En una noche fría que evocaba tristeza y nostalgia, Jimena miraba el lado vacío de la cama de su esposo, y las lágrimas mojaban su rostro. Los recuerdos de su relación la visitaban para recordarle lo que ya no tenía, pero esta vez los recibió con calidez y una sonrisa. En su mente, escuchó su propia voz y vio la imagen de ella junto a Pablo, antes de casarse:
—Me gusta tu habitación. —Jimena miraba alrededor, emocionada. Al parecer, Pablo era ordenado; asimismo, tenía buen gusto, dado que la habitación estaba bien decorada. Había varios carteles de maestros de artes marciales y símbolos chinos y japoneses pegados en la pared.
—A mí me gustas tú. —Pablo se acercó a ella con seducción.
Jimena se tiró sobre la cama y cerró los ojos al sentir el delicioso olor de las sábanas.
—Te extrañé mucho estos días, mal novio. —La rubia hizo un mohín.
—Yo también te extrañé. —Él se puso encima de ella—. Pero mi padre no me dio tregua y me llenó de trabajo desde que llegamos. Hasta mi tío, que supuestamente se había retirado, tuvo que volver a trabajar. No dejó lugar a quejas, dado que, según él, me di el gran lujo de unas largas vacaciones.
—Y fue así, amor. —Jimena acarició su mejilla con coquetería.
—Gracias a esas largas vacaciones, tú y yo nos hicimos novios. —Pablo la miró con dulzura.
—Sí… —Ella dejó salir una risita—. Esas vacaciones fueron locas, muchas cosas pasaron. Laura está muy deprimida, y mi tía y papá están más insoportables que nunca. Por lo menos, Claudia se irá del país a hacer un taller; esa es otra que está insoportable. Se la pasa molestando a Laura y peleando con todos.
—No se tomó muy bien el rechazo de Kevin. —Pablo acarició el cabello de ella.
—Así es. De todas formas, Kevin y Laura terminaron. Nunca había visto a mi prima tan mal, me preocupa un poco.
—¿En serio? —Pablo la miró incrédulo—. Tú y tus hermanas no la soportan.
Jimena bajó el rostro, apenada y con tristeza.
—Estoy muy arrepentida de todas las cosas malas por las que la hicimos pasar. Cecilia y yo nos dejamos influenciar por Claudia y le hicimos cosas horribles a Laura. Ella ha sufrido mucho y siempre ha estado sola. Por eso, me gustaría que ella y Kevin arreglen su problema. Sé que eso la haría muy feliz.
—Esos dos son el drama eterno. Es mejor no intervenir, ya verás que pronto estarán juntos. —Pablo suspiró—. Ellos deberían grabar una novela que se llame: Laura, Kevin y sus pendejadas.
Jimena rio sobre sus hombros mientras le daba palmadas en la espalda.
—¡Te extrañé tanto, preciosa! —La miró a los ojos con ternura.
Jimena lo abrazó, pero él empezó a besarla con anhelo y deseo. Ella deslizó las manos debajo de su camiseta, acariciando su ancha y firme espalda.
—Preciosa, no enciendas algo que no vas a apagar —dijo Pablo con la voz ronca y la respiración agitada.
Jimena lo ignoró y continuó con su traviesa caricia. Pablo gruñó y comenzó a besar su cuello. La rubia se estremeció al sentir la calidez de su lengua sobre la piel. El corazón le latía más rápido de lo normal, y corrientes de deseo recorrían su cuerpo.
Pablo se dio a la tarea de subir su blusa, dejando besos húmedos sobre cada centímetro de piel que iba dejando expuesta. Se deshizo de ella y la miró con un brillo especial en los ojos. Desabrochó su sostén, liberando sus pechos, y dejó salir una sonrisa al gustarle lo que veía.
Jimena empezó a temblar al caer en cuenta de lo que estaba a punto de suceder. Entonces, el miedo la embargó.
Pablo se aferró a sus pechos con sed, pero, al instante, Jimena lo detuvo.
—¡Espera! —exclamó aterrada.
—¿Qué sucede? —preguntó confundido.
—Esto no está bien… Perdón…
—¡Rayos, Jimena! Te dije que no lo iniciaras si no lo ibas a terminar. —Ocultó su rostro decepcionado entre los pechos de ella.
Jimena acarició su cabello con ternura y dejó salir un suspiro.
—Perdón. —La miró a los ojos, arrepentido—. No quiero presionarte…, sé que tu tía te ha criado con ciertos principios y que temes por lo que te pasó. Cuando estés lista, será. —Le acarició el cabello y besó su frente.
Jimena besó sus labios con fervor y lo miró conmovida.
—Estoy lista —afirmó decidida.
Pablo no pudo disimular la felicidad que se reflejaba en sus ojos. Se besaron con pasión mientras sus ropas caían al piso. Y allí estaba ella, entregándose a sus deseos en la habitación de su novio, quien aún vivía en casa de sus padres.
Jimena esbozó una sonrisa ante aquel recuerdo. Tuvieron muchos de esos encuentros, hasta que un día el preservativo se rompió y no le dieron importancia. Un mes después, ella descubrió que estaba embarazada.
Antes de aquel descubrimiento que cambió sus vidas y su relación, eran muy unidos, y estar con Pablo era muy divertido. Tenían muchas cosas de qué hablar y les gustaba practicar artes marciales juntos o simplemente ejercitarse. Se sentía libre y feliz de poder compartir con alguien las cosas que disfrutaba, ya que, antes de él, era la sombra de su hermana y hacía y vestía como ella quería.
Claudia desaprobaba muchas de las actividades que Jimena disfrutaba, en especial los deportes y las artes marciales. Pero con Pablo era diferente: realmente gozaba de su compañía y del cariño que él le demostraba. No obstante, todo eso cambió después de su embarazo. Su relación se tornó tensa y ya no volvieron a ser esa pareja divertida que solían ser.
Dos lágrimas rodaron por su rostro ante la dura decisión que debía tomar y que, por miedo, negación e incertidumbre, había prolongado. Se quedaría con los hermosos recuerdos de aquella relación, y esas serían las últimas lágrimas que derramaría por él. Ya no iba a lamentarse por un matrimonio que no tenía solución; era hora de reiniciar su vida y salir adelante junto a su hijo.
***
Un mes después…
En un edificio lujoso, los papeles fueron firmados y, con ese acto, el matrimonio llegó a su fin. Los abogados estrecharon manos como despedida y culminación del proceso, mientras Jimena y Pablo se miraban con nostalgia. Todo había acabado.
Ya en el estacionamiento, ella estaba lista para regresar a casa, servirse una copa de vino y planear su nueva vida, o simplemente juguetear con los recuerdos como un homenaje a su relación fallida.
—¡Jimena! —Pablo la llamó justo cuando ella iba a abordar su auto.
Ella se volvió hacia él y ambos se miraron a los ojos con una firmeza distinta a la de sus encuentros anteriores.
—¿Sí? —inquirió, sin resentimiento ni pesar.
—¿Estamos bien? —preguntó él, mirándola con algo de tristeza.
Ella asintió con una sonrisa cargada de sinceridad.
—Estamos bien. Pablo… gracias por Adrián —dijo, dando a entender que no todo había sido un error o una pérdida de tiempo entre ellos.
—No, gracias a ti por él —replicó con una sonrisa.
—Bueno, creo que todo termina aquí. Tuvimos momentos inolvidables que siempre serán especiales para mí. Te deseo lo mejor y espero que podamos ser amigos. De todas formas, eres el padre de mi hijo y tendremos que tratarnos —añadió ella.
—Sí… —suspiró, un poco cabizbajo—. Adrián merece disfrutar de sus dos padres en paz y armonía, aunque estemos divorciados. Te prometo que estaré para él en todo lo que necesite y para ti también. Si alguna vez necesitas algo, no dudes en pedírmelo.
Pablo la miró con intensidad antes de añadir:
—Debes saber, Jimena, que nunca me acosté con Ariadna. Sí creo que te fui infiel, porque nos besamos una vez mientras estuvimos juntos… y eso causó nuestra ruptura.
» Sé que decirte esto no arregla nada, solo quería que lo supieras. Soy consciente de que me porté como un patán, fui un idiota que no valoró lo que tenía. Es irónico que tengas que perder algo para darte cuenta de la maravillosa familia que te esperaba en casa. Estaba asustado y no sabía cómo lidiar con el compromiso, así que me hundí en mi egoísmo y te hice mucho daño. Te deseo lo mejor, Jimena, eres una gran mujer y mereces todo lo bueno.
Jimena respiró hondo para evitar llorar. Se esforzó por sonreír sin que pareciera una mueca y lo logró. Le regaló una hermosa sonrisa que derritió el corazón de Pablo.
—Todos cometimos errores —respondió ella—. Yo también te presioné con la boda; amenacé a tus padres e insistí porque no quería ser madre soltera. Yo tampoco estaba preparada para ese compromiso y estaba muy avergonzada. Por eso quería casarme, para tapar mi error. Pero ahora no podría llamarlo así, porque Adrián es lo mejor que me ha pasado en la vida. Sé feliz, Pablo. Yo también lo seré, por mí y porque Adrián lo necesita.
—Jimena… —La miró nervioso—. ¿Puedo abrazarte?
—Sí. —Ella asintió con una sonrisa—. Qué mejor forma de cerrar nuestra historia de amor de verano que con un abrazo.
Él la atrapó entre sus brazos y cerró los ojos al aspirar su delicioso aroma. Sentir la calidez de su cuerpo lo embriagaba con una maravillosa sensación. La amaba, pero la dejó ir por idiota. Jamás iba a perdonarse su gran estupidez.
Ella se apartó lentamente y le sonrió otra vez.
—Nos vemos, Pablo —se despidió.
—Nos vemos, Jimena.
Pablo la observó irse en silencio. Ya no había un matrimonio que los atara ni un título que lo relacionara con ella más que la coparentalidad. Ambos eran libres, pero ¿por qué se sentía prisionero y vacío? Sus ojos se llenaron de lágrimas al darse cuenta de lo que había hecho. No, las cosas entre ellos no podían terminar así.
Allí, en el casi oscuro y tosco estacionamiento, cayó de rodillas y dejó que las lágrimas fluyeran libres mientras su cuerpo temblaba de llanto. La frustración y la impotencia lo hicieron golpear el suelo con ira. Ya no había nada por lo que luchar, ya no existía la opción de buscar ayuda profesional para salvar su matrimonio, porque simplemente este ya no existía.
Tuvo opciones, pero optó por la más estúpida y cobarde. Se maldijo a sí mismo por haberla perdido de una forma tan pendeja.

