Pablo llegó a la institución y de inmediato se dirigió al gimnasio. Ese día le tocaba de tarde, así que venía de la oficina. Dos días a la semana daba clases en la mañana y dos en la tarde, casi anocheciendo.
—Hola, Pablo —lo saludó Jimena con una gran sonrisa y ojos brillantes, luego lo besó en la mejilla.
—Hola —le devolvió con sequedad.
Últimamente, Pablo se mostraba distante y siempre tenía una actitud fría con ella. Jimena no entendía la razón de su cambio y él no le daba el chance de indagar, ya que llegaba, calentaba en silencio, daba su clase y se iba sin decir nada.
Para cuando Pablo terminó su clase, ya había anochecido y todos se habían marchado, menos él, quien se estaba dando una ducha en el baño del gimnasio de la institución. Cuando él iba a salir, Jimena lo interceptó.
—No te vayas aún, necesito que hablemos. —Se puso frente a él. Pablo la miró con expresión de hastío.
—Dime lo que me vayas a decir rápido, estoy cansado —respondió con rudeza.
—¿Estás enojado conmigo? —fue directo al grano mientras lo confrontaba con la mirada.
—No. ¿Por qué lo estaría? Que te estés revolcando con el idiota ese no es mi asunto —respondió, mordaz.
Jimena agrandó los ojos, estupefacta, y lo miró con incredulidad. Apretó los labios, como si luchara con las ganas de golpearlo hasta quedar sin aliento.
—¿Perdón? —preguntó, ofendida.
—¿Que no es lo que hacen? —Su mirada afilada denotaba amargura, impotencia y una ira contenida que podría estallar en cualquier momento.
Jimena entrecerró un poco los ojos, entre confundida, escandalizada y… dolida. Esto último la puso a la defensiva.
—No sé de qué hablas… —Se mordió el labio inferior y le evadió la mirada—. Solo estamos saliendo.
—Sí, qué bonita la señorita. Me rechazaste por un tipo que dondequiera que ve un hueco lo me… —No terminó la frase y la miró con tristeza—. ¿Sabes qué? Es tu vida, haz lo que mejor te parezca. Pero hubiera preferido que te hubieras buscado a un hombre que valga la pena, no a ese imbécil. Solo sé cuidadosa y usa preservativo, no vaya a ser que te pegue una enfermedad venérea que ponga tu salud en riesgo.
La ira, los celos y el dolor dirigían cada palabra que espetaba. Su mirada vacía expresaba decepción y tormento.
Jimena, más que enojada u ofendida, se sintió desilusionada con su trato. Le dolía que pensara así de ella, que después de haber sido tan íntimos, la tratara como si fuera una mujer fácil.
—¡Pablo, ya basta! —profirió ella, dolida y un tanto ofendida—. ¿Por quién me tomas? No soy una cualquiera que se anda acostando con el primer hombre que aparezca.
—Sí, porque ese tipo está contigo para jugar a las escondidas —contraatacó él en tono sarcástico—. Pero, como te dije antes, no es mi asunto. Haz lo que quieras con tu vida que yo lo haré con la mía. Así como tú sales con otros hombres, yo también puedo salir con otras mujeres.
Jimena lo miró con rabia.
—De eso estoy más que segura. Si lo hiciste mientras estábamos casados, ¿qué te lo impide ahora que estás soltero? —escupió iracunda. Había rencor y reproche en su respuesta.
—¡Demonios, Jimena! Yo nunca salí con nadie mientras estuvimos casados. —Pablo subió la voz, frustrado.
—Pero te enredaste con esa mujer. Se besaron y te sentías atraído por ella, eso también es traición, Pablo —dijo casi llorando.
—Sí, y por eso me divorcié —contestó rendido y al borde de las lágrimas—. Por eso te he pedido perdón muchas veces. Por eso he respetado tu decisión, aunque me esté muriendo por dentro. Pero yo no quiero que cometas el mismo error que yo. Personas así no valen la pena, Jim. Sin embargo, no soy nadie para reclamarte, así que deja de preguntarme si estoy enojado contigo. ¡Rayos! Me están consumiendo los celos. Me da impotencia verte en brazos de ese… tipo.
Jimena sintió que se le formó un nudo en el estómago y que su pecho se contrajo. Las lágrimas amenazaban con salir, por lo que hizo un esfuerzo por retenerlas, pues no lloraría delante de él.
—Es tarde para nosotros —dijo en un susurro tembloroso—. No debes celarme, pues no somos pareja.
Hubo un silencio cargado de tensión, seguido por un suspiro largo de parte de él.
—Dile eso a mi estúpido corazón que no quiere olvidarte —le respondió Pablo, con la mirada cristalizada y tono de derrota—. Tú fuiste la que preguntó, ahí tienes tu respuesta —dicho esto se marchó sin añadir más, dejando a Jimena en una turbulencia de emociones contradictorias.
—Pablo… —balbuceó con una mezcla de tristeza, arrepentimiento, pero al mismo tiempo temor.
Pese a que anhelaba ir tras él y darle una oportunidad, su mente le recordaba lo mucho que sufrió cuando esa mujer apareció en sus vidas. Sin embargo, había una razón más profunda: el miedo a la reacción de su hermana y el sentirse juzgada por querer regresar con su ex.
«No quiero ser la tonta que comete el mismo error. Amo a Pablo, pero ¿qué dirán los demás si vuelvo con él después de todo lo que me hizo? No, definitivamente, debo tener dignidad», pensó mortificada. Entonces, las primeras lágrimas empezaron a salir.

