Ahora mismo, no logro identificar si los fuegos artificiales retumban en el cielo o en mi estómago. De lo único que estoy consciente es de que esto me gusta demasiado.
Mis manos toman su nuca con impaciencia porque necesito más de él, de su boca con sabor a helado, de su lengua al acariciar la mía, de su aliento. Necesito que nuestros latidos se unan, que nuestra respiración se mezcle y me enloquezca aún más.
Todos los sonidos a nuestro alrededor son opacados por la música de nuestros labios al saborearse. Las personas dejan de existir, este lugar se torna borroso y en nuestra burbuja solo estamos él y yo, sumidos en este delicioso beso que ya me está poniendo caliente.
Sus dedos rozan mi cuello en un jugueteo que me eriza los vellos, al mismo tiempo en que su lengua lame la mía. Corrientes placenteras viajan por toda mi piel, acompañadas con los escalofríos que me hacen temblar; asimismo, siento punzones leves en mi estómago, pelvis y…
Si esto es tan solo con un beso, ¿cómo será cuando nosotros…?
Todo mi cuerpo se estremece debido a ese pensamiento. Las contracciones en el músculo pubococcígeo se tornan agresivas, causándome más deseo de él.
Muerdo su labio superior y luego el inferior, con ganas de hacer más que besarlo.
Quiero más, necesito más…
—¡Qué desvergonzados! Debería darles vergüenza el estar dando tremendo espectáculo delante de todos.
Y es así como, de forma brusca, se explota nuestra burbuja de pasión.
Nos separamos con lentitud, pero sin dejarnos amedrentar por las palabras de quien sea que está reclamando a gran voz. En su lugar, nos miramos a los ojos como si estuviésemos encantados y sonreímos con gran satisfacción.
—¿Nos vamos a un lugar más íntimo?
Los vellos se me erizan cuando escucho su propuesta. Cosquillitas en partes ocultas empiezan a torturarme y hacen volar mi imaginación; sin embargo, un aullido me pone alerta y me saca del trance en el que mis hormonas me habían metido.
Todo el escenario maravilloso es reemplazado por uno caótico y abrumador. Gritos, pánico y caos se desatan en las calles del centro. Los puestos son derribados, las mercancías ruedan arruinadas por el suelo y las madres buscan a sus hijos con desesperación y angustia, para huir lejos de aquí.
¿Qué está sucediendo?
—¡No puede ser! ¿Cómo es que…? —Arel no termina la frase porque se queda ensimismado mientras contempla la luna llena—. Debemos irnos de este lugar… —advierte, como si acabara de deducir algo importante.
No me da tiempo a reaccionar debido a que él sostiene mi muñeca con fuerza y corre conmigo a rastras. Sus ojos buscan por todos lados; supongo que quiere encontrar su camioneta.
—¡Ella es mía! —Una voz espeluznante se escucha detrás de nosotros. Miro por inercia de donde proviene ese estruendoso alarido, y casi grito ante la aterradora imagen.
—¡Sigue corriendo! ¡No te distraigas! —La voz de Arel se torna más gruesa de lo regular.
Siento que me voy a hacer pipí.
La extraña bestia da grandes saltos detrás de nosotros, al tiempo en que gruñe y vocifera mi nombre.
¿Me conoce?
Visualizo la camioneta de Arel y el alma me regresa al cuerpo. Él me carga y da un largo salto conmigo encima, que nos deja al lado del vehículo.
¡Qué rayos! ¿Cómo hizo eso?
—¡Entra rápido! —demanda con impaciencia. Subo, muerta del miedo, y cierro la puerta con rapidez. De repente, la extraña bestia salta en nuestra dirección. Grito a todo pulmón cuando su peso se siente sobre de la capota y sus movimientos pareciera querer aplastarnos.
Por su parte, Arel acelera y mueve el vehículo de un lado a otro, formando un zigzag con la intención de tumbar a la horrible bestia.
—¡Ella es mía! —vocifera esa cosa. Su voz es tan espantosa como su apariencia.
—Quieto… —Miro a Arel por inercia cuando menciona esa palabra, como si se hablara así mismo. Sus manos tiemblan y puedo ver el sudor recorrerle la piel.
Un movimiento brusco de Arel hace caer a la bestia, pero para mi desgracia, su horrenda cara choca con el cristal de mi ventana.
Mi grito pone alerta a Arel, que, con otra maniobra, logra deshacerse de la bestia. Me quedo pasmada tratando de borrar esa imagen de mi mente. ¿Qué rayos es esa cosa? Parece un lobo, pero con forma casi humana, así como… ¡Un hombre lobo!
Arel pierde el control de la camioneta y no puede avanzar. Escucho aullidos y gruñidos detrás de nosotros. ¿La bestia está agarrando la parte trasera de la camioneta? Grito con desesperación. ¡Esto tiene que ser una maldita pesadilla!
Me asusto al ver la tensión en Arel. Aprieta la mano con fuerza en el guía y sus dientes crujen ante la tensión que él le aplica. Sus brazos se tornan más musculosos y se empiezan a notar sus venas.
Arel…
De repente, se escucha un alarido de dolor. La camioneta cae con brusquedad por lo que me golpeo la nariz, como consecuencia, un hilo de sangre sale por una de mis fosas nasales.
—¿Estás bien? —Arel me inspecciona más calmado.
Me suelto de su agarre con desesperación, necesito escapar. Salgo del vehículo. Abro la boca por la sorpresa ante la escena: una chica de cabello color rosa lucha contra la bestia. Su espada plateada se entierra en el vientre de esa cosa y esta se debilita. La bestia le da un golpe rápido a la chica que la pone a volar por los aires. Una última mirada de parte de esa cosa me hela la sangre, entonces se da a la huida y se pierde en el oscuro bosque.
Estoy temblando y mi respiración es errática, haciendo armonía con los latidos vehementes de mi corazón. Miro la luna que hoy se ve más llena y hermosa de lo que la había visto antes; en todo el tiempo que llevo en este lugar, solo la he visto así dos veces.
De repente, mi piel es recorrida por sudores fríos, al tiempo en que mis huesos duelen y mi pecho sube y baja con rapidez.
—Arel… —La chica balbucea mientras apunta en mi dirección.
¿Qué me está sucediendo?
Ella se me acerca, mas yo retrocedo. Mi piel empieza a quemar y pierdo la noción de la realidad. Puntos negros abruman mi visión y mis fuerzas se debilitan, entonces pierdo el conocimiento.
***
¡Hoy la mañana está hermosa!
Me levanto energética y feliz. Hoy todo tiene un color cálido y mi ánimo está por los aires. ¡Arel y yo nos besamos! Nada podría empañar esta alegría que siento. Con tarareos y bailes divertidos preparo mi desayuno y, una vez termino de comer, lavo los platos. Hago un poco de limpieza y pongo un pollo a marinar para hornearlo. Desde que termino, dejo la carne en la nevera y me dispongo a coser.
Completo el pedido de una tienda y me preparo para ir al centro del pueblo, cuando de repente, mi día colorido se torna gris. Todo sucede en cuestión de segundos, imágenes terroríficas empiezan a pasar por mi mente de forma rápida y espantosa. Entonces el temor toma control de mí. No puedo evitar que las lágrimas pesadas corran por mis mejillas, al mismo tiempo en que mi cuerpo es azotado por temblores bruscos, que me hacen tiritar.
Como si fuera una desquiciada, tomo mi bolso y me apresuro a ir al centro del pueblo. Camino por las calles mientras trato de no descomponerme, y miro por todos lados para encontrar respuestas.
No estoy loca, recuerdo haber visto a una bestia ayer.
Me dirijo en dirección al centro donde se llevó a cabo el festival. Es increíble que todos se estén comportando como si nada hubiese sucedido y llevando su día en completa normalidad.
Escucho conversaciones sobre un tiroteo en el festival, hablan sobre un enfrentamiento entre vendedores que terminó en caos, pero que por suerte no hubo heridos. ¿Un tiroteo entre vendedores?
—Hola, disculpen que me entrometa, pero ¿están seguros de que fue un enfrentamiento lo que sucedió anoche? ¿No escucharon nada sobre los aullidos y una bestia?
Todos me miran como si yo fuera un bicho raro.
—¿Bestia? La bestia no sale del bosque, señorita.
—Leo, deja de hablar sandeces. No existe tal bestia. ¿Hasta un insignificante tiroteo se lo van a atribuir al supuesto personaje?
—¿No estuvieron allí? —replico casi alterada—. ¿No vieron al hombre lobo?
Las risas sonoras de aquel grupo me descomponen los nervios. ¿En qué momento se cambiaron los papeles? ¿Ahora soy yo la que habla como si estuviera loca?
Me alejo de ellos, muerta de la vergüenza, y más confundida y desconcertada que antes. No pude haberlo imaginado, todavía puedo sentir la angustia y el miedo al ser perseguida por esa cosa.
Hay una persona que es capaz de darme la respuesta que busco y corroborar el asunto. Camino en dirección a la repostería para ver a Arel.
—No vino a trabajar hoy. Él está indispuesto —me responde el dueño del lugar.
—¿Sabe dónde vive?
—Sí. El chico reside en el pequeño campo al final del pueblo. Es un sitio rural que se conecta con el bosque. Te daré la dirección.
—Gracias.
—Que te diviertas —dice sugerente. De inmediato, las mejillas me arden. No respondo a eso, en cambio me apresuro en dirección al pequeño campo. Por suerte hay vehículos que transitan hasta el final del pueblo y te dejan en una parada en específico, puesto que cualquier cercanía con el bosque es temida.
Tras caminar por unos veinte minutos, llego a un lugar deshabitado y con muchos árboles. Me adentro al conglomerado verde, dejándome guiar por el camino terroso y ancho, cuya apariencia se me hace similar a una carretera no pavimentada.
Al final del camino, visualizo el vehículo de Arel y más árboles de hojas color naranja, rojas y verdes. Las flores rodean en abundancia a una cabaña de madera de color gris oscuro, con ventanas blancas. ¡Este lugar es hermoso! El aire aquí es mucho más fresco que en el pueblo, la tranquilidad es reconfortante y el cantar de los pájaros y grillos lo convierten en un sitio muy agradable.
Abro una pequeña reja de madera color blanca, y sigo el camino pavimentado que las flores del jardín no cubren, entonces toco la puerta pintada de marrón. Después de varios toques, esta se abre y me muestra la imagen más sensual del día: Arel frente a mí, con unos vaqueros con la cremallera abierta, que deja ver parte de su ropa interior negra y algunos vellos púbicos delgados que sobresalen de este; su torso descubierto, cuya desnudez se jacta de un cuerpo atlético que, aunque no es muy musculoso, si está definido y es atractivo.
La imagen es agradable a la vista, incluyendo su cabello plateado y desordenado, asimismo, sus ojos soñolientos; estaré loca, pero este hombre me parece sexi hasta acabado de levantar.
—¿Aliana? —Sus ojos se agrandan de la sorpresa. Se queda estático en su lugar y sin añadir más; yo, en cambio, me lo estoy comiendo con la mirada. Tras unos segundos de disfrute visual, sacudo la cabeza para enfocarme en lo importante.
Entro como Pedro por su casa, dado que Arel no me invita. Él cierra la puerta, impresionado aún. Se tira sobre un sofá de color gris que se encuentra en medio de la sala y encima de una alfombra que cubre todo el piso de madera; luego se frota los ojos y terminar por mirar al techo. Por mi parte, me siento en una silla que se encuentra cerca de una mesa de madera pequeña, cuyo orden simula un comedor.
—¿Te molesta que haya venido? —rompo el incómodo silencio.
—No, es una grata sorpresa; solo estoy muy cansado. —¿Por qué no le creo? Duele que se comporte tan distante y frío, después de lo que sucedió entre nosotros—. Disculpa por darte la impresión equivocada, es solo que no me esperaba tu visita. Y no miento cuando te digo que estoy indispuesto, por eso no fui a trabajar hoy —añade.
A veces siento que Arel lee mis pensamientos o, de alguna forma, intuye lo que estoy sintiendo o me ronda la cabeza.
—Vínculo… —balbucea con desdén.
¿Ah?
Pese a que él sigue con la atención puesta en el techo, puedo percibir que frunce el ceño y que se muerde parte del labio inferior. Algo le molesta, estoy segura. Casi grito cuando Arel, de un salto, se pone frente a mí en cuclillas. ¿Cómo se movió tan rápido?
—¿Tienes hambre? —Acaricia mi mejilla—. Te prepararé algo de comer.
—No, estoy bien. Si quieres cocino para ti. Tú eres el indispuesto aquí.
Él sonríe y me mira de una forma dulce y especial.
—La cocina es toda tuya, iré a darme un baño. —Me mira sugerente de arriba a abajo, provocando que mi cuerpo se estremezca—. ¿Tienes calor? Podrías acompañarme si quieres.
Bien, este chico no conoce de límites. Lo gracioso de todo esto es lo santo que se ve. Como si no matara una mosca. No encuentro palabras para responder a eso, como tampoco poseo la fuerza de voluntad para negarme, pese a que tengo frío y no calor.
Arel sonríe divertido, se levanta y se encierra en la única habitación que hay en esta angosta cabaña. ¿Acaso estaba jugando conmigo?
Idiota.
Cocinar para él se siente bien. Miro a mi alrededor con una sonrisa de loca. Me sonrojo ante los pensamientos fantasiosos de mi mente; no puedo evitar percibirme como si yo fuera la señora de la casa. Me siento como recién casada que ha encontrado su verdadero hogar.
Ya déjate de fantasías.
Sacudo la cabeza ante esos tontos pensamientos y una sensación de familiaridad me embarga. Debo ser bipolar porque de momento, los ojos se me cristalizan y una tristeza, cuyo origen no comprendo, se me instala en el pecho.
De manera inesperada, el olor de Arel me transporta a un recuerdo…
«No quiero que se acabe esta noche».
«Lamento no tener la solución aún».
«Creo que nunca podré regresar y es peligroso que arriesgues tu vida».
«No digas eso».
«Tal vez es momento de romper el vínculo y así puedas ser feliz con alguien más».
«No podría ser feliz con alguien más. Tú y yo somos uno».
«No aún… Ni siquiera puedes marcarme. Estoy ansiosa de ser reclamada por ti».
«Somos muy jóvenes todavía. Cuando tengamos la edad suficiente, serás mi mujer en carne, porque ya lo eres en alma».
Un torrente de gotas dolorosas me moja el rostro y el cuello, debido a la angustia, la nostalgia y la añoranza que se apropian de mí para torturarme con crueldad. Entonces, un susurro se escucha en mi mente:
«Deja de pelear contra ti misma».
—¿Estás bien? —Arel corre en mi dirección, muy preocupado por mi actitud; acto seguido, me carga entre sus brazos con delicadeza. Me sorprende que, aunque no se ve tan fuerte por fuera, me sostiene como si fuese una pluma, ya que no hace ningún esfuerzo para levantarme.
Él se sienta en el sofá conmigo encima, como si fuese una niña pequeña que busca refugio en su pecho y brazos. Con una ternura que causa palpitaciones rápidas e intensas a mi corazón, Arel acaricia mis hebras rubias y besa mi frente. Su piel se siente fría, gracias al baño que se acaba de dar, y su olor dulzón se mezcla con el del jabón y del champú.
—Arel, ¿por qué nadie en el pueblo recuerda lo que sucedió ayer con la bestia?
—¿Cuál bestia? —pregunta. Lo miro directo a los ojos, incrédula de lo que me imagino será esta conversación.
—La bestia que nos siguió ayer en el festival, la que lucía como un hombre lobo.
Sus próximas palabras terminarán por descomponerme: —No sucedió tal cosa, Aliana.
