Cuentista
¿Ya les había contado acerca de la niña de cabellos dorados, ojos verdes y una sonrisa hipnotizante? Ella esperaba por su madre, quien le había prometido que se encontrarían en el bosque.
Su sonrisa se opacaba y sus ojos esmeraldas se tronaban tristes, al presentir que su madre no llegaría. Se sentía abandonada y sin salida, pero para su fortuna, el niño de ojos grises estaba a su lado y su compañía le daba seguridad.
—No estés triste. Mejor vayamos a buscar mangos para comer.
—Pero no debemos salir de la cueva, sabes que nos podrían encontrar.
—Ya revisé y la bestia no está por aquí, tampoco la señora fea.
—Bueno… —aceptó, aunque no muy convencida.
El chico empezó a desnudarse y ella se volteó para darle privacidad, cuando los sonidos le informaron que podía voltearse, ella se giró. Sonrió en el instante en que encaró al pequeño lobo gris, quien hacía movimientos con su cabeza para que ella se subiera sobre su lomo. La chica obedeció llena de alegría, ya que sentir el suave pelaje que emanaba un dulce aroma le gustaba mucho, asimismo, el calor de aquel canino se sentía a hogar.
En medio del bosque, un cachorro corría con una pequeña niña encima; ella, abrazada a su cuello y recostada sobre su espalda; él, corriendo feliz y sintiendo los latidos de su corazón palpitar con alegría.
***
Aliana
—¡Aléjate de ella! —Escucho vociferar a mi madrina. Percibo su voz lejana y los acontecimientos a mi alrededor se tornan borrosos. Duele. Arel…
La mirada de mi chico se vuelve desafiante; él se yergue alerta, como si se sintiera amenazado.
—Aliana, ven conmigo —pide Arel con ruego en sus ojos grises, extendiendo su mano en mi dirección. Una parte de mí quiere ir con él; la otra, sin embargo, me advierte que huya.
—¡Aléjate de mi niña, bestia asquerosa! —Mi madrina aprieta sus puños y Arel retrocede, acto seguido, las lágrimas cubren sus mejillas y un alarido deja su boca.
No sé cómo reaccionar, no sé qué hacer o decir; tampoco cual sería la manera correcta de proceder. De lo único que estoy consciente es del dolor que me embarga, que me debilita. De repente percibo pasos; mi madrina se aferra a mí y me siento acorralada.
Casi grito al percatarme de la presencia de varios lobos; reconozco al de pelaje negro y ojos azules, ya que su imponente presencia es difícil de olvidar.
Ellos se plantan alrededor de Arel y nos enseñan sus dientes de forma amenazante. Mis temblores aumentan, el temor y la angustia calan hasta mis huesos.
Otro bullicio me pone alerta, entonces más pasos y quejas se escuchan detrás de mí. Miro por inercia hacia donde se oye el escándalo y el temor aumenta al notar que un grupo grande de personas vociferan palabras rudas. Todos están armados hasta los dientes y dispuestos a atacar en cualquier momento.
—¡Muerte a las bestias! ¡Salvemos Hadima! —gritan a una voz mientras agitan sus armas—. ¡Peleemos por nuestras familias! ¡Muerte a las bestias!
Me abrazo a las piernas de mi madrina sin ser capaz si quiera de ponerme de pies. ¿Qué está sucediendo?
—¡Ustedes son los causantes de las muertes en Hadima! ¡Hasta que por fin los atrapo! —Ese es John. Junto a él, el policía que me interrogó sonríe victorioso.
—¿Nosotros? —Arel aprieta la quijada. Está muy enojado. Tengo ganas de correr hasta a él y cubrirlo. Al parecer, no ha caído en cuenta de que está desnudo.
Él es un asesino.
El dolor martilla mi pecho de forma cruel. Pese a que está bañado en sangre, con el cuerpo de su víctima a sus pies y el desastre en el estanque, mi instinto es protegerlo.
Soy una tonta.
—¡Rose! —Un grito desgarrador llena el lugar, captando la atención de todos. Al instante, una mujer de cabello violeta, piel blanca y brillante corre en dirección al cadáver. Los lobos le hacen espacio y se alejan de forma minuciosa, mas Arel se queda observando la triste escena con lágrimas en los ojos. La mujer llora desconsolada sobre el cuerpo inerte y pálido, con llantos sonoros y palabras de desconsuelo.
—¡¿Tú la mataste?! —me acusa, y se levanta en un santiamén dispuesta a atacarme.
¿Quién? ¿Yo?
Agrando los ojos ante la locura de esta mujer. ¿Acaso está delirando?
—¡Ella no tiene nada que ver! —Arel vocifera. Eso la detiene. Suspiro de alivio cuando ella lo encara.
—¡No me mientas! ¡Ella debió hacerlo por celos! ¿Qué otra bestia pudo herirla de esa manera?
De imprevisto, varios temblores me recorren el cuerpo debido a su acusación.
—¡Huele a esa bestia asquerosa! ¡Tuvo que haber sido ella!
—¡No es la única aquí! —Arel mira a John con expresión acusatoria. ¡Estoy tan confundida!
—¡Muerte a las bestias! —Las personas del pueblo retoman su coro.
—Si la apoyas, serás nuestro enemigo. A tu manada no le conviene hacernos afrenta —amenaza la mujer.
¿Manada? Ah, sí. En las películas los hombres lobos tienen manadas… ¿Hombres lobos?
Tonta, ¿te sorprendes después de todo lo que has presenciado?
—¡No volverán a separarme de ella! ¡Aliana no es culpable! —Los ojos de Arel se tornan rojos y su cuerpo empieza a cambiar. Sus venas parecieran que van a estallar y sus dientes se vuelven colmillos.
¡Qué rayos!
En cuestión de segundos, su piel es cubierta de pelos, hasta convertirse en…
—¡Es la bestia asesina! —vocifera uno del grupo escandaloso.
Mi corazón late agitado en mi pecho al reconocer a ese lobo. Es el mismo que me encontré cuando fui a visitar a mi madrina.
Es tan hermoso…
¡Concéntrate!
Sacudo la cabeza para salir del encanto en el que su belleza me ha sumergido. El olor a dulce de leche se torna más intenso, entonces empiezo a salivar. ¿Qué rayos me pasa?
Es tan lindo que se ve inofensivo.
Me estoy volviendo loca.
Puesto que me encuentro en este extraño trance que la transformación de Arel me ha provocado, no me había percatado de que el grupo de hombres encabezado por John y el policía, a quien no soporto, están luchando contra los lobos. Más caninos se unen a la batalla, y a esta se le suman otro grupo de pueblerinos.
¡Qué rayos!
Mi madrina me agarra del brazo y me arrastra fuera de allí. Cuando nos adentramos al bosque, vuelvo a la realidad: Estoy viviendo una película de hombres lobos.
—Vamos. —Ella mueve sus manos y un círculo de luces doradas se abre frente a nosotras, como si fuera un pasadizo a otra dimensión. De momento me siento nostálgica y triste, y la marca en mi hombro empieza a doler.
—¿Cómo hiciste eso? —cuestiono sin salir de mi estupor.
—Eso es lo de menos ahora, Aliana. Debemos irnos ya, estamos corriendo peligro aquí.
Miro el orificio con terror e indecisión, no quiero dejar a Arel solo. ¿Y si lo hieren? Miro por instinto en dirección a donde se lleva a cabo la lucha, y, aunque a esta distancia y gracias a los árboles no puedo ver mucho, los sonidos me dan a entender que la batalla está intensa.
Necesito ver a Arel.
—Se nos acaba el tiempo —advierte mi madrina antes de empujarme hacia el agujero. Para cuando quiero reaccionar, una luz dorada y brillante cubre todo mi cuerpo y pierdo el control de este, mientras que el aullido del lobo gris que corre en mi dirección me provoca pesar. Los ojos plateados de aquel canino que aúlla cuando desaparezco, es lo último que queda plasmado en mi mente.
***
Cuentista
Vayamos al pasado…
La luz brillante frente a él le sacó una sonrisa. Tantos años lo había intentado hasta que por fin lo había conseguido. Tras un arduo trabajo, su amada llegaría a casa. Pudo visualizarla triste bajo la lluvia y que sus lágrimas se mezclaban con las gotas del cielo. Le dolía verla así, acabada, con el alma adolorida. Pero pronto estaría de vuelta y él haría hasta lo imposible para protegerla y sacarle mil sonrisas.
De repente, el cielo se tornó más oscuro. Fue cuando él notó que la lluvia no era la causa de un evento natural, más bien, era producto de su hazaña.
Pronto acabaría, pero un poder maligno le quitó el control y un timbre de celular estalló en sus oídos, bloqueando sus poderes. Luchó por recuperar el dominio para que su logro no fuera mal utilizado; sin embargo, el hechizo sobre la chica era muy poderoso y, gracias a este, otra persona controló su trabajo.
***
Instante en el que Arel rechazó a Aliana:
Arel
Lloro sobre el colchón a causa del sufrimiento. Entiendo que no puedo liberarla ni soy capaz de hacer que ella recuerde, pese a todos mis intentos.
Me rindo, ya no puedo con esto. No cuento con la fuerza suficiente para seguir luchando.
Ignoro el cosquilleo de las lágrimas que se escurren por mi piel, que son causadas por el gran dolor en el pecho. Tal vez ha llegado el momento de hacerle caso a todos. Quizás lo mejor es dejarla ir; pero…
Ella solo está perdida en su bloqueo y ese maldito hechizo. Estoy seguro de que mi amada mate quiere que la rescate, de que su decisión del pasado fue por amor.
¿De verdad voy a rendirme?
***
Presente
Aliana
Estoy en un trance extraño donde mi mente viaja a aquel pasado doloroso…
La cabeza me daba vueltas cuando abrí los ojos. Me sentía desorbitada y fuera de lugar. Me removí sobre la cama varias veces para terminar de despertarme; poco a poco el malestar me abandonaba y un bostezo dejó mi boca. Parpadeé varias veces y fue cuando los objetos en esta habitación cobraron sentido. Esta sensación me estaba pasando muy seguido en esos últimos días.
—Buenos días, Ali. —Su voz varonil me sacó de mi trance y lo miré con una sonrisa.
—Buenos días, León. ¿Ya te vas?
Asintió con los labios juntos. Todavía estaba enojado.
No entendía su actitud en esos días; se enojaba sin razón y siempre buscaba una excusa para evadirme, como si mi presencia le molestara.
El vacío y la soledad empezaron a asfixiarme cuando el cerró la puerta detrás de sí. Ya no había besos ni sonrisas coquetas; por el contrario, su frialdad me era como un puñal atravesado en el pecho. Lágrimas pesadas mojaban mi mejilla mientras me recostaba de nuevo en la cama.
No tenía ganas de hacer nada en ese momento, mas que lamentarme.
Así, toda depresiva me pasé las siguientes horas. Me levanté a comer algo y me detuve al mirar un retrato mío y de León en la sala. Nos veíamos tan felices y enamorados. En ese entonces yo tenía diecisiete años y me acababa de escapar con él. León era un extranjero que conocí en una gira que hicieron las monjas al museo. Desde aquel día quedamos flechados y él me dio su contacto para que lo llamara, luego de que hablara con él a escondida en la oficina de la directora del orfanato, me escapaba para salir con él hasta que me dijo que se mudaría a otra ciudad para estudiar una especialidad de su carrera. Fue cuando decidí irme a vivir con él.
Al principio fue difícil y ambos trabajamos duro para para mantenernos y lograr nuestras metas. Por lo que era doloroso que ya no fuéramos esa pareja enamorada y unida de antes.
Sequé las lágrimas que se escurrían por mi rostro. No, no dejaría que mi relación terminara de esa manera. Aunque aquel día no me tocaba ir al taller, puesto que estaba librando, decidí darle una sorpresa a León. Compré su postre favorito y un vino; con ansias y nerviosismo me dirigí a nuestra pequeña tienda.
Lo primero que noté fue que León había cerrado temprano, así que usé mi llave y me dirigí al taller, que era un cuarto que quedaba detrás del espacio donde vendemos la ropa. Me lo imaginé haciendo nuevos diseños o cortando tela, ya que en esas últimas semanas se habían juntado muchos pedidos, por tal razón, nos habíamos turnado los días libres.
Entré a hurtadillas para poder sorprenderlo, mas la sorprendida fui yo cuando lo encontré embistiendo a mi mejor amiga. Ella era la contable de la tienda y en quien había depositado toda mi confianza.
No sabía qué sentir; tenía la mente en blanco y me encontraba carente de emociones.
***
Había pasado varios meses desde que descubrí la traición de esos dos y de que él me echara del apartamento y la tienda. Puesto que todo lo puso a su nombre y no estamos casados, se quedó con todas nuestras pertenencias, incluyendo la tienda por la que llevaba años trabajando.
Yo estaba arruinada y sin un techo donde vivir. Había gastado casi todos mis ahorros en pagos de alquiler y comida, dado que no había podido conseguir un empleo. No sabía qué hacer con mi vida ni cómo sobrevivir sola. Nunca antes había vivido por mi cuenta. Busqué el amparo de la ley e intenté pelear por lo que tanto me había sacrificado, pero no tenía dinero para pagar un buen abogado que estuviera dispuesto a ayudarme.
En realidad, no tenía dinero ni para el más barato. Porque, aunque podía encontrar quien me trabajara el caso con la esperanza de ganar y cobrarse un por ciento cuando me dieran mi parte, nadie se atrevía a arriesgarse en un caso que parecía perdido y del cual no podía si quiera costear los trámites.
Caminaba bajo la lluvia después de ser rechazada en otra entrevista de trabajo. Las lágrimas se mezclaban con las gotas frías del cielo, al ser consciente de que tendría que vender mi máquina de coser para poder seguir pagando la renta.
Recorría las calles como cuerpo sin alma, un cascarón que solo podía moverse; me sentía fuera de lugar. Ese sentimiento de no pertenecer a este sitio volvía a embargarme, otra vez una extraña añoranza me visitaba, como si hubiese alguien que me esperara o buscara, tal vez ambas cosas. Reí sin gracia ante esa fantasía. ¿Quién estaría esperando a una huérfana como yo?
Me senté en una banqueta y aproveché la soledad de la calle para llorar a todo pulmón. Gracias a la lluvia, podía darme esa libertad. Los timbres de mi celular me sacaron de mis lamentos, y por un instante me emocionó la tonta esperanza de que León haya cambiado de opinión y me pidiera regresar a casa.
No podía ser más masoquista y carente de dignidad.
—¿Madrina?
Me quedé helada en mi lugar. Entonces sí era real, yo tenía una madrina después de todo. Cuando salí de mi impresión, le pregunté cómo me había contactado, pero evadió mi pregunta diciéndome que tenía una casa en un pueblo llamado Hadima.
¿Acaso cómo me encontró importaba?
Por más que busqué al dichoso pueblo en el mapa y en “Google”, no lo encontré. Pero la felicidad que sentía pudo más que toda la mala vibra y pesimismo que pudiera advertirme de una trampa.
Según mi madrina, tenía una casa propia y eso trajo un poco de luz a ese hoyo oscuro en el que me encontraba.
Me imaginé en mi nuevo hogar cerca del bosque. Cosiendo y empezando desde cero. Viviría por mi cuenta. Era lo que necesitaba, empezar de nuevo y lejos de León.
Aquella mañana, dudé de mi cordura cuando estuve en esa estación, esperando a un tren del que nadie conocía su existencia; pero fue lo que me dijo mi madrina que hiciera. Con un poco de duda, caminé a través de un pasillo oscuro mientras seguía las instrucciones escritas en un trozo de papel, al tiempo en que hablaba con mi madrina en el celular. Habían pasado varios días desde su primera llamada, y yo ya había decidido empezar de nuevo en el dichoso pueblo.
El pasillo me dirigió a un túnel que no sabía que estuviera en la estación; allí mi celular perdió la señal por lo que no pude continuar hablando con mi madrina. El teléfono se cayó y se partió en pedazos, fue un evento extraño que me dejó pasmada. No sabía qué estaba sucediendo con exactitud, pero el asiento del tren se sintió cómodo…
***
En el presente…
—Aliana, ¿estás bien?
Despierto, espantada, y busco por los alrededores con angustia y desesperación. Necesito ver a Arel.
—¿Dónde estoy? —interpelo mientras escaneo el lugar con la mirada. No lo reconozco, razón por la que mis alertas se disparan.
—Es mi habitación. —Me quedo pasmada cuando escucho a John hablar. ¿Por qué estoy en la habitación de él?
—Debes estar confundida con todos estos eventos; yo lamento mucho no haber sido sincera contigo, pero debes saber que lo hice para protegerte —dice mi madrina. No puedo evitar buscar su rostro. Estoy tan confundida y desorientada.
—¿Protegerme de qué?
—De los licántropos; en especial, del hijo del alfa de la manada Luna dorada —responde John.
¿Ah?
John suspira y toma asiento en una silla que coloca frente a la cama donde todavía estoy acostada. Me incorporo un poco más y rompo el contacto de manos con mi madrina, quien se encuentra sentada en el colchón y a mi lado. Me mira con pesar al mostrarme ruda con ella, pero por alguna razón, su mano sobre la mía me irrita y su cercanía me está molestando.
Otra vez la marca en mi hombro duele.
—Aliana, entiendo que te has enamorado del hijo del alfa, pero debes renunciar a esos sentimientos. Los cambia formas son peligrosos y malvados, con sed de sangre y carne humana.
—Arel no es lo que dices. Él es un ser inofensivo y dulce; él tiene un carácter explosivo a veces, pero se controla. Él no es el asesino.
—Amor no quita conocimiento, Aliana. Tú misma lo viste, él asesinó a esas personas —refuta John.
—Es lo que parece, pero no tiene sentido. Por lo menos no con los eventos que he vivido en este pueblo. Arel se convirtió en lobo, no en la bestia. A quien vi destrozar al hombre en el bosque era una bestia con forma humana y lobo al mismo tiempo, toda fea y desagradable. El lobo gris es hermoso.
La cara de John se desfigura del disgusto, es como si se hubiera ofendido con mi comparación. De repente, las carcajadas de mi madrina me descolocan.
John se pone de pies y golpea la pared, como tratando de controlar la ira.
—¡Esos animales son las verdaderas bestias! Ni siquiera pueden transformarse en algo superior a un canino —espeta él, colérico.
¿Ah?
A mí eso qué me importa. ¿Por qué John se ofende por mi tonto comentario?
—Dejemos las estupideces y enfoquémonos en lo importante: cazar a esa bestia. Si logramos atrapar al hijo del alfa, a él no le quedará más remedio que rendirse. Ya los omorfianos declararon enemistad a ambos bandos de licántropos, por lo que una guerra será inevitable. Debemos de buscar la manera de que los omorfianos se unan a nosotros o, en su defecto, conquistarlos —interviene mi madrina cuando sus carcajadas cesan.
—¿A nosotros? ¿Podrías ser más específica? ¿A quiénes te refieres cuando dices «nosotros»?
—El pueblo de Hadima y… —John duda un momento, como si temiera decir el resto.
—¿Y…?
—Tu especie —responde, mirándome a los ojos. Su escrutinio oscuro me provoca escalofríos.
—¿Mi especie? Según tú, ¿cuál es mi especie? —Eres una mujer lobo —responde sin más. Por mi parte, no doy crédito a sus palabras fantasiosas y carentes de sentido. ¿Mujer loba? ¿Yo?
