Después de una mañana agitada, se reunieron en el lago, donde los aguardaba un picnic. Todos se sentaron alrededor de la larga y fina manta que servía de soporte para el festín que los esperaba. Kevin se sentó junto a Laura y le susurró:
—Aún tengo a tu hijo conmigo. —Ella lo miró confundida.
—¿Acaso los juegos de hoy te fundieron el cerebro? —respondió Laura con malicia. Él sonrió.
—Me refiero al oso que gané en la feria. ¿Lo olvidaste?
—¡¿El oso que ganaste?! Si mal no recuerdo, no acertaste ni un mísero tiro. —Lo miró con picardía.
—Yo lo recuerdo diferente —respondió ofendido. Laura estalló en carcajadas. Su risa fue pura y sincera; le estremecía verla reír con esa libertad que rara vez veía en ella. El hecho de poder provocar eso en Laura lo llenaba de satisfacción—. Recuerda que hoy tenemos clase cuando el sol se ponga. Voy a enseñarte a fotografiar de noche.
—Vale —replicó. Pudo apreciar esos ojos verdes que la miraban con un brillo especial, ese brillo del que ella ignoraba que era la causa—. Me gustan tus ojos —susurró.
—¿Qué dijiste, Ojos melosos? —preguntó, simulando no haber escuchado.
—Nada… Solo dije que está bien. —Él sonrió.
—¡Brindemos por la unión de nuestras familias y por el éxito de nuestros negocios! —anunció el señor Mars, sosteniendo una copa de vino en el aire. Todos levantaron sus copas y, al unísono, dijeron: «¡Salud!».
***
Laura estaba sentada en un banco blanco, rodeada de plantas, flores y arbustos. Era un jardín inmenso que quedaba cerca de las habitaciones de los Gutiérrez. Estaba maravillada con el hermoso atardecer que decoraba el cielo con un rosado brillante. Unas nubes grises dispersas se difuminaban en un blanco cremoso, con rayos de sol débiles de color amarillo y naranja; todo en un cielo azul intenso. Su contemplación fue interrumpida por sus primas.
—Con que aquí estás —Claudia la abordó de repente. Laura la miró confundida.
—¿Sucedió algo? —preguntó.
—Ahora mismo me vas a explicar qué te traes con Kevin —soltó.
—No sé a qué te refieres.
—No te hagas la inocente, Laura —reprendió Jimena—. ¿Acaso crees que no hemos notado cómo flirteas con él? —Laura dejó escapar una risita sarcástica.
—¿Yo, lanzada? Siempre he evitado a Kevin; si hablo con él, es porque él mismo me pidió que seamos amigos.
—¡¿Kevin te pidió ser amigos?! —Claudia se llevó la mano al pecho, como si le fuera a dar un infarto.
—Eso no es posible, mentirosa —contestó Cecilia—. ¿No serás tú la que le pidió que sean amigos y él, por cortesía, aceptó?
—¿Es en serio? —preguntó Laura, maravillada ante las tonterías que solo a sus primas se les podían ocurrir—. ¿Por qué mentiría? ¿Acaso él no puede ser mi amigo? ¡Ni que fuera el rey de Europa! —exclamó con sarcasmo.
—Escúchame, Laura; si te vuelvo a ver cerca de Kevin, te vas a arrepentir de estar con él. —Claudia no pudo contenerse y la amenazó.
—Claudia, ¿crees que voy a romper la amistad con el único amigo que tengo? —le devolvió, desafiante, con un fuego en la mirada que denotaba lo cansada que estaba del acoso de sus primas.
Claudia se desesperó y arremetió contra Laura. Ella, de forma instintiva, cerró los ojos y los volvió a abrir con recelo al percatarse de que Claudia ni siquiera la tocó. Se sorprendió al ver a Kevin agarrando el brazo que iba a golpearla; un silencio inundó el lugar. Kevin soltó a Claudia y extendió su mano hacia Laura.
—Ojos melosos… ¿No te dije que tendríamos una clase al atardecer? —preguntó como si nada hubiera pasado y solo ellos dos estuvieran allí.
—¿Dijiste atardecer…? Creí que habías dicho anochecer —respondió, sosteniéndose en él. Ambos se fueron agarrados de la mano, dejando a las hermanas con la boca abierta por el susto y el asombro.
Después de una sustancial lección, Kevin y Laura se sentaron bajo un majestuoso árbol a la orilla del lago. El escenario era una postal de ensueño: las luces tibias de un tono crema se reflejaban en la superficie del agua, creando un efecto etéreo. Luciérnagas revoloteaban por doquier, como pequeños faroles danzantes que iluminaban la noche. El murmullo suave de las olas y el canto lejano de los grillos completaban el cuadro, convirtiendo el momento en un exquisito espectáculo que hablaba de paz y encanto.
—¡Es agradable estar aquí! —rompió Laura el silencio. Kevin la miró con seriedad.
—Ojos melosos, ¿puedo preguntarte algo? —soltó con preocupación en la mirada.
—Bueno, acabas de hacerlo —bromeó, curvando los labios en una dulce sonrisa.
Él sonrió al ver su llamativo gesto.
—Me gustaría saber por qué permites que tus primas te traten de esa manera —dijo con tono titubeante, pues no quería ser percibido como un imprudente.
Laura pensó un momento.
—Bueno… Ellas son tres. ¿No crees que llevo desventaja? —bromeó, tratando de no añadirle más importancia al asunto.
Kevin trató de sonreír, pero en vez de eso le salió un sonido que expresaba el esfuerzo que hacía por no mostrar su incomodidad.
—Hace mucho que quiero confirmar algo… —empezó él, tratando de no sonar entrometido—. Este… Como tu amigo… me preocupo por tu bienestar y me gustaría saber si la vez que “te enfermaste” —realizó gestos de comillas con los dedos al mencionar la palabra—, lo que realmente sucedió fue que tus primas te golpearon después de regresar de los entrenamientos…
Laura se quedó desconcertada. Era una pregunta incómoda. Se produjo un silencio por un largo rato. Kevin se unió al mutismo, esperando que ella estuviera lista para responderle.
—Ese día… —Laura rompió el silencio y Kevin la miró expectante— yo estaba muy cansada… Ellas me rodearon cuando estaba a punto de entrar en mi habitación…
Hizo una pequeña pausa y dos lágrimas recorrieron sus mejillas.
» Empezaron a reprenderme y luego arremetieron contra mí. No tuve chance de abrir la puerta para escapar… Solo… sentí el dolor de sus patadas y cachetadas. Noté cómo jalaban mi cabello y arañaban mi piel. Cuando se cansaron de pegarme, se alarmaron por el estado en que me dejaron y se apresuraron a entrar en sus habitaciones. Me arrastré como pude, pero no llegué a la cama, porque perdí el conocimiento en cuanto entré. —Secó sus lágrimas y fingió una sonrisa—. Pero eso ya pasó, yo estoy bien y ellas entendieron que estuvo mal…
—Laura… ¿qué hizo tu tía al respecto? —la interrumpió, sus ojos emanaban chispas, tenía los puños cerrados del gran enojo que lo recorría.
—Kevin, ¿estás bien? —preguntó asustada, pues nunca lo había visto tan molesto.
—¿Siempre ha sido así, Laura? ¿Siempre has sido maltratada por esas retorcidas sin que nadie te defendiera? —Su mirada ardía y su voz estaba más aguda que de costumbre.
—¡No exageres! Ellas son difíciles de tratar, pero no retorcidas —resto importancia mientras reía nerviosa.
—¿Ah, sí…? ¿Difíciles de tratar? ¡Vaya! Eso de difíciles de tratar es dejar a una persona de tu propia sangre casi inconsciente —dijo con sarcasmo.
Laura se dio cuenta de que lo estaba haciendo enojar más con sus comentarios y decidió no contestar.
—Discúlpame, Ojos melosos, yo… —dijo arrepentido, al percatarse de que la había asustado—. Es tu vida, lo sé, soy un atrevido, pero… me molesta la injusticia. Tú eres la persona más dulce y pura que he conocido en toda mi vida. No entiendo cómo alguien puede siquiera pensar en hacerte daño. Una cosa sí es segura, Ojos melosos… —Tomó su rostro con sus dos manos—. No permitiré que te hagan daño de nuevo.
Laura sintió que su corazón aceleraba al escuchar sus palabras. Era la primera vez en mucho tiempo que alguien parecía preocuparse genuinamente por ella. Una mezcla de emoción y nerviosismo la envolvía, haciéndola sentir que le faltaba el aire cuando vio a Kevin acercarse de forma lenta. Cerró los ojos, temerosa de lo que su corazón deseaba, esperando que él la besara en los labios. Pero en ese momento, la decepción la envolvió cuando el gesto se dirigió a su frente, en una caricia casi húmeda. Aunque el beso fue tierno y la cálida sensación de sus labios en su piel le transmitió una tranquilidad reconfortante, algo en su interior anhelaba que ese gesto llegara a otro lugar.
Un cosquilleo recorrió su estómago cuando él la rodeó con sus brazos. Su aroma varonil, profundo y envolvente, la hizo sentirse como si flotara. Nunca antes había experimentado algo así: el calor de su piel junto a la presión suave pero firme de su abrazo. Sentía la pulsación rápida de su pecho musculoso, una vibración de fuerza y ternura a la vez. Su respiración agitada, casi como un susurro, se mezclaba con el latido de su propio corazón. Todo en él parecía irradiar seguridad, y, por primera vez en mucho tiempo, Laura se permitió entregarse a esa sensación de protección y de estar a salvo, perdida en la calidez de sus fuertes brazos.
¿Qué era aquello? ¿Por qué estar en sus brazos era tan embriagante y placentero? ¿Qué significaba esa sensación?
Era de madrugada y Laura no había podido conciliar el sueño. ¿Qué era lo que le sucedía? ¿Acaso sus primas estaban en lo cierto? ¿Será que ella, inconscientemente, se estaba lanzando a Kevin? No, no, no. Sacudió su cabeza. Qué tonterías estaba pensando. Pero… ¿por qué deseó tanto que él la besara? Mordió su labio inferior. Pensar en él tan cerca de ella le hizo sentir un pinchazo en el estómago.
«¡Dios mío! ¿Qué es esta sensación?», pensó.
