—¿Por qué no fue? ¿Y por qué no me dijo nada? Sabe cuánto me gustan este tipo de actividades… —Volvió a mirar la fecha y se quedó pensativa.
En ese entonces, ella ya había empezado a salir con Bruno. Su corazón comenzó a latir con fuerza al asociar la fecha del evento con el día en que Pablo la llamó para invitarla a salir y ella lo rechazó.
—¡Oh, por Dios! —susurró, llevándose las manos al pecho. De pronto, la respiración se le volvió pesada mientras las lágrimas inundaban sus ojos—. ¡Qué cruel fui! —se lamentó—. Con razón cambió tanto conmigo… ahora entiendo el motivo de su reclamo cuando le cancelé la cita para irme con Bruno. Ay, no…
—Jimena, ¿por qué te tardas tanto? —La voz impaciente de Genaro interrumpió su lamento mientras entraba en la oficina con pasos rápidos—. ¿Estás bien? —preguntó al verla ida y triste.
—Sí… No… Es decir… debo irme —balbuceó atolondrada, y salió corriendo.
Al llegar a su casa, fue directo a su habitación. Tomó la almohada de Pablo, que aún conservaba junto a la suya, apoyó la cabeza sobre ella y comenzó a llorar desconsoladamente.

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