Laura iba a abrir la puerta del baño cuando unas manos fuertes la jalaron.
—¡Suéltame, Frank! —exhortó temblando—. Aquí no podrás hacerme daño.
—Tienes razón, preciosa —dijo con malicia en sus ojos—. Pero eso no quiere decir que no vaya a pasar nada entre nosotros más adelante. —Kevin vio a Frank de espalda conversando con Laura, sus ojos se tornaron oscuros y se le hizo un nudo en la garganta. Se ocultó para escuchar la conversación.
—Entre tú y yo no va a pasar nada, ni ahora ni nunca. —Laura lo enfrentó—. Me das asco, Frank. Eres una bestia salvaje. Creí que eras diferente, pero eres la peor basura que haya conocido jamás —arremetió con lágrimas en los ojos.
—¡¿Eso es lo que soy para ti, Laura?! Después de tantos años esperando tu amor. Después de todo lo que invertí para ganarte. ¡Eres una desconsiderada! Yo quise hacer las cosas bien, pero no me dejas otra opción. Me perteneces y no voy a permitir que te vuelvas a ir de mi lado, aunque tenga que tomarte por la fuerza.
—¡Estás enfermo! —exclamó aterrada—. Deberías buscar ayuda y dejarme en paz. No permitiré que vuelvas a tocarme. —Las lágrimas recorrieron su rostro, el hecho de recordar ese día la trastornaba.
—¡Ja! Yo te toco cada vez que me venga en gana. ¡Eres mía, Laura! No te imaginas cómo he extrañado el sabor de tu piel en mi boca —profirió con cara de psicópata—. Tu olor… ¡Eres tan deliciosa! Estoy ansioso por repetirlo. No sabes la frustración que me provocó la interrupción de tu tía, mi amor. —Laura rompió en llanto, sentía que perdería la consciencia, su respiración se agitó y la mirada se le nubló—. Así estabas temblando ese día. Me encanta esa reacción tuya. Ummm…, es tan sensual…
—¡Ya basta! Te voy a denunciar, idiota. Todos sabrán lo que me hiciste. Esto no se va a quedar así —amenazó, sollozando.
Kevin se quedó inmóvil.
Un nudo apretó su pecho, agitando su respiración mientas las lágrimas rodaron por sus mejillas. Sus ojos brillaban de rabia y el pulso le empezó a temblar, sudores fríos se deslizaban sobre su piel, pero este no podía sentir nada ni podía pensar, la razón se le nubló, apretó los puños y su mandíbula.
Su corazón se partió en mil pedazos y la rabia, culpa e impotencia lo inundaron.
Entretanto, Frank se acercó a Laura, pues por lo visto había perdido el raciocinio que evitaba al ser humano actuar como animales. Así que lo hacía por ese impulso maligno y primitivo que lo instaba a hacerle daño.
No obstante, Kevin salió de sorpresa y lo golpeó con todas sus fuerzas, no dándole chance de reaccionar. Lo atizaba sin pensar, sin razonar. Todo su dolor, toda su ira e impotencia se reflejaba en el rostro ensangrentado de Frank.
Laura gritó espantada y empezó a llamar a los demás para evitar una desgracia.
—¡Desgraciado! —gritaba Kevin, colérico, y con lágrimas en los ojos. Lo tomó por la camisa y lo sacudía con fuerza—. ¡¿Qué hiciste, imbécil?! ¡¿Cómo te atreviste?! ¡Desgraciado! —Frank esbozó una sonrisa de satisfacción, lamiendo sus labios, insinuando lo mucho que lo disfrutó—. ¡Te voy a romper la cara de psicópata! —espetó Kevin, y dejó caer su puño sobre el rostro burlesco de Frank.
El simple hecho de imaginar a Laura tan frágil en sus manos, sin esperanza, sin auxilio…
Imaginó sus gritos, su dolor, su impotencia… Esas imágenes le partían el corazón y lo llenaban de una rabia que no había experimentado antes.
Todos subieron alarmados por los gritos de Laura y Kevin. Pablo tuvo que realizarle una llave a Kevin para poder controlarlo.
—¡¿Qué sucede aquí?! —gritó Cristian perturbado, pues nunca había visto a Kevin en ese estado.
Los Castillos corrieron espantados a socorrer a su hijo, quien yacía en el suelo ensangrentado. Pero aún tenía esa expresión de satisfacción y malicia.
—Te voy a denunciar, Kevin Mars —lo amenazó Frank, riendo de lo más cínico.
—¡El que te va a denunciar soy yo, imbécil! —declaró Kevin con toda su rabia.
—Tú no tienes pruebas; sin embargo, yo te voy a denunciar por agresión física. No sé de qué te alteras, si ella lo disfrutó tanto como yo, se estremecía del placer y gritaba mi nombre con euforia —comentó Frank con intención de provocarlo. Paulo tuvo que ayudar a Pablo para evitar que Kevin se le lanzara encima.
—¡Deja de mentir! —Laura gritó alterada—. ¡Tú me forzaste! Si mi tía no hubiera llegado… tú… —Comenzó a temblar y las lágrimas corrían como torrentes, la respiración empezó a escasear hasta que ya no tuvo aire que respirar.
—¡Ayúdenla! —vociferó Jimena, al notar que a Laura le estaba dando un ataque de pánico. Kevin la miró perturbado y con un dolor que le traspasaba los huesos.
—¡Llamen a una ambulancia! —gritó alguien.
Laura vio que todo se oscurecía y escuchaba gritos y voces que se hacían cada vez más débiles hasta que ya no escuchó ni vio nada… Disminuyó la fuerza y el control de su cuerpo hasta perder la conciencia total.
***
Sus ojos ardían y fue difícil abrirlos.
Miró a los alrededores y desconocía dónde estaba. Las paredes eran blancas, había un sofá y una mesita.
Entonces sintió una molestia en su muñeca y se percató que llevaba clavado un suero. ¡Definitivamente estaba en un hospital!
Volvió a mirar a su alrededor y vio a Kevin durmiendo con su torso recostado en la camilla. Al parecer se había quedado dormido en esa silla incómoda. Sintió pena de verlo recostado allí.
Él despertó, reaccionando al verla despierta.
—¡Despertaste! —exclamó él, aliviado.
Sus ojos estaban rojos y tenía ojeras; asimismo, su cabello era un desastre y llevaba la camisa azul de la noche anterior.
Dio un bostezo e hizo estiramientos para relajar un poco los músculos que se habían tensado por la mala posición, luego se le acercó un poco tímido.
—¿Cómo te sientes? —preguntó él con ternura. Su mirada irradiaba tristeza y culpabilidad.
—¿Por qué estoy en el hospital? —inquirió ella, confundida.
—¿No recuerdas lo que pasó anoche? —cuestionó perturbado.
—Sí. Pero… ¿qué me pasó?
—Tuviste un ataque de pánico —dijo con los ojos cargados de lágrimas que amenazaban por salir. Sin embargo, esbozó una sonrisa para no tensarla—. El doctor dijo que sucede cuando revives un trauma. Fue una manifestación de estrés postraumático. Te sedó para que pudieras descansar. Pero dijo que estabas bien.
Kevin le acarició la mejilla y soltó un largo suspiro.
—Perdóname, Ojos melosos —añadió con la voz quebrada, luego la abrazó, dejando salir las lágrimas que trató retener—. No estuve allí para protegerte… no fui a tu auxilio. Si hubiera estado contigo… —se lamentó.
Ella lo distanció para poder sostener su rostro.
—No es tu culpa, no hay manera que sea tu culpa. —Palpó su rostro—. ¿Quién podría pensar que Frank se atrevería a irrumpir en mi habitación? Por suerte mi tía llegó a tiempo y él no logró su asqueroso objetivo.
Kevin respiró profundo al escucharla.
—¿Por qué…? —Su voz era temblorosa—. Tu tía… ella… ¿Por qué… ella no hizo nada? —La rabia lo inundó y sus ojos brillaron—. ¿Por qué lo calló? Debió denunciarlo. ¡No me digas que se puso de su lado! ¿Por eso te fuiste?
Hubo un silencio tenso. Laura se aclaró la garganta antes de responderle.
—Kevin… ella no se puso de su parte…
—Entonces ¿Por qué te fuiste? —preguntó incrédulo. Pues le parecía que Laura estaba encubriendo a su tía.
Las lágrimas cubrieron el rostro de Laura y no le quedó más remedio que contarle todo lo que sucedió ese día.
Kevin contuvo su enojo para no estresarla más, pero tenía ganas de maldecir a Frank, pero también a Clara y mandarlos a ambos a la cárcel.
Él se quedó con ella todo el día hasta que el doctor le dio de alta. Le asignaron un psicólogo para tratar las secuelas de aquel atentado que visitaría una vez a la semana.
Llegaron al apartamento y Laura se recostó en su habitación. Kevin le preparó una infusión de manzanilla y se la llevó a la cama.
—Toma, esto me relaja cuando estoy estresado. —Laura dio un sorbo y sus ojos se agrandaron. No sabía si escupir la bebida o tragarla de una vez para no hacerle el desprecio.
—Sabe horrible, ¿verdad? —preguntó él, al entender lo que sucedía—. Lo siento, soy pésimo en la cocina, ni siquiera sé hacer un té. —Formó un puchero.
—Kevin Mars, ¿acaso pretendes envenenarme?
—Lo siento. —Dejó escapar una risa. Laura se levantó y puso agua a hervir.
—Ven, te enseñaré cómo se hace. —Sonrió, él se dirigió a la cocina con entusiasmo.
Ese día, Kevin fue a su casa a bañarse, pero regresó de nuevo al apartamento para asegurarse de que ella estuviera bien. Vieron varias películas hasta que Laura bostezó.
—Es hora de que me vaya —declaró él.
—No… —Ella lo abrazó. Él le acarició el cabello.
—Vamos a la habitación —dijo serio. Laura se puso más roja que un tomate—. No pienses de más. —Pellizcó sus sonrojadas mejillas al notar su reacción—. Me quedaré hasta que te duermas —dijo, tomándola del brazo.
Ya en la cama, Laura se acostó y se acomodó en el pecho de Kevin.
Le encantaba sentir su respiración y cómo su corazón latía agitado.
Él, por su parte, le acarició el cabello con ternura hasta que ella se quedó dormida.
Laura se tomó unos días de reposo para calmar el estrés y la ansiedad que le quedó después del incidente. Kevin no salía del apartamento de ella, le hacía compañía y le traía comida. Así estuvieron durante unas semanas.
